lunes, 5 de noviembre de 2012

SEXO. presentación



             Al final, no hay más problema que el sexo. Si consiguiéramos desenredar el nudo del sexo, ¿qué quedaría en el amor que representara un verdadero problema? Los conflictos en las relaciones de amistad no tienen ni la sombra de complejidad que las relaciones amorosas, y las paternofiliales, aunque compiten en dramatismo, son notablemente menos contradictorias.

             Cuando el sexo llega trae con él, quién lo diría conociendo su carta de presentación, rebosante de instintos y energías telúricas, el desafío intelectual. Y es que lo uno, claro, es el uniforme supersticioso de lo otro. Aquello que no se entiende hoy, para quien sigue pensando que el pensamiento no ha dado pruebas de ser una herramienta solvente, no es lo que se comprenderá mañana, sino lo que no puede comprenderse. ¿Qué será comprender, entonces, si lo comprensible ya ha sido comprendido? ¿Una fantasía? A lo que no ofrece reglas ya sólo le queda estar gobernado por la voluntad caprichosa de esa nueva antropormorfización de los enigmas que es la energía en su acepción Disney.
Y esto es así cuando, lógicamente, quien sigue pensando mal del pensamiento, debería dejar (más) de pensar. O, al menos, no pensar en alto.

             El sexo es el nudo de los nudos, porque es el nudo del amor, residencia de los nudos en cuyo interior nada se complica demasiado hasta que el sexo hace acto de presencia; hasta que desnuda el nudo.

             Por eso, como el amor está sin resolver, su nudo se arregla siempre con un parche, chapuza, cirugía, acompañada del autoengaño de que la satisfacción que el arreglo nos dispensa es suficiente (para nosotros, porque en el fondo sabemos que el secreto está en nuestra fuerza de voluntad, y no en nuestra odiosa ñapa). Quien nos dice cómo ha solventado el asunto nos añadirá, tras la complacida descripción, que con su arreglo ¡consigue vivir!, llenándonos a partes iguales de admiración y desesperanza. Unos renuncian a luchar contra la pulsión imprevisible, convirtiéndose en resignados libertinos sin resto de empatía. Otros renuncian a la pulsión misma, negándose a prestarle más oídos y abandonando el verdadero deseo “por no hacer nunca más daño a nadie”. Algunos buscan una solución de compromiso, confiando en que la combinación de dos injusticias dé la justicia como resultado, o algo que se le acerque, y no un travestismo ético.

             Quien diga que lo ha resuelto, ya sea porque está por encima de su conflicto o porque el amor verdadero ha dado sentido al laberinto, se arriesga a que se meta el dedo en la llaga. Y esto sin miramientos a la discreción, porque negar el conflicto es hacerlo pasar de lo social a lo individual, perjudicando la capacidad del otro para enfrentarse a él, y legitimando así que nos ataque en defensa propia.

             En el sexo, por tanto, está el mogollón que nos desafía a meterle mano. Pero cuando lo hagamos nos encontraremos con que había trampa, claro, si no de qué iba a ser tan enigmático. Descubriremos que el sexo desviaba la atención, como en las buenas tramas policiales, de los personajes más inmaculados, en realidad los más podridos. El pobre sexo era el matón tonto al que apuntaban todas las pruebas, y cuya eliminación hace perder la pista de las verdaderas mentes criminales. Y al final, tras una pesquisa que nos conducirá de personaje en personaje, de estancia en estancia, concluiremos, ya lo advierto, que el sistema completo estaba podrido, y que todo lo que sea rescatar muebles trasladará la infección a los nuevos cimientos.

             Pero olvidemos que nos hemos adelantado al final. Disfrutemos, en cambio, del curso de la historia.

             Érase una vez… un sexo.

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