sábado, 27 de octubre de 2012

lo bonito es insinuar



Subo a un taxi y pido al conductor que me lleve a Argüelles. Como estoy en Manuel Becerra pasamos enseguida al lado del Palacio de los Deportes, donde rebosa el público que espera para cumplimentar alguno de los requisitos que impone asistir al concierto de hoy.
-¡Cómo se ha puesto esto!- Me dice el conductor. Yo creo que es por lo de la negra ésa que está tan buena.
Imagino que, para cualquiera familiarizado con la oferta musical más descaradamente comercial, aquélla que no rehúsa ni disimula el uso de uno sólo de los medios de captación de público a su alcance, decir “negra que está buena”, más que una aclaración, debe de ser un orden taxonómico de los más generales. A mí mismo me vienen a la memoria tres o cuatro nombres que deben de entrar en la categoría. Mi interlocutor se muestra, sin embargo, tan satisfecho con su definición que toma mis titubeos por lo que no son.
-No me entienda usted mal. A mí no me llama la atención lo de enseñar todo. Yo creo que el erotismo está en insinuar sin enseñar. Pero eso los jóvenes ahora no lo entienden.
Le digo que no quiero ofenderle, pero que esa idea de que la provocación más eficaz es mostrar ligera o parcialmente no es privativa de ninguna generación, sino más bien un lugar común presente en todas partes en nuestra cultura de masas y expresado de modo que alcance a todos los públicos.
Se ve que el carecer generalista de su idea le resulta inasumible, porque la respuesta me suena a repetición con dosis doble, aclaratoria.
-Antes lo que se usaba eran cosas transparentes, que caían…cosas así, más pícaras. No me diga usted que no es más bonito el juego ése, por lo menos en parte. Luego se disfruta más, dónde va a parar. Hay que probarlo, hágame caso. Pruébelo usted.
Le agradezco el consejo y le digo que no somos incondicionales de la insinuación porque seamos exquisitos y sofisticados, sino porque nos gusta sentirnos furtivos. Que identificamos el sexo con el engaño y el robo antes que con la franqueza y la desnudez, y que por eso nos excitamos ante una prenda que parece que va a caerse, o romperse, o traicionar a su dueño dejándolo a nuestras expensas. Que seguimos practicando un sexo secreto, prohibido y violado, y nos sentimos fuera de lugar cuando se descubre ante nosotros y se nos ofrece voluntaria y responsablemente.
            -No me comprende usted. –Me contesta convencido y paciente. –Eso lo hacen los animales. Los animales cuando tienen hambre comen y cuando tienen sueño duermen. Se quedan contentos, es verdad, pero que lo que hacemos nosotros no pueden hacerlo ellos. Nosotros alargamos ese gusto al esperar, al poner dificultades, incluso al prohibir, si usted quiere. Si no fuera un poco complicado nos seguiría gustando el sexo, pero no sería lo que es. Reconózcalo, hombre. No todo es represión católica. No toda la represión católica viene mal. A mí, si me van a enseñar una tía, prefiero que me la enseñen un poco tapada, para que pueda yo imaginarme cosas.
            Nos adentramos en el corazón comercial de Madrid. Una tras otra, las marquesinas, los escaparates, los carteles en las fachadas, ilustran la teoría de mi conductor con imágenes provocativas bajo pretexto de prometer un gran placer sexual, con la única condición de superar frágiles barreras de tela flexible y vaporosa. Cuando la barrera ni siquiera existe la brutalidad, para mi ridículo, resulta aún mayor.
            -¡Rihanna! –Exclama el conductor, rompiendo el silencio. -¡Ésa es la del concierto! Sabe la que le digo, ¿no? –Yo lo sé. –Fíjese en ella un día, ya verá que siempre enseña algo, un poquillo, pero no todo… el tema. Parece que se lo vas a ver, ¡pero no lo ves! A mí eso me… -La frase es rematada con un gesto de su mano libre, claro y contundente, que deja lugar a pocos refinamientos.
            -Entiendo que para que el placer se haya producido realmente habrá usted dado salida a la excitación, ¿no?
            -Perdón, ¿cómo dice?
            -Digo que, si tanto le gusta Rihanna, se la habrá usted follado muchas veces.
            -Bueno… me he follado a alguna negra.
            -Que se parecían a Rihanna en eso, supongo.
            -…
            -Es asombrosa la complejidad con la que llega uno a autoengañarse. Con tal de no reconocer la humillación de que nos agredan sin defensa posible estamos dispuestos a erigirnos en gourmets del dolor.
            -Yo le digo lo que opino. –Contesta retornando a una cordialidad más servicial. -Ésa es la gracia, que cada uno opinamos una cosa y no tenemos que estar todos de acuerdo.
            -Hemos llegado. –Respondo resoplando. -Es una suerte, porque si no tendríamos que empezar otra discusión.

3 comentarios:

El antipático dijo...

Como está de actualidad, me recuerdas a García Calvo. Para bien. Ver sólo la mitad y nunca consumar es el tormento organizado que el taxista no sabe ver. Lo cual le llevará a una práxis personal poco satisfactoria. Por tanto, ha quedado envuelto en la mentira de la que es vocero. García Calvo diría que el Individuo se ha creido que lo es, y con ello ha asumido la penuria de serlo. Sistemas más progresados de Liberación Sexual no son más que que engaños más sutiles. Un señor de hace cincuenta años no hubiese dicho cosas tan explícitas a un cliente, sino que defendería la santidad del matrimonio, y luego a hurtadillas se iría de putas. Pero consumaría... a costa de una sensación de poder masculino reprobable. En fin, incluso el propio García Calvo termina diciendo que cada uno hace lo que puede y que lo bueno, la verdad, cuando acaecen, duran poco, porque la trampa vuelve a arrollarse sobre nosotros. Si nos pides más que ese poco tendrás que dar una gran solución a lo que planteas como un gran problema...

contraelamor dijo...

El descubrimiento de nuestra represión de segundo orden, o tercero o cuarto, por la que el objeto verdaderamente satisfactorio es desplazado y ocultado de nuevo y de nuevo hay que ir a buscarlo, mientras nos esforzamos por satisfacernos mediante el objeto equivocado, nos desespera y produce la sugestión de un ciclo sin fin: el amor-sexo como conflicto inevitable del que se escapa sólo mediante un breve, insostenible, esfuerzo de equilibrio. Pero no hay razón para pensar que la realidad deba seguir siendo esa.
La solución que empiezo a proponer tiene de grande que implica grandes cambios. Veremos si, además, algún éxito.

El antipático dijo...

Fale.