lunes, 23 de julio de 2012

tú y yo (y PARTE III)


             “¡Ojalá que siempre estemos así!”, me dijo Lea un día. Caminábamos de la mano por la misma calle por la que habíamos caminado solos mil veces.  Un momento atrás estábamos poniendo en común nuestra felicidad, y ahora la disfrutábamos en silencio. Me dijiste eso y recordé otra calle, hace mucho tiempo, que representaba mi juventud y por la que debía dejar de pasar si quería que la madurez tomara forma también urbana algún día. Mi calle, que María convirtió en “nuestra calle” cuando ambos la hicimos nuestra al recorrerla juntos, después de años de ser de otros porque la recorríamos separados. “Nuestra calle”, a la que siempre deberíamos volver y a la que apenas he vuelto, porque ya entonces la calle de siempre se convertía en calle para siempre, y no sabíamos, ninguno de los dos, si queríamos decir que tendríamos que estar siempre en ella o que, una vez nuestra, debíamos dejarla atrás, junto con todo lo que en ella pasaba y había. “Nuestros barrotes”, pensé después, porque entonces sólo sentí la soledad del “nuestra”, pero no la dificultad de escapar de ella. Sentí a María recordándome, desde tu boca, su presencia abandonada en nuestra calle, o su propia calle desde la que ella ahora era feliz. Sentí, en realidad, que rememorábamos juntos, María y yo, que había otra calle esperando, otra o la misma, María, porque Eva vive en nuestra calle, figúrate qué casualidad, y es seguro que un día la llamaremos nuestra, Eva y yo, y que ese día os la estaré empezando a devolver, a Eva, a ti, a él, que la recorrió con Eva antes haciéndola de ellos; él, que nunca fue de allí como lo éramos nosotros, y que ahora la pierde a cada ocasión en que Eva y yo nos miramos. ¿Sabes eso, Eva? ¿Eres consciente? ¿Lo has descubierto alguna vez recorriendo vuestra calle solo? Ana sabía que lo hacía, y nuestras miradas servían para limpiar nuestra calle de su presencia, como un cañón de luz renovadora que volvía en un segundo todo a su estado impoluto, impermeable y luminoso. Después sirvieron para recordar que lo que hubiera pasado daba igual; que la verdad era la luz de nuestra mirada; que él iba a estar siempre allí, que estaba allí, pero no estando, y que nosotros, que dejaríamos de estar, era lo único que existía allí para siempre. Dejaríamos de estar, algún día, y lo dejábamos ya en cuanto empezábamos a estar definitivamente, y todo lo que quedaba entonces era mi ausencia, y tú encontrándote con tus reflejos en otros nombres, primero, y después tu nombre en otros cuerpos cuyo nombre se ausentaba para adquirir el tuyo mientras quisieras dárselo, mientras no corriera de cuerpo en cuerpo asentando hitos en una eternidad de amor que lo acababa. “¿A quién ves?” me preguntaste, en una ocasión, al mirarme. “A ti, Eva”, he contestado hoy cuando me ha preguntado sobre aquella mirada nuestra. “Te veía a ti, y tú me veías a mí en su mirada, porque nuestra eternidad empezó, tuvo que haber empezado, antes de ahora, antes de entonces, y ocupar ya entonces alguno de los infinitos fragmentos desocupados que servían de transporte para Sofía, para María, y para Lea un día y para ti, seguro, incluso si toda nuestra voluntad de unión no fuera otra cosa que un encierro con ellos, incluso si no hubieras estado más que en el reflejo del reflejo de las uniones que tuvo él con Ana, y ellas con él y ellos con ellas hasta conectarte a ti, volver a encontrarte, caminando por una calle, de una mano que te conduciría eternamente a aquella mirada nuestra en la que traicionaba a Ana, no porque viera a María, sino porque te iba a ver a ti hoy, aunque no lo hiciera entonces. Perdida, Eva, entre los amores eternos que te acompañan, a la búsqueda de asidero en el laberinto de los míos, cuya transparencia te hace confundirlos desde que nuestra unión los engloba y los supera, desde que su superación es la pérdida de toda esperanza de triunfo sobre ellos, porque sus reflejos acaban componiendo, no ya mi amor por ti, sino tu forma de amarme como Lea, como Ana, como Sofía, como María, que me preguntan desde tus ojos qué hay en tus ojos que no hubo en los de ellas si las veo a ellas en ellos, mientras yo intento mirarte como nadie te ha mirado jamás, es decir, como las miré a todas, como todos te miraron.

1 comentario:

El antipático dijo...

Esto es digno de alto Cortázar.