jueves, 3 de noviembre de 2011

¿bailamos?

             Yo no sé bailar pero, por un capricho de mi fantasía, esta noche, al cerrar los ojos, he inventado un baile. En realidad es sólo un paso, una especie de caminata con salto lateral al final, cayendo en un equilibrio inestable que lleva a repetir la figura en sentido inverso. Cuanto más proyecto la secuencia en mi cabeza más detallada y precisa se vuelve.
            Me gustaría levantarme y probar si es posible realizarla. Pero bueno, ya estamos acostados, es algo tarde y mañana hay que trabajar. En realidad me gustaría conseguir interesarla a ella; que nos levantáramos cinco minutos y lo intentáramos los dos. Ella baila mucho mejor que yo, y seguro que lo conseguiría enseguida. Sería sólo un momento y no nos quitaría apenas tiempo de descanso. Pero suficientemente excéntrico me considera ya. Tardaría más en convencerla que en explicarle el paso, y si lograra levantarla lo haría de mala gana y se acabaría la magia.
            Ella no puede comprender la importancia de esta fantasía. Nunca le he explicado que cuando cierro los ojos por la noche siempre veo cosas. A veces es sólo una sucesión inconexa de retazos procedentes del día, como si sus decorados y personajes se fueran apagando. Pero lo más habitual es que las imágenes no lleguen a formarse, que sus componentes pugnen por tomar forma en mi mente sin lograrlo. O eso interpreto yo ante esas masas vibrantes de tonos rojos, negros, blancos, a veces azules. Juraría que alcanzo a reconocer en ellas cuerpos en creación, huesos recubriéndose de músculos, y éstos buscando sin éxito jirones de piel en mi mente desordenada. Eso quiero creer, porque me da miedo pensar que lo que realmente veo son cuerpos desgarrados, descompuestos, batidos y apelmazados en mi fantasía por alguna desviada necesidad de mi carácter.
            Me gustaría decirle que eso es lo que veo casi cada noche, que me perturba, y que me gustaría no verlo. Pero temo que se asuste, y que en lugar de tranquilizarme, su miedo me sumerja más en la sospecha de que algo terrible se oculta en mi cabeza y se libera a medida que me invade el sueño.
            Me gustaría que conociera esta aprehensión que siento por mí, como me gustaría compartir la que siento por ella. Querría explicarle que apenas soy capaz de olvidarme de su larga nariz; que la persigo constantemente cuando la miro, porque intento resolverla sin querer; encontrar la justificación estética que la convierta en armoniosa para el resto de su cara, y que en esa empresa obsesiva desperdicio gran parte de la atención que le debo cuando me habla. Querría que supiera que he renunciado a aceptar sus pies, y que hace tiempo que evito mirarlos, aunque cuando nos acostemos busque reconfortarme con su contacto.
            Quiero que sepa que es mi amiga, mi compañera, seguramente la persona más importante en mi vida, seguramente la que más me dolería perder, y que no hay día en que no la eche de menos, a veces cuando estoy solo, a veces cuando estamos juntos. Y que, a pesar de eso, hago el amor con ella porque no tengo con quién hacerlo; porque no puedo hacerlo con ninguna de las innumerables mujeres a las que deseo cada día. Me gustaría decirle que pienso en ellas cuando lo hacemos, incluso a veces cuando simplemente la abrazo, porque me tortura la idea de que se me escapen un día tras otro y el único consuelo que encuentro es la confusión que me permite el cerrar los ojos.
            Querría decirle que cada día soy más consciente de todo este silencio, y de su inmortalidad; que cada día crece más este desván donde se guarda todo lo que ella no sabe; este otro yo que ella no conoce y que vive una vida independiente y solitaria, solo conmigo, y que toma conciencia por la noche cuando, abrazados, nos quedamos en silencio.         
             Entonces ella me mira, escruta mi expresión buscando entender, porque sabe que hay algo. En cierta ocasión, hace ya tiempo, acarició mi frente, me sonrió y susurró: “¿Qué pasa aquí?” Y después acercó sus labios y la besó. En ese beso sentí que mi personaje oculto y ella se tocaban, que se miraban también, y que también se sonreían con respeto y con afecto. Y sé que ella lo sintió.
            Ahora me está mirando así. Lo ha hecho muchas veces desde entonces. En cada una de ellas ambos han fracasado en su intento de lograr el contacto de aquella noche. Sé que ahora me besará en la frente una vez más, esperando que ese gesto gastado me tranquilice, y que después escucharé esa pregunta que fue, un día, tan liberadora: “¿Qué pasa aquí?”
            Pues que quiero que bailemos. Pero no se puede.

2 comentarios:

ISABEL dijo...

MI DESVAN SE HA LLENADO CON ESTE MARAVILLOSO RELATO EN EL QUE ME HE VISTO REFLEJADA, ESTE ESTAR SIN ESTAR, ESTA HUIDA TAN CERCANA, ESTA INTERMITENCIA CON LA QUE TE QUIERO Y TE DESEO Y YO TAMBIEN HE SOÑADO QUE BAILABA Y YO TAMPOCO TE HE DESPERTADO PORQUE YO TAMPOCO QUIERO QUE LO HAGAS DE MALA GANA Y SE ACABE LA MAGIA.

El antipático dijo...

Bravo.