viernes, 9 de septiembre de 2011

un dios verdadero

De todos los argumentos que encuentro contra la pareja tradicional, el que sigue es el que más alarmas debería despertar. Su contenido es pobre, porque no hay en él crítica al modelo mismo, al que se le podría seguir presuponiendo perfección. Pero para la certidumbre de la superioridad de la monogamia, es un cataclismo.
“¿Por qué te niegas a aceptar la pareja? Todo el mundo la acepta. ¿Por qué no ves las ventajas que vemos los demás? ¿No estará el problema en ti en vez de en tooodo el resto?”
El consenso no es tan completo como para sentirse solo frente al mundo pero, ante un ataque así, dan ganas de partir de la premisa de la disfunción del pensamiento propio, antes que de la del extravío social. “¿Te crees más listo que nadie?” Es ad hominem, pero pesa.
Sin embargo, qué importante es disciplinar a nuestra razón en la selección de intuiciones frente a sugestiones.

¿Es posible que estemos ante un aspecto tan poco controvertido de nuestra cultura que ni siquiera genere debate? Eso implicaría el rechazo consciente a las variadas estructuras parentesco-sentimentales con las que los antropólogos nos han venido familiarizando desde hace más de un siglo. Como siempre, no hay más que preguntar para constatar ese rechazo. La poliginia ya la hemos catalogado universalmente como machista. La poliandria ni siquiera la catalogamos, de modo que, seguramente, la juzgamos como algo aún peor. La endogamia es controvertida y la promiscuidad inmadura. O a la inversa, tanto da. Frente al prestigio de la monogamia, todo lo demás da risa, como si tras las más variadas probaturas y enjuagues, la humanidad hubiera concluido por fin dónde quiere quedarse y de dónde no merece la pena volverse a mover.

“Todo lo demás da risa”. La misma, por cierto, con la que, según Malinowski, reaccionaban los indígenas trobriandeses cuando, frente a su exótico sistema de parentesco, se les exponía cómo nos organizábamos nosotros (y cómo, seguramente, acabarían organizándose ellos, a poco que se descubriera y extendiera la televisión). El pobre Malinowski, solo frente a un ingente colectivo de individuos que se consideraban a sí mismos convencidos libre e individualmente. Unos mirándole con pena, la mayoría con sorna, y casi todos, seguramente, con un poco de asco, porque a eso a lo que se pensaba dedicar el blanco cuando volviera a casa era, en resumidas cuentas, una guarrería.


                          Malinowski aprendiendo técnicas masturbatorias trobriandesas
                                          mientras se replantea sus convicciones

            
            No sabemos si los trobriandeses llegarían a descubrir la contradicción existente entre su convicción y la existencia de otra cultura tan firmemente convencida como la suya de algo completamente distinto, pero tampoco en qué medida el antropólogo les transmitió esta conciencia simétricamente “definitiva”.

Hasta donde sé, ninguna sociedad en su conjunto (es decir, no voces aisladas dentro de ella) se ha planteado jamás la relatividad de su modelo familiar-sentimental. Parece ser que, allí donde un modelo se asienta, permanece inalterado hasta que alguna condición económica de peso lo hace evolucionar. En dicha evolución se producirán dudas, debates y confrontaciones, pero sólo entre el modelo anterior y aquél al que se dirige. En ningún caso la mirada se volverá sobre las razones que justifican ambos éticamente. O, digámoslo al revés, nunca una sociedad ha desarrollado conciencia crítica sobre su modelo y, por tanto, podemos también decir que nunca lo ha elegido.
Nosotros heredamos esa ingenuidad, y seguimos hablando de que unas personas están hechas para otras, o de que el corazón ni puede dividirse ni puede quedarse solo. Y lo decimos convencidos, valga la comparación superlativa, como un trobriandés.


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