jueves, 14 de julio de 2011

ante el amor

             Apenas hubo el hombre advertido la aparición de los guardias, cuando vio cómo uno de ellos se adelantaba con urgencia y llegaba hasta él. Lo empujó dentro de la casa y cerró la puerta tras de sí. Sin mediar palabra le propinó un terrible golpe en la cara que le hizo marearse y caer.
            “¿Qué sucede?”, gritó desde el suelo. Como única respuesta llegó otro golpe, y luego otro, y otro más, todos potentes y dolorosos; todos dados con la eficacia de alguien que sabe cómo procurar un daño enorme, y que está decidido a hacerlo. Perdía la cuenta pero, a cada uno de ellos, y con la voz cada vez más débil, el hombre volvía a suplicar una explicación.
            Por fin paró. “No lo entiendes”, dijo el guardia, con el resuello entrecortado. “No ves lo que estoy haciendo por ti. Si no me hubiera adelantado a mis compañeros, cualquiera de ellos habría entrado aquí y estaría ahora golpeándote de una manera mucho más cruel que yo. No puedes imaginar su fuerza y su maldad. ¿De qué te quejas? Da igual lo que yo te haga. Por más que lo intentara, ninguna de mis patadas podría igualarse a la más débil de las suyas. Recuerda, cuando sientas dolor, que es incomparable al que has estado a punto de sentir.” Y, dicho esto, reanudó su castigo, con más vigor aún que antes.
            El hombre no sabía cuánto tiempo había durado la paliza, pero tuvo la certeza de que hubo concluido cuando su vista nublada le permitió reconocer que el guardia se disponía a salir. “¡Espera!” exclamó con un hilo de voz. El guardia se volvió desde la puerta y lo miró con atención. “Tus compañeros…”, alcanzó a pronunciar el hombre. “¿Qué pasa con ellos?”, contestó el otro. “Si te vas… ¿Qué será de mí?”, imploró. El guardia sonrió afectuosamente detrás de su enorme mostacho. “No te preocupes”, contestó. “Me voy ahora. Pero mañana volveré.”

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