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lunes, 24 de julio de 2017

VALOR SOCIOSEXUAL. actividad II. DESOBEDECIENDO AL VSS


Convoca a tu grupo de amigxs en la Plaza de España. No les digas para qué. Diles que es para una cosa.

Como sabes, tu grupo de amigxs está latentemente jerarquizado por una escala de valor sociosexual, que determina quién puede ser pareja de quién y, por extensión, quién tiene poder sobre quién.

Como si fuera un carnaval herético, vamos a saltarnos la estricta norma social del vss.

¿Recuerdas la última vez que paseaste cogidx de la mano o del brazo con una pareja?

Hazlo con detalle. Evoca la posición, la actitud, los gestos. Cuando lleguen todxs tus amigxs, diles que evoquen también este recuerdo tan pormenorizadamente como puedan.

Bien, ya estáis listx para el ejercicio.

Distribuíos por grupos de dos. El ejercicio consistirá en recorrer la Gran Vía reproduciendo el recuerdo evocado de pasear en pareja. Simplemente eso.

No vayáis todas las parejas juntas. Cuando una salga que la siguiente espere hasta que prácticamente la haya perdido de vista.

Cogeos de la mano, o del brazo, o de la cintura, y subid tranquilamente hasta Callao. Intentad no dejaros llevar por la resistencia. Intentad reproducir fielmente la situación. Sed pareja durante ese trayecto. Sentid vuestra condición de pareja. Sentid, también, la mirada ajena.
¿Ya habéis llegado? Perfecto. Esperad al resto de las parejas. Cuando todxs estéis arriba, cambiad la distribución. Recombinaos. Con vuestra nueva pareja repetid la actividad, esta vez calle abajo, de vuelta a Plaza de España. Intentad no caer en la rutina. Intentad no sólo observar lo que pasa y lo que sentís, sino cómo evolucionan ambas cosas con respecto al paseo anterior.

Una vez que todo el mundo haya llegado abajo hay que repetir la redistribución. Como podrás imaginar, hay que realizar el ejercicio tantas veces como personas estéis haciendo esto, menos una.

Intentad ser conscientes de lo que sucede en cada paseo, pero también de lo que sucede a medida que se van acumulando los paseos. Cada paseo es una historia. El conjunto de paseos también es una historia.
Cuando terminéis no os precipitéis en iros a un local con mucho ruido. Concedeos antes un rato en un sitio donde podáis hablar en grupo, escuchar lo que dice cada persona, y miraros a los ojos después de haber sido todxs pareja de todxs.

Después sí, después ya podéis descontrolar. Ya veréis como pasan cosas.

Si no estás en Madrid no podrás hacer este ejercicio, claro, porque no tendrás cerca la Plaza de España.


miércoles, 10 de agosto de 2016

VALOR SOCIOSEXUAL. actividad I. DETERMINAR MI ORIENTACIÓN SEXUAL


Piensa en algún pequeño grupo de personas al que pertenezcas, y con el que estés en contacto con regularidad.

En un papel, ordena a todas las personas que lo forman según una escala de valor sociosexual.

Ya sabes que el valor sociosexual no es el valor que cada persona atribuye a cada una de las otras, sino el que piensa que las demás le atribuyen. No es lo que pensamos que cada persona vale, sino lo que pensamos que “nos van a dar” por ella.

Puedes hacerlo rápidamente, a ojo, o puedes aprovechar para entender mejor la dinámica sociosexual del grupo e ir persona por persona, como en las votaciones de eurovisión. Si haces esto recuerda que el grupo tiene su propia escala de valores, dependiente de la escala social, pero modificada por el ecosistema del grupo. Encontrarás diferencias entre ambas escalas y es útil que las identifiques.

Ya lo tienes. Ahora sabes quién está arriba y quién está abajo. Incluso puedes apreciar una estructura. 

Si todas las personas están muy próximas, si hay secciones marcadas, si los criterios individuales coinciden en general con el criterio conjunto (es decir, si hay personas que se equivocan en cuanto al valor sociosexual de algunas personas del grupo o, directamente, si se oponen activamente a la escala general).

Has establecido una escala de valor sociosexual real.

Ésa es la primera parte.

Ahora realiza una segunda escala. Ordena a las personas en función de su valor personal según los criterios éticos que tú consideres más justos. Seguramente esto te sea más fácil, o al menos más inmediato.

Ésta es una escala de valor sociosexual debido. Es la escala que debería ser si nuestra orientación sexual estuviera construida sobre principios éticos, y no sobre principios heteropatriarcales derivados de la reproducción social y económica.

Ahora compara las dos escalas. Entre ellas habrá diferencias.

Tal vez hayas dado puntuaciones a cada persona según una serie de parámetros, y cada nombre tenga ahora una puntuación acumulada. O tal vez sólo has establecido un orden de 1 a n. En cualquier caso, la comparación entre ambas escalas va ofrecer como resultado tres tipos de personas en el grupo:  

1) Aquéllas que ocupan, en la realidad, un puesto superior al que éticamente les corresponde. 2) Aquéllas que ocupan más o menos el mismo puesto. 3) Aquéllas que ocupan un puesto inferior al que les corresponde según la segunda escala.

Ordena de nuevo a todas las personas del grupo. Pon arriba a aquéllas que presentan más déficit real con respecto al debido, es decir, aquéllas que, estando muy abajo en la escala real, están muy arriba en la debida. Pon abajo a las que presentan más superávit.

Lo que has obtenido es una escala de intervención sociosexual. Ahora ya sabes quiénes son las personas a las que debes orientar tu reconocimiento sexual. Ahora ya sabes cuál debería ser tu “orientación” sexual en el grupo.
Recuerda que eres tú quien debe gestionar ese deber. Recuerda que tú también perteneces al grupo, que también te corresponde un reconocimiento y que el que tú te des a ti mismx mediante tu búsqueda de reconocimiento también debes gestionarlo tú. Recuerda que el reconocimiento sexual es una forma fundamental de inclusión, y que quienes están más abajo en la escala de valor debido también lo necesitan. No es una escala capitalista de 0 a infinito, sino una escala social en la que la variación del máximo al mínimo no debería ser grande. Recuerda que hay gente cuyos deméritos tienen que ver, precisamente, con una reivindicación o con un abandono de la reivindicación de su reconocimiento sexual, y que pueden estar perdidxs en un círculo vicioso.

Recuerda todo esto, pero no olvides la escala de intervención que has construido. De hecho, ya no vas a poder olvidarla. De hecho ya has empezado, en alguna medida, a actuar en consecuencia.


lunes, 23 de mayo de 2016

¿de quién nos enamoramos? (II - el valor sociosexual)


Si todas las personas nos conociéramos unxs a otrxs y pidiéramos a cada una que clasificara a las demás según lo atractivas que las demás le resultan, podríamos agregar todas esas valoraciones y establecer una escala.

Discreparemos sobre lo horizontal, lo igualitaria que sería esa escala, pero parece difícilmente cuestionable que habría una cierta verticalidad, una cierta tendencia a poner a unas personas de un determinado tipo mucho más arriba que a otras. Parece difícilmente cuestionable también que, aunque esta escala es irrealizable, todxs tenemos en nuestra cabeza una idea más o menos esquemática de ella.

Pues bien, si volviéramos a molestar a todas las personas pidiéndoles que volvieran a ordenar a todas las demás según el lugar que creen que habrán obtenido en esa primera escala, y volviéramos a agregar todos los datos, obtendríamos una segunda escala, lógicamente mucho más vertical.

A esta segunda escala la llamo “escala de valor sociosexual”, y nuestra idea de ella es nuestro criterio principal a la hora de determinar el objeto amoroso.
Si la conformación de una pareja fuera una elección libre y unilateral, la primera escala sería la verdaderamente importante, y todxs elegiríamos a la persona que estuviera en su cúspide. Eso tan simple es lo que el amor dice que hacemos.

Pero las parejas se forman por elección recíproca entre dos personas y, claro, la cosa se complica, porque esa persona a la que elijo y que está en la cúspide, bueno, no es que no me vaya a elegir, no es eso. Es que ni tiene noción alguna de mi existencia ni, seguramente, crea que merezca la pena tenerla. Esa persona habrá elegido, por supuesto, a otra persona que estará también en las más inhóspitas alturas de la escala, y entre ellxs puede que hasta cumplan sus sueños correspondientes y formen una pareja. Esas personas de ahí arriba son, lógicamente, las primeras que eligen. Lxs demás esperamos turno.

A lo largo de nuestra vida vamos tanteando hasta tener una idea bastante precisa de cuándo nos toca turno o, dicho de otro modo, a qué altura de la escala podremos elegir con posibilidades reales de éxito. Y el sentido común nos dirá que ese nivel en el que podemos elegir es nuestro nivel, el nivel en el que lxs demás nos han puesto a nosotrxs mismxs: nuestro valor sociosexual.

Estoy completamente seguro de que no hay una sola persona que, llegada a este punto, esté extrañada por el razonamiento. Escandalizada tal vez, pero extrañada imposible, porque estos procesos de valoración nos acompañan todos los días ocupando un lugar muy preciso en nuestra psique, suficientemente lejos de la conciencia como para que podamos soportarlos y suficientemente cerca como para que optimicemos sus resultados.

El verdadero misterio en la elección del objeto amoroso son todos esos matices personales a los que llamamos “gusto”, y que se definen por oposición al criterio general en la escala de valor sociosexual. “Me gustan las narices grandes. ¿Cómo se explica eso?”

Para que la aceptación del valor sociosexual propio no sea una insoportable acumulación de frustraciones, nuestro sistema emocional tiene sus recursos adaptativos. Si fuéramos universal y constantemente conscientes de que no nos queda mucho más remedio que asumir lo que nos toca, tan alejado de lo que les toca a otrxs y de lo que nos gustaría que nos tocara, ¿cómo podríamos disfrutar en lo más mínimo de esa correspondencia?

El gusto que se construye como rechazo al canon no es otra cosa. Casi cualquiera puede suscribir que no le gustan las “personas perfectas”. Casi. Menos las personas perfectas. A ellas sí que les gustan, porque no han necesitado adaptarse a la evidencia de que nunca las obtendrán. La negación del superior inaccesible y la afirmación del inferior accesible explica el ejemplo de la nariz. Mi experiencia me dice que una nariz lo suficientemente grande como para constituir una imperfección es una vía de acceso a la obtención del objeto amoroso, sin la cual se me escaparía por arriba con absoluta certeza. En mi experiencia, la nariz grande “baja” al objeto amoroso y lo pone a mi alcance. ¿¡Cómo no me va a gustar!?

Algunos otros “defectos” no me gustan, porque en mi experiencia han dañado tanto el valor sociosexual del potencial objeto amoroso que han acabado ofreciéndome personas que eran accesibles sólo porque su valor sociosexual era inferior al mío, es decir, personas “objetivamente” inatractivas y que, por lo tanto, no amo.

No pudo extenderme en más detalles sobre la conformación del gusto, pero el resto no es otra cosa que una serie de consecuencias de la experiencia personal en su relación con la escala de valor sociosexual. Este gusto personal determinaría las personas de las que nos enamoramos. El enamoramiento no sería otra cosa que el entusiasmo experimentado ante el descubrimiento de un objeto amoroso posible, y sería más intenso, más repentino, más violento, cuanto más alto fuera su valor sociosexual.

Pero entonces, ¿el valor sociosexual al que accedemos no es fijo e idéntico al nuestro?

Sí lo es, pero nuestro valor sociosexual no es una moneda objetivada que podamos mostrar como si fuera un billete, a cambio del cual podamos exigir un objeto amoroso de calidad equivalente. Recordemos que el valor sociosexual es una valoración subjetiva sobre el valor objetivo. Sería algo así como adivinar el valor del billete de la otra persona en función de los innumerables indicadores que me ofrece, al tiempo que intento que atribuya a mi billete el máximo valor posible.
Esta dinámica se llama “seducir” y es una forma de competición. Tiene la supuesta ventaja de que flexibiliza un poquito el valor sociosexual al que tenemos acceso. Tiene la desventaja, muy superior, de que transforma las relaciones en sistemas de competición, donde el valor sociosexual debe ser peleado en todo momento, convirtiendo a todas las personas, ya sean objetos amorosos o no, en objetos secundarios de seducción cuya idea sobre mi valor sociosexual debo mantener lo más alta posible para que influyan positivamente en los resultados de mis seducciones principales. Esa competencia, como la económica, hace que la escala sea aún más vertical, es decir, más desigual, y que tienda a hundir a quienes no compiten.

El enamoramiento representa así el triunfo del individuo sobre el conjunto de la sociedad, a la que entiende que ha logrado robar un objeto amoroso más alto de lo que le correspondía. Es decir que no sólo es insolidario. Además es entrañablemente ingenuo. No hay momento más enternecedor que el de escuchar a una persona enamorada hablar del idealizado objeto de su amor, mientras sabemos, conozcamos a dicho objeto o no, que no será ni más ni menos que lo que es la enamorada misma.

A mí también me parece todo horrible. Cambiémoslo.

volver a la primera parte.

martes, 17 de mayo de 2016

¿de quién nos enamoramos?


¿Qué se puede aportar a una cuestión tan manida y resobada, tanto por los medios de comunicación como por la cotidiana puesta en común de nuestras vicisitudes amorosas? Gracias a todo ello sabemos de sobra que la pregunta tiene dos respuestas.

La primera la recoge ya el mito de la inasequibilidad delamor a la razón: imposible saber de quién nos vamos a enamorar o explicar por qué nos hemos enamorado de alguien. El amor es una química astrológica, una confluencia de energías más grandes que la vida, y nuestra pequeña conciencia humana sólo puede aceptarlo tal y como llega.

La segunda se aferra a este vocabulario paracientífico y le añade un carácter demostrativo y predictivo. El reduccionismo biologicista y su interdisciplinaria sopa de conceptos, nos cuenta la historia de la hormona azul que se dispara ante la aparición de una pareja apta para la procreación y cuyo acoplamiento neuroquímico es más reforzado por las condiciones del ecosistema cuanto más se renaturaliza éste. Y para demostrarlo hay estudios. En definitiva: que sigue sin depender de nosotrxs.
Sabemos, en realidad, algo más: que ambas respuestas son mentira, y que sentimos en lo más íntimo que esto del enamoramiento tiene, como los sueños, algún tipo de lógica relacionada con nosotrxs como personas (no con los astros ni con nuestra composición química), aunque la densa bruma determinista nos impida pillar el esquema.

La razón de que esa bruma exista, y de que se embuchen sin medida a las calderas que la expelen, es que es peligroso que el enamoramiento pierda su magia. Si el enamoramiento se “entendiera” es muy probable que dejáramos de hacer la mayor parte de las tonterías que hacemos por amor, y es muy probable que dejáramos de formar aquellas parejas (alto y amenazador porcentaje) cuya formación es también una tontería. Si pudiéramos “manejar” nuestro amor las cosas cambiarían mucho, y las calderas de la bruma determinista están en manos, sobre todo, de personas que se llaman “conservadoras” no porque trabajen el sector de la sardina en aceite, sino porque se benefician de que todo siga exactamente tal y como está.

Por si acaso, se procura que seamos brumafriendly, y se nos advierte para ello de que si se disipara la bruma se disiparía con ella de las relaciones la famosa e imprescindible “magia”. Quien dice “magia” dice “ilusión por vivir”. Las relaciones de pareja tal y como nos vienen, en su paquete comercial, tienen la exclusiva del sentido de la vida. Nada puede sustituirlas. Una vida donde la felicidad no la proporcione, sobre todo, el enamoramiento, es una auténtica mierda. Y en las instrucciones del enamoramiento nos aparece clara la advertencia: “la empresa no se responsabiliza de cualquier avería provocada por la apertura del mecanismo”.

En el próximo artículo, y contra toda cautela, vamos a exponer en líneas generales cómo determinamos el objeto de nuestro amor desde una perspectiva psicosocial. No cómo elegimos pareja sino, directamente, de quién nos enamoramos. Nuestra impertinencia no tiene límites. Veremos que se trata de mecanismos que nos resultarán no sólo comprensibles y de sentido común, sino perfectamente familiares.

Y, siendo todo tan evidente, ¿cómo es que no nos habíamos dado cuenta antes? Pues por la bruma, que tiene padrinos. No sólo el sistema pone a nuestra disposición un arsenal de cuerdas para que elijamos libremente cómo atarnos.
Cada vez que alguien esgrima la idea de que sobre los sentimientos no se puede mandar, preguntaos en qué le beneficia su supuesta impotencia.

ir a la segunda parte.