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lunes, 16 de julio de 2018

Pagando por ello - Chester Brown (2011)


Ya se puede decir, sin temor a exagerar, que, en los debates sobre prostitución, la sensación de que la/el adversarie no dialoga es universal.

Las dos posiciones principales (abolicionistas y regulacionistas) así como cualquier otra, minoritaria, que matice o extreme las anteriores, han llegado a la conclusión de que solo cabe la reflexión endogámica y el proselitismo, porque del otro lado jamás se escucha.

Yo, como abolicionista, comparto esa idea: son les regulacionistes quienes no escuchan. Aunque coincido en que hay tanta gente ruidosa en ambos lados que se vuelve difícil escuchar para cualquiera, el bloqueo del debate, en mi opinión, proviene de que el regulacionismo niegue, incluso desconozca, el argumento abolicionista determinante: el sexo no es una actividad más, expresado habitualmente en la forma “no se puede comprar un cuerpo”.

No es que dios, obviamente, haya designado al sexo como un espacio sagrado. En realidad yo no sé si lo ha hecho, porque no tengo notificación. Tampoco creo que fuera a importarme demasiado tenerla. Lo que convierte al sexo es un fenómeno “delicado” es que esa supuesta notificación, y cosas culturalmente más ancestrales que esa notificación, como el control de la progenie, han creado una cultura sexual que convierte al sexo, de por sí, en una actividad de riesgo emocional, aparte del evidente riesgo físico, para las mujeres.

Del otro lado, el regulacionismo “civilizado” aspira a saltar por encima de este momento histórico y a actuar según una significación igualitarista del sexo, donde no hay más que dos partes adultas y libres que deciden llevar a cabo un determinado comercio desde una actitud profesional y distanciada.

Ese regulacionismo habla como si las prostitutas vivieran en un futuro feminista e ineludible, casi a la vuelta de la esquina. En la reivindicación de ese superpoder para viajar en el tiempo se fundamenta la mística de la puta como supermujer, especialmente dotada para disfrutar de sus ventajas eludiendo sus desventajas, de la que el regulacionismo a veces echa mano.

Sin embargo, la otra parte, los puteros, llegan desde un presente que sistemáticamente determina la dirección patriarcal del intercambio: ellos compran, ellas “se” (“se”, dado que seguimos en ese presente patriarcal) venden. Para el regulacionismo, sin embargo, el putero también viene un poco del futuro: un mundo en el que el sexo es “solo sexo” entre personas igualitaristas por defecto, y en el que además el consumidor se encuentra en desventaja porque, al fin y al cabo, no conoce los trucos del negocio.

Este putero deconstruido es el que nos presenta Chester Brown en su autobiográfico Pagando por Ello. Apenas cabe esperar machismo de ese hombre resiliente pero inseguro, firme en sus ideas pero frágil en su aspecto. Opuesto y austero frente a la histriónica cultura amorosa, pero sexualmente activo y deseante, todo aplastante secillez.
Y es su testimonio el que nos permite bajar al terreno práctico para comprobar en qué consiste concretamente esta mitología, mucho más esquiva en las generalidades de los debates.

Vemos ahora que la relación entre el cliente y la prostituta es una competición constante en la que la autoestima de ambxs está en juego, y ella tiene sistemáticamente las de perder. El aparentemente razonable nivel de autoexigencia ética que el narrador se impone en su práctica de putero no le impide tomar continuamente decisiones en las que hace prevalecer sus necesidades emocionales por sobre la dignidad de las prostitutas.

Asistimos a turbias deliberaciones interiores sobre el atractivo de las mujeres, al sometimiento de sus servicios intimos al juicio de la fratría, al dilema legal de la edad, en el que la única preocupación son las consecuencias judiciales, o a veladas vulneraciones del consentimiento. Todo ello amparado por el derecho que otorga la condición de cliente. El dinero es siempre el argumento definitivo: pago, así que puedo.

Dice Amelia Tiganus (y yo interpreto) que hay tres tipos de puteros, diferentes según el tipo de estrategia que emplean para extraer del sexo el máximo valor simbólico posible. El peor de todos es el “putero majo”, porque su objetivo es demoler la diferencia entre el trabajo y la vida personal que la prostituta levanta para defender la segunda y, por tanto, su propia condición de sujeto. El putero majo la trata como si fuera su amiga, incluso su novia, y espera cierta correspondencia. Es su forma de convertir el sexo sin significado por el que ha pagado en sexo con significado pleno; es su estrategia de posesión, su apuesta, su juego, su plan de robo.

Chester Brown se muestra como un putero majo de libro, permítaseme el juego retórico. Obvia constantemente que todo lo que sucede, sucede porque está pagado, y actúa como si entre él y la persona a la que paga por estar con él se estuviera produciendo un espontáneo vínculo emocional; como si, en alguna medida, ella también le hubiera elegido a él y deseara ese encuentro. El afecto sobreentendido y los servicios debidos se imbrican en su lucha por construirse una novia de diseño a un precio asequible.

Es interesante ver cómo a la obra, realizada en 2011 con evidentes pretensiones activistas, le ha llegado la evolución del debate sobre prostitución como un mazazo que la convierte en una reliquia de interés sociohistorico sin autoridad política. Lo que aspiraba a ser un argumentario regulacionista (alegalista en realidad) se ha convertido, sin cambiar una coma, en uno poderosamente abolo.
Por eso recomiendo el libro a todo el mundo. A regulacionistas porque verán ilustradas, y tal vez desidealizadas, algunas de sus teorías. A abolicionistas porque, vista la mezcla contranatura que habita el abolicionismo, habrá quien se encuentre un putero más humano, consciente y responsable del que esperaban, y les toque todavía pasar por el regulacionismo para ser abolicionistas madures. Pero sobre todo para que quienes lo son dispongan de una casuística ilustrada de referencia, fácilmente utilizable para talleres, charlas, debates, memes y, en definitiva, avance hacia la igualdad.


miércoles, 7 de marzo de 2018

El arte de follar, de Erich Fromm.


Pocos días después de que Gallimard publicara el inesperado cuarto volumen de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault, el mundo de la cultura, y en concreto de la cultura sexual, recibe otra gran noticia editorial: la inmediata aparición de la gran obra póstuma de Erich Fromm, autor de la biblia contemporánea del amor, con el sugerente título de El arte de follar.

Lo que tendremos pronto en nuestras manos es el último gran esfuerzo de Fromm por entender el signo de su tiempo y contribuir, como ya había hecho con sus trabajos anteriores, a sanar sus más arraigadas patologías.

Durante sus últimos 14 años, desde su retiro en Muralto, Suiza, el genial psicoanalista, otrora miembro insigne de la Escuela de Frankfurt, abordó lo que en varios episodios del texto es referenciado como “el más complejo de los misterios de la condición humana”.

Parece que el proceso para llegar hasta aquí no ha sido fácil. “El arte de follar es una obra inmensa y laberíntica, llena de pasajes crípticos, puntos muertos y hallazgos deslumbrantes” –nos explica su editora. “Fromm se había adentrado en un mundo que pronto se reveló inabarcable, casi infinito. Seguirle en su recorrido es fascinante. A veces casi tan inabarcable como el viaje que él emprendió. Un laberinto dentro de un laberinto”.
Efectivamente, parece que son varios miles de páginas las que Fromm llegó a redactar. Lo que en un principio parecía un plan definido se ramificó pronto en una multiplicidad de investigaciones secundarias, análisis de casos, digresiones eruditas y reflexiones personales. “El manuscrito carece de orden y, por supuesto, carece de final. Lo que lxs lectorxs encontrarán es una breve síntesis de 800 páginas para cuya elaboración hemos tenido que tomar decisiones a veces puramente comerciales, buscando la intelegibilidad o estableciendo un hilo argumental que, somos conscientes, tal vez no es necesariamente el espíritu original de la obra”.

Pero, ¿cuál era el objetivo de Erich Fromm con este proyecto? Sepámoslo por las palabras introductorias del propio genio de Hesse: “En 1952 la crisis generalizada de la pareja me llevó a abordar la sagrada misión de garantizar la supervivencia de la especie. Para transformar la dinámica histórica necesitaba un cambio revolucionario; una visión completamente novedosa que resultara, además, irresistiblemente atractiva. Algo que todo el mundo quisiera hacer. Un día, caminando por la orilla del Apatlaco, la idea vino a mí: el amor es un arte. El amor debe ser entendido como una manufactura lenta, laboriosa, cuyo producto poseerá, por lo tanto, una belleza indescriptible. El resto surgió solo, y es de sobra conocido.

Aunque no se puede decir que Fromm “invirtiera la dinámica histórica”, no cabe duda de que introdujo en ella un poderoso factor retentivo. Sin embargo, la sociedad seguía avanzando, a veces incluso cogiendo por sorpresa a mentes tan privilegiadas como la suya: “Pensaba que con conseguir que la pareja sobrevivieran sería suficiente. Que el resto lo harían la búsqueda de placer, el deseo, la liberación de prejuicios,… Hoy nos encontramos con un nuevo problema: la inapetencia sexual. Queridos lectores. Tienen ustedes que practicar el coito o habremos retornado al callejón sin salida de la extinción. La buena noticia es que nada es tan placentero como él. Permítanme que se lo muestre. Acompáñenme en este recorrido por El arte de follar”.

A juzgar por la nota del editor a este párrafo, parece que fue precisamente la cuestión del título una de las que más de cabeza trajo a Fromm. “durante todo el proceso de elaboración barajó varios posibles nombres: El miedo a follar, La libertad del arte de follar, El miedo a la libertad del arte de follar, incluso uno más sintético y rotundo, que, desde nuestro punto de vista, se ajusta mejor a la intención general de su trabajo: Follar. Elegimos El arte de follar porque sabemos que era el más usado por Fromm para referirse en privado a su obra, especialmente si había bebido.”

Una de las cuestiones más complejas ha sido la gestión de las innumerables notas a pie de texto, en las que Fromm da rienda suelta a su faceta más creativa, personal y espontánea. “No hay una diferencia clara entre las anotaciones que Fromm hacía para sí mismo y aquellas que pretendía que aparecieran en el texto” –nos explican desde la editorial. “A veces se diría que pasa de uno a otro destinatario en la misma frase. Nos ha sido muy difícil establecer un criterio de selección”.

En la página 208, por elegir uno de entre una infinidad de ejemplos posibles, como nota a un párrafo en el que se refiere al pesado estigma que durante siglos ha acarreado el sexo en nustra cultura, nos dice: “Nuestra sociedad necesita una palabra que enmarque un discurso positivo en torno al sexo. Algo así como “sexobondad” o “follopositividad”. Y luego ya desarrollar esa ideología en todas direcciones. Libros y libros. Y charlas. Y talleres. Y películas. Tengo que encontrar esa palabra. Espero que no se me adelante el cabrón de Marcuse”.

Y otra: “El arte del follar requiere un equilibrio perfecto entre pensar y hacer, entre teorizar y practicar. Ambos lados del balancín deben recibir una atención similar, para que este pueda oscilar y mantenerse en el aire. Insistir mucho en uno de los lados hará que el balancín se clave en la tierra estrangulando poco a poco la vida sexual. Y si eres un gilipollas, como yo, pues te pasarás diez años escribiendo un libro sobre sexo y no follarás una mierda.”

Como vemos, su propia experiencia sexual, y no solo la de sus pacientes, era fuente inagotable de inspiración. El conflicto personal se convertía en materia de reflexión, hasta el punto de llegar a ser un enigma que le atormentara: “La separatidad sexual, es decir, la unión entre amantes que no se materializa sexualmente con regularidad, devuelve al ser humano al desvalimiento existencial. La vida que no folla es vida estéril en la que el instinto de muerte cobra vigor. Las fantasías sexuales se van tiñendo de más y más violencia, y llega un momento en que lo que te apetece, más que follar, es quitar la tontería de una buena hostia. Y luego follar.”

En otras ocasiones ese mismo conflicto hace surgir intuiciones y líneas de investigación de una modernidad asombrosa: “Cuanto más me dice que no más me imagino que la ato a la cama. Le tengo que preguntar si me deja, a ver si cuela. No. Le voy a decir que le dejo que me ate ella. Y si acepta, le digo que primero la ato yo. Me gustaría tenerla atada a la cama y aparecer de repente vestido todo de negro ajustado, al estilo del Comandante Cousteau…¡A ver cómo consigo yo un traje de buzo en medio de Suiza! ¡Bah! ¡Si es que lo tengo todo en contra!”.

La entrega de Fromm a la elaboración del libro fue extrema hasta el último momento, siendo a veces presa de una auténtica fiebre creadora. Pocos días antes de su fallecimiento aún escribía. “Me acabo de enterar de que se ha muerto Marcuse. ¡Todo el tema para mí! ¡Jeje! ¡Que se joda!”.

Ahora él será todo para nosotrxs.


jueves, 18 de agosto de 2016

La fuente sagrada - Henry James (1901)


He sido invitado a disfrutar de unos días en Newmarch,  junto con otras personas distinguidas. En el tren que me lleva allí encuentro a Mrs. Brissenden y a Gilbert Long, dos viejos conocidos, con quienes, según ellos mismos me informan, compartiré estancia.

Long no parece el caballero apuesto pero simplón de siempre. Da la impresión de estar más despierto, más perspicaz de lo habitual. Pero la verdadera sorpresa es Grace Brissenden. Si no recuerdo mal, ha superado ya la mediana edad. Y, sin embargo, se diría que es más joven que su compañero. ¿De dónde viene esta notoria transformación? ¿Es posible que un idilio entre ambos haya obrado un cambio físico tan evidente a simple vista?
Mis sospechas se confirman cuando en Newmarch aparece Guy Brissenden, esposo de Grace. Aunque su edad es cercana a la de ella, su aspecto es el de un hombre que se acerca a la vejez.

Mi carácter indagador me lleva enseguida, sin embargo, a descubrir que no hay tal adulterio.

¿Quién es, entonces, el beneficiario de la juventud perdida de Mr. Bissenden? ¿De dónde provienen las novedosas virtudes de Long? El resto de invitados a Newmarch disponen, sin duda, de numerosas claves que pueden ayudarme a resolver estos enigmas. Y entre ellos también se aprecian extrañas transformaciones.

Por otro lado, y quizás sea ésta la cuestión más importante, ¿apreciarán ellos algún cambio en mí?

La fuente sagrada no es una lectura larga, pero tampoco cómoda. Tal vez porque nos propone el adiestramiento en un juego al que sólo sabemos jugar inconscientemente: la comprensión de los efectos producidos por el flujo del valor sociosexual.


miércoles, 20 de julio de 2016

El Contrato Sexual - Carole Pateman (1988)


A veces parece que la condena radical al gamos implica un exceso de acritud. ¿No existe la pareja libre e igualitaria?

Este texto es el mejor que conozco para entender cuál es la verdadera naturaleza de la libertad contractual, y cómo el gamos no es sólo imprescindible para conservar la ficción de esa libertad, sino que es la herencia misma, la forma misma, de la esclavitud alienada.
Tanto el contrato social como el contrato laboral son fraudes políticos para legitimar el sometimiento individual a un poder mayor.

Gran parte de su éxito se ha debido a que a ambos subyacía un tercer contrato, el contrato sexual, firmado entre los hombres, que otorgaba a cada firmante el derecho a la esclavización de una mujer.

La esclavitud es el modelo original de contrato: cuando un grupo somete a otro por el poder de las armas, le ofrece la esclavitud a cambio de la vida. Así, decimos que el esclavo es esclavo libremente, porque tenía la opción de haberse opuesto a su esclavitud y, con toda probabilidad, haber muerto.

Podemos decir, por tanto, que ni hay ni ha habido libertad entre los pactantes. Lo que ha existido siempre ha sido un chantaje. El contrato es la aceptación explícita de unas condiciones de explotación que son más ventajosas para ambas partes de lo que sería mantener el conflicto. Pero la desigualdad se conserva.

Esta idea de llamar libertad contractual a la elección de la mejor opción, aunque ésta sea la esclavitud, es refutada por J S Mill: “no es libertad permitir a alguien enajenar la libertad”.
¿Cómo es posible que el contrato laboral haya conservado esta herencia directa del pacto de esclavitud sin que la clase obrera desempoderara definitivamente a su opresor?

Entre otras cosas, porque éste le ofreció como mejor opción que la lucha el convertirse, a su vez, en un pequeño opresor: cada obrero esclavizado por el patrón sería a su vez el esclavista de una mujer.

De cada una de ellas se diría también, por supuesto, que aceptaba su esclavitud libremente.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

Un héroe de nuestro tiempo - Mijaíl Lérmontov (1839)

"(…) esa inquietante necesidad de amor que nos atormenta en los primeros años de juventud llevándonos de una mujer a otra, hasta que, al fin, tropezamos con una que nos detesta. Entonces comenzamos a ser constantes, nace la genuina, la infinita pasión, que podríamos expresar matemáticamente con una línea proyectada desde un punto al espacio; el secreto de ese infinito radica tan sólo en la imposibilidad de alcanzar el objetivo, es decir, el fin”.
(página 118)

Con esta sencilla definición, casi una fórmula matemática, describe Pechorin, protagonista de Un héroe de nuestro tiempo, la esencia del amor y los nunca bien ponderados misterios opuestos de la fidelidad y la inconstancia. El mostrar la puesta en práctica de esta mecánica simple a lo largo de apenas dos centenares de páginas es la causa de que añada esta novela a la bibliografía antiamorosa.

Lejos de cualquier especulación biodeterminista, de cualquier nueva receta con la que obtener el coctel de hormonas definitivo, Lermontov nos explica de modo sencillo y verosímil por qué nos enamoramos y por qué dejamos de hacerlo. Para socavar el misterio ante el que todxs fracasamos necesita, eso sí, de un punto de vista privilegiado. Éste se lo ofrecerá el propio Pechorin, hombre de vigor y talento al que no se le resiste empresa convencional alguna. Entre estas empresas, la conquista de toda mujer que pueda constituir un triunfo social y una satisfacción para su autoestima figura como una de sus principales aficiones.
 Mijaíl Lérmontov desafiándote a un duelo.

¿Qué sucede cuando se llega al límite del éxito? ¿Qué ocurre cuando todas las mujeres se han mostrado conquistables y ninguna da al hombre la medida de su valor mediante una resistencia invencible? Entonces aparece el “hombre superfluo”; ese arquetipo de la literatura rusa, padre del nihilismo y de la puesta en entredicho de todos los valores, para quien la estructura social es una pantomima de mezquindades entrecruzadas e ignorantes.

Pero el hombre superfluo es algo más. Su vista de águila sobre el mundo del amor, al que desprecia como tierra arrasada, le permite desentrañar su sentido último como lucha por el poder. Él, que a todxs ha vencido, descubre que aquello por lo que todxs luchaban es el vacío de la devastación. Y él, que nada tiene ya por lo que luchar, prefigura al héroe sádico que, carente de más mujeres a las que conquistar, buscará recuperar el sentido de su existencia volviendo sobre las ya conquistadas para profundizar en su destrucción.
  
si buscáis en google imágenes de "un héroe de nuestro tiempo" os aparecerá esta estampa de Javier Maroto.
es decir, que estamos aún peor que en tiempos de Lérmontov.

sábado, 26 de julio de 2014

BIBLIOGRAFÍA: La psicología de los celos y la envidia - Peter Salovey, compilador (1991)



                Debo disculparme por recomendar un texto en inglés y por carecer de información sobre traducciones parciales o totales, así como sobre la existencia de otros textos que pudieran remplazar a éste y que estén disponibles en nuestra lengua.
 
 
Pero la barrera idiomática no podía ser un impedimento para, al menos, señalar el interés que alberga para nosotrxs profundizar, desde la perspectiva más seria posible, en el tema de los celos.

El libro es una compilación de doce estudios realizados por algunas de las bibliografías académicas señalan como máximas autoridades en la materia.

Su lectura, que discurre sosegadamente por cauces formales perfectamente académicos, sin voluntad alguna de pasmar al lector o conducirlo a conclusiones demagógicas, derrumba, silenciosamente, dos mitos que son las columnas sustentadoras de nuestra manera de entender los celos:

-los celos no son una emoción simple, sino compuesta, y como tal, su comprensión debe remitirse a otras más elementales cuyas diversas combinaciones forman parte de nuestra vida de manera cotidiana. Es decir, continuamente, pero fuera de la pareja, ponemos en acción herramientas para combatir los celos o, mejor dicho, mantenerlos en el ámbito de las emociones eficaces y funcionales.

-no existe, o es despreciable, la propensión (natural, biológica, genética, o de cualquier tipo) a los celos. Los celos aparecen allí donde se producen las condiciones que los activan. Todos somos potencialmente celosos como reacción ajustada a determinadas circunstancias, de modo que el tratamiento actual de los celos como patología en sí (y su identificación con la inseguridad como rasgo de carácter) implica un error de enfoque.


 

Pero lo más divertido es ver cómo estas conclusiones son desperdiciadas en las reflexiones más generales con las que concluye cada texto. La ceguera sobre el amor es tanta que el simpe estudio psicológico aislado no tiene, sin una reflexión psicosocial previa, fuerza para hacer saltar la alarma crítica del psicólgo.
 

jueves, 5 de junio de 2014

BIBLIOGRAFÍA: La guerra de las salamandras - Karel Čapek (1936)


 
                ¿Qué tiene que suceder para que el ser humano reconozca la existencia del otro como ser también humano?

                ¿Qué le hace descubrir en el otro una conciencia como la suya y, por ello, actuar en función de esa igualdad?

                O, invirtiendo la pregunta: ¿Hasta dónde puede el ser humano llevar la negación de la condición humana allí donde ésta se hace evidente?

                Čapek sólo responde, en realidad, a esta última pregunta: hasta que el reconocimiento se impone por la fuerza.

                Según la pesimista visión del escritor checo, el ser humano está especialmente dotado para anteponer su interés a su empatía o, dicho de otro modo, para utilizar su empatía sólo cuando ésta ofrece la ventaja de hacer aumentar el poder.

                Si esto es así, debemos pensar que nosotros mismos, orgullosos habitantes del s XXI, estamos negando la condición humana a todo aquél colectivo que no haya encontrado el poder para imponérnosla. Se nos abre, por lo tanto, un inmenso trabajo de identificación y comprensión de lo humano en aquellos espacios, precisamente, en que ningún interés particular nos hace ir a buscarlo.

                La mujer es, tal vez, el paradigma de esos colectivos, presente en toda nuestra historia como evidentemente igual y, a pesar de ello, carente de ese reconocimiento, aún hoy, salvo cuando su poder o el interés del hombre ha logrado imponerlos.

                Pero conformarnos con “mujer” como otredad a identificar es negligir la oportunidad, precisamente, de incorporar la más inclusiva categoría de “otro”. La clase genera a ese otro, sobre todo la superclase producida por las fronteras económicas. Hoy día, África está habitada por “salamandras” cuya muerte sistemática trataremos un día con la hipócrita indignación con la que nosotros tratamos la esclavitud americana del XIX. En los ancianos que potencialmente contenemos, es decir, en nuestro mismo futuro, en nosotros, fragmentados por el tiempo, somos capaces de establecer esa misma otredad. E incluso el género masculino es simplificado como el otro opresor de un modo que permite su deshumanización instrumental.

                El ser humano lo es, y el no reconocerlo como tal constituye una confusión de identidad, es decir, un recurso humorístico clásico que La Guerra de las Salamandras utiliza con una inteligencia deslumbrante, ofreciéndonos, en cada carcajada, la oportunidad de recordar, no lo que somos, sino en lo que nos convertimos al no reconocer lo que son los demás.

                Lo más frecuente es desaprovechar esta prodigiosa oportunidad.

miércoles, 23 de abril de 2014

BIBLIOGRAFÍA: La mística de la feminidad - Betty Friedan (1963)

            
               ...o la estética de los 50 como icono del feminicidio.

“La mujer no nace, se hace”, afirmó Simone de Beauvoir en 1949. En 1963 Betty Friedan podría haber precisado: “se hizo en los años 50, en Estados Unidos”.

Seguramente, Friedan sea una de las referencias del feminismo con convicciones feministas menos radicales. Pero el estudio realizado en esta obra resulta más demoledor para cualquier tentativa de justificar la diferencia entre géneros que la gran mayoría de los análisis sociológicos generales.

Tras la convulsión cultural de entreguerras y la convulsión socioeconómica de la guerra misma, los Estados Unidos se enfrentan, a finales de la década de los 40, al derrumbamiento del modelo de familia tradicional. A lo largo del texto vemos con asombro cómo ese modelo se restituye a la perfección mediante una década de masacre propagandística que retrotrae a la mujer a un nuevo siglo XIX con decorado futurista.

Betty Friedan parte en su investigación de “el problema sin nombre”, la plaga de neurosis que afecta a la mitad femenina de la población y que parece no tener explicación posible. La mujer americana, para la que se ha construido un paraíso doméstico sin precedentes en la clase media, desarrolla crecientes y preocupantes síntomas de angustia que llegan a patologías extremas y desconcertantes.

Indagando en su entorno cultural encontraremos las huellas de un titánico lavado de cerebro que ha desdoblado su conciencia. Mientras que ella, seguidora de la mística de la feminidad producida por los medios de comunicación, se considera a sí misma esposa, madre y ama de casa vocacional, su inconsciente le recuerda que en el pasado ha estado mucho más cerca de la realización personal mediante la igualación con el hombre.


Betty Friedan nos descubre el espantoso escenario de una condición femenina de cartón piedra, creada a matacaballo en unos pocos años con el fin de devolver a la mujer a una esclavitud de la que empezaba a escapar. Con ello nos revela el verdadero origen de nuestro propio concepto de “mujer”, de universal femenino, atribuido siempre a la naturaleza y desarrollado, en realidad, como reacción a los avances en igualdad.

Nuestro propia concepto de “mujer”, recientísimo tatuaje sobre nuestra conciencia, es la continuación de aquel sueño inducido, con el que se nos pretende hacer olvidar victorias que fueron reales. Pero el inconsciente lo conserva todo, y en su esfuerzo por liberarse, hoy como ayer, convierte la jaula dorada del hogar en la celda de un psiquiátrico.

Para quien se sienta mujer y sospeche que sería útil dejar de sentírselo.

 

lunes, 10 de marzo de 2014

BIBLIOGRAFÍA. El ser y la nada - Jean-Paul Sartre (1943)


                Siguiendo el buen consejo de una lectora, comienzo una sección bibliográfica. La única posibilidad de que sirva de algo el constatar títulos que, muy probablemente, en su inmensa mayoría, serán predecibles y aparecen ya en cualquier bibliografía sobre amor, género, o sexo, es especificar lo que yo considero su aportación para comprender y abordar la agamia.

                Así, éste será el sesgado contenido de su comentario.
 


                En realidad, sólo haré mención a las sesenta páginas que componen el tercer capítulo de la tercera parte del libro. En dicho capítulo, titulado “Las relaciones concretas con el prójimo” se encuentra la descripción más valiente y descarnada que conozco del amor como experiencia personal.


                De estas tres perspectivas, Sartre sólo aporta la primera. Pero esto la hace aún más clave y reveladora, porque es ésta precisamente de la que siempre carecemos, ya que su descubrimiento acabaría con el oxígeno del amor. El amor vive, en sus crisis de prestigio más profundas, de refugiarse en sí mismo como realización de una felicidad que, si bien puede llegar a quedar tachada de egoísta o irresponsable, nunca lo será de indigna. No es del todo imposible encontrar análisis sociológicos del amor que, si bien no lo acusen como implicado en la opresión sistémica, sí acaben citándolo a declarar. No lo es tampoco escuchar su propia autodefinición, si estamos dispuestos a aceptar un escaso vuelo intelectual. Pero jamás, fuera de las páginas de este texto, y hasta donde yo conozco, encontraremos descrita la experiencia del amor como sustancialmente viciosa y ansiógena, y esto con la meticulosidad que corresponde a la obra maestra de un filósofo dotado y ambicioso. A diferencia de toda otra interpretación de lo que es el amor, ya sea en general o tras su rescate de un supuesto amor tóxico romántico, en El Ser y la Nada el amor es el problema y, cada éxito, un fallo del amor.

                Los tres apartados que componen el capítulo son un recorrido circular por el trayecto que la angustia existencial genera en su compulsión de ser liberada mediante el encuentro con los otros. Así, cada una de las actitudes, cada uno de los roles del amor, no es sino uno de sus momentos, anticipo del siguiente y del retorno de sí mismo. Del fracaso del masoquismo se llega al sadismo, y de éste a un altruismo cuya insatisfacción abocará a un nuevo masoquismo.

                La mirada del otro es el infierno inevitable, porque en él tomamos conciencia tanto de nuestro ser como de nuestra incapacidad para dominarlo. Precisamente porque se encuentra allí, fuera de nosotros, se desata una lucha irracional que nos convierte en inseparables e irreconciliables con la mirada que nos constituye. El amor no es otra cosa que el intento extremo y desesperado de controlar esa mirada.

 
                Donde Sartre pone la esencia del para-sí, es decir, del hombre, cabría poner el contexto sociocultural que se materializa en una forma universal de estar con los otros. De ahí que su ontología pesimista pueda ser interpretada no como una necesidad, sino como el espíritu de un tiempo; no como el laberinto necesario que nos da forma, sino como la forma circunstancial de nuestro mundo entero.

                He recomendado estas páginas mil veces, porque creo que cualquiera que las lea con la valentía que merecen, inaugurará con ellas, y para su bien, la liberadora experiencia del amor como vergüenza.