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miércoles, 15 de julio de 2020

aliados


A estas alturas ya hay bagaje para valorar si nos va bien con el término “aliado”. Y parece que nos va mal.

Una vez agotada su novedad la comparación con el clásico “feminista” no parece arrojar grandes ventajas. Por un lado sí, evita el borrado de las mujeres y la usurpación. Por otro suena tan adulador y a la vez autoelogioso, tan mezquino en definitiva, que parece justo el término que elegiría un infiltrado.

El término “aliado” tiene dos graves defectos fundamentales con respecto a “feminista”, aplicado este a un varón. El primero es que designa una conducta. El feminismo es muchas cosas, unas teóricas y otras prácticas. Quien es feminista, que nunca lo es ni deja de serlo del todo, dado que todxs nos movemos en una franja de niveles de igualdad correspondiente a nuestro contexto histórico y cultural, puede serlo de manera combinada, teórica y práctica, pero también puede serlo de manera descompensada. Eso es propio de cualquier ideología que vaya acompañada de un movimiento social o incluso de la que, simplemente, pueda derivarse una práctica.

Si decimos que X es marxista no estamos concretando en qué sentido lo es. X puede ser experta en marxismo, o puede llevar una vida que Marx aprobaría, o puede, simplemente, autodesignarse así. X puede ser, incluso, burguesa, es decir, enemiga de clase del marxismo. En tanto que no concretemos en qué sentido es marxista la categorización no tiene por qué ser incorrecta. Esa incertidumbre debe ser asumida en su uso. Es una limitación en el término que sirve para disponer de su generalización. Si ser marxista fuera una cosa muy concreta todos los sujetos que quedaran fuera caerían bajo la categoría “no marxista” de un modo indiferenciado que aumentaría la confusión. Para que “marxista” nos dé más información debemos seguir preguntándole y añadiéndole nuevos términos.

Sin embargo, cuando decimos que Paco es aliado hemos concretado mucho más. Paco no está necesariamente de acuerdo con la teoría, aunque seguramente se lo atribuyamos. Lo que sabemos con certeza es que Paco ha sellado una alianza, es decir, que está fiablemente comprometido con llevar a cabo conductas coherentes con los postulados feministas.

“Aliado” es, por lo tanto, una categoría práctica y, por lo tanto, moral. Nada en contra de las categorías morales, salvo, lógicamente, cuando son a priori. Si Paco dijera de sí mismo que es generoso, prudente o sincero lo único que sabríamos de Paco es que es alguien que exige de nosotrxs una confianza que le beneficia. Paco pide que se le atribuya, a priori, la categoría “bueno”. Paco es, al menos en este sentido, malo.

La autodesignación “aliado” es de esta naturaleza. Es, por lo tanto, no un paso menos, si un paso más que la autodesignación “feminista”. El feminista puede reducir su feminismo a una admiración intelectual. El aliado va más allá: hace cosas. ¿Qué cosas? No lo sabemos, pero en tanto que las hace, ya merece más compensación que el feminista.

El segundo defecto se deriva del primero; se trata de la falsa modestia. Un aliado no solo se autodesigna como sujeto activo en el movimiento feminista, sino que con ello efectúa también un supuesto gesto de humildad que lo proyecta a una categoría superior a la del hombre feminista. Ese menos-es-más no tiene, además, contraprestaciones. Fuera del feminismo lo mismo da ser feminista que aliado. Dentro, un aliado es superior. ¿A cambio de qué? De nada; de la autodesignación misma. Es esa autodesignación, y ninguna otra cosa la que, a la postre, es valorada como el acto feminista que lo legitima: “Aunque no haga nada más ya ha hecho algo: ha dado un paso atrás.” ¿Lo ha dado? No lo sabemos, pero en tanto que se trata de una categoría práctica, es decir, que designa una práctica, debemos entender que lo da realmente, que lo ha dado, que suele darlo, que lo está dando ahora, lo parezca o no.

Aún hay un tercer problema con la designación “aliado”. No me extenderé sobre él por razones de espacio y por conservar la fuerza persuasiva del texto. Lo dejaré solo enunciado con vistas, o no, a ulteriores desarrollos: distinguir feminista de aliado tiene como consecuencia la subjetivización de la teoría feminista, dado que establece sujetos de enunciación privilegiados cuyas posiciones prevalecen sobre la fuerza de los argumentos. Frente a la tendencia naturalmente democrática de la racionalidad recogida en la frase “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”, la categorización entre sujetos que teorizan tiene como consecuencia no que unos reciben prioridad con respecto a otros (esto sería lo de menos) sino que cualquier idea puede escudarse en la categoría del sujeto que la enuncia, o quedar indefensa ante el que no lo hace. Pero mantengamos el foco en las dos críticas previas.

Lo que se ganaba con el término era, como decía al principio, evitar la usurpación en el feminismo; evitar confundir tanto al sujeto del feminismo (las feministas) como al objeto (las mujeres). El feminismo no debe ser ni de los feministas ni para los feministas. Una vez que son llamados “aliados” el peligro se disipa.

No creo que sea así. ¿Un feminista sustrae, conserva, en la práctica, más privilegios que un aliado? Con respecto al uso de la palabra entiendo que la autodesignación es indiferente, dado que se trata de distinguir a hombres de mujeres, y la socialización de género hace que para ello no se requiera terminología alguna. Un hombre feminista, en tanto que tal, no posee grandes ventajas sobre un aliado a la hora de acaparar la palabra. Si hablamos de otro tipo de interacciones, es notorio que el aliado se ha ganado, gracias a su “humilde gesto del paso atrás”, un salvoconducto, convirtiéndose en el hombre deconstruido, inocuo y seguro, de referencia.

En mi opinión “hombre feminista” es una designación (para las ocasiones en las que esta es necesaria, que son muy, muy pocas) más que suficiente, como lo es la de “marxista burgués”, siempre que se lleve hasta las últimas consecuencias y se deje atrás la traicionera tendencia a entenderlo como un oxímoron asumiendo que, “dado que un hombre no puede ser feminista, si es feminista será que no es hombre”. Nada debe asombrarnos de que los conflictos generen tránsfugas, pero un tránsfuga ni está del todo en un lado ni lo está del todo en el otro; el segundo transfuguismo siempre será más fácil que el primero. Ser hombre, ya se sea feminista, pelirrojo o en cuclillas, significa pertenecer al sujeto opresor del patriarcado, y la estructura opresora tendrá grandes beneficios que reportarle y estará ahí para tentarlo siempre. Un hombre feminista es un hombre, y debe llevar a todas horas y en todas partes su designación completa. Esa que se ha apocopado, con tan inquietantes consecuencias, en “aliado”.



martes, 20 de agosto de 2019

Rosario de Acuña y la trampa de la transfobia.


Una joven, desconocida para muchas de las presentes, pronuncia las primeras frases de su ponencia en la Escuela Feminista Rosario de Acuña. Se traduce en ellas la esperable inseguridad correspondiente tanto a su inexperiencia como a la importancia del lugar y de la compañía. En su presentación no ha salido a relucir un gran currículum ni un mérito personal particular, sino más bien una condición generacional. Está allí, parece ser, como representante de una sensibilidad que merece la pena dar a conocer o, al menos, dotar de voz: la del joven feminismo radical. Esta condición anima aún más a la indulgencia y el cuidado. Las dificultades a las que se expone con valentía recuerdan a aquellas a las que constantemente se exponen miles de mujeres a las que se obliga a ofrecer un plus de valía o esfuerzo en su competencia con los homólogos varones. Eso no sucederá aquí. Ella ha sido invitada a la mesa, seguramente con buen criterio, y lo que corresponde es escuchar desde la empatía y la paciencia. Nada más.

La joven ponente bebe agua.

A medida que entra en faena, su tono va ganando seguridad. Ahora ya no titubea indiscriminadamente, sino solo cuando se encuentra a sí misma repitiendo una idea. Las formulaciones estereotipadas no expresan agradecimientos introductorios, sino pensamientos cocinados para la ponencia en los días previos a las jornadas. Las torpezas no parecen fruto del estrés, sino el objeto mismo de la exposición. Las mujeres de la sala se encuentran ante un inesperado repaso básico de la historia del feminismo; ante la repetición insistente y caótica de ideas perfectamente formuladas en ponencias anteriores; ante gozosos descuidos en las formas al referirse al sujeto de análisis; ante la intuición de una sensibilidad que no parecía tener cabida en la Escuela. Seguramente una parte de la audiencia, formada sobre todo por quienes ya conocían a la ponente y sus antecedentes, se incomoda.

Cuando acaba, la maestra Valcárcel toma la palabra y, en pocos instantes, todo vuelve a su sitio. El pensamiento recupera la agudeza esperada, la pertinencia, la novedad. El comentario de la maestra no parece una nota a pie de ponencia sino, efectivamente, el de un jurado evaluador. Escuchándolo tenemos la sensación de entender qué hacer con lo oído, qué valor darle, dónde ponerlo.

La Escuela Feminista Rosario de Acuña es así, y es eso: una escuela con forma de jornadas de conferencias que tienen como objetivo el tratamiento de una cuestión de actualidad para el feminismo a través de la mirada experta y brillante de Amelia Valcárcel. Sus discípulas más cualificadas se encargan del desarrollo del detalle, de la maduración de los frutos, del riego minifundista. Y tras ellas algunas jóvenes tienen la oportunidad de compartir mesa como si realizaran una práctica universitaria, necesaria tanto para ellas como para la renovación y perpetuación de la labor realizada en la Escuela. La Escuela Feminista Rosario de Acuña es un vehículo para la divulgación del pensamiento y la mirada de Amelia Valcárcel, y ojalá siga siendo eso por muchos años. La sesión introductoria, la suya, es siempre, por supuesto, la mejor. Es en ella donde se dibuja el mapa del tema y se deja este colocado allí donde le corresponde, listo para su disección al pormenor. Es en ella donde se expresan las poderosas razones que han llevado a su elección, y es también en esa sesión de presentación donde se esbozan las líneas de reflexión más originales y fértiles, y se hace referencia a las fuentes más cruciales.

La aparición en youtube, cada principio de Julio, de las conferencias de Rosario de Acuña es el lanzamiento de una estimulante andanada de reflexiones que alimentará el curso académico por empezar y es parte fundamental de lo que será la actualidad del feminismo a partir de ese momento. Tiene, para mí, el sabor de ser el principio del verano, y acompaña durante días mis faenas hogareñas, llenándolas de pensamiento y asociando el uso de los utensilios de limpieza con el aprendizaje denso y transformador. Cuando tengo vídeos de Rosario de Acuña pendientes estoy deseando tener que planchar.
Este año, bajo el título “política feminista: libertades e identidades”, el verdadero tema ha sido, como todo el mundo sabe, el conflicto con el colectivo de mujeres trans. Y ha habido luces y sombras.

Las luces han estado donde siempre: en la elección valiente de un tema necesario pero comprometedor, quizás el más comprometedor; en su contextualización y análisis más allá de la hojarasca de las redes sociales y el debate en los grandes medios, hasta situarlo, ordenarlo y apuntarlo en la dirección que el feminismo exige como lucha que mira al futuro y que necesita dibujar con claridad su camino; en la determinación del enemigo en esta lucha, tanto donde es claro y manifiesto como donde es inesperado y aparentemente amistoso o aliado.

Las sombras han estado justo allí donde a ese enemigo le habría gustado que estuvieran: en los errores de forma que le están sirviendo para victimizar al colectivo de mujeres trans y convertirlo en escudo humano contra un movimiento abolicionista que está, o estaba, ganando la batalla a medida que la explosión social del feminismo se asienta y crece en consistencia ideológica.

Así, junto con las razones bien hiladas se han trenzado los desprecios mal templados, como si lo segundo fuera el merecido desahogo que algunas ponentes se otorgaban a sí mismas en premio al esfuerzo intelectual o activista realizado. Tan cómodas se sentían, tan en casa, tan ajenas, quizás solo por un momento, a la vulnerabilidad de su causa, que no ha habido no ya un reproche, un toque de atención, una discreta llamada a la responsabilidad, sino ni siquiera el reconocimiento por las tardes de los desprecios vertidos por las mañanas. Tantas veces como se han escuchado desafortunadísimos comentarios tránsfobos ha habido que soportar a su vez la indignada cantinela preguntando: “¿Dónde?, por favor, ¡¿dónde está nuestra transfobia?!”. Se lograba así esa joya de la discriminación que es el insulto que no se sabe insulto, que carece de la capacidad para verse insulto, que se constituye en naturalización del insulto.

Tanto horacias como curiacias, por tanto, han podido recoger los frutos esperados. Las unas, ponentes valcarcelianas, han acumulado un argumentario sólido y difícilmente rebatible por sus enemigxs al que podrán remitirse seguidoras y simpatizantes. Las otras han logrado justificar como nunca su desprecio hacia las abolos, TERFs, “viejas” y “sociatas”, y extender ese desprecio como una plaga. Han logrado justo lo que necesitan para llevar el conflicto al único sitio en el que pueden ganarlo: el prejuicio. Apenas dos días después de concluidas las jornadas circulaba ya por todas las redes feministas liberales un vídeo con la selección de los mejores momentos TERF de la Escuela Rosario de Acuña. La estrella en él era, por supuesto, Alicia Miyares, mano derecha de Valcárcel, y cota más alta sobre la que la crítica ha podido impactar, ya que la maestra se mantuvo prácticamente en todo momento en una actitud tan implacable como respetuosa. Allí donde ese vídeo ha ido apareciendo como señalamiento definitivo de la obsolescencia de la Escuela al completo era inútil remitir al contenido de las ponencias. La respuesta era: “Alguien con tanto odio no puede tener razón”. El feminismo ilustrado quedaba así descabezado en su nacimiento por el feminismo emocional que tanto gusta de ridiculizar, precisamente, Miyares.

En la Escuela se vivieron, sí, algunos momentos sonrojantes. Lo que el feminismo liberal ha hecho después con ellos supera con creces el bochorno y cae en la miseria táctica que le es natural. Pero esto no nos importa, porque el feminismo liberal es parte del enemigo, y el enemigo, que no tiene razón, va a emplear siempre estrategias que eluden la razón. Como sucede en cualquier lucha justa, la posesión de la razón es el arma que distingue al feminismo de su enemigo, y es en la que la causa justa confía, en última instancia, como poder que acabará decantando la lucha. Pero no es suficiente, y pensar que es suficiente y que es lo único que debe ser revisado y engrasado es regalarle la victoria a un enemigo que ya se ha enfrentado muchas veces con éxito a rebeliones que solo poseían la razón. Imagino que una pensadora política como Valcárcel estará de acuerdo con esto.

El feminismo radical no es TERF porque no es tránsfobo en tanto que feminista, sino en tanto que sujeto no trans que lleva su transfobia a cuestas como cualquier otro. Es, por lo tanto, tránsfobo, y tiene, como todxs, la obligación de supervisar su higiene transinclusiva de manera diligente. Pero con respecto a esa higiene imperó la desidia. Se cayó en el error flagrante de identificar la transfobia privada con la transfobia del movimiento: “El feminismo liberal quiere desactivarnos mediante la etiqueta “TERF”, pero, dado que el radfem no es TERF, yo, que soy radfem, no soy tránsfoba”. Y una vez que las ponentes se repartieron así los carnets de transincusividad garantizada se entregaron a abochornar generosamente a la concurrencia mediante la espontánea expresión de sus sentires.

Las medidas a tomar ante lo estratégicamente delicado de la situación estaban, sin embargo, al alcance de cualquier conciencia mínimamente despejada, y allí sobran:

1-si sospechas que no tienes demasiado bien trabajada tu transfobia, vigila lo que dices.
2-si sospechas que algunas de las ponentes elegibles excede el grado prudente de transfobia tolerable en el evento, no la invites. Ya la invitarás a otra cosa. O no.
3-si sospechas que, a pesar de todo, es muy probable que la transfobia haga acto de presencia, prepara previamente a tus ponentes, tanto para que tengan especial cuidado como para que reciban de buen grado cualquier respetuoso toque de atención público.
4-como no te representas solo a ti misma, ni siquiera solo a la Escuela, sino en gran medida a todo el radfem, pide disculpas. Tu movimiento está formado por sujetos individuales, y entre ellas hay transinclusivas, tránsfobas y muy tránsfobas, como en todas partes. Es de suponer que el radfeminismo ha sido utilizado por algunas de estas personas para dar rienda suelta a su transfobia, o que se ha utilizado la transfobia para obtener victorias radfem de manera ilegítima. Reconócelo, incluso aunque no te conste.

¿Qué sucede, entonces, para que el uso de un arma tan poderosa como Rosario de Acuña haya producido resultados tan dudosamente beneficiosos? De eso es de lo que me gustaría que tratara este texto. Pero no tengo respuesta.

Tengo, sin embargo, algunas preguntas que considero necesarias para encontrar esas respuestas y que quizás otras personas mejor informadas puedan recoger.

La primera es qué criterio se está empleando para seleccionar a las ponentes jóvenes. ¿Es posible que a oídos de quienes deben realizar esa selección no hayan llegado sus hazañas? ¿Qué eficacia comunicativa se espera de dar semejante altavoz a personas que son bien conocidas en redes sociales por el uso de una violencia chabacana, arbitraria y ajena a los objetivos de la agenda política del feminismo? ¿Cuál es el valor que compensa los riesgos generados por su presencia? En términos de brillantez hemos constatado que ninguno. ¿Se trata de la especificidad de su discurso? Anna Prats nos contó, precisamente, los entresijos del conflicto en los espacios activistas, especialmente en redes. Si hubiera incluido un mínimo de autocrítica tal vez su aportación habría podido considerarse necesaria. Pero, ¿Elena de la Vara dándonos su opinión sobre el papel del género en la historia del feminismo? Su presencia no es solo un misterio, sino sobre todo una muy imprudente provocación que lanza el mensaje de que la Escuela es ciega a la transfobia si esta llega de la mano de una de sus cachorras.

Soy un ignorante en cuanto a práctica política y política académica, y me cuesta entender de qué modo son estas presencias, o cualesquiera otras similares, rentables, no a la Escuela o al feminismo, que no pueden serlo, sino a cualquiera de sus organizadoras. Me resisto a pensar que hay precios que pagar, de arriba abajo, tan caros a la lucha. Y me resisto a pensar que no hay otras personas más indicadas, sino que estas que, como bien puede apreciar quien tenga tragaderas para escuchar algunas partes de sus ponencias, destacan sobre todo en aquello que el feminismo liberal necesita que destaquen, sean las estrellas emergentes del feminismo.

Otra pregunta es, precisamente, si no existe comunicación entre generaciones. Algunas de las personas que llevamos un tiempo con cierto dinamismo en redes sociales apreciamos una diferencia cualitativa manifiesta entre las feministas radicales, o abolicionistas, veteranas, y la generación que se ha dado a conocer a través de twitter y facebook y que ha utilizado estas plataformas para erigirse en la imagen del joven feminismo radical. A algunas de estas personas nos resulta inverosímil que se pase de una a otra categoría sin solución de continuidad, como si el nuevo currículum necesario para ser una feminista de referencia fuera el número de memes hirientes diseñados mediante producción industrial o la cantidad de gente que te ha bloqueado porque ha llegado a sentirse acosada por ti. ¿Es de verdad posible esta ceguera? ¿Y cómo se explica la nuestra ante sus verdaderos méritos, que las veteranas parecen econtrar con tanta facilidad?

La última pregunta tiene que ver con el sentido general de la lucha feminista y el papel que el conflicto con el colectivo de mujeres trans está desempeñando en ella. Me extrañaría mucho que las intelectuales más expertas, formadas y actualizadas no estén teniendo presente cómo la lucha por la abolición de la prostitución se ha transfigurado milagrosamente en un cortísimo espacio de tiempo en una lucha entre mujeres trans y feministas radicales. Me asombraría que no entendieran esta batalla como una más de las guerras del sexo que el feminismo viene librando desde los años ochenta contra la tentación neoliberal del empoderamiento individual a través de la complicidad con el opresor, y como un desplazamiento del conflicto a un espacio en el que el enemigo dispone de una significativa ventaja.

Pero, si es así, si lo ven, entonces, ¿qué sentido tiene entrar con todos los recursos en esa batalla, y entrar en ella, además, a sangre y fuego? Si ya es difícil evitar que las victorias sobre los proxenetas y puteros sean presentadas por estos como victorias sobre las putas, ¿cómo esperan evitar que las victorias sobre el activismo trans, por más justas que algunas de ellas sean, no se conviertan en la tumba del abolicionismo, señalado por toda la sociedad como sanguinaria jauría de mujeres privilegiadas ensañadas sobre un colectivo históricamente vulnerable y desfavorecido que solo pide ser tratado según el género elegido? ¿Es tan poderoso el contexto como para generar esta ilusión de invulnerabilidad? ¿Tanto se dora la píldora en Rosario de Acuña? ¿Tan invencible parece el PSOE?

Esta pregunta me devuelve a la primera. ¿Es quizás el ímpetu de la juventud lo que está distorsionando la percepción de la realidad de las académicas? ¿Son los cafés compartidos entre bromas, las cuitas personales machaconamente repetidas, las pequeñas venganzas pedidas por favor a las grandes piezas del tablero, la ilusión de la renovación del movimiento…? En una palabra, ¿están las académicas, en algunos casos, accediendo al conflicto del que nos hablan a través de sus corrompidas jóvenes señoras de la guerra locales?

Si es así solo nos quedan dos esperanzas. Y digo “esperanzas” porque de no hacer nada es posible que el futuro del feminismo esté irrevocablemente en manos de un libfem que va a tener en la nueva generación de feministas radicales a una adversaria centrada más en su identidad femenina que feminista, en sus inquietudes personales que políticas, y en el enemigo con quien se acuestan por la noche que en el que combaten por el día. Esa adversaria, lo estamos viendo, es muy torpe, y va a ser muy fácil de vencer.

La primera esperanza es que las académicas, las veteranas, las maestras, se den cuenta, más pronto que tarde, de qué tipo de herederas están acunando en algunas de sus camadas. La otra es actuar desde abajo, y que el feminismo de base se revuelva contra algunas de sus autodesignadas nuevas representantes, las señale y las sustituya. Ya ha habido casos, lo sabemos, de feministas radicales erigidas en líderes en redes que han sido apartadas por el activismo de base debido a lo que primero parecía fuerte carácter luchador y acabó revelándose como despotismo ególatra indiscriminado sin respeto por la causa común. Se ha dicho muchas veces que hay que perdonar esos pequeños defectos en favor de la lucha. Pero en Rosario de Acuña hemos visto, si es que no lo habíamos visto antes, que el poder tiene consecuencias, y que dar poder a quien no va a hacer uso responsable de él es una amenaza para el colectivo al que representa.

Pero, y, ¿entonces? ¿Qué pasa con el género, y con las identidades, y con el cuir, y con las mujeres trans?

Creo, francamente, que la cuestión no está ahí, y que se ha desplazado ahí, y se ha anudado, y se ha enrevesado ahí a base de ignorar la verdadera cuestión. La idea de superar el género es correcta, da igual si vamos a reducir la diferencia sexual a una relevancia cultural del 5, del 1 o del 0%. También da igual si lo llamamos género o sexo, porque llamándolo de un modo u otro tenemos la obligación de distinguir entre lo cultural, que es todo lo relevante y sobre lo que actuamos y con respecto a lo que luchamos, y cualquier otra cosa, que debe llegar a ser irrelevante. La diferencia de genitales, como la diferencia de epidermis, o de altura, o de edad, debe dejar de conllevar no solo diferencias políticas, sino diferencias sociales y de rol que faciliten la diferenciación susceptible de traducirse de nuevo en diferencias políticas y micropolíticas.

La rebiologización del sujeto “mujer” es una reacción defensiva que cae en la trampa a la que el libfem identitario ha empujado al feminismo. Ante el impulso y la urgencia, la categoría “mujer” se refugia en el viejo grosero concepto genital. Ante el constante desprecio que parte del activismo trans proyecta sobre la vagina, el radfem se reapropia de la injuria identificándose con la vagina: “Qué otra cosa somos, sino hembras?”.

Es necesario recordar que las mujeres no son hembras, porque el patriarcado no es un producto biológico. Las mujeres no son lo que la naturaleza determine, sino lo que el patriarcado diga que son; son mujeres, por tanto, aquellas personas a las que el patriarcado designe como objeto de su explotación, y en la medida, diferenciada, en la que el patriarcado las explota. El patriarcado se escuda para ello en una ley biológica, pero esa ley no es ley para el opresor, sino solo para la oprimida. Es la designada mujer la que, por ley biológica, no puede escapar a su condición de mujer. 
El hombre, sin embargo, puede feminizar y designar “mujer” a pesar de la ley que a sí mismo se impone, porque para el opresor no hay ley. Es el hombre el que dice: “Hagas lo que hagas solo puedes ser una vagina que desea una polla”, desde el aparente respeto a la ley, y el que la transgrede diciendo: “Eres una falsa polla que desea una polla verdadera”.

Esto es algo que ya sabíamos. ¿Por qué ahora nos encontramos desconcertadxs ante la emergencia de sofisticados discursos sobre el sexo-género, ya no solo desde el lado del feminismo liberal, sino también del radical?

Pues porque ambos, no solo el liberal, han renunciado a la deconstrucción del sexo. Cuando era evidente que el feminismo liberal se había acomodado en las identidades diversas como nichos de poder desde los que beneficiarse del régimen heterosexual la respuesta evidente era catalogar al discurso queer como “postmoderno”. ¿Cómo avanzaba el queer hacia el fin del género? De una manera muy compleja que él sabía explicar pero que ni sus seguidores entendían. Es decir, de ninguna manera, y disimulando su inmovilismo tras una nube de discurso. Ahora la nube se ha extendido también a la reserva espiritual de la lucha contra el género. Cuando unas avanzan y las otras no es fácil distinguir al grupo correcto a partir de la exposición de su estrategia. Cuando ninguna de la dos avanza la distinción de quién se acerca un milímetro más al objetivo es casi imposible, coyuntural, subjetiva…

Si el queer regalaba los nichos identitarios intergenéricos como puestos de caza desde lo que apuntar a la presa de género que pasara por ahí, ahora algunas jóvenes feministas radicales nos vuelven a hablar de feminidad legítima y de la irreductibilidad de la sensibilidad de la mujer, y de los anhelos propios de su sexo. Y citan para ello a El Segundo Sexo. Es una lástima que no recuerden también este párrafo que, si bien a mi juicio es injustamente equidistante, nos invita a una suspicacia muy saludablemente feminista contra los resurgimientos de la feminidad:

“La disputa durará mientras los hombres y las mujeres no se reconozcan como semejantes, es decir, mientras se perpetúe la feminidad como tal. ¿Cuál de los dos se obstina más en mantenerla? La mujer que se libera quiere conservar no obstante sus prerrogativas; y el hombre exige que entonces asuma sus limitaciones”.

Pero mucho mejor de lo que pueda explicarlo yo lo hacen Guerra Palmero, Rodríguez Magda, la propia Miyares, a pesar de sus salidas de tono y, por supuesto, Valcárcel, en la Escuela Feminista Rosario de Acuña 2019.




martes, 19 de diciembre de 2017

género, orientación, deseo... sepultadxs por la performatividad gámica


Que el gamos es siempre performativo, por más que se reivindique artesano, parece, por lo tanto, bastante claro.

Lo es mucho más si echamos un vistazo al marco conceptual en el que se mueve. Descubriremos, espero que con horror, que la performatividad está por todas partes. El gamos no sólo es performativo, sino que contagia su performatividad a todo su entorno, estableciendo un gran espacio de búsqueda de coherencia a posteriori; de conductas que, como Sancho a Don Quijote, siguen, remolona pero obedientemente, el dictado de su normatividad propia.

Así, sabemos que la identidad de género es performativa, y que “la mujer no nace, sino que se hace”. Se hace, obviamente, tras la interiorización del mandato exógeno de que quien es designada mujer debe construirse como mujer. Pero las nuevas identidades, ésas que supuestamente se eligen libremente, son siempre, también, performativas. Salir del armario es algo más que hacer pública una identidad. También es comprometerse con su representación. Quien ha escapado de la identidad no deseada abraza la deseada como un refugio que debe cuidar y del que aprenderá formas. Cuando los conceptos identitarios se microfragmentan, cada uno de esos fragmentos pugna por construir una identidad performable, esto es, suficientemente completa como para reivindicarse como específica. Para que la identidad sea tal es necesario que su aparatosidad obligue a entregarle las riendas. Lo que se es nunca es mera descripción, sino siempre adscripción.

El ideal de las nuevas identidades es el absurdo de las colectividades unipersonales. Que cada sujeto pueda tener una identidad coincidente con su conducta y, además, el reconocimiento inclusivo en una comunidad que no puede existir porque estaría formada por individuos con otras identidades. Todo podrá ser modificable, menos el hecho mismo de poseer una identidad que satisfaga mi melancolía de género; mi deseo de ser aceptado por la norma de género exógena y hegemónica. Necesito ser algo definido desde fuera y, a la vez, que coincida conmigo. “Cuando comprendí que era x sentí un gran alivio”. La descripción de la conducta no era suficiente. Esa descripción tiene que encajar con una realidad supraindividual de algún tipo. Nos reímos, a veces, porque alguien se atribuye una identidad descabellada, como “pez martillo”, y después actúa en consecuencia. Pero no está haciendo nada que no hagamos nosotrxs con la nuestra, menos descabellada, pero igual de postiza. Uno de los extremos de la paradoja performativa identitaria aparece en el llamado “género fluido”: personas que fluyen entre identidades pero que no pueden dejar de fluir porque entonces perderían su pertenencia.
Un síntoma de esta performatividad es su coherencia general con la orientación sexual, ambas mutuamente implicadas y, por lo tanto, performadas. Ésta, por otro lado, no es más que otra performatividad. Lo que deseo debe tener una norma que apunte a otra identidad performada (de género, de orientación, etc…), y mi conducta fuera de la norma me deja sin orientación ni pertenencia. Allí donde mi deseo no coincide no puede realizarse, o desearse, en paz, sino como cuestionamiento de mi coherencia, de mi acierto, de mi lógica interna. Debo, siempre, disfrazarme de mi deseo, para convertirlo en un lugar enunciable. Debo poder decir qué me gusta, hacerlo a través de categorías generales y mostrarme creíble con respecto a esos gustos, para ser aceptadx en el lugar específico, quizás inexistente, donde esos deseos se satisfacen. Y esas categorías encajarán con una identidad de género que tendrá, además, su propia lógica de pareja. Debo hacer que mi deseo coincida con mi orientación enunciada para poder ser entendido desde una determinada identidad y ser aceptado como pareja potencial, pues ésta es la expresión máxima de la inclusión: si logro que mi orientación se realice sobre una pareja, entonces estará suficientemente performada.

De mi orientación sexual forma parte mi grado de deseo, cada vez más entendido como un parámetro aparte, un nuevo eje performativo, una nueva dimensión con respecto a la que debo establecer mi coordenada para disfrutar de la ilusión de que seré localizable. Mi lugar entre los polos asexualidad-alosexualidad tendrá un nombre mágico, capaz de generar identificación y realidad. Diré qué soy y después lo seré, en la confianza de que la categoría, por sus virtudes categoriales, elimine las diferencias generadas por la imprecisión de mi apuesta.

¿Hablamos del romanticismo como performatividad? Para qué seguir. Todo debe ser subordinado a conceptos performativos, porque todo debe tener un resorte que lo acerque automática, performativamente, al gamos, que es la performatividad por excelencia y de la que dimanan todas las otras. El encaje de características genera un porcentaje de afinidad. Un determinado porcentaje de afinidad es un match, lo que las aplicaciones para ligar llaman una “potencial pareja”. La potencia no es aún el acto, pero define al acto posible. Ser una pareja potencial es tener la posibilidad de ser eso, pero no otra cosa.

El gamos, por cierto, se rodea de performatividad también para concluir. La ruptura del gamos es, de nuevo, algo que se dice y después se hace. Cuando las personas que forman una pareja separan o alejan sus residencias hay cosas que dejan de poder hacer. Cuando una pareja deja de serlo puede seguir haciendo prácticamente cualquier cosa que antes hacía, pero debe dejar de hacerlas. Su no gamos también debe ser performado. La finalidad, por supuesto, es que un nuevo gamos pueda volver a formarse.

¿Y qué hay de los modelos relacionales? ¿Son también performativos? ¿Y la agamia, entonces? ¿Es algo así como otra pauta ciega que arrastra a la coherencia gratuita y a declararse fuera o dentro? Cabría pensarlo. Veamos.

Todavía encontramos actitudes militantes en las no monogamias. Todavía hay quien dice, como hace no tanto era habitual, que el poliamor es mejor que la monogamia porque resuelve el problema de la infidelidad. Desde esta perspectiva, el poliamor adquiere carácter de deber. Pero no de deber inconsciente e impuesto, como la performatividad gámica, sino de deber moral, determinado por el juicio y asumido por la voluntad consciente.

Cada día más, sin embargo, el discurso oficial de la no monogamia es “todos los modelos relacionales son igual de válidos” (y se usa este término espantoso, “válido”, que generaliza la validez, igualando los ámbitos éticos y no éticos). La necesidad de no competir entre modelos (o de no cuestionar la hegemonía del poliamor) así como la de no amenazar directamente a la monogamia para que ésta te conceda espacios visibles, ha producido este discurso del entendimiento universal entre modelos. Y, con él, la asimilación a la performatividad. El deber vuelve a ser sólo deber de pertenencia, de identidad representada. Cualquier modelo está igualmente bien, pero yo debo determinar a cuál pertenezco para ser identificable por quienes pueden convertirse en mi pareja. Es necesario que la gente me vea y me identifique como representante legítimo de un modelo, de modo que puedan realizar su pertenencia a dicho modelo sobre mí.

Todos los modelos son igualmente válidos, pero a la vez yo defiendo con uñas y dientes que debo pertenecer al mío, desde la moral arbitraria en la que educa la afición deportiva: Barcelona contra Madrid, hasta la última sangre y, a la vez, tan amigxs. “El deporte es bueno porque une”, y lo hace mediante la separación. Une, por lo tanto, en la enemistad. Todxs se reconocen mutuamente en la que es su única condición sustancial: la identidad incompatible.

Hoy ya no se es poliamorosx. Hoy se dice “estoy poliamorosx”. Pero el reconocimiento de que no se es carece de importancia. Lo verdaderamente relevante es señalar el lugar de la identidad, preservando en él el derecho a la incoherencia. La sucesividad de espacios identitarios es, por supuesto, el resultado de la expansión del espíritu de la monogamia secuencial. Cada identidad debe ser vivida como eterna mientras dure. Del mismo modo que el amor. La ética queda fuera de la partida. Las relaciones personales no son su tablero. El nuevo espacio identitario aspira a incluirlo todo, menos la ética.

La agamia, sin embargo, no sólo no se ha bajado jamás del carro de definirse a partir de principios éticos, sino que se podría decir que es una ética de las relaciones. La polémica generada por el vídeo “Prejuicios en la no monogamia (I): ningúnmodelo relacional es mejor que otro”, lo pone de manifiesto. La tesis del vídeo era muy poco ambiciosa. No se decía en él que la agamia fuera mejor que otros modelos. Se intuía, claro, pero parece absurdo esperar que mi opinión fuera otra. En el vídeo sólo se defendía el derecho a comparar modelos. Nada más. La idea de que los modelos pueden ser comparados y situados en una escala ética donde unos ocuparan posiciones superiores o inferiores que otros. Por supuesto fue considerado anatema y, por supuesto, poco se dijo para rebatir sus evidentes y sencillísimos argumentos.

La incompatibilidad de la agamia con el resto de los modelos, incluida, por encima de cualquiera de ellos, la monogamia, no es, por lo tanto, identitaria, sino ética. Esto revierte en que su adscripción no es performativa, sino militante. Declararse ágamx no implica correr tras los requisitos caprichosos de una identidad para ser señalado como un estereotipo de la misma, sino considerarse afín a una determinados principios relacionales éticamente fundamentados y aspirar a llevarlos a la práctica de la manera más completa posible. Ser ágamx es, en ese sentido, una declaración intencional. Al contrario que la elección de cualquier identidad, orientación o modelo gámico, que aspira a demostrarse a sí misma como descubrimiento de una naturaleza propia que marcará destino, ser ágamx es un acto de auténtica libertad.



lunes, 26 de diciembre de 2016

HETEROSEXUALIDAD: la fuente de la eterna juventud del patriarcado


La igualdad de género no sólo no progresa al ritmo que nos gustaría. Ni siquiera progresa al ritmo que esperamos.

El trabajo de concienciación y de búsqueda de influencia social, política y económica es grande y, sin embargo, índices como la diferencia salarial o las muertes por violencia patriarcal parecen casi inamovibles.

La aparición de fenómenos como el auge de la pornografía y de la prostitución nos hace además preguntarnos si lo que se gana por un lado no se estará perdiendo por otro.

Creo que la mayoría estamos de acuerdo en que la relación entre el esfuerzo realizado y los resultados obtenidos es pobre, a veces desalentadora. Eso no significa que no seamos capaces de valorar lo obtenido hasta ahora ni que vayamos por ello a arriesgarlo. Significa, más bien, que parecemos acercarnos peligrosamente al límite de lo que se puede lograr, y que empezar a imaginar ese límite puede ser el primer paso para empezar a conformarnos.

¿Cómo es posible que el patriarcado esté oponiendo al feminismo una fuerza equivalente, o incluso mayor, que la que el propio feminismo despliega? ¿De dónde la saca?

No es suficiente decir que el patriarcado controla los poderes fácticos, o que tiene una inercia milenaria, o que existe el espíritu de la fratría que hermana inconscientemente a los varones contra las mujeres. No lo es, porque a un patriarcado aún más poderoso fue al que arrebataron privilegios nuestras antecesoras. No lo es porque la fratría inconsciente y milenaria no tiene la capacidad de solidaridad que tiene una sororidad consciente, politizada y en expansión. Y no lo es porque el patriarcado defiende privilegios, y la defensa de privilegios, precisamente por su naturaleza insolidaria, corre siempre el peligro de convertirse en lucha individual: si la oferta que me hace mi enemigo es mejor que la que me hacía mi amigo, cambio de bando. Así de sencillo.

El patriarcado tiene que ser algo más que una herencia que necesitamos cambiar. Algo más que un fósil. Algo más que una idea equivocada que cualquiera corregiría si prestara oídos al discurso feminista. Para que su vigor sea tan fresco y poderoso tiene que tener, en algún lugar, un motor vivo; una energía renovable; una fuente de la eterna juventud.

Mi opinión es que esa función la está desempeñando la heterosexualidad como idea de una humanidad dividida en mujeres y varones (a la que se suman progresivamente identidades derivadas de estas dos) en la que cada individuo establece como objeto “natural” de su deseo sexual una (o varias) de esas identidades. La heterosexualidad entendida así, por tanto, no es sólo la diferenciación por género, sino que a ésta se le añaden las consecuencias de esa diferenciación en la conducta sexual: identidad de género más orientación sexual. La ausencia de heterosexualidad sería la ausencia de orientación sexual por género, de la que se seguiría la tan deseada pérdida de relevancia social de la identidad de género.
En este texto intenté representar esquemáticamente cómo procedería la mecánica patriarcal en un entorno laboral concreto desde una perspectiva masculina individual. En el primer caso el patriarcado es un legado. Algo que las personas encuentran y que transforman a medida que intereses emergentes no específicamente patriarcales lo van convirtiendo en una estructura obsoleta.

Pero ése no es nuestro caso. El nuestro es el segundo. El de un patriarcado que no sólo encontramos sino que, por intereses plenamente actuales, presentes y vividos, reforzamos y acrecentamos.

La diferencia entre ambas descripciones era el interés sexual. En la primera, el otro género, aprendido como enemigo gracias a la cultura patriarcal, se va manifestando como neutro a medida que la experiencia corrige el prejuicio. Al final sólo queda el enfrentamiento económico, porque ése es el que sigue presente, el que se renueva cada día, sepultando a cualquier otro.

Pero si introducimos la heterosexualidad, entonces tenemos una nueva fuerza que actúa específicamente sobre la diferenciación por género, convirtiendo a cada uno en el objetivo del otro, en aquello cuya voluntad debe someter si quiere alcanzar la felicidad. Y esta idea actúa sobre la conciencia 24 horas cada día, 365 días cada año. En el entorno laboral y en el doméstico, entre personas casadas o solteras, adolescentes o ancianas, sexualmente privilegiadas o desfavorecias, monógamas o poliamorosas. Lo mismo da.

La heterosexualidad, lo vemos ahora, es la auténtica pila del patriarcado, del mismo modo que la lucha por la subsistencia es la del capitalismo. El patriarcado se va a renovar cada día, no sólo porque sea cómodo conservar viejas estructuras de opresión, sino, sobre todo, porque hay una razón muy presente y muy real que pone a todxs y cada unx de nosotrxs a trabajar en la revitalización diaria del conflicto entre mujeres y varones. Y en ese conflicto va a ganar, lógicamente, quien a día de hoy sea más fuerte. Con las mismas armas, a más conflicto, más desigualdad.

Ahora entendemos por qué los frentes actuales de crecimiento del patriarcado parecen, en su mayoría, lindar con lo específicamente sexual (prostitución, pornografía, violencia patriarcal entre adolescentes…). Entendemos también por qué la homosexualidad no es una alternativa salvo en la medida en que sirve para cuestionar la heterosexualidad naturalizada. Cuando mi objeto sexual es a la vez mi hermandad, el otro género pierde su lugar en mi mundo. Queda relegado y despreciado. Es un otro tan absoluto que mi empatía hacia él se reduce prácticamente a cero. Se convierte, por lo tanto, en el destino más probable de mi odio. Y ese conflicto se decantará de nuevo del lado del más fuerte.

La situación, por lo tanto, es la siguiente: Necesitamos asumir la lucha contra la heterosexualidad como componente forzoso de nuestro compromiso feminista. Combatirla debe ser uno de los ejes radicales, si no el más radical, del feminismo. Y, por supuesto, quienes primero debemos combatirla y expulsarla de nosotros mismos somos los varones.

Definirse como feminista radical y legitimar la heterosexualidad pasaría así a ser una nueva manifestación de feminismo liberal: “soy feminista en la medida en que el feminismo no entre en conflicto con mi proyecto de felicidad personal. Allí donde entre en conflicto diré que, dado que es mi legítimo derecho elegir la forma de mi felicidad, esa forma pasará a llamarse también `feminismo’.”

Ésta es la razón por la que considero que la agamia es el único modelo relacional radicalmente feminista. Sólo la agamia y la monogamia se atreven a ser prescriptivos en algunos de sus fundamentos. La monogamia lo hace con el fin de imponer el inmovilismo patriarcal. La agamia con el de progresar, pero no en la línea errática que determine nuestro ser deseante, sino en la que tracemos desde una conciencia colectiva y ética, es decir, igualitaria.

Pero la agamia no es una patada en el culo de nuestros deseos, ni una exigencia moral inasumible. Todo lo contrario. Describir y desarrollar la agamia conlleva no sólo establecer los objetivos, sino también construir las herramientas que nos permitan llegar a ellos por un camino en el que el fin y los medios vayan siempre de la mano. Un camino que pronto nos resulte más estimulante que nuestro viejo mecanismo deseante heterosexual.

Hablaré en algún otro texto de ese camino.


lunes, 13 de junio de 2016

sexo y postgénero radical: algunas consecuencias inquietantes.


“…el surgimiento de sujetos individuales exige destruir primero las categorías de sexo.”

“…el Otro está condenado a permanecer en el lugar en el que se encontraba desde el inicio de la relación.”

“las mujeres no deberían nunca actuar desde el privilegio de ser diferentes (…) nunca caer en el “orgullo de ser diferentes”.”

“para mí la palabra “women” (mujeres) es el equivalente de “esclavo”.”

                                                                                                                                Monique Wittig.


Uno de los pilares sobre los que se construye la agamia es el rechazo radical al binarismo de fundamento reproductivo, ya sea en su aspecto biológico o cultural, ya se le llame “sexo” o “género”.

Podríamos decir que ser agamx implica autodesignarse como ajenx, no sólo a cualquiera de los dos polos dialécticos mujer-varón, sino a cualquiera de sus grados intermedios o de los productos de su próspera ingeniería combinatoria. La postgeneridad ágama establece también un binarismo que se enfrenta al anterior (¿triángulo? ¿Síntesis hegeliana? ¿Binarismo 3D?). En un polo lo femenino-masculino, en el de enfrente lo extraño y otro de esa calificación. Ni de Marte ni de Venus, ni de ningún satélite intermedio, ni de lugar alguno del espacio exterior. Terrestres, de aquí, de un presente que no ridiculiza lo humano al proyectar sobre el espacio sideral estereotipos infrahumanos.

Y para evitar caer en el error de la otra respuesta al binarismo de género, éste, ágamo, tampoco reconoce el espacio intermedio. No existe la identidad de medio género, medio género medio no género. Medio mujer medio nada. Se puede ser más o menos racista, pero poco importa. Lo que importa es que, si se es en alguna medida no racista, esa medida está ya en combate a muerte con la otra, la que lo es, aunque ésta diga eso de “todavía lo es”, o de “sólo lo es en esto”. No hay espacio intermedio armónico entre el género y el no género. El rechazo al género es un rechazo radical. Si se rechaza al género se rechaza también la parte de la conciencia que acepta al género. Esa parte de la conciencia es, a su vez, traidora al rechazo.

Nada que ver, eso sí, con una vida torturada por la autovigilancia, por supuesto. Es el rechazo lo que es radical. Nuestras prácticas son situadas y dependen de lo que podemos o conseguimos poder hacer. Del poder logrado. El rechazo, la autodesignación, ésa es libre. Y ningún comienzo puede ser mejor ni más empoderante. Ninguno ofrece mejores condiciones como base de operaciones para la implementación de la ausencia de género.

Y de ella quiero hablar brevemente, y de cómo repercute en la sexualidad, que siempre es tan divertido y tan espectacular.

Será un pequeño ejercicio de imaginación en tres pasos de exigencia creciente, como la canción de Lennon.

-la postgeneridad borra de una sola vez, como una única cosa, la identidad de género y la orientación sexual.

Acostumbrémonos a vaginas y a penes (una cosa es acostumbrarnos a los cuerpos de los demás y otra a lo que esos cuerpos hagan con nosotrxs. Acostumbrarnos a los penes no implica acostumbrarnos a ser penetradxs, tampoco si se proviene de la condición de mujer heterosexual), a pectorales con senos y sin ellos, a tamaños y complexiones. Y acostumbrémonos a tener un cuerpo en particular con características particulares no hegemónicas ni normales, porque nuestro cuerpo va a fluir de lo normal a lo anormal con total normalidad.

Acostumbrémonos. ¿Cuándo?  Ése es otro ejercicio. No hablemos del cuándo. Hablemos del plan. Apuntemos el plan para pronunciaros por él, y luego ya veremos.

-la postgeneridad deja sin sentido a la pareja como número de referencia.

Dos géneros: dos personas como unión perfecta. Eso se acabó. Dos es sólo unx menos que tres y unx más que yo. Dos es lo que ha pasado hoy que no vino A, o que apareció B. Dos es lo que habría si yo estuviera plenamente presente con B, mientras que B sólo está con medio yo y son unx y medix, si es que B está plenamente presente, que vete a saber. Dos es a lo que se acostumbraron mis progenitores, que se educaron en el sexo oculto y prohibido en el que alguien cazaba y alguien era cazadx, y no se parece a aquello a lo que me acostumbro yo, que me reeduco en un sexo no clandestino y social; en una intimidad colectiva que incluye la configuración más pequeña posible para una relación sexual: yo solx.

Y con el dos acaba la ficticia simetría amorosa llamada a veces “complementariedad”, falsa garantía de igualdad de poder y timo patriarcal por antonomasia.

Acaba la/el otrx como reflejo y como encaje en lo que necesito. Acaba la proyección en la/el otrx, la fusión binaria de las almas y su simbología gestual de miradas y abrazos pareados. Y comienza la/el otro como mundo; como humanidad diversa en la que vivo y con la que me encuentro, a la que contribuyo y que me alimenta. Y vuelve la complementariedad no especular, la buena, la plena, la que da lo que necesita a quien lo necesita, y no lo que es a quien ya lo es y lo reafirma en lo mismo y en sus mismas carencias.

Acostumbrémonos, por lo tanto, a las personas a las que no estamos acostumbrtadxs. A esas personas que no son nuestro simétrico y que, lejos de ser un ejercicio de narcisismo, son un vínculo con el mundo. O apuntemos que estamos decididxs a hacerlo, y que lo tenemos pendiente.

-pero… ay! La postgeneridad acaba con lo Otro.

La postgeneridad dice que ya no hay un aquí dentro y un allí fuera, y que ya no somos nosotrxs en partida de caza hacia lxs otrxs, sino que todxs somos nosotrxs, y estamos ya aquí, y no hay fuera en el que cazar, y no hay caza que realizar, porque no hay ningún sujeto que pueda devenir objeto mediante una caza.

La postgeneridad dice que no hay objeto, y eso nos va a costar admitirlo. Porque no haber objeto es no haber lugar donde depositar nuestra libido, que debe retraerse de nuevo a convertirse en una capacidad sin medio normativo que la vehicule. No haber objeto significa acabar con la ficción sexual de que un sujeto es un objeto, y significa que la libido no pasa por poseer, sino por aparecer en su estimulación. Significa acabar con la estrecha fantasía de que la excitación se realiza a través de un/a otrx que se objetualiza para masturbarnos, y significa que la masturbación no es masturbatoria, sino que ella es el sexo, al que podemos llamar, por ejemplo, “erotismo”. Y significa que lxs otrxs no son otrxs, sino iguales, sujetos con capacidad cooperativa en nuestra relación con nuestra libido, y que nosotrxs tenemos capacidad para cooperar con la libido de esos sujetxs que no nos desean, sino que solicitan nuestra cooperación para experimentar una libido libremente asociada y libremente asociable.

Esto nos puede resultar un poco más difícil. Pero parece cierto, así que será bueno. Apuntémoslo nada más, ya lo firmaremos cuando terminemos de tenerlo claro.


lunes, 7 de marzo de 2016

de las identidades fluidas a la fluidez como identidad

Supongo, porque no lo sé, que cuando has llevado a cabo un cambio, de cualquier magnitud, en tu identidad de género, y un tiempo después descubres que tu nueva identidad tampoco te hace sentir exactamente cómodx, se abre para ti la puerta (aunque hay, obviamente, otros accesos a ella) de la bigeneridad, postgeneridad, el queer y el género fluido.

No lo sé, digo, porque tampoco sé si hay estadísticas sobre “retornos de identidad”. Pero de lo que no me cabe duda es de que una identidad elegida se experimenta, a algún nivel de conciencia, como un estado más coyuntural que una identidad impuesta por una cultura al completo que se acompaña, además, de un discurso biologicista. Quien cambió de identidad una vez es, entiendo, más proclive a cambiar una segunda que el que no lo hizo jamás.

O esto es así, y entonces se puede abiertamente hablar de “elección” (que no sería, por supuesto, elección como manifestación de una libertad absoluta, sino condicionada, pero es que ésa es la única libertad, y la que da sentido al término frente a la falta de libertad del condicionamiento completo o de la coacción ineludible), o estamos entonces ante una identidad de género impuesta por la naturaleza.
Me llama siempre la atención la paradoja de afirmar una identidad de género “natural” que se sobrepondría a una identidad sexual, que en ese discurso tendría que llamarse también “natural”, pero que sería una forma errada de lo natural. La identidad de género sería, sin embargo, natural y verdadera; en ella la naturaleza no erraría. El género sería, por lo tanto, una realidad esencial subyacente a un sexo marcado “sólo” por las características fisiológicas. Esta genealogía abriría una pregunta: ¿Existiría una realidad más esencial y más subyacente aún? ¿Y hasta cuándo podríamos seguir desenterrando realidades ontológicamente anteriores? ¿Y cuándo podríamos decir que por fin hemos descubierto quién somos? ¿Y cuántos de estos estratos de realidad, con sus correspondientes nombres y tecnicismos, seríamos capaces de memorizar y gestionar intelectualmente?

Ockham se pondría las botas.

No es frecuente que se hable explícitamente de una esencialización de la identidad, ni siquiera de la de género. Sin embargo, la retórica esencialista que se usa para empoderar a las diversas identidades transmite ese mensaje de forma mucho más poderosa que el relativismo de género. Así, la homosexualidad, la bisexualidad, la asexualidad (orientaciones sexuales que funcionan, opino, como núcleo de la construcción identitaria), dejan de ser opciones para convertirse en “descubrimientos”. “Un día comprendí que no me pasaba nada. Simplemente había nacido asexual”.
queer subliminal en la educación de los 80

La transexualidad sería la inscripción irrevocable en los cuerpos de esta esencia oculta y felizmente descubierta. En realidad, claro está, es su materialización. La cirugía, el tratamiento bioquímico, son la ceremonia iniciática con la que la persona manifiesta su compromiso firme con su nuevo grupo de pertenencia y adquiere la pertenencia al grupo de pleno derecho. La unificación y ofrenda de la horda multiforme que habita nuestra psique, para evitar ya cualquier paso atrás.

Y del lado de la experiencia, de la demostración mediante algo tangible y señalable, siempre sólo esta “conciencia” identitaria; esta afirmación individual de que se “es”, sin más prueba que aquello que la persona sea capaz de escenificar como imitación del grupo al que aspira a pertenecer, ya se trate de la designación del objeto de deseo, ya del uniforme de género, ya del trabajosamente aprendido rol social.

En esa persecución, y en esa necesidad de encontrar para el individuo una identidad colectiva, éstas se multiplican, se homogeneízan y se exponen en mostradores cada vez más amplios y luminosos, cada vez más diversificadas, cada vez más próximas a simples mercancías industrialmente producidas que persiguen al individuo ofreciéndole realizar el sueño de la identificación mediante un formato express. “Necesitas una identidad”. “Del Real Madrid se nace”. Y mujer. Y palestinx. Pregúntate “qué has nacido”. Busca tus condicionamientos y refuérzalos hasta que no puedas escapar de ellos.

En algún momento de toda esta vorágine nos olvidamos de que “la mujer no nace, se hace”, hasta el punto de que vemos hacer identidades cada día y creemos descubrir incuestionables realidades neuropsíquicas, que brotan milagrosamente de la húmeda, fresca y verdadera madre tierra, como si fueran ababoles.

lunes, 22 de febrero de 2016

acabar con el bautismo de género


El pasado 3 de Febrero saltó a la prensa la historia de la niña Lucía, el caso de transexualidad más tempranamente oficializada hasta ahora en España.

Lucía, nacida con cuerpo de varón, mostró, desde que empezó a jugar, abundantes y consistentes “conductas femeninas”. Muy poco después empezó a manifestar también su deseo de “ser una niña”. Lxs progenitores acudieron a la Asociación de Familias de Menores Transexuales Chrysallis, donde se les proveyó de la información que precisaban.

La decisión de lxs adlutxs, con plena aceptación de Lucía, fue formalizar su cambio de género en el registro civil. Hoy, a todos los efectos legales, Lucía es una niña. Tiene 5 años.

No pretendo con este texto emitir ni una sombra de juicio sobre lxs tutores de Lucía. No entraré en el caso porque suficientemente difícil lo tienen ellxs como para vivir con la espada de Damocles de ser condenadxs por falta de la suficiente formación en teoría de género, vanguardia intelectual y activismo queer. Mi única intención es usar la referencia para hacer una reflexión muy breve, muy simple y muy general.

Si un niño de 4 años juega obsesivamente con coches, ¿debemos entender una precoz vocación que habremos de alimentar con la asistencia a competiciones de automovilismo? ¿Y si le gustan los bomberos? ¿Haremos prácticas de apagado de fuegos? Si una niña nos pide disfraces de princesa, ¿le conseguiremos las actas del caso Nóos y se las leeremos por la noche?

Ya, ya sé que no es lo mismo. No lo es.

Pero la razón no es que unos roles sean mejores que otros, porque de todos los mencionados, incluidos los de género, se podría hacer una larga lista de perjuicios y amenazas para el desarrollo infantil. La razón es que nuestra cultura de vida te da un tiempo para elegir tanto tu profesión como tu papel en el mundo. Puedes jugar con ellos, puedes probar, cambiar, descubrir, y esperar hasta que tu elección coincida, si no con tu madurez psíquica, al menos con un momento en el que alguna se te atribuye.

Eso no pasa con el género. Lxs niñxs nacen con género. Antes nacían con sexo, y ahora con sexo y género, pero con respecto al tiempo que tienen para decidir, nada ha cambiado. Desde el momento en que adquieren conciencia de que existe una diferencia entre mujeres y varones, se proyecta sobre ellxs la pregunta de a cuál de los dos grupos pertenecen. Y deben contestarla. Con tres años una niña ya sabe que no es doctora, aunque juegue a las doctoras. Sin embargo no juega a ser una niña. Lo es. Y tal vez no sea ése el juego que le esté apeteciendo.
El paso de un género a otro es un cambio de jaula. Si hay una jaula que le va mejor a tus gustos, enhorabuena, pero no esperes que una jaula haga funciones impropias de ella. Si no pensamos librarnos del género, que espero que sí, al menos dejemos un tiempo razonable para que ese género se elija. Abandonemos nuestra vocación de sexadores de niñxs. Abandonemos las asquerosas ecografías para buscar la colita del feto, ya que no hacemos pruebas para saber la forma de su nariz, y abandonemos el informar de su sexo a lxs conocidxs como primera toma de contacto con la nueva persona. No empecemos nuestra relación por sus genitales, sobre todo si después no vamos a saber qué hacer con ellos y les vamos a educar en su ocultación y su vergüenza.

Sé que lo que propongo es una trampa. Porque cualquiera puede ver que si no fuera hasta los 18 años que cada quien debiera elegir su género de manera estable, llegada esta edad un creciente número de personas dejarían de elegir un género u otro, o de darle importancia a esa elección, o lo cambiarían cada poco, o dejarían que lo decidiera una moneda tirada al aire. El vació de género sería irrecuperable. El género nunca sería ya la religión que hoy es.

Pero entonces es que ese objetivo es doblemente deseable. Entonces es que quizás sea por ahí por donde debemos empezar. No tanto por deconstruir lo construido sino por no reconstruirlo generación tras generación. El segundo problema viene ahora, claro: ¿Cómo?

Lxs tutores de Lucía oficializaron el nuevo género de la niña con un gesto muy sencillo. Ella se comportaba como una niña, todo el tiempo, y se lo llamaba a sí misma. Pero no lo era. Empezó a serlo cuando cambió su nombre. Quién sabe si disponer del valor seguro del nombre le habrá abierto la puerta a que pueda jugar con seguridad a ser un niño.

El nombre. Nuestro nombre. Mucho más que los genitales, el nombre marca la condición de género desde el primer momento y a cada instante. Yo soy un nombre que aparece sistemáticamente en una lista de nombres de varones, y que cualquiera identificaría en una lista de nombres de mujeres como un error. Yo, cada vez que digo o recibo mi nombre, me reafirmo en mi identidad de género. O en mi conflicto contra ella.

Empecemos por el nombre. ¿Y si le quitamos el género al nombre?

En castellano no todos los nombres tienen la misma fuerza de género. Santiago no es igual que Lucas. María no es igual que Sol. Algunos nombres dan más juego que otros. Busquemos esos nombres ambigüos y comunalicemos su ambigüedad. Hagamos notorio que cuando unx de nuestrxs tutorandos se llama Cris, por ejemplo, no es ni Cristina ni Cristobal, sino sólo Cris. Leo no es Leopoldo ni Leonor, sino Leo. Y de ahí pasemos a otras neutralizaciones más arriesgadas. Andrea es nombre de mujer en castellano, pero en italiano es nombre de varón. ¿Qué es Andrea? Andrea es Andrea. Nada más. Y, si encontramos un entorno favorable, produzcamos inversiones, con toda la belleza y la sugerencia que a ello acompaña. La niña llamada Ismael. El niño llamado Ana. Ismael, Ana. Nada más.


Acabemos con esa etiqueta que marca la infancia con una identidad de género, y contra la que toda nuestra voluntad de educar de forma igualitaria parece chocar de bruces. No tiene por qué ser absolutamente sencillo, por supuesto. Pero recordemos que en el momento en que empecemos a vislumbrar cualquier conflicto del/a pequeñx con su nombre postgénero, siempre dispondremos del más poderoso y reforzador de los recursos: cambiar nuestro propio nombre.


lunes, 2 de noviembre de 2015

verificación de sexo, o la necesidad del sexismo en el deporte competitivo

Esta noticia tiene ya meses, pero la polémica que suscita y el problema al que da actualidad no sólo siguen vigentes, sino que esa vigencia permanece lamentablemente intacta. No he encontrado información sobre si la FIFA piensa seguir aplicando el protocolo de verificación del sexo en las próximas citas internacionales, pero logró aplicarlo en el Mundial de Canadá celebrado este verano y las deportistas tuvieron que tragárselo.
El problema ha sido acertadamente tratado, no sólo como una humillación a las deportistas, a las que se exige definirse mediante la obsoleta categoría de “sexo biológico” cuando su identidad social lo hace desde la categoría de “género”: El machismo en el deporte, con el fútbol siempre a la cabeza, reubicaría así a cada deportista en la condición cisgénero, obligando a aquellxs que no se lo consideran a dar un paso atrás en la definición y construcción de su identidad.
Pero la humillación se extiende a las mujeres no federadas, es decir, a todas las restantes, porque la definición de “mujer” como categoría se realiza mediante un criterio restrictivo: Para ser mujer hay que mantenerse por debajo de unos máximos. Es decir, que si superas determinados rendimientos físicos, debes ser investigada porque dichos rendimientos corresponden a la categoría de “varón”. ¿Os imagináis a Usaín Bolt expulsado de los JJOO porque su rendimiento supera la categoría de “varón” (correspondiendo, por ejemplo, a la de “extraterrestre”)? Por supuesto que no. El varón no sólo es superior; además es ilimitado. La mujer también, por supuesto, pero en su inferioridad. Nadie denunciará, y menos ante la FIFA, que un rendimiento por debajo de determinados niveles sea la consecuencia de una educación en la que ella ha sido discriminada de la formación física. Al contrario, es el varón el que, de no llegar al mínimo, cae en la categoría desechable de “afeminado”.
La conclusión de todo esto, para el feminismo, es que desde el deporte se re-esencializa, con un artificio esta vez indigestamente grosero, la condición de mujer. Si hubiera algún tipo de lógica de la justicia política, o al menos una sensibilización social generalizada, la FIFA, y cualquier otro organismo que forzara la diferenciación sexual, serían inmediatamente señalados como sexistas, incitadores de violencia contra las mujeres, y sancionados de modo ejemplarizante.
Pero es que ellos habrán dicho lo siguiente: No se puede establecer una competición en igualdad de condiciones si no hay una definición rigurosa de esas condiciones. Dado que no todas las personas tienen las mismas, éstas deben ser clasificadas. Cualquier otra solución no sería “competición” y desacreditaría dicha competición frente al espectador. Desde el momento en que todxs sabemos que un deporte está estructuralmente dopado, por ejemplo, o cuando se sabe que unxs deportistas parten desde unas condiciones netamente superiores al resto, ese deporte queda desprestigiado y su seguimiento cae de forma irremisible. Dennos un modo justo, adecuado, de clasificar las condiciones de competición, y (si somos capaces de superar nuestros prejuicios sexistas, así como los de aquellas federaciones más retrógradas cuya participación se considera imprescindible) lo utilizaremos.
Sería inútil intentar ofrecer esa clasificación alternativa. Toda clasificación implicaría que, en cada categoría, quienes estuvieran más cerca de la categoría superior no sólo partirían con la indeseada ventaja a priori con respecto a sus competidores, sino que además estarían siempre en el punto de mira de la persecución del fraude, especialmente si sus resultados eran demasiado buenos.  Así es como funcionan las llamadas “categorías inferiores”, en realidad, al ser divididas por edad. Quienes están a punto de alcanzar la categoría siguiente parten de una cierta superioridad a priori que se entiende como cosa natural y que será compensada al año siguiente por el crecimiento de los pequeños y el paso de los mayores a otra categoría en la que ahora los pequeños serán ellxs. Pero se nos dirá que esta jerarquía se vuelve atractiva y capaz de venderse como espectáculo en la medida en la que hay una categoría reina y final, y que es en función de las perspectivas de cada deportista con respecto a esa categoría final como se juzga su rendimiento en todas las anteriores y subordinadas.
Entonces podríamos ofrecer como solución una sola categoría, sin más. Todo el mundo compitiendo como si las diferencias físicas no existieran, y que gane el más capacitado. Que la clasificación se realice de manera espontánea. Si una o varias mujeres pueden desbancar a uno o varios futbolistas de élite, que lo hagan. Así habrá sólo “jugadorxs”, y nadie se preguntará, salvo por curiosidad, si un equipo tiene más o menos mujeres, o mestizxs, o bajitxs. Se hablará sólo de la calidad de cada futbolista y de si está a la altura del resto de la plantilla. Se evitarán  (o se agravarán) de paso, las idiotas polémicas sobre la conveniencia de que los vestuarios sean mixtos.
Pero entonces el paso atrás será otro: Cada deporte filtrará a sus campeonxs en función de las capacidades que se privilegiaron a la hora de concebir dicho deporte, y éste no servirá para otra cosa que para reforzar, no ya el sexismo, sino todo tipo de discriminación. Se desharía el trabajo que se pretende realizar, por ejemplo, con los deportes paralímpicos.
Podríamos, entonces, transformar los deportes y entrar, de paso, en el terreno de la sociología-ficción, porque aquí sí que hablaríamos de un movimiento de responsabilidad social para el que la naturaleza ha imposibilitado a los grandes grupos económicos en cualquiera de los mundos posibles.

Deportes diseñados a partir de una combinación equilibrada de aptitudes serían reformados en la medida en que dicha combinación privilegiara a uno u otro grupo sociofísico, hasta alcanzar una representación democrática en los rankings. Pero, junto con ello, se fomentaría un desplazamiento de la atención desde la competición a la acción deportiva. Porque en la medida en que se pretendan objetivar las clasificaciones, la pugna por ocupar los puestos más altos implicará siempre una atribución injusta de mérito a quien disfruta de un privilegio físico, por pequeño que sea. El verdadero interés del deporte no está en cómo el jugador de 2,13 ha puesto un tapón al que sólo mide 1,80. El verdadero interés es contemplar y entender cómo cada uno de los dos se ha enfrentado al obstáculo que el otro le interpone y cuáles han sido las soluciones más atractivas y eficaces que se han aportado en esa situación.
En un deporte así la clasificación sólo serviría para ayudar a entender qué ha pasado, y muy poco para saber quién fue mejor. Cualquier buen aficionado al deporte (no a la competición) sabe que tras las monolíticas tablas clasificatorias quedan ocultas las verdaderamente grandes historias deportivas. Este enfoque haría que las últimas sustituyeran a las primeras. Pero, además, y nada menos, haría que el deporte dejara de ser discriminatorio.Parece muy complicado, utópico, inimaginable e inasequible a nuestra cultura. Pero, en realidad, sólo estamos hablando de que el “deporte” vuelva a ser “juego”. Todxs hemos jugado mucho más de lo que hemos competido, porque así empezamos a relacionarnos con las cosas y porque la competición, por su naturaleza discriminatoria, nos expulsó a casi todxs.

lunes, 18 de mayo de 2015

frozen 2: congeladxs por el terror

No sé muy bien cómo explicar mis emociones ante el anuncio de la segunda parte de Frozen, pero, si pudiera proyectarlas sobre vosotrxs, es posible que adoptaran la forma de un rayo celeste que os dejara los corazones convertidos en una escultura de escarcha.

Aunque el plan no suene muy bien voy a hacer lo posible por someteros a él. Así os quiero.

Mejor que describiros mi sensación, intentaré que empaticéis con ella describiendo qué es Frozen, o al menos lo que a mí me está pareciendo que es.
Frozen es, de largo, la película de animación más vista de la historia. Alguna tenía que ser, claro. Pero es que, además, es la quinta más vista de entre todos los géneros (a estas alturas será la séptima, porque habrá sido superada por “cosas” como Fast & Furious 7 y Los Vengadores: La Era de Ultrón, que perfectamente se pueden considerar taquillazos infalibles a priori, de modo que difícilmente puede decirse que cuenten), no muy lejos de la cuarta y la tercera. Dicho de forma más vehemente: Tras Avatar y Titanic, Frozen es, prácticamente, el mayor éxito cinematográfico conocido.

En nada menos que eso la han convertido lxs niñxs tirando de la manga de sus tutorxs, a quienes lo mismo les daba entrar a ver las aventuras de Elsa que las de los minions de Gru.

 ¿He dicho “niñxs”? Quería decir “niñas”.

Frozen fue a todas luces concebida dentro del género de películas de princesas para niñas, pero los resultados de taquilla indican que, o ha desbordado el target de audiencia, o cada niña ha ido a verla tantas veces como fui yo a ver Cyrano de Bergerac cuando el amor aún me parecía bien.
No me he molestado en buscar datos sobre su merchandising, porque los que están a la vista son sobradamente elocuentes. Cualquiera que haya tenido que comprar un juguete estas navidades sabe que una nueva estética amenaza el imperio del rosa: El verdadero color de moda para las niñas es el azul hielo; azul Frozen.
A la izquierda, Elsa.
A la derecha, "otras princesas".
 
Como se ve, Elsa ha aglutinado el gusto de las niñas a escala mundial. Están las princesas y, después, dos escalones por encima, está Elsa, que es la reina de las princesas. Elsa es, por lo tanto, un ídolo femenino infantil de una magnitud sin precedentes cercanos. Es, para lo bueno y para lo malo, la narración más influyente en la formación de las conciencias femeninas infantiles de las últimas décadas.
 
¿Por qué?

 La explicación pesimista dice que Elsa es la princesa perfecta. Que de entre todas las tentativas por conseguir una princesa moderna con tintes igualitarios (Brave, Rapuntzel…) las niñas han rescatado a aquélla que les permitía refugiarse de nuevo en los rasgos de género más extremos y que los insólitamente progres guionistas de Disney les habían llevado a añorar. Se trata del primer personaje desde hace tiempo que es plenamente identificable como princesa a lo largo de toda la narración. Nada de princesa prisionera, dada en adopción, renegada, disfrazada… Elsa es princesa por derecho desde el primer al último fotograma. La sangre azul se le adivina en cada vestido, en cada complemento, en cada gesto y, como sabemos, las niñas quieren ser princesas “por naturaleza” y poder mostrarlo todo el tiempo.

 Pero hay otra explicación. ¿Y si las niñas no se hubieran equivocado y, en vez de caer de nuevo en la trampa de la feminidad, hubieran elegido de manera espontánea y unánime el empoderamiento? Elsa se distingue de las últimas princesas en que es más princesa que ellas, sí, pero también en algo mucho más notorio: Su superpoder. A diferencia de la larga lista de personajes femeninos cuyas principales virtudes son la bondad, la pasividad y la obediencia, Elsa se caracteriza por su libertad, por su capacidad, gracias al dominio sobre el hielo, para hacer, incomparable a la de cualquier otro personaje de la película. Esta superioridad tiene como consecuencia otra diferencia sustancial: Elsa no tiene pareja, porque nadie, como sucede con tantos personajes masculinos en la historia del cine, podría estar a su altura.

¿Nos suena? Claro. Por decisiones o caprichos de producción, a Disney se le ha colado un superhéroe en una película para chicas. Y la consecuencia ha sido  que las niñas se identifiquen con él tanto como los niños con Spiderman: Si no me das otra cosa, seré una princesa a la espera de un príncipe que me descubra. Pero, si puedo elegir, seré un ser poderoso y libre. En cuanto a que alguien me descubra… no necesitaré a “alguien” porque seré evidente para todxs; me daré sentido en el grupo sin intermediación de una pareja masculina.

 Disney se guardó las espaldas ofreciéndonos la antítesis de Elsa en el personaje de su hermana Ana, no fuera a ser que las niñas se sintieran incómodamente masculinas siendo superiores a todo el mundo. Ana sí que cumple el estereotipo íntegro: es débil, frívolamente alegre, afectuosa, y enamoradiza… Y sus vestidos de colores cálidos se pudren en los anaqueles de las tiendas de juguetes, mientras que los de Elsa se agotan el primer día. “Tú eras Ana” decretan infaliblemente las niñas cuando te proponen jugar a Frozen.

Desde este estado de cosas oímos en la lejanía redoblar los tambores de Frozen 2. Y, nosotrxs, que sabemos que el patriarcado es cruel e inexorable, temblamos, o deberíamos temblar, al anticipar la tortura que se habrá diseñado para la conciencia de estas niñas, empoderadas quizás sólo provisionalmente.  Si el patriarcado actúa como cabe esperar de él, del mismo modo que se le coló una mujer empoderada en la figura de una princesa machista, lo normal es que intente ahora arreglar la jugada y procure colarnos una princesa machista en la forma de segunda Elsa.

Ojalá me equivoque, pero me parece que Disney nos va a dar ahora mucho trabajo. Tiene a todas las niñas con los ojos clavados en la pantalla, expectantes, predispuestas como nunca para identificarse con la conducta de un personaje. Entendámoslo: Predispuestas a ser Elsa, sea Elsa lo que sea, como si les hablara Dios. Pero esta nueva Elsa puede traicionarlas.

Para empezar, en alguna de las imágenes promocionales Elsa está ya en segundo plano, porque resulta que Ana, la madre buena y correcta, ha tenido un hijo varón, como es su deber, y parece ser que ha heredado el poder de su tía. Así que es más que previsible que el protagonismo gravite sobre él, que seguramente se muestre más proactivo, más despierto, más ambicioso, más fuerte e inteligente que lo que pueda hacerlo una mujer; que use mejor el poder y que sea capaz de llevarlo al extremo de sus posibilidades. Es muy probable que Disney le vaya a decir a las niñas que en manos de ellas el poder es un adorno encantador, pero en manos masculinas se convierte en una verdadera arma; que su ilusión de igualdad era vana, porque un niño, ¡aunque sea un niño! en las mismas condiciones de poder, es siempre superior y más interesante que una niña. Entonces ellas pensarán que ser Elsa es ser una segundona, y que lo que realmente mola es ser la madre del protagonista. Y, quién sabe, tal vez en Frozen 3 Elsa haya sido ya convertida en bruja. Igual esta anticipación es un absoluto disparate, pero es sólo una de las barbaridades que pueden pergeñar. Y ellas apenas tienen otra cosa que a Elsa.
Nos van a dar mucho trabajo, pero sabremos hacerlo.

Tendremos que decirles a las niñas decepcionadas con el presumible papel de Elsa en la segunda parte que lo verdaderamente meritorio cuando tienes el superpoder del frío no es derrotar con él a un villano que no lo tiene, sino enfrentarte al chantaje emocional al que te someterá todo tu entorno afectivo para que reniegues de tu empoderamiento y te vuelvas “normal”. Tendremos que explicarles a las pequeñas que una cosa es Frozen, y otra Frozen 2. Que quienes han hecho Frozen 2 no entienden quién es Elsa, y que si la verdadera Elsa estuviera en Frozen 2 el hijo de Ana se quedaría en casa haciendo los deberes del cole, porque el reino de Frozen está gobernado por Elsa y ella lo hace perfectamente. Nos van a obligar a convertirlas en espectadoras conscientes y críticas. Nos van a forzar a investirlas con el poder del frío frente a la pasional narración audiovisual; a hacerlas superpoderosas. Pues lo haremos. Ellos se lo han buscado.           

Soy muy sentimental con este tema, pero lo cuento por si alguien se identifica. Hay un tercer aspecto clave que explica el éxito de Elsa. Y no va a gustar. Lxs creadorxs de superhéroes saben que el tipo de poder y cómo se represente es clave para determinar el éxito de un personaje. Quienes llevan toda la vida leyendo tebeos porque son malos al fútbol tienen dificultades para identificarse con Supermán o Hulk. Sin embargo, descubren esa caricatura de superhéroe que es Spiderman, cuyas virtudes se reducen al sigilo, la huida, el ataque a distancia y, no lo olvidemos, la réplica sarcástica, y tienen alter ego por los siglos de los siglos.

El poder de Elsa es el frío. El frio.

El frío.

 Me da igual que Let It Go sea un tema típicamente Disney. Además es otra cosa. Es la canción con la que las niñas han identificado la reivindicación de su frialdad, y del poder que la acompaña. De esa misma frialdad por la que se sienten culpables ya que, con ella, estuvieron a punto de destruir el corazón de su hermana, y que han prometido no volver a usar, porque su uso es la muerte de las personas que las rodean.

 Elsa, harta, abandonándolxs a todxs, feliz, realizada, empoderada, lo dice claro: “Déjalo salir. El frío nunca ha sido un problema para mí.” Es decir, que si lo es para ti, ése es tu problema.

Y, con las mismas, nos deja heladxs de un portazo.
  ¡Bravo!