Mostrando entradas con la etiqueta FEMINISMO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta FEMINISMO. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de septiembre de 2020

FEMINISMO RADICAL Y AMOR. RESPUESTA A LA MESA REDONDA DE LA ESCUELA ROSARIO ACUÑA


He hecho este vídeo porque ha surgido la oportunidad de contar algo importantísimo. Por eso de antemano os animo a utilizarlo como material divulgativo, didáctico, y de debate y confluencia con el feminismo. Esto es lo que tenemos para contestar a quienes se muestran suspicaces con la agamia porque el feminismo radical no la ha avalado.

Lo explico en los primeros minutos, pero os lo voy a resumir aquí: la AGAMIA está huérfana de FEMINISMO, porque el feminismo que le corresponde, el no sexopositivo (es decir, el que cuestiona la revolución sexual desde una perspectiva de género) ha sacado ese cuestionamiento, y todo lo concerniente a las relaciones, de su agenda y de su temática.

La agamia se adscribe al feminismo, pero no tiene un feminismo en el que mirarse, porque quienes deberían hablar desde él, callan. Y cuando hablan, como aquí, mejor habría sido que hubieran seguido en silencio.





miércoles, 15 de julio de 2020

aliados


A estas alturas ya hay bagaje para valorar si nos va bien con el término “aliado”. Y parece que nos va mal.

Una vez agotada su novedad la comparación con el clásico “feminista” no parece arrojar grandes ventajas. Por un lado sí, evita el borrado de las mujeres y la usurpación. Por otro suena tan adulador y a la vez autoelogioso, tan mezquino en definitiva, que parece justo el término que elegiría un infiltrado.

El término “aliado” tiene dos graves defectos fundamentales con respecto a “feminista”, aplicado este a un varón. El primero es que designa una conducta. El feminismo es muchas cosas, unas teóricas y otras prácticas. Quien es feminista, que nunca lo es ni deja de serlo del todo, dado que todxs nos movemos en una franja de niveles de igualdad correspondiente a nuestro contexto histórico y cultural, puede serlo de manera combinada, teórica y práctica, pero también puede serlo de manera descompensada. Eso es propio de cualquier ideología que vaya acompañada de un movimiento social o incluso de la que, simplemente, pueda derivarse una práctica.

Si decimos que X es marxista no estamos concretando en qué sentido lo es. X puede ser experta en marxismo, o puede llevar una vida que Marx aprobaría, o puede, simplemente, autodesignarse así. X puede ser, incluso, burguesa, es decir, enemiga de clase del marxismo. En tanto que no concretemos en qué sentido es marxista la categorización no tiene por qué ser incorrecta. Esa incertidumbre debe ser asumida en su uso. Es una limitación en el término que sirve para disponer de su generalización. Si ser marxista fuera una cosa muy concreta todos los sujetos que quedaran fuera caerían bajo la categoría “no marxista” de un modo indiferenciado que aumentaría la confusión. Para que “marxista” nos dé más información debemos seguir preguntándole y añadiéndole nuevos términos.

Sin embargo, cuando decimos que Paco es aliado hemos concretado mucho más. Paco no está necesariamente de acuerdo con la teoría, aunque seguramente se lo atribuyamos. Lo que sabemos con certeza es que Paco ha sellado una alianza, es decir, que está fiablemente comprometido con llevar a cabo conductas coherentes con los postulados feministas.

“Aliado” es, por lo tanto, una categoría práctica y, por lo tanto, moral. Nada en contra de las categorías morales, salvo, lógicamente, cuando son a priori. Si Paco dijera de sí mismo que es generoso, prudente o sincero lo único que sabríamos de Paco es que es alguien que exige de nosotrxs una confianza que le beneficia. Paco pide que se le atribuya, a priori, la categoría “bueno”. Paco es, al menos en este sentido, malo.

La autodesignación “aliado” es de esta naturaleza. Es, por lo tanto, no un paso menos, si un paso más que la autodesignación “feminista”. El feminista puede reducir su feminismo a una admiración intelectual. El aliado va más allá: hace cosas. ¿Qué cosas? No lo sabemos, pero en tanto que las hace, ya merece más compensación que el feminista.

El segundo defecto se deriva del primero; se trata de la falsa modestia. Un aliado no solo se autodesigna como sujeto activo en el movimiento feminista, sino que con ello efectúa también un supuesto gesto de humildad que lo proyecta a una categoría superior a la del hombre feminista. Ese menos-es-más no tiene, además, contraprestaciones. Fuera del feminismo lo mismo da ser feminista que aliado. Dentro, un aliado es superior. ¿A cambio de qué? De nada; de la autodesignación misma. Es esa autodesignación, y ninguna otra cosa la que, a la postre, es valorada como el acto feminista que lo legitima: “Aunque no haga nada más ya ha hecho algo: ha dado un paso atrás.” ¿Lo ha dado? No lo sabemos, pero en tanto que se trata de una categoría práctica, es decir, que designa una práctica, debemos entender que lo da realmente, que lo ha dado, que suele darlo, que lo está dando ahora, lo parezca o no.

Aún hay un tercer problema con la designación “aliado”. No me extenderé sobre él por razones de espacio y por conservar la fuerza persuasiva del texto. Lo dejaré solo enunciado con vistas, o no, a ulteriores desarrollos: distinguir feminista de aliado tiene como consecuencia la subjetivización de la teoría feminista, dado que establece sujetos de enunciación privilegiados cuyas posiciones prevalecen sobre la fuerza de los argumentos. Frente a la tendencia naturalmente democrática de la racionalidad recogida en la frase “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”, la categorización entre sujetos que teorizan tiene como consecuencia no que unos reciben prioridad con respecto a otros (esto sería lo de menos) sino que cualquier idea puede escudarse en la categoría del sujeto que la enuncia, o quedar indefensa ante el que no lo hace. Pero mantengamos el foco en las dos críticas previas.

Lo que se ganaba con el término era, como decía al principio, evitar la usurpación en el feminismo; evitar confundir tanto al sujeto del feminismo (las feministas) como al objeto (las mujeres). El feminismo no debe ser ni de los feministas ni para los feministas. Una vez que son llamados “aliados” el peligro se disipa.

No creo que sea así. ¿Un feminista sustrae, conserva, en la práctica, más privilegios que un aliado? Con respecto al uso de la palabra entiendo que la autodesignación es indiferente, dado que se trata de distinguir a hombres de mujeres, y la socialización de género hace que para ello no se requiera terminología alguna. Un hombre feminista, en tanto que tal, no posee grandes ventajas sobre un aliado a la hora de acaparar la palabra. Si hablamos de otro tipo de interacciones, es notorio que el aliado se ha ganado, gracias a su “humilde gesto del paso atrás”, un salvoconducto, convirtiéndose en el hombre deconstruido, inocuo y seguro, de referencia.

En mi opinión “hombre feminista” es una designación (para las ocasiones en las que esta es necesaria, que son muy, muy pocas) más que suficiente, como lo es la de “marxista burgués”, siempre que se lleve hasta las últimas consecuencias y se deje atrás la traicionera tendencia a entenderlo como un oxímoron asumiendo que, “dado que un hombre no puede ser feminista, si es feminista será que no es hombre”. Nada debe asombrarnos de que los conflictos generen tránsfugas, pero un tránsfuga ni está del todo en un lado ni lo está del todo en el otro; el segundo transfuguismo siempre será más fácil que el primero. Ser hombre, ya se sea feminista, pelirrojo o en cuclillas, significa pertenecer al sujeto opresor del patriarcado, y la estructura opresora tendrá grandes beneficios que reportarle y estará ahí para tentarlo siempre. Un hombre feminista es un hombre, y debe llevar a todas horas y en todas partes su designación completa. Esa que se ha apocopado, con tan inquietantes consecuencias, en “aliado”.



martes, 21 de enero de 2020

el peón parental



“No se puede vencer si no se sabe en qué consiste la victoria”.

La frase ni es mía ni es así. Esta es la forma que le doy yo para exponer algo que considero útil sobre el peregrino asunto de la propiedad de lxs hijxs.

Estamos escandalizadxs ante el grado de reacción que está logrando traer a la actualidad la ultraderecha. Nuestra lectura es que tener que volver a luchar por obviedades como la necesidad de que lxs niñxs reciban información sobre violencia de género es un retroceso que nos acerca al momento histórico en el que hubo que luchar por ello la primera vez. Hemos perdido mucho, por lo tanto, con demasiada facilidad, y es desmoralizador.

Pero, pensémoslo un momento: ¿en qué habría consistido ganar? Y, ¿sería tan diferente de esto?

El comienzo de una partida de ajedrez es un empate (no es cierto, pero vamos a simplificar). Ambos grupos de fichas tienen las mismas posibilidades y aspiran, igualmente, a la victoria. Pero a partir de cierto momento uno de ellos adquiere una cierta ventaja y el otro comprende que la expectativa de vencer se aleja. Decide olvidarse de atacar y cierra su defensa. Se enroca, por ejemplo.
Esto genera un cambio desconcertante en el grupo de fichas que van ganando. En pocas jugadas la disposición sobre el tablero se ha transformado, y de una posición abierta y llena de posibilidades se ha pasado a otra en la que apenas hay fisuras. Es cierto que la amenaza parece prácticamente haber desaparecido, pero también que eso convierte el ataque casi en una obligación, y una obligación mucho más peligrosa que antes, pues el adversario se ha vuelto consistente y hermético, como si sus fichas se hubieran, de pronto, electrificado.

Si no se tiene cierta experiencia en lo que se refiere a abordar esta fase del juego el fracaso del grupo atacante puede no reducirse a chocar contra la defensa, sino que llegará, incluso, a hacerle perder su ventaja primera y desatar con ello un contraataque definitivo. Y, sin embargo, desde fuera nos dan ganas de gritar: “Pero, ¿¡qué esperabais!? ¿Que se rindieran al primer revés? ¿Que no se reorganizaran? ¿Que no optimizaran sus posibilidades? ¿Que por una victoria parcial os regalaran la victoria completa?”

En el fragor de la batalla, y en el renovado impulso que el enemigo parece adquirir con su cambio de estrategia, resulta fácil olvidar que nos encontramos en una fase mejor para nuestros intereses, y que a pesar de que esta fase tiene también peligros y dificultades, nuestra ventaja debe traducirse de alguna manera en resultados. Olvidamos que nuestro desconcierto tiene que ver, en parte, con que hemos ganado terreno, que pisamos suelo conquistado, y que nos movemos aún con cierta torpeza en él. Olvidamos que aquello que parece renovar las fuerzas de nuestro enemigo es ahora un objetivo mucho más modesto que el que lo motivaba antes, y más modesto, lógicamente, que el nuestro. Olvidamos que su ilusión, tras el golpe de la primera derrota, está puesta en no perder más, y que su eficacia es producto de la desesperación y de la lucha por la supervivencia.

Volvamos al tablero de la política. “Los hijos no pertenecen a los padres”, dijo Irene Montero, y se diría que fue un error político a tenor de la violenta reacción suscitada en la derecha. ¿Se equivocó la ministra y volvió peligroso un terreno en el que era más acertado avanzar con cautela? No lo creo.
Lo que creo es que Irene Montero, ministra de Igualdad, nada menos, es ahora mucho más poderosa y, con ella, lo es el feminismo, lo son los derechos sociales y lo es, en definitiva, la justicia. Sus mensajes ya no son la expresión parlamentaria de unas ideas que buscan participar en el debate, sino el anuncio de aquellas medidas que con toda probabilidad van a ser ejecutadas. Esto significa que los espléndidos 52 escaños de VOX se quedan en un grito ahogado, y que para no perder el enorme terreno que conlleva no formar gobierno necesitan medidas desesperadas de visibilización. Significa también que el PP, en una posición más desesperada todavía, necesita acompañar a VOX en su escaramuza suicida.

La batalla por el pin parental es una batalla perdida para la derecha. Eso no significa que no pueda ganarla. Significa que si actuamos con precaución, compromiso y responsabilidad, es casi seguro que de ella saldremos reforzadxs nosotrxs y debilitados ellos. La razón por la que desatan este tipo de encontronazos pírricos es la simple lógica de la derrota: cuando pierdes una vez se vuelve más probable que pierdas la siguiente porque llegas a ella con peores recursos y menos poder para determinar las condiciones del enfrentamiento: montan la del pin porque las otras que podrían montar son todavía más histriónicas. Hay poco más.

Pero podemos perder. Perderemos, seguramente, si creemos que ya hemos ganado, o que ya hemos perdido, o que es difícil que seamos capaces de volver a motivarnos para luchar una vez terminada la batalla anterior. Perderemos, en definitiva, si no recordamos que la lucha sigue, y no cumplimos con nuestro deber de afrontar el conflicto tal cual es, con todo el trabajo que conlleve. Perderemos si, ahora que somos más fuertes, actuamos peor.

Ojalá todas las batallas políticas fueran tan sencillas como recordarle a la gente por qué lxs hijxs no son de los padres. Ojalá fuera siempre tan sencillo acceder al argumentario y acorralar a nuestros adversarios dialécticamente. Ojalá comprendiéramos con toda claridad que el terreno que ahora podemos conquistar a galope tendido ha sido, en otras ocasiones, peleado metro a metro. Ojalá entendiéramos con toda claridad el valor que tiene galopar.

Volvamos al tablero abstracto y sugerente del ajedrez. En ocasiones el enfrentamiento más violento de toda una partida se produce en torno a un simple peón. Un peón se considera, en ajedrez, una ventaja definitiva: quien tiene un peón más debe ganar; tiene la obligación de ganar. Pero una vez conquistado ese peón extra la partida puede, sin embargo, enquistarse. El grupo de figuras con ventaja no consigue incrementar esta. Se encuentra en superioridad teórica pero esta no logra traducirse en la práctica: a pesar de su figura de más en todos los frentes que aborda hay empate.

Debe entonces recordarse una de las reglas más básicas del juego, y de todo enfrentamiento, sea en el tipo de tablero que sea: activa tu ventaja. No dejes que ese peón diferencial languidezca mientras se desarrollan luchas espectaculares pero igualadas entre caballos, torres y alfiles. El peón es la clave. 
Tu peón no ha sido salvado in extremis de un fatal intercambio de peones, que ha dejado sobre él la marca de la vulnerabilidad, de que un peón no es nada, de que está aquí, pero podía no estar. Tu peón no es eso. Tu peón es aquello frente a lo que el adversario no puede oponer ya su peón; y si no puede oponer su peón no puede oponer nada. Tu peón es quien puede galopar.
Esta batalla del pin parental no debe quedarse en evitar el pin parental. Debe continuar después mucho más allá, llegando tan lejos como se pueda en el avance del feminismo, de la calidad educativa y de los derechos sociales, y debe hacerlo galopando impetuosamente por el terreno que el descrédito, el extravío y la desesperación de la derecha dejará en nuestras manos cuando su grotesco y endeble pin parental no pueda resistir más. Debemos, para ello, ser capaces de ver nuestra victoria actual. Y debemos ser capaces de imaginar la siguiente.


martes, 20 de agosto de 2019

Rosario de Acuña y la trampa de la transfobia.


Una joven, desconocida para muchas de las presentes, pronuncia las primeras frases de su ponencia en la Escuela Feminista Rosario de Acuña. Se traduce en ellas la esperable inseguridad correspondiente tanto a su inexperiencia como a la importancia del lugar y de la compañía. En su presentación no ha salido a relucir un gran currículum ni un mérito personal particular, sino más bien una condición generacional. Está allí, parece ser, como representante de una sensibilidad que merece la pena dar a conocer o, al menos, dotar de voz: la del joven feminismo radical. Esta condición anima aún más a la indulgencia y el cuidado. Las dificultades a las que se expone con valentía recuerdan a aquellas a las que constantemente se exponen miles de mujeres a las que se obliga a ofrecer un plus de valía o esfuerzo en su competencia con los homólogos varones. Eso no sucederá aquí. Ella ha sido invitada a la mesa, seguramente con buen criterio, y lo que corresponde es escuchar desde la empatía y la paciencia. Nada más.

La joven ponente bebe agua.

A medida que entra en faena, su tono va ganando seguridad. Ahora ya no titubea indiscriminadamente, sino solo cuando se encuentra a sí misma repitiendo una idea. Las formulaciones estereotipadas no expresan agradecimientos introductorios, sino pensamientos cocinados para la ponencia en los días previos a las jornadas. Las torpezas no parecen fruto del estrés, sino el objeto mismo de la exposición. Las mujeres de la sala se encuentran ante un inesperado repaso básico de la historia del feminismo; ante la repetición insistente y caótica de ideas perfectamente formuladas en ponencias anteriores; ante gozosos descuidos en las formas al referirse al sujeto de análisis; ante la intuición de una sensibilidad que no parecía tener cabida en la Escuela. Seguramente una parte de la audiencia, formada sobre todo por quienes ya conocían a la ponente y sus antecedentes, se incomoda.

Cuando acaba, la maestra Valcárcel toma la palabra y, en pocos instantes, todo vuelve a su sitio. El pensamiento recupera la agudeza esperada, la pertinencia, la novedad. El comentario de la maestra no parece una nota a pie de ponencia sino, efectivamente, el de un jurado evaluador. Escuchándolo tenemos la sensación de entender qué hacer con lo oído, qué valor darle, dónde ponerlo.

La Escuela Feminista Rosario de Acuña es así, y es eso: una escuela con forma de jornadas de conferencias que tienen como objetivo el tratamiento de una cuestión de actualidad para el feminismo a través de la mirada experta y brillante de Amelia Valcárcel. Sus discípulas más cualificadas se encargan del desarrollo del detalle, de la maduración de los frutos, del riego minifundista. Y tras ellas algunas jóvenes tienen la oportunidad de compartir mesa como si realizaran una práctica universitaria, necesaria tanto para ellas como para la renovación y perpetuación de la labor realizada en la Escuela. La Escuela Feminista Rosario de Acuña es un vehículo para la divulgación del pensamiento y la mirada de Amelia Valcárcel, y ojalá siga siendo eso por muchos años. La sesión introductoria, la suya, es siempre, por supuesto, la mejor. Es en ella donde se dibuja el mapa del tema y se deja este colocado allí donde le corresponde, listo para su disección al pormenor. Es en ella donde se expresan las poderosas razones que han llevado a su elección, y es también en esa sesión de presentación donde se esbozan las líneas de reflexión más originales y fértiles, y se hace referencia a las fuentes más cruciales.

La aparición en youtube, cada principio de Julio, de las conferencias de Rosario de Acuña es el lanzamiento de una estimulante andanada de reflexiones que alimentará el curso académico por empezar y es parte fundamental de lo que será la actualidad del feminismo a partir de ese momento. Tiene, para mí, el sabor de ser el principio del verano, y acompaña durante días mis faenas hogareñas, llenándolas de pensamiento y asociando el uso de los utensilios de limpieza con el aprendizaje denso y transformador. Cuando tengo vídeos de Rosario de Acuña pendientes estoy deseando tener que planchar.
Este año, bajo el título “política feminista: libertades e identidades”, el verdadero tema ha sido, como todo el mundo sabe, el conflicto con el colectivo de mujeres trans. Y ha habido luces y sombras.

Las luces han estado donde siempre: en la elección valiente de un tema necesario pero comprometedor, quizás el más comprometedor; en su contextualización y análisis más allá de la hojarasca de las redes sociales y el debate en los grandes medios, hasta situarlo, ordenarlo y apuntarlo en la dirección que el feminismo exige como lucha que mira al futuro y que necesita dibujar con claridad su camino; en la determinación del enemigo en esta lucha, tanto donde es claro y manifiesto como donde es inesperado y aparentemente amistoso o aliado.

Las sombras han estado justo allí donde a ese enemigo le habría gustado que estuvieran: en los errores de forma que le están sirviendo para victimizar al colectivo de mujeres trans y convertirlo en escudo humano contra un movimiento abolicionista que está, o estaba, ganando la batalla a medida que la explosión social del feminismo se asienta y crece en consistencia ideológica.

Así, junto con las razones bien hiladas se han trenzado los desprecios mal templados, como si lo segundo fuera el merecido desahogo que algunas ponentes se otorgaban a sí mismas en premio al esfuerzo intelectual o activista realizado. Tan cómodas se sentían, tan en casa, tan ajenas, quizás solo por un momento, a la vulnerabilidad de su causa, que no ha habido no ya un reproche, un toque de atención, una discreta llamada a la responsabilidad, sino ni siquiera el reconocimiento por las tardes de los desprecios vertidos por las mañanas. Tantas veces como se han escuchado desafortunadísimos comentarios tránsfobos ha habido que soportar a su vez la indignada cantinela preguntando: “¿Dónde?, por favor, ¡¿dónde está nuestra transfobia?!”. Se lograba así esa joya de la discriminación que es el insulto que no se sabe insulto, que carece de la capacidad para verse insulto, que se constituye en naturalización del insulto.

Tanto horacias como curiacias, por tanto, han podido recoger los frutos esperados. Las unas, ponentes valcarcelianas, han acumulado un argumentario sólido y difícilmente rebatible por sus enemigxs al que podrán remitirse seguidoras y simpatizantes. Las otras han logrado justificar como nunca su desprecio hacia las abolos, TERFs, “viejas” y “sociatas”, y extender ese desprecio como una plaga. Han logrado justo lo que necesitan para llevar el conflicto al único sitio en el que pueden ganarlo: el prejuicio. Apenas dos días después de concluidas las jornadas circulaba ya por todas las redes feministas liberales un vídeo con la selección de los mejores momentos TERF de la Escuela Rosario de Acuña. La estrella en él era, por supuesto, Alicia Miyares, mano derecha de Valcárcel, y cota más alta sobre la que la crítica ha podido impactar, ya que la maestra se mantuvo prácticamente en todo momento en una actitud tan implacable como respetuosa. Allí donde ese vídeo ha ido apareciendo como señalamiento definitivo de la obsolescencia de la Escuela al completo era inútil remitir al contenido de las ponencias. La respuesta era: “Alguien con tanto odio no puede tener razón”. El feminismo ilustrado quedaba así descabezado en su nacimiento por el feminismo emocional que tanto gusta de ridiculizar, precisamente, Miyares.

En la Escuela se vivieron, sí, algunos momentos sonrojantes. Lo que el feminismo liberal ha hecho después con ellos supera con creces el bochorno y cae en la miseria táctica que le es natural. Pero esto no nos importa, porque el feminismo liberal es parte del enemigo, y el enemigo, que no tiene razón, va a emplear siempre estrategias que eluden la razón. Como sucede en cualquier lucha justa, la posesión de la razón es el arma que distingue al feminismo de su enemigo, y es en la que la causa justa confía, en última instancia, como poder que acabará decantando la lucha. Pero no es suficiente, y pensar que es suficiente y que es lo único que debe ser revisado y engrasado es regalarle la victoria a un enemigo que ya se ha enfrentado muchas veces con éxito a rebeliones que solo poseían la razón. Imagino que una pensadora política como Valcárcel estará de acuerdo con esto.

El feminismo radical no es TERF porque no es tránsfobo en tanto que feminista, sino en tanto que sujeto no trans que lleva su transfobia a cuestas como cualquier otro. Es, por lo tanto, tránsfobo, y tiene, como todxs, la obligación de supervisar su higiene transinclusiva de manera diligente. Pero con respecto a esa higiene imperó la desidia. Se cayó en el error flagrante de identificar la transfobia privada con la transfobia del movimiento: “El feminismo liberal quiere desactivarnos mediante la etiqueta “TERF”, pero, dado que el radfem no es TERF, yo, que soy radfem, no soy tránsfoba”. Y una vez que las ponentes se repartieron así los carnets de transincusividad garantizada se entregaron a abochornar generosamente a la concurrencia mediante la espontánea expresión de sus sentires.

Las medidas a tomar ante lo estratégicamente delicado de la situación estaban, sin embargo, al alcance de cualquier conciencia mínimamente despejada, y allí sobran:

1-si sospechas que no tienes demasiado bien trabajada tu transfobia, vigila lo que dices.
2-si sospechas que algunas de las ponentes elegibles excede el grado prudente de transfobia tolerable en el evento, no la invites. Ya la invitarás a otra cosa. O no.
3-si sospechas que, a pesar de todo, es muy probable que la transfobia haga acto de presencia, prepara previamente a tus ponentes, tanto para que tengan especial cuidado como para que reciban de buen grado cualquier respetuoso toque de atención público.
4-como no te representas solo a ti misma, ni siquiera solo a la Escuela, sino en gran medida a todo el radfem, pide disculpas. Tu movimiento está formado por sujetos individuales, y entre ellas hay transinclusivas, tránsfobas y muy tránsfobas, como en todas partes. Es de suponer que el radfeminismo ha sido utilizado por algunas de estas personas para dar rienda suelta a su transfobia, o que se ha utilizado la transfobia para obtener victorias radfem de manera ilegítima. Reconócelo, incluso aunque no te conste.

¿Qué sucede, entonces, para que el uso de un arma tan poderosa como Rosario de Acuña haya producido resultados tan dudosamente beneficiosos? De eso es de lo que me gustaría que tratara este texto. Pero no tengo respuesta.

Tengo, sin embargo, algunas preguntas que considero necesarias para encontrar esas respuestas y que quizás otras personas mejor informadas puedan recoger.

La primera es qué criterio se está empleando para seleccionar a las ponentes jóvenes. ¿Es posible que a oídos de quienes deben realizar esa selección no hayan llegado sus hazañas? ¿Qué eficacia comunicativa se espera de dar semejante altavoz a personas que son bien conocidas en redes sociales por el uso de una violencia chabacana, arbitraria y ajena a los objetivos de la agenda política del feminismo? ¿Cuál es el valor que compensa los riesgos generados por su presencia? En términos de brillantez hemos constatado que ninguno. ¿Se trata de la especificidad de su discurso? Anna Prats nos contó, precisamente, los entresijos del conflicto en los espacios activistas, especialmente en redes. Si hubiera incluido un mínimo de autocrítica tal vez su aportación habría podido considerarse necesaria. Pero, ¿Elena de la Vara dándonos su opinión sobre el papel del género en la historia del feminismo? Su presencia no es solo un misterio, sino sobre todo una muy imprudente provocación que lanza el mensaje de que la Escuela es ciega a la transfobia si esta llega de la mano de una de sus cachorras.

Soy un ignorante en cuanto a práctica política y política académica, y me cuesta entender de qué modo son estas presencias, o cualesquiera otras similares, rentables, no a la Escuela o al feminismo, que no pueden serlo, sino a cualquiera de sus organizadoras. Me resisto a pensar que hay precios que pagar, de arriba abajo, tan caros a la lucha. Y me resisto a pensar que no hay otras personas más indicadas, sino que estas que, como bien puede apreciar quien tenga tragaderas para escuchar algunas partes de sus ponencias, destacan sobre todo en aquello que el feminismo liberal necesita que destaquen, sean las estrellas emergentes del feminismo.

Otra pregunta es, precisamente, si no existe comunicación entre generaciones. Algunas de las personas que llevamos un tiempo con cierto dinamismo en redes sociales apreciamos una diferencia cualitativa manifiesta entre las feministas radicales, o abolicionistas, veteranas, y la generación que se ha dado a conocer a través de twitter y facebook y que ha utilizado estas plataformas para erigirse en la imagen del joven feminismo radical. A algunas de estas personas nos resulta inverosímil que se pase de una a otra categoría sin solución de continuidad, como si el nuevo currículum necesario para ser una feminista de referencia fuera el número de memes hirientes diseñados mediante producción industrial o la cantidad de gente que te ha bloqueado porque ha llegado a sentirse acosada por ti. ¿Es de verdad posible esta ceguera? ¿Y cómo se explica la nuestra ante sus verdaderos méritos, que las veteranas parecen econtrar con tanta facilidad?

La última pregunta tiene que ver con el sentido general de la lucha feminista y el papel que el conflicto con el colectivo de mujeres trans está desempeñando en ella. Me extrañaría mucho que las intelectuales más expertas, formadas y actualizadas no estén teniendo presente cómo la lucha por la abolición de la prostitución se ha transfigurado milagrosamente en un cortísimo espacio de tiempo en una lucha entre mujeres trans y feministas radicales. Me asombraría que no entendieran esta batalla como una más de las guerras del sexo que el feminismo viene librando desde los años ochenta contra la tentación neoliberal del empoderamiento individual a través de la complicidad con el opresor, y como un desplazamiento del conflicto a un espacio en el que el enemigo dispone de una significativa ventaja.

Pero, si es así, si lo ven, entonces, ¿qué sentido tiene entrar con todos los recursos en esa batalla, y entrar en ella, además, a sangre y fuego? Si ya es difícil evitar que las victorias sobre los proxenetas y puteros sean presentadas por estos como victorias sobre las putas, ¿cómo esperan evitar que las victorias sobre el activismo trans, por más justas que algunas de ellas sean, no se conviertan en la tumba del abolicionismo, señalado por toda la sociedad como sanguinaria jauría de mujeres privilegiadas ensañadas sobre un colectivo históricamente vulnerable y desfavorecido que solo pide ser tratado según el género elegido? ¿Es tan poderoso el contexto como para generar esta ilusión de invulnerabilidad? ¿Tanto se dora la píldora en Rosario de Acuña? ¿Tan invencible parece el PSOE?

Esta pregunta me devuelve a la primera. ¿Es quizás el ímpetu de la juventud lo que está distorsionando la percepción de la realidad de las académicas? ¿Son los cafés compartidos entre bromas, las cuitas personales machaconamente repetidas, las pequeñas venganzas pedidas por favor a las grandes piezas del tablero, la ilusión de la renovación del movimiento…? En una palabra, ¿están las académicas, en algunos casos, accediendo al conflicto del que nos hablan a través de sus corrompidas jóvenes señoras de la guerra locales?

Si es así solo nos quedan dos esperanzas. Y digo “esperanzas” porque de no hacer nada es posible que el futuro del feminismo esté irrevocablemente en manos de un libfem que va a tener en la nueva generación de feministas radicales a una adversaria centrada más en su identidad femenina que feminista, en sus inquietudes personales que políticas, y en el enemigo con quien se acuestan por la noche que en el que combaten por el día. Esa adversaria, lo estamos viendo, es muy torpe, y va a ser muy fácil de vencer.

La primera esperanza es que las académicas, las veteranas, las maestras, se den cuenta, más pronto que tarde, de qué tipo de herederas están acunando en algunas de sus camadas. La otra es actuar desde abajo, y que el feminismo de base se revuelva contra algunas de sus autodesignadas nuevas representantes, las señale y las sustituya. Ya ha habido casos, lo sabemos, de feministas radicales erigidas en líderes en redes que han sido apartadas por el activismo de base debido a lo que primero parecía fuerte carácter luchador y acabó revelándose como despotismo ególatra indiscriminado sin respeto por la causa común. Se ha dicho muchas veces que hay que perdonar esos pequeños defectos en favor de la lucha. Pero en Rosario de Acuña hemos visto, si es que no lo habíamos visto antes, que el poder tiene consecuencias, y que dar poder a quien no va a hacer uso responsable de él es una amenaza para el colectivo al que representa.

Pero, y, ¿entonces? ¿Qué pasa con el género, y con las identidades, y con el cuir, y con las mujeres trans?

Creo, francamente, que la cuestión no está ahí, y que se ha desplazado ahí, y se ha anudado, y se ha enrevesado ahí a base de ignorar la verdadera cuestión. La idea de superar el género es correcta, da igual si vamos a reducir la diferencia sexual a una relevancia cultural del 5, del 1 o del 0%. También da igual si lo llamamos género o sexo, porque llamándolo de un modo u otro tenemos la obligación de distinguir entre lo cultural, que es todo lo relevante y sobre lo que actuamos y con respecto a lo que luchamos, y cualquier otra cosa, que debe llegar a ser irrelevante. La diferencia de genitales, como la diferencia de epidermis, o de altura, o de edad, debe dejar de conllevar no solo diferencias políticas, sino diferencias sociales y de rol que faciliten la diferenciación susceptible de traducirse de nuevo en diferencias políticas y micropolíticas.

La rebiologización del sujeto “mujer” es una reacción defensiva que cae en la trampa a la que el libfem identitario ha empujado al feminismo. Ante el impulso y la urgencia, la categoría “mujer” se refugia en el viejo grosero concepto genital. Ante el constante desprecio que parte del activismo trans proyecta sobre la vagina, el radfem se reapropia de la injuria identificándose con la vagina: “Qué otra cosa somos, sino hembras?”.

Es necesario recordar que las mujeres no son hembras, porque el patriarcado no es un producto biológico. Las mujeres no son lo que la naturaleza determine, sino lo que el patriarcado diga que son; son mujeres, por tanto, aquellas personas a las que el patriarcado designe como objeto de su explotación, y en la medida, diferenciada, en la que el patriarcado las explota. El patriarcado se escuda para ello en una ley biológica, pero esa ley no es ley para el opresor, sino solo para la oprimida. Es la designada mujer la que, por ley biológica, no puede escapar a su condición de mujer. 
El hombre, sin embargo, puede feminizar y designar “mujer” a pesar de la ley que a sí mismo se impone, porque para el opresor no hay ley. Es el hombre el que dice: “Hagas lo que hagas solo puedes ser una vagina que desea una polla”, desde el aparente respeto a la ley, y el que la transgrede diciendo: “Eres una falsa polla que desea una polla verdadera”.

Esto es algo que ya sabíamos. ¿Por qué ahora nos encontramos desconcertadxs ante la emergencia de sofisticados discursos sobre el sexo-género, ya no solo desde el lado del feminismo liberal, sino también del radical?

Pues porque ambos, no solo el liberal, han renunciado a la deconstrucción del sexo. Cuando era evidente que el feminismo liberal se había acomodado en las identidades diversas como nichos de poder desde los que beneficiarse del régimen heterosexual la respuesta evidente era catalogar al discurso queer como “postmoderno”. ¿Cómo avanzaba el queer hacia el fin del género? De una manera muy compleja que él sabía explicar pero que ni sus seguidores entendían. Es decir, de ninguna manera, y disimulando su inmovilismo tras una nube de discurso. Ahora la nube se ha extendido también a la reserva espiritual de la lucha contra el género. Cuando unas avanzan y las otras no es fácil distinguir al grupo correcto a partir de la exposición de su estrategia. Cuando ninguna de la dos avanza la distinción de quién se acerca un milímetro más al objetivo es casi imposible, coyuntural, subjetiva…

Si el queer regalaba los nichos identitarios intergenéricos como puestos de caza desde lo que apuntar a la presa de género que pasara por ahí, ahora algunas jóvenes feministas radicales nos vuelven a hablar de feminidad legítima y de la irreductibilidad de la sensibilidad de la mujer, y de los anhelos propios de su sexo. Y citan para ello a El Segundo Sexo. Es una lástima que no recuerden también este párrafo que, si bien a mi juicio es injustamente equidistante, nos invita a una suspicacia muy saludablemente feminista contra los resurgimientos de la feminidad:

“La disputa durará mientras los hombres y las mujeres no se reconozcan como semejantes, es decir, mientras se perpetúe la feminidad como tal. ¿Cuál de los dos se obstina más en mantenerla? La mujer que se libera quiere conservar no obstante sus prerrogativas; y el hombre exige que entonces asuma sus limitaciones”.

Pero mucho mejor de lo que pueda explicarlo yo lo hacen Guerra Palmero, Rodríguez Magda, la propia Miyares, a pesar de sus salidas de tono y, por supuesto, Valcárcel, en la Escuela Feminista Rosario de Acuña 2019.




lunes, 27 de mayo de 2019

El problema no es el sexismo. Son los dragones.


Hace unos días, y tras habernos salvado por los pelos de un gobierno del Estado en España sostenido por un partido de extrema derecha, escribí en Facebook que tratar una serie de mierda como si fuera alta cultura también alimenta el fascismo, y la cosa no sentó bien. Se me tachó, por supuesto, de elitista.

Siempre me ha parecido que perder el sentido crítico hacia la cultura es algo que la izquierda, es decir, la sociedad, no se puede permitir si aspira al poder político. Una generación sin referentes culturales es una generación sin herramientas para el pensamiento estructurado y profundo, es decir, una generación manipulable que será manipulada. Y me ha parecido desde hace tiempo que el neoliberalismo ha logrado implantar un poderoso relativismo cultural que ha eclipsado la antigua distinción entre cultura popular sin pretensiones y alta cultura elitista y pedante. Pero con la excusa de la reivindicación de la dignidad popular y la crítica a la pedantería elitista hemos perdido la distinción cultural entre lo bueno y lo malo, regalándole la última palabra al mercado. Para que la cultura no nos ofenda con su clasismo le hemos dado la espalda. Hemos hecho, por lo tanto, el peor de los negocios. ¿En qué consiste desarrollar nuestra cultura? Ya no lo sabemos.

Hoy, que es un día aciago para Madrid, me parece también uno adecuado para reflexionar sobre cómo esta ausencia de criterio cultural mina nuestro desarrollo como sociedad y nuestra cultura política. Creo que Juego de Tronos es el ejemplo perfecto de un producto mediocre que adquiere la categoría de referente cultural incontrovertible gracias a la deslegitimación padecida por todos los criterios de calidad desde hace décadas. Sabemos que algún líder de izquierdas ha hecho repetidamente el ridículo recomendándolo a troche y moche como si de una clase magistral de política se tratara y validando con ello la posición de la serie en el canon audiovisual contemporáneo. Felipe González fue (y es) un personaje siniestro que hizo (y sigue haciendo) muchas cosas mal, pero no nos lo imaginamos recomendando Falcon Crest por las televisiones porque fuera una serie donde podía aprenderse de política. Lo que cogerá desprevenidxs a muchxs es saber que de Juego de Tronos no puede extraerse más reflexión política que de Falcon Crest. Se ha insistido en que la política es el contenido de peso de Juego de Tronos, y que su éxito en el fondo se debe a su fuerte carga política. Mi opinión es que el éxito de Juego de Tronos se debe a causas muy distintas, y que creer que estamos viendo una serie de contenido político o de calidad artística despolitiza a la sociedad y alimenta, por consiguiente, el fascismo. El caso de Juego de Tronos tiene una particularidad, y es que incide de manera especialmente dramática sobre el feminismo y, por lo tanto, sobre la despolitización del feminismo.

Intentaré persuadir de ello.

Durante la celebración de la muerte del Señor de la Noche, Sir Sandor Clegane, “El Perro”, se muestra, como siempre, taciturno y esquivo. Ni siquiera la victoria de las victorias logra arrancar una sonrisa a este personaje atormentado para siempre por una infancia torturante al lado de su hermano psicópata.

Una prostituta se le insinúa, entonces, pero él la rechaza con desprecio. Si algo sabe Sir Sandor es que el afecto leal y verdadero no es fácil de obtener, y el que puede ofrecer una puta es más falso y efímero que ningún otro. “Podría haberte hecho feliz”, le anima con cariño Sansa, su Reina en el Norte.

Es uno de los momentos de dramatismo más amargo de la serie, porque comprendemos en él que este personaje a veces despreciable, a veces noble, que oculta su herida sensibilidad tras una correosa coraza de escepticismo, no encontrará jamás la paz.
Y sin embargo no es la alegría, sino la sorpresa, lo que más se echa de menos en la secuencia. A pesar de la devastación llevada a cabo por el Señor de la Noche y su dragón poseído; a pesar de esas escenas en las que veíamos a los últimos héroes y heroínas representar el advenimiento definitivo del holocausto zombi al defenderse ya solxs contra enjambres de muertxs; a pesar de que solo un giro in extremis evitó que la historia diera ese último pequeñísimo paso que la separaba ya de la representación del exterminio de la humanidad, hay algo con lo que el Señor de la Noche parece que estuvo aún inesperadamente lejos de acabar: las putas.

Hagamos un pequeño esfuerzo de empatía: hace pocas horas ibas a ser asesinada por un ejército de cadáveres. Con tu muerte terminaría, además, el mundo tal y como lo conoces. Pero os habéis salvado, el mundo y tú. Es un milagro. Es lo más grande y feliz que te ha sucedido jamás. ¿Tu celebración? Volver inmediatamente al servicio de chupar pollas y de ser despreciada por ello. No eres una persona ni un personaje, sino parte del entorno natural que completa a quienes sí lo son. Eres una prostituta. Eres una mujer.

Juego de Tronos ha sido así desde el primer minuto, y se ha conservado así hasta el último. Se ha dicho que el sexismo de la serie era más que evidente: era impúdico. Y, sin embargo, ha triunfado en todas partes, entre todas las sensibilidades ideológicas, incluido el feminismo.

¿Cómo ha obtenido este salvoconducto? ¿Con qué nos ha callado la boca Juego de Tronos? ¿Qué nos ha dado a cambio de que nos hayamos pasado ocho temporadas mirando para otro lado? ¿Qué ha logrado que nos sentemos todxs, amigxs y enemigxs, a la misma mesa? ¿Habrá sido su extraordinaria calidad como obra de arte? No. ¿Entonces?

El placer.
Y fue así desde la primera secuencia. Juego de Tronos no ocultó jamás sus cartas, así que no tenemos excusa. Lo primero que se nos mostró fue la combinación que, de momento, permanece infalible como generadora de expectativas favorables y fidelidades audiovisuales capaces de sobreponerse a cualquier presentación tediosa: fantasía y terror. Unas cuantas espadas mugrientas que evoquen un mundo donde la magia gana verosimilitud sumadas a un crimen de violencia insoportable. Si se empieza con eso la gran mayoría de la audiencia aguantará, se cuente después lo que se cuente, hasta el próximo capítulo; hasta el próximo crimen o hasta el próximo hechizo. Mientras tanto se presentarán o insinuarán mitos que generen en lxs espectadorxs el anhelo de algo más dulce, más fácil, más infantil, más seguro. Y un día, a quienes hayan aguantado se les premiará con la aparición justificada de tres dragones. Adiós espectadorxs críticos. Hola, audiencia fidelizada.

Otra secuencia. En su antepenúltima aparición tras muchos capítulos ausente, Bronn, ese superviviente vividor y alegre con el que nos identificamos todxs, es interrumpido por un emisario de la Reina que reclama su presencia para encargarle el asesinato de dos de sus, de él, amigos. Lo que le interrumpe es, por supuesto, una orgía con prostitutas, pues esa es su actividad por defecto.

Sabemos que la ética de Bronn es la falta de ética, y que su nobleza y previsibilidad propias están depositadas ahí. Bronn, como Juego de Tronos, no es un traidor, sino todo lo contrario: es un personaje leal a una moral que no oculta y en función de la cual todo el mundo puede tratar con él con la mayor campechanía y cordialidad. Su único principio es hacer aquello que es mejor para él. Mientras seas buenx para Bronn él lo será para ti, porque carece por completo de mala voluntad. Jamás te procurará un daño por el gusto de procurártelo, por una herida interna, por una amargura, por un rencor. Solo lo mueve el interés personal más transparente y saludable. Por eso, cuando la Reina le encarga la muerte de sus dos, de él, amigos, a un precio que no puede rechazar, él se apresta inmediatamente.

Su siguiente aparición es esa tan graciosa en la que los dos amigos improvisan una mejor oferta mientras Bronn les apunta con una ballesta. Lo divertido de la escena es esa nobleza, esa coherencia, esa obligación de seguir un juego cuyas reglas sabíamos pero que no hemos previsto con la claridad con la que es capaz de hacerlo quien vive inmerso en ellas. Los amigos se salvan, porque uno de ellos es muy listo y tiene mucho que ofrecer, y todo acaba en un susto que no sirve ni por asomo para cuestionar la nobleza de Bronn ni la sinceridad de su amistad.

Todo esto lo cuento porque cuando todo es ya feliz y el Reino ha renacido de la mano del sabia y democráticamente designado Bran el Tullido, Bronn está sentado a la mesa de gobierno, nombrado uno de los tres consejeros del Rey; el de la moneda, concretamente. Bronn ha sido considerado, parece ser, una edificante influencia para la política de Poniente. Y lo que más nos divierte de esta escena es que, de todas las cosas que en Desembarco necesitan ser atendidas tras la furia de Daenerys, Bronn considera, como si se tratara de un guionista de Juego de Tronos que se enfrenta a una nueva temporada, que lo más importante son los burdeles. Así comienza, por lo tanto, la nueva era: reconstruyendo su civilización desde sus pilares más básicos. Nada que no hayamos visto a lo largo de cada minuto de la serie. Solo que esta vez el descaro es tan extremo que nos invita a pensar en una audiencia definitivamente abotargada.

La furia de Daenerys.
No conozco a nadie que no haya escrito sobre esta secuencia. Y no recuerdo a nadie que no haya elegido entre reprochar a la serie el haber traicionado el espíritu altruista de su personaje político central o alinearse con Daenerys como representación de la ira incontenible y justa de las mujeres. En ambos casos la secuencia es juzgada como incoherente y fallida. Se diría que la gente se ha sentido traicionada, o por lo que ha hecho Daenerys o por lo que se ha hecho de Daenerys. Parece que todo el mundo confiaba en Daenerys.

Estoy muy a favor de esa secuencia y es, sin duda, mi secuencia favorita de toda la serie. Creo que, tras verla, estuve casi una semana sin criticar Juego de Tronos. He pasado, eso sí, mis bochornos leyendo a voces influyentes, como Irantzu Varela, elegir a su nuevo personaje femenino favorito, como si ese personaje fuera una persona, y no el resultado del trabajo de los mismos que crearon a Daenerys y su inolvidable genocidio. Ella se ha quedado con Sansa, por diversas razones, por ejemplo cómo ha convertido las violaciones sufridas en motivación para la sororidad. Sansa es, recuerdo, esa que animaba a El Perro a “ser feliz” violando a una puta pocas horas después de que esa misma puta hubiera estado a punto de ser asesinada por una horda de cadáveres enloquecidos.

La secuencia de la furia de Daenerys me conmueve por su franqueza. Desde el principio resultó evidente que el personaje no era, ni este ni ningún otro, un referente feminista. En Juego de Tronos las mujeres están representando cuota, y reciben atributos y poder al azar allí donde su condición de mujer no incomoda demasiado al desarrollo de la historia o emerge la necesidad de reconciliación con la audiencia femenina: por cada personaje femenino maltratado, violado o humillado, una nueva reina. Juego de Tronos es uno de esos productos culturales que resultan aparentemente vanguardistas en cuanto al papel de las mujeres solo y exclusivamente porque intentan adaptarse al signo de los tiempos. Satisfacer a los hombres y a las mujeres desde sus intereses enfrentados se ha realizado en la serie mediante la fórmula femdom de significar a las mujeres para violarlas con más placer. Los supuestos grandes personajes femeninos emancipados, como Brienne o Arya, son caricaturas de feminidad frustrada que la última temporada ha tratado con crueldad. Las otras, las verdaderamente femeninas, lo pagan siempre. Daenerys es otra caricatura, pero en este caso la de la feminidad triunfante, incombustible, muy mujer y a la vez muy políticamente igual a los hombres. Esa feminidad triunfante es la que ha servido de atrapamoscas para muchas sensibilidades feministas, y en ella han quedado pegadas tanto a las lacras de la feminidad preservada como a los estigmas de la mujer poderosa. Daenerys, es decir, el feminismo triunfante según la mirada de los guionistas de Juego de Tronos, con todo su discurso emancipador y sus grandes gestos políticos, no es más que una loca peligrosa con delirios de grandeza, y su reinado no puede ser otra cosa que un nuevo y desconocido nivel de terror. Frente a ella Jon es el representante de la legitimidad moral, el Rey por defecto, el que todo el mundo querría si hubiera elecciones, porque España, se nos dice, y cualquier sociedad, en realidad, es de centro. Frente a Daenerys, cuya conducta, como en el caso de Cersei, es pura traslación de lo personal a lo político, pura emergencia del carácter y por lo tanto, en el fondo, pura inestabilidad, Jon es pura política de la carencia de lo personal y, por lo tanto, pura estabilidad. Nada malo cabe esperar de Jon, porque Jon, más que Jon Nieve, es Jon Nadie. Jon está ahí como la sal de la tierra, como los valores profundos y sencillos, siempre reconocibles. Jon no te puede fallar, porque no hay ningún Jon. Jon es el ser humano mismo y su bondad natural. Juego de Tronos es la epopeya individual del más vacío de sus personajes, narrada por Tyrion, su alter ego.

Por eso pensé siempre que la historia elegiría entre dos soluciones igual de mezquinas: o un desplazamiento discreto del peso del poder hacia Jon Nieve, haciendo confluir por fin sobre él la legitimidad y el poder, o un triunfo total de Daenerys que tuviera como resultado un gobierno del bien, infantilizado y políticamente trivial, como expresión misógina de la condición de mujer.

Y por eso el ataque de sinceridad me ha sorprendido tan gratamente. Harto de Darth Vaders o Jaimes Lannister cuyo buen fondo se nos mete con calzador en cuanto su encarnación de la maldad nos resulta interesante o atractiva, he agradecido el paso del bien al mal sin fisuras, sin miedo a reconocer el desprecio hacia lo que el personaje representa. Daenerys a lomos de su dragón y arrasando el mundo es la imagen que para los guionistas tiene la mujer poderosa, que será siempre demasiado poderosa, no por su poder interior, su fuerza de voluntad o su autocuidado, sino poderosa porque acumula mil veces más poder, y puede acabar contigo con el movimiento de un dedo, del mismo modo que los hombres han podido siempre. Es el mal injustificable que, por serlo, da sentido y presencia a la misoginia de la que rebosa la serie. Es el enemigo desatado contra el que, ahora sí, puede despertar la audiencia feminista y, con un poco de suerte, evitar la adopción de otro peluche favorito. Daeerys ha sido siempre una feminazi, pero ahora lo es abiertamente, y es ahora, por ello, cuando se libera nuestra capacidad para reapropiárnosla. Si algo hay que agradecerle a Juego de Tronos es el trauma de ver que Daenerys, nuestra gran esperanza, es, en realidad, una iluminada demente. Pocas generaciones podrán compartir una experiencia común tan universal de las nefastas consecuencias de equivocar el referente.

Pero es posible que eso no sea suficiente, porque quedan los dragones. Eso es lo que realmente necesitamos aprender: no hemos sido capaces de resistirnos a la misoginia cuando esta ha llegado montada sobre dragones. Independientemente de cual sea la razón por la que los dragones nos provocan placer, el problema de los dragones es, precisamente, que nos provocan placer, y no sabemos que disponemos de una capacidad de resistirnos al placer que conlleva la responsabilidad de resistirnos al placer allí donde el placer no sea legítimo. Resistirnos al placer es, además, algo que hacemos en favor de un bien mayor, de modo que el placer al que nos resistimos es, normalmente, aparente, y solo triunfa sobre nuestra voluntad por su proximidad. Dejarnos llevar por él es, en realidad, una reducción de placer.

Pero estamos lejos de distinguir la calidad de un producto cultural del placer que nos provoca. Hemos aprendido activamente a identificar ambas cosas y a guiarnos, como en el amor, por la brújula única del placer inmediato. Pasó el tiempo en el que se hablaba del remordimiento de consumir un mal producto cultural. Hoy el producto es bueno si existe deseo de consumirlo. Lo que en otro tiempo fue el conflicto intelectual entre la crítica pedante favorable hacia un producto cultural y nuestra incomprensión o nuestra crítica a la crítica, hoy se tiene lugar entre nuestro deseo de consumirlo, que conlleva una atribución espontánea de calidad, y la decepción que la obra nos produce. “Tengo que verla otra vez”, nos decimos ante la perplejidad de que no nos haya gustado el nuevo episodio de Star Wars, como si el deseo primero fuera incontrovertible.

Así, el método para sobreponerse a un bloqueo por razones ideológicas es ofrecer un placer fácil y evidente: habrá machismo a raudales, pero habrá dragones, y si eres feminista, pero te gustan los dragones, el dilema en términos morales queda resuelto, porque el placer es en sí mismo moral, se solapa a lo moral y es síntoma de moralidad. El placer que me provoquen los dragones se entiende como el sumatorio de todos mis juicios morales. Mi placer es el indicador de la calidad moral de la historia que se me cuenta. No es algo nuevo. Siempre ha existido el chantaje por placer. Lo verdaderamente nuevo es que nos hemos olvidado de su posibilidad. Si hay dragones es mi revolución.

Y, mientras tanto, mientras nosotrxs dejábamos pasar con la misma generosidad la falta de calidad narrativa y los evidentes conflictos morales a cambio de nuestra dosis de dragones, el enemigo político disfrutaba con el espectáculo de la violencia sexual. Como acertadísimamente dijo Jason Momoa: “Es genial trabajar en una serie como Juego de Tronos, porque puedes violar a mujeres hermosas”.

Quiero mencionar una secuencia más. Se trata, no por casualidad, del desenlace político: la coronación de Bran. Si nada en esa secuencia os llamó la atención en su momento repasadla ahora. Es el gran triunfo del feminismo: al igual que la democracia propuesta por Samwell, la guerra solo ha tenido como resultado un progreso parcial. No habrá urnas por los pueblos, pero tampoco se heredará el trono. No habrá matriarcado Targaryen, pero el Rey no será un paradigma de virilidad, las mujeres están mucho más representadas, con Brienne, Arya y Yara, y habrá una Reina en el Norte. Casi el Consejo de Ministras de Pedro Sánchez. La lucha ha sido dura y se ha perdido a muchos grandes personajes femeninos por el camino, de modo que podemos darnos por satisfechxs.
Pero, ¿es esta configuración la representación de una sensibilidad feminista que se adelanta a su tiempo, o justo lo contrario, aquello con lo que no se puede dejar de comulgar si no se quiere arriesgar el éxito del producto?

Recordad la composición de personajes de nuevo. Volved a mirar. También está Bran, y Davos, y el tío tonto Stark, y Tyrion, por supuesto. Empate. Paridad.
Y luego están el resto. Todos esos actores casi extras que han tenido el honor de representar por un día al señor de alguno de los otros reinos. Actores todos, sí. Todos tíos. ¿Por qué? Sencillísimo: para estar en ese consejo, si eres mujer, tendrás que haber vivido la puñetera serie completa. Eso es lo único que te otorgará los méritos suficientes. Porque aunque lo que se ha contado es una historia donde los personajes emergían en proporciones igualitarias y entendíamos, por tanto, que la historia la hacían tanto mujeres como hombres, cuando de lo que se trata es de representar el contexto se sobreentiende que las mujeres no tienen papel, o que solo lo tienen si son excepcionales. El mensaje, expresado de otro modo, es que estamos, en ese plano, ante todas las mujeres realmente excepcionales de Poniente y son, literalmente, cuatro. Ya se ve que cuando una mujer se lo gana obtiene una silla. Las otras están ocupadas por hombres, porque ninguna mujer se lo ha ganado. O dicho de otro modo más: todo aquello que no está especificado en las cuotas es para los hombres. Paridad en la superficie, patriarcado en todo lo demás.

Algo tan grande y evidente que solo puede ser ocultado por un dragón.


lunes, 30 de julio de 2018

queridxs bedesemerxs


Voy a hablar de BDSM, pero vaya por delante que soy de esas personas que no lo conocen.

Quiero decir con esto que no pertenezco a la comunidad BDSM, ni pública ni privadamente, no he recibido cursos de cuerdas, mis conductas sexuales no incluyen juegos de escenificación y no cultivo la experimentación con el intercambio de poder.

No hago, por lo tanto, prácticamente nada de lo que me parece éticamente cuestionable en el BDSM, y esto es así porque creo que no debo hacer aquellas cosas que considero éticamente cuestionables y encuentro, para mi caso particular, fácilmente accesible el no hacer las que se enmarcan en el BDSM.

Esta es la razón por la que todas mis conversaciones con bedesemerxs son respondidas con un “hablas sin saber”. Es la misma autoridad de la que adolezco para hablar sobre asesinato, caza, o sacerdocio, (sin querer decir con ello que el BDSM sea tan reprobable como el sacerdocio) y tengo por costumbre no permitir que me intimide, a pesar del riesgo a ser llamado prepotente o ignorante.

Sin embargo, hay otras muchas cosas sobre BDSM que sí sé. Las fuentes de este conocimiento son variadas. Está el omnipresente bedesemesplaining, siempre dispuesto a explicarnos que el BDSM rechaza el machismo, que es una autoexploración controlada, que hay femdoms, que la gente es switch, y que existe la palabra de seguridad. Qué es el consentimiento no es que lo haya aprendido gracias al BDSM, pero gracias a él no lo olvidaré jamás, porque no hay conversación sobre el tema en el que no se me deslumbre con tan novedosa propuesta.

Luego están mis ojos, mi curiosidad, y mi investigación, que hacen accesible a mi entendimiento todo aquello que queda fuera o sale de los secretos y reveladores dioramas en los que el BDSM se lleva a cabo, y que me ofrece información sobrada, a mi humilde juicio, para contextualizar este mundillo en su mundo, es decir, para relacionar el BDSM con el patriarcado, y esto no de manera necesariamente superficial ni precipitada, sino de la otra.

Debo decir que estas fuentes de conocimiento no siempre resultan del todo inteligibes para las personas bedesemeras, y que con frecuencia no entienden cómo puedo yo reflexionar basándome en otra cosa que no sea la propia experiencia de agredir a mujeres que han dado su consentimiento para ello.

Y por último está, lógicamente, mi propia condición de sujeto deseante, que me permite empatizar sin ninguna dificultad con cualquier ambición de poder, cualquier objetualización de una persona convertida en producto erótico, y cualquier violencia hacia quienes ofrezcan resistencia a mis objetivos, deseos o satisfacción de necesidades. Debo lamentar que esta última fuente de conocimiento, en mi opinión la más inmediata y útil porque es común a todo el mundo, parece la más misteriosa de las tres, y que no solo suele asombrar a lxs paladines del BDSM sino también a sus infieles.

Es, por lo tanto, desde este frágil e insólito bagaje desde el que me dirijo a la querida comunidad bedesemera.
Mi intención no es deciros que el BDSM no es feminista. Tampoco deciros que es patriarcal. Ni siquiera deciros que es parte destacada de la vanguardia del patriarcado, y que desde él se normaliza el maltrato que pretendemos erradicar en su espacio tradicional. Eso ya sabéis que lo pensamos, y no sé si lo habréis escuchado tantas veces como yo he escuchado el pestiño de la palabra de seguridad, pero seguro que a muchxs os reusulta más que familiar.

Mi intención con este texto es deciros que tenéis razón en algunas cosas, pero que no la tenéis en el conjunto, y por lo tanto disponéis de dos opciones: o separáis esas cosas en las que tenéis razón y las oponéis a aquellas en las que no la tenéis, desarrollando una actividad de naturaleza diferente y opuesta al BDSM, un antiBDSM verdaderamente feminista en el que se recojan y resignifiquen algunas de las cosas que hoy están confundidas en la cultura patriarcal bedesemera, o mantenéis el frente común con maltratadores y proxenetas de las cuerdas mientras preparáis los flotadores por si el tsunami feminista y metooero decide asomarse a vuestra casita de papel. Quizás no está tan lejos, pensadlo, el día en el que una mujer decida hacer público, no un abuso en el despacho de una productora cinematográfica, sino en uno de esos decorados con pinta de dormitorio de adolescente sin dignidad estética a los que llamáis “mazmorras”. Pensad en cómo puede transformarse este entorno si lxs periodistas descubren el filón de mujeres manipuladas y maltratadas del que esta práctica se alimenta. Es posible que ese día empecéis a lamentar de verdad, y no como hasta ahora, el empujón de 50 sombras.

Es cierto que a veces confundimos placer con dolor, y que, dado que nuestra cultura sexual es tan agresiva que necesitamos aislar nuestros cuerpos para que no sean sistemáticamente violentados, estos no reciben la intensidad de contacto que les resultaría más grata. Y es cierto que conocer los límites da poder, y sobrepasar controladamente los límites los amplía y da más poder aún, o al menos hace sentir que se tiene.

Pero no es cierto que la simbología de la dominación aumente el placer. La simbología de la dominación aumenta siempre el placer de quien domina: el de aquél sujeto cuyo cuerpo queda fuera de la interacción. La simbología de la dominación es la prueba de que los placeres mencionados son la excusa sobrevenida para dominar. Es la legitimación del asqueroso “sé que te gusta”. No le gusta. Le gusta, en el mejor de los casos, que te guste. De lo que le gusta ya se ha olvidado, porque tú has sobrepuesto tu placer al suyo.

Y es verdad, justo es reconocerlo, que “explorar las relaciones de poder” tiene interés. Pero no olvidemos que se trata, en su mayor parte, de un interés terapéutico. Exploramos las relaciones de poder porque necesitamos desembarazarnos de la dominación sufrida en el pasado o en el presente, y a veces un método de exploración interesante puede ser escenificar las relaciones de poder según una práctica sexual controlada. A veces. No es ni la Vía Magna ni el paso obligado. Y debe conllevar una evolución, un desarrollo, un recorrido con puerta de salida. Tenéis convertido sin embargo el BDSM en una identidad. Algo que se hace porque unx (unO) es así, y ahí le gusta estar, y ahí piensa quedarse. Y eso es porque poco tiene que ver la exploración de las relaciones de poder con el objetivo de aprender a establecer relaciones sin dominación, y mucho, todo, con el de establecer relaciones de poder y sentir cómo nos disparan la libido. Es decir, con ser una práctica, una cultura, un mundo, plenamente patriarcal.

Y es cierto, lo apuntaba más arriba y ahora lo destaco, que la dominación nos produce placer, y que estamos educadxs en ese placer, y que a veces se nos hace cuesta arriba pensar que no podremos volver a dominar, y que la última vez, que solo un poco más, que solo flojito. Pero eso se califica por sí solo. Sabemos que lo deseamos porque está mal, y lo acertado es clavarle bien claro esa etiqueta. Y luego, desde ella, ir elaborando vías eficaces de transformación y abandono. Eficaces, recordad: eficaces.

Lo que el BDSM es a día de hoy no tiene discusión. Y las primeras personas interesadas en que deje de serlo sois vosotrxs. Pero mirad a vuestro alrededor. Estáis rodeadxs de gente que no lo cambiará jamás, porque quiere exactamente eso que está pasando, e incluso quiere que sea mucho peor. La salida es que los dejéis con ello y que lideréis otra cosa. Y que señaléis la diferencia con una claridad inequívoca. Y que seáis vosotrxs mismxs quienes llaméis al tsunami denunciando lo que ya sabéis que pasa y ahora os sentís obligadxs a justificar. Y que el tsunami los devore, como ellos quisieron devoraros.



martes, 3 de julio de 2018

AGENDA DE TRABAJO para la discriminación sexual positiva



-Hola guapa.
-Hola gilipollas.


Utilicé este texto para justificar la propuesta de la discriminación sexual positiva como marco desde el que proponer tanto una ética como una normativa legal de las relaciones heterosexuales.

Empleé este otro para establecer un primer ejemplo. En él se trataba el problema de “ligar” desde dicho marco, y se esbozaba una primera propuesta concreta.

Este que presento ahora da la moción por aprobada y pretende ser un esquema general de trabajo; una primera ocurrencia sobre lo que esta tarea abarca y sobre cómo debe afrontarse. Parto de la idea de que la puesta en práctica de todo esto requiere de abundantes tentativas y puntos de vista, y de que lo que yo pueda decir aquí estará plagado de ocurrencias desechables. Pero el objetivo es, como digo, dar el primer paso.

En primer lugar propondré algunas nociones generales sobre la implementación de la discriminación sexual positiva. Aunque en mi opinión esta no debe ser solo una nueva norma de conducta en las relaciones heterosexuales, sino que debe ser recogida por la legislación como ya lo son otras discriminaciones positivas de género, me centraré en el código de conducta social.

1-Entendemos que la discriminación sexual positiva implica un cambio de paradigma que abandona la idea de la norma igualitaria y la sustituye por una norma compensatoria de la desigualdad. Así, las medidas deberán tener la forma de dos, y no uno, códigos de conducta: uno para mujeres y otro para hombres.

Esto deja abierta la pregunta sobre cómo se aplica en la comunidad LGTBI. La respuesta que propongo es que debemos apoyarnos en la idea de que los distintos colectivos de esta comunidad disfrutan de distintos niveles de privilegios y desfavorecimientos patriarcales en función del lugar en el que la sociedad los lee según el parámetro hombre-mujer. De ese lugar, y del de las personas con quienes interactúen sexualmente, debe deducirse el nivel de aplicación de la discriminación sexual positiva. Este parámetro es insuficiente y no se adapta ni lejanamente a la complejidad de este colectivo. Pero creo que merece consideración como referencia central de partida.

2-La norma compensatoria debe generar un privilegio compensatorio de límite inteligible. La forma más eficaz de hacer inteligible ese límite es la asunción de la responsabilidad del privilegio compensatorio. Esto quiere decir que las mujeres deberán adoptar las normas compensatorias desde el reconocimiento de la compensación y desde la voluntad del uso igualitarista de esa compensación. Al incremento de poder debe acompañar el incremento del compromiso con el objetivo final de la igualdad.

3-La parte desfavorecida por la norma compensatoria, esto es, los hombres, debe comprometerse con ella más allá de relaciones e intereses individuales. Así, el compromiso no puede depender de la justicia con la que dicha norma se aplica en cada ocasión sino, como toda norma de conducta social, de la justicia de la norma y de su condición de código colectivamente adoptado. Los hombres debemos asumir que las injusticias cometidas sobre nosotros en nombre del privilegio compensatorio no invalidan la norma compensatoria. La norma compensatoria no nos expone a mayores injusticias en términos absolutos, sino que reparte la exposición a las injusticias entre hombres y mujeres.

4-La norma compensatoria solo puede ser una norma viva, en la que teoría y práctica se retroalimenten, y esto sin detrimento de su objetivación. La norma no será subjetiva, sino objetiva y explícita, pero no será inamovible, sino sujeta a debate y reformulación, pues debe generar un cambio de poder que requerirá de una nueva norma.

5-La norma compensatoria debe ser colectivamente consensuada mediante debate continuo, y socialmente exigida mediante el parámetro inclusión-exclusión.

Ahora mencionaré algunos de los ámbitos en los que entiendo que es preceptiva la aplicación de la discriminación sexual positiva, así como una visión, eso sí, muy superficial, de las necesidades y las medidas a adoptar.

Se deduce sin dificultad que todos los ámbitos en los que el sexo juega algún papel requieren una normativa de conducta social establecida desde la discriminación sexual positiva. Esto es así no solo porque el sistema patriarcal establece diferentes cuotas de poder para mujeres y hombres en todos sus ámbitos, sino porque el ámbito sexual tiene características específicas que lo hacen especialmente desigual y, a la vez, especialmente opaco en su desigualdad.

Estas características dimanan del hecho de que lo concerniente al sexo, como su nombre indica, es el núcleo simbólico de la diferencia heterosexual. Heterosexual quiere decir “sexo diferente” y es esa diferencia y todo lo que la rodea el cimiento sobre el que se erigen las restantes. Diferente sexo quiere decir también diferente práctica y sentido de lo sexual.
1-el ámbito del ligar, seducción, acercamiento o como se desee llamar. Se trata del espacio natural del acoso heterosexual. Más urgente que preservar ningún derecho a ligar es atajar dicho acoso. Apenas es concebible una forma de aproximación que no sea susceptible de constituir acoso porque las mujeres viven en una perpetua exposición al acercamiento con fines sexuales o sexosentimentales de modo que TODOS los espacios y TODAS las formas de acercamiento están ya contempladas por el mercado. No existe una forma buena de ligar, existe una forma de ligar que no se ha extendido lo suficiente como para ser incluida en la categoría de acoso. Según la propuesta tomada de antiseductor.com y analizada en el texto anterior, los papeles tradicionales deben ser invertidos. 

Los hombres debemos dejar de ligar, o ligar solo reactivamente. Las mujeres serán las que se apropien de la parte activa y de los privilegios que conlleva.

2-el ámbito del consentimiento. En él se entrecruzan de manera confusa el aspecto legal con el código de conducta. Dejaré el primero para otro texto. Con respecto al segundo solo decir que ni el consentimiento, ni el consentimiento entusiasta, ni la empatía son medidas de discriminación positiva y, por tanto, su aplicación sigue obviando que el consentimiento sexual no tiene el mismo significado para mujeres que para hombres.

La pregunta sobre la legitimidad de cada relación sexual debe quedar suspendida indefinidamente sobre la conciencia de ambos sujetos, pero tendrá que ir acompañada de una diferencia cualitativa de parte de los sujetos varones. Dado el componente simbólico que nuestra cultura otorga al sexo como acto de posesión en el que una mujer pasa a ser propiedad de un hombre, los hombres no tenemos legitimidad para despreocuparnos del consentimiento. No hay consentimiento posible, no hay empatía suficiente, no hay nada. Toda práctica sexual, dado que es dinámica y cambiante, debe realizarse desde la conciencia de la condición de amenaza potencial por parte del hombre y las precauciones continuas correspondientes.

Propongo el concepto de “consentimiento real”, esto es, hacer recaer sobre el hombre la responsabilidad de cerciorarse de que ese consentimiento es tal, sin que pueda excusarse por otra cosa que no sea la voluntad de engaño (sería la única excepción: un consentimiento dado con el fin de engañar). Cualquier situación en la que el consentimiento no sea válido conlleva una culpa del hombre por violación (en diverso grado). Esto no pone en peligro la agencia de las mujeres, ni la madurez, ni nada. Es el tipo de responsabilidad asimétrica que se establece en las relaciones comerciales y laborales, donde se supone que una de las partes tiene ventaja sobre la otra, así como más recursos para aprovecharse de ella, y que debe, por lo tanto, asumir una responsabilidad mayor a la hora de asegurar la justicia de la interacción.

3-el ámbito de las prácticas sexuales. El carácter simbólico arriba mencionado se traduce en prácticas que representan con mayor o menor claridad la posesión de las mujeres por parte de los hombres. Los hombres somos violadores pasivos. Todos. Porque en la medida en que tenemos relaciones sexuales en esta cultura sexual de dominación realizamos la dominación en cualquier relación sexual. Violamos por defecto. Cuando negamos ese hecho damos el primer paso para convertirnos en violadores activos. El primer paso. El primer grado.

No hay igualdad posible desde este reparto de las prácticas ni tampoco desde la supresión de dichas prácticas, dado que todo símbolo emanado de esta cultura sexual, por nimio que sea, es susceptible de convertirse en símbolo de posesión. Dicho en términos aritméticos, una cantidad menor nunca se iguala con una mayor si de la mayor solo pueden sustraerse fracciones de la diferencia. La única forma de igualar a estos dos sujetos de poder es invertir el sentido de la dominación. Por eso la simbología de la dominación debe cambiar de bando. Las relaciones sexuales deben, por defecto, simbolizar dominación por parte de las mujeres. Se entiende, por lo dicho más arriba, que esa dominación no debe usarse con fines de sometimiento, sino preventivos y compensatorios. El sexo “femenino” puede seguir siendo el sexo con afecto. El sexo “feminista” deberá ser el sexo con dominación de las mujeres hacia los hombres, y esta dominación no será un fetichismo, sino una dominación real.

4-el ámbito del capital erótico. “Disfrutar” del capital erótico es el privilegio parcial que se concede a las mujeres a cambio de un desfavorecimiento total. Las mujeres manejan el objeto de deseo sexual, pero a cambio pierden todos los demás. Sufren, además, acoso sobre este, bajo la excusa, precisamente, del privilegio: el uso del capital erótico es entendido como un abuso que legitima un abuso mayor.

Los hombres debemos renunciar a cuestionar el uso y abuso del capital erótico como herramienta para nuestro sometimiento (esto no es incompatible con que el feminismo denuncie sistemáticamente el uso del capital erótico como mercado de sometimiento de las mujeres y de establecimiento de competencia entre ellas).

Dado que, como hombres, tenemos privilegios sexuales, el uso del privilegio del capital erótico (cuando se usa exclusivamente contra nosotros) es legítimo. A cambio las mujeres tendrán que pasar de la conciencia personal del privilegio a la conciencia política del mismo, es decir, de que el capital erótico no debe ser usado en beneficio individual, sino de las mujeres como grupo.