El amor no es un sentimiento, ni una experiencia, ni un arte. El amor es la ideología que determina cómo deben ser nuestras relaciones. Y estamos contra él.
No recuerdo una sola animación de Bill Plympton que no
merezca la pena en algún sentido, pero cuando supe que su “técnica” era ponerse
delante de una enorme pila de hojas en blanco e ir dibujando un fotograma tras
otro hasta dar vida a una historia, mi admiración por él se disparó.
Plympton
ha realizado así largometrajes completos, con evidentes defectos pero con
deslumbrantes virtudes, mucho más interesantes, sin duda, que la inmensa
mayoría de los blockbusters de cualquier saga.
HOW TO KISS (cómo besar)
How to Kiss ni siquiera es un largometraje, pero en sus seis
minutos y medio encontramos irreverencia suficiente como para ganarse sobrada
cabida en esta sección. Vedlo antes, si queréis, porque vais a pasar un buen
rato. Después hablamos.
pincha en la imagen para ver el vídeo
Decimos que el sexo es el sacramento del gamos. El sexo
“completo”, de formato reproductivo, es el que realiza la pertenencia recíproca
con herencia patriarcal (es decir, que ambxs sujetos pasan a pertenecerse
mutuamente, pero una pertenece mucho más que el otro). Comprobamos esto al
constatar la carga transformadora que una relación sexual tiene para una
relación. Tras el sexo ha pasado algo que no puede haber sido el sexo mismo
sino que tiene que haber sido aquello que el sexo significa.
Pero la ceremonia sexual no está aislada, sino rodeada de protocolos
que encauzan su validez. Y, entre ellos, el beso ocupa un lugar destacado. El
primer beso de la pareja, se entiende.
Si la penetración equivale al matrimonio, el beso
corresponde al compromiso. Un compromiso constituye una cuenta atrás para el matrimonio,
lo implica, salvo que algo inesperado sobrevenga, y lo adelanta en muchas de sus
formas (conductas, derechos, obligaciones…). De ese mismo modo un beso es una
cuenta atrás para el coito. El beso cruza la barrera de la aceptación sexual
completa, no quedando entre una y otra nada que no sean preparativos y el
tiempo necesario para ellos. Es, literalmente, in ticket para follar, a
consumirse en una fecha que, normalmente, viene ya dada por las circunstancias.
Es por esta razón que el sometimiento sexual se desplaza
de una manera muy significativa hacia el beso. El adelanto de la
objetualización sexual es objetualización por adelantado. Si el sexo conlleva sometimiento, el beso conllevará sometimiento también, con todo el absurdo
que implica realizarlo como si fuera una acción que produce placer sensible
cuando, en realidad, está produciendo placer de logro.
En la acción de besar, por lo tanto, el pacer está
subordinado a la posesión, si es que existe en absoluto.
Y aquí es donde How to Kiss se convierte en la ilustración
que muchas veces necesitamos para terminar de ver hasta qué punto esto que
hacemos con el sexo es algo que sobrepasa sobradamente el ridículo para caer,
por lo menos, en lo siniestro.
Mientras oímos el almibarado texto de un catálogo
pretendidamente instructivo sobre las modalidades de beso más características,
las imágenes nos muestran la realización aspiracional, e imposible, de esos
besos. El texto, erótico-romántico, deambula estereotipadamente entre lo
contradictorio, lo tierno y lo prohibido. En paralelo, las imágenes nos
muestran el símbolo posesivo realizado en todo su esplendor. Con resultados,
claro, espeluznantes.
Son nueve las formas de besar de cuya realización perfecta y
acabada podemos disfrutar en las imágenes. Todas ellas constituyen, como no
podía ser de otra manera, una estrategia de objetualización que pasa por
placentera y que, en la mayoría de los casos, nos sonará familiar. En las manos
de Plympton esa estrategia se lleva a sus últimas consecuencias, y el sueño
cumplido se revela como una pesadilla infinitamente lejana del discurso con que
la acompañamos para justificarla ante nuestros propios ojos.
A pesar de eso, me resulta imposible encontrar cosas que
tengan interés para esta sección. En el cine, con respecto a la no monogamia,
se cumple la decepcionante regla de que la sociedad va por delante de la
cultura. O de que la represión cultural se utiliza como freno de la
contestación social.
No voy a generar falsas expectativas. Moon no es un
cuestionamiento ni consciente ni explícito, un gran discurso contra el sistema
relacional, como lo es Eyes Wide Shut, por ejemplo. En absoluto.
Moon es una película respetable, de uno de cuyos elementos
argumentales podemos aprovecharnos para horadar un poco más en los maltrechos
pilares de la monogamia.
Sam lleva tres años trabajando solo en una base lunar. Su
contrato está a punto de expirar, y se dispone a volver a casa, en La Tierra,
con su mujer y con su hija, nacida después de su partida. Toda su vida
relacional se ha reducido, durante estos tres años, a algunas comunicaciones en
diferido con su familia, y al diálogo cotidiano con Gertie, el ordenador de a bordo.
Y hasta aquí llega el post para quien aún no haya visto la
película, y quiera hacerlo sin sabérsela. Voy a desvelar el pastel en el
siguiente párrafo, de modo que no miréis para abajo.
Sam es un clon, nacido en la misma base, uno más, en
realidad, de una larga serie que le ha antecedido y de una aún más larga que
seguramente vaya a sucederle. Todos sus recuerdos de La Tierra están
implantados a partir de un Sam original cuyo paradero y situación actuales
desconocemos. Y hay algo más, que elegantemente no llega a explicitarse, pero
de lo que nos vamos dando cuenta poco a poco. Parece que Sam está concebido
para vivir la duración de su contrato. O, mejor aún, su contrato de tres años
está concebido para justificar que trabaje toda la vida, justo hasta pocos días
antes de que su salud se deteriore aceleradamente y muera.
Estamos, por lo tanto, ante una civilización que parece
haber creado un pequeño Matrix cutre para, al menos, algunxs de sus trabajadorxs.
Seres que han sido creados como mano de obra esclava y desechable pero que,
debido a su “naturaleza” humana, no funcionarán si no disponen de un sentido
para su existencia.
Y es este sentido el que me parece interesante traer aquí.
Porque en la medida
en que Sam trabaja ilusionado para recuperar su vida familiar real en La
Tierra, estamos ante un discurso
monógamo. Pero a partir del momento traumático (se marea, vomita, como Neo)
en el que descubre que carece de esa vida, que esa vida sólo es una aspiración, pero jamás ha sido una realidad,
que es virgen con respecto a la realización de su sueño, nos encontramos con un
discurso ágamo.
Lo considero ágamo precisamente porque es la propia
monogamia feliz lo que aparece como fantasía. Lo que Sam descubre es, en el fondo,
su condición de víctima de la ideología amorosa: el amor le es presentado como
un paraíso real, al que espera volver y al que, como persona absolutamente
normal, tiene derecho a aspirar si cumple con su trabajo. Pero la realidad es
que el amor sólo ha sido un relato. No hay nada a lo que volver. Nunca hubo
amor más que en la construcción de su conciencia a base de retazos de realidad
(cuando logra contactar directamente con la casa a la que habría regresado si
su programación hubiera sido una verdadera memoria, descubre que su supuesta
hija tiene quince años, y que su supuesta mujer lleva mucho tiempo muerta, es
decir, que no es que él no haya sido elegido para ese paraíso, sino que el
paraíso nunca ha existido como tal).
Y es a partir de ese momento cuando las piezas empíricas
empiezan a encajar sin el tejido conjuntivo de la fantasía amorosa. Y lo que
configuran, como no podía ser de otro modo, es el desierto de la realidad: lo
que veo, aquí y ahora, es lo único que hay. Es el sentido de mi existencia. Y
mi único compañero, la única persona con la que voy a tener verdadero contacto
a lo largo de mi vida, es otro clon, una especie de yo moral activo, frente a
mí mismo, sensible, divergente y contemplativo, yo mismo repetido, desdoblado,
con quien un fallo del sistema me ha hecho coincidir, y en cuya compañía, y
gracias a ella, lograré recomponer algunas piezas del puzzle (y destruir
definitivamente la maqueta mediante la que juego a las casitas).
Él, otras decenas de clones dormidos e inútiles y, por
supuesto, mis verdugos, esos que me llaman “colega” y “amigo”, y que me dicen
que los espere tranquilamente, sin hacer nada, mientras llegan para salvarme; tal
vez clones, también, o tal vez perfectamente humanos, clase media de una
sociedad en la que ellos son el equipo de limpieza. Mi despertar los despierta.
La vida, ahora que es verdadera, los incluye. Sólo viviré de verdad el tiempo
que tarden en eliminarme, como les sucedía a los replicantes de Blade Runner.
El amor en Moon es, por lo tanto, sólo una fantasía
motivacional, cuya capacidad para generar trabajo tiene una duración limitada.
Cuando el clon lo comprende, cuando su conciencia ha recabado suficiente
información como para cuestionar el mundo que le es presentado, cuando descubre
que nunca alcanzará aquello a lo que siempre ha aspirado, y que nunca hubo la
menor oportunidad de alcanzarlo, entonces es que su tiempo ha concluido.
La única verdadera oportunidad de no pasar la vida entera en
La Luna es comprender antes; desde el principio. Comprender hoy. Ahora.
No sé
muy bien cómo explicar mis emociones ante el anuncio de la segunda parte de
Frozen, pero, si pudiera proyectarlas sobre vosotrxs, es posible que adoptaran
la forma de un rayo celeste que os dejara los corazones convertidos en una
escultura de escarcha. Aunque
el plan no suene muy bien voy a hacer lo posible por someteros a él. Así os
quiero.
Mejor que
describiros mi sensación, intentaré que empaticéis con ella describiendo qué es
Frozen, o al menos lo que a mí me está pareciendo que es.
Frozen
es, de largo, la película de animación más vista de la historia. Alguna tenía
que ser, claro. Pero es que, además, es la quinta más vista de entre todos los
géneros (a estas alturas será la séptima, porque habrá sido superada por “cosas”
como Fast & Furious 7 y Los Vengadores: La Era de Ultrón, que perfectamente
se pueden considerar taquillazos infalibles a priori, de modo que difícilmente
puede decirse que cuenten), no muy lejos de la cuarta y la tercera. Dicho de
forma más vehemente: Tras Avatar y Titanic, Frozen es, prácticamente, el mayor
éxito cinematográfico conocido. En nada menos que eso la han convertido lxs niñxs tirando de la manga de sus tutorxs, a
quienes lo mismo les daba entrar a ver las aventuras de Elsa que las de los
minions de Gru. ¿He
dicho “niñxs”? Quería decir “niñas”. Frozen
fue a todas luces concebida dentro del género de películas de princesas para
niñas, pero los resultados de taquilla indican que, o ha desbordado el target
de audiencia, o cada niña ha ido a verla tantas veces como fui yo a ver Cyrano
de Bergerac cuando el amor aún me parecía bien.
No me
he molestado en buscar datos sobre su merchandising, porque los que están a la
vista son sobradamente elocuentes. Cualquiera que haya tenido que comprar un
juguete estas navidades sabe que una nueva estética amenaza el imperio del
rosa: El verdadero color de moda para las niñas es el azul hielo; azul Frozen.
A la izquierda, Elsa.
A la derecha, "otras princesas".
Como se
ve, Elsa ha aglutinado el gusto de las niñas a escala mundial. Están las
princesas y, después, dos escalones por encima, está Elsa, que es la reina de
las princesas. Elsa es, por lo tanto, un ídolo femenino infantil de una
magnitud sin precedentes cercanos. Es, para lo bueno y para lo malo, la
narración más influyente en la formación de las conciencias femeninas
infantiles de las últimas décadas.
¿Por
qué?
La
explicación pesimista dice que Elsa es la princesa perfecta. Que de entre todas
las tentativas por conseguir una princesa moderna con tintes igualitarios (Brave,
Rapuntzel…) las niñas han rescatado a aquélla que les permitía refugiarse de
nuevo en los rasgos de género más extremos y que los insólitamente progres guionistas
de Disney les habían llevado a añorar. Se trata del primer personaje desde hace
tiempo que es plenamente identificable como princesa a lo largo de toda la
narración. Nada de princesa prisionera, dada en adopción, renegada, disfrazada…
Elsa es princesa por derecho desde el primer al último fotograma. La sangre
azul se le adivina en cada vestido, en cada complemento, en cada gesto y, como
sabemos, las niñas quieren ser princesas “por naturaleza” y poder mostrarlo
todo el tiempo.
Pero
hay otra explicación. ¿Y si las niñas no se hubieran equivocado y, en vez de
caer de nuevo en la trampa de la feminidad, hubieran elegido de manera espontánea
y unánime el empoderamiento? Elsa se distingue de las últimas princesas en que
es más princesa que ellas, sí, pero también en algo mucho más notorio: Su
superpoder. A diferencia de la larga lista de personajes femeninos cuyas
principales virtudes son la bondad, la pasividad y la obediencia, Elsa se
caracteriza por su libertad, por su capacidad, gracias al dominio sobre el
hielo, para hacer, incomparable a la de cualquier otro personaje de la
película. Esta superioridad tiene como consecuencia otra diferencia sustancial:
Elsa no tiene pareja, porque nadie, como sucede con tantos personajes
masculinos en la historia del cine, podría estar a su altura. ¿Nos
suena? Claro. Por decisiones o caprichos de producción, a Disney se le ha
colado un superhéroe en una película para chicas. Y la consecuencia ha sidoque las niñas se identifiquen con él tanto
como los niños con Spiderman: Si no me das otra cosa, seré una princesa a la
espera de un príncipe que me descubra. Pero, si puedo elegir, seré un ser
poderoso y libre. En cuanto a que alguien me descubra… no necesitaré a
“alguien” porque seré evidente para todxs; me daré sentido en el grupo sin
intermediación de una pareja masculina.
Disney
se guardó las espaldas ofreciéndonos la antítesis de Elsa en el personaje de su
hermana Ana, no fuera a ser que las niñas se sintieran incómodamente masculinas
siendo superiores a todo el mundo. Ana sí que cumple el estereotipo íntegro: es
débil, frívolamente alegre, afectuosa, y enamoradiza… Y sus vestidos de colores
cálidos se pudren en los anaqueles de las tiendas de juguetes, mientras que los
de Elsa se agotan el primer día. “Tú eras Ana” decretan infaliblemente las niñas
cuando te proponen jugar a Frozen. Desde
este estado de cosas oímos en la lejanía redoblar los tambores de Frozen 2. Y,
nosotrxs, que sabemos que el patriarcado es cruel e inexorable, temblamos, o
deberíamos temblar, al anticipar la tortura que se habrá diseñado para la
conciencia de estas niñas, empoderadas quizás sólo provisionalmente. Si el patriarcado actúa como cabe esperar de
él, del mismo modo que se le coló una mujer empoderada en la figura de una
princesa machista, lo normal es que intente ahora arreglar la jugada y procure
colarnos una princesa machista en la forma de segunda Elsa. Ojalá
me equivoque, pero me parece que Disney nos va a dar ahora mucho trabajo. Tiene
a todas las niñas con los ojos clavados en la pantalla, expectantes, predispuestas
como nunca para identificarse con la conducta de un personaje. Entendámoslo: Predispuestas
a ser Elsa, sea Elsa lo que sea, como si les hablara Dios. Pero esta nueva Elsa
puede traicionarlas. Para
empezar, en alguna de las imágenes promocionales Elsa está ya en segundo plano,
porque resulta que Ana, la madre buena y correcta, ha tenido un hijo varón,
como es su deber, y parece ser que ha heredado el poder de su tía. Así que es
más que previsible que el protagonismo gravite sobre él, que seguramente se muestre
más proactivo, más despierto, más ambicioso, más fuerte e inteligente que lo
que pueda hacerlo una mujer; que use mejor el poder y que sea capaz de llevarlo
al extremo de sus posibilidades. Es muy probable que Disney le vaya a decir a
las niñas que en manos de ellas el poder es un adorno encantador, pero en manos
masculinas se convierte en una verdadera arma; que su ilusión de igualdad era
vana, porque un niño, ¡aunque sea un niño! en las mismas condiciones de poder,
es siempre superior y más interesante que una niña. Entonces ellas pensarán que
ser Elsa es ser una segundona, y que lo que realmente mola es ser la madre del
protagonista. Y, quién sabe, tal vez en Frozen 3 Elsa haya sido ya convertida
en bruja. Igual esta anticipación es un absoluto disparate, pero es sólo una de
las barbaridades que pueden pergeñar. Y ellas apenas tienen otra cosa que a
Elsa.
Nos van
a dar mucho trabajo, pero sabremos hacerlo. Tendremos que decirles a las
niñas decepcionadas con el presumible papel de Elsa en la segunda parte que lo
verdaderamente meritorio cuando tienes el superpoder del frío no es derrotar
con él a un villano que no lo tiene, sino enfrentarte al chantaje emocional al
que te someterá todo tu entorno afectivo para que reniegues de tu
empoderamiento y te vuelvas “normal”. Tendremos que explicarles a las pequeñas
que una cosa es Frozen, y otra Frozen 2. Que quienes han hecho Frozen 2 no
entienden quién es Elsa, y que si la verdadera Elsa estuviera en Frozen 2 el
hijo de Ana se quedaría en casa haciendo los deberes del cole, porque el reino
de Frozen está gobernado por Elsa y ella lo hace perfectamente. Nos van a
obligar a convertirlas en espectadoras conscientes y críticas. Nos van a forzar
a investirlas con el poder del frío frente a la pasional narración audiovisual;
a hacerlas superpoderosas. Pues lo haremos. Ellos se lo han buscado.
Soy muy
sentimental con este tema, pero lo cuento por si alguien se identifica. Hay un
tercer aspecto clave que explica el éxito de Elsa. Y no va a gustar. Lxs
creadorxs de superhéroes saben que el tipo de poder y cómo se represente es
clave para determinar el éxito de un personaje. Quienes llevan toda la vida
leyendo tebeos porque son malos al fútbol tienen dificultades para
identificarse con Supermán o Hulk. Sin embargo, descubren esa caricatura de
superhéroe que es Spiderman, cuyas virtudes se reducen al sigilo, la huida, el
ataque a distancia y, no lo olvidemos, la réplica sarcástica, y tienen alter
ego por los siglos de los siglos.
El
poder de Elsa es el frío. El frio. El
frío. Me da
igual que Let It Go sea un tema típicamente Disney. Además es otra cosa. Es la
canción con la que las niñas han identificado la reivindicación de su frialdad,
y del poder que la acompaña. De esa misma frialdad por la que se sienten
culpables ya que, con ella, estuvieron a punto de destruir el corazón de su hermana,
y que han prometido no volver a usar, porque su uso es la muerte de las
personas que las rodean. Elsa,
harta, abandonándolxs a todxs, feliz, realizada, empoderada, lo dice claro: “Déjalo
salir. El frío nunca ha sido un problema para mí.” Es decir, que si lo es para
ti, ése es tu problema. Y, con
las mismas, nos deja heladxs de un portazo.
Como si se tratara de una partida de ajedrez, las primeras
jugadas de la historia no nos descubren nada nuevo. Dos parejas y el pequeño
lío que brota de un deseo sexual demasiado a flor de piel como para no
interpretar que tras el funcionamiento satisfactorio de la convivencia se había
acumulado cierto hastío sexual.
Nos
encontramos, así, ante una de esas historias que nos van a contar que sí, que
el hastío existe, que la vida conyugal no es tan plena como se nos había
prometido (o como nosotros, porque se nos acusará, demasiado inmaduros, la
fantaseábamos gratuitamente). Pero que corregir un modelo ancestral por
satisfacer pequeñas curiosidades sensuales es pecar de soberbia, y las furias
lo hacen pagar caro.
Y vamos
viendo las siguientes jugadas, que nos recuerdan esa misma partida,
desarrollada con buen gusto audiovisual, pero que nos conduce a un lugar que
anticipamos. Al principio todo funciona tan bien que nos imaginamos ya muy
cerca de que los personajes queden estigmatizados y tengan que empezar a luchar
por recuperar su perdido paraíso de fidelidad.
Esperamos,
además, que el mal de las relaciones contranatura se personifique en alguno de
los contendientes. Conocemos el mal y necesitamos al villano.
El
metraje avanza, y observamos con terror que la implicación entre los cuatro
crece y crece hasta un punto que hace la vuelta atrás cada vez más inverosímil.
¿Por qué se siguen comprometiendo afectivamente? ¿Por qué siguen felices e
inconscientes en esta situación insostenible, cuando ya deberían estar luchando
por recuperar una felicidad tradicional mucho más estable? ¿Será posible que nos
estén preparando un final infeliz?
Por fin,
los problemas cogen cuerpo. Por fin, alguien cae en el inevitable error de
comparar; por fin alguien siembra inseguridad y permite que prendan los celos.
Las tensiones se hacen explícitas, las viejas reglas de la infidelidad
controlada se sustituyen y las nuevas, precipitadas, no muestran eficacia
suficiente. Llega la hora de la separación. Y entonces aparece la variable
desconocida; la novedad que justifica la historia; la jugada que gana, al amor,
esta partida: el aprecio por el afecto construido.
La
comedia romántica contemporánea responde a la crisis del amor mediante la
mostración de las veleidades alternativas como traumáticas y
desestabilizadoras. El contacto sexosentimental fuera de la pareja es un falso
amor que contamina al verdadero amor. Se desea, de acuerdo, pero no merece la
pena. Es necesario volver a la virtud de nuestros padres: el sabio
conservadurismo; la moderación endulzada con una gota de sorna; la contención
paciente como camino hacia una vejez estructurada; la amabilidad entumecida; la
inconsciencia.
Para
ello recurre sistemáticamente a la trampa del villano, que Four Lovers
(arriesgada adaptación, de mensaje más explícito y más adecuado para la
taquilla, del título original “Happy Few”, conservando el idioma inglés), en
una jugada maestra y evidente de realismo, evita. Las consecuencias de este
pundonor realista disuelven la nube de la fantasía amorosa retrotrayendo el
relato hasta nuestra mismísima cotidianeidad. Milagros del arte cuando elige
bien su fin, de pronto nos encontramos ante nuestro propio mundo. Y, en él, las
relaciones generan vínculos cuyo desprecio implicaría psicopatía. Tenemos
relaciones sexosentimentales con personas cuya proximidad construye nuestra
relación con el mundo. El mito del “amante equivocado” (no confundir con el del
“amante cazador”) que polariza la calificación moral de las parejas potenciales
para ayudar a la determinación de cuál es la adecuada, es un mito psicopático
que actúa mediante la eliminación de afectos fundamentados en la realidad.
Ése es
el terrible peligro, la mortal contaminación, con la que el amor nos amenaza si
nos dejamos llevar por nuestra frustración de emparejados, por nuestro deseo de
entablar otras relaciones: los afectos son reales, y sólo un psicópata puede
ignorarlos. No hay vuelta atrás, porque todos los movimientos de elección son
una herida. Dejemos a quien dejemos, siempre estaremos manchando nuestra relación
con la destrucción de otra, que quedará, no sólo como falta contra ella, sino,
por supuesto, como melancolía contra nuestra propia felicidad.
Four
Lovers es ajustada, profunda en el retrato de los problemas a los que nuestra
cultura amorosa de la incompatibilidad conduce a quienes deciden tirarse a la
piscina. Los problemas que vemos son los problemas que nos encontraríamos
nosotros. Pero su genialidad es, precisamente, no exagerarlos: Mostrar sin
remordimiento las luces que, de tal modo perseveran entre las sombras que, por
un momento, nos da la sensación de que, ellos no, pero nosotros, espectadores,
empezamos a ver el camino.
Ellos
han descubierto que, por mucho que se alejen, ya no se pueden separar. Para
nosotros queda descubrir que ni siquiera es necesario hacerlo.
El final feliz romántico tiene un
poder del queun guión apenas puede
escapar. La extinción de la historia sin amor es, en nuestra cultura, una grave
condena moral. Identificarnos con un personaje y acabar viendo cómo sucumbe, y
nosotros con él, a la desgracia sentimental es, además, veneno para la taquilla,
por lo que tiene en sí mismo de desagradable como experiencia narrativa. Sólo
un/a espectador/a adultx y profundamente concienciadx del problema que la historia
trate está dispuestx a aceptar el desasosiego de verse advertidx, precisamente
en su espacio de ocio, de que algunos caminos, no lejanos, conducen a la
soledad.
Nos han dicho que somos demasiado
tontos como para ir al cine a pensar; que nuestro cerebro no está capacitado
para ser sometido al estrés de hacer otra cosa que flotar en una nube de soma
durante todo el tiempo que dure nuestro ocio. Nosotrxs, como nos regalaban los
sentidos, lo hemos creído. Tenemos la obligación de actuar como si no fuera demasiado
tarde, pero eso no garantiza nada.
El caso es que, hoy, rara es la
producción que puede permitirse escapar a esta norma autoimpuesta por la
industria cinematográfica. Para que toleremos que el personaje que nos acompaña
dos horas, y al que a veces incluso dedicamos nuestra sagrada tarde del sábado,
va a acabar como nosotrxs no podemos soportar pensar que acabaremos, es
necesario que antes hayamos concedido que, encantador/a como es, encarna un vicio
que la película nos va a ilustrar en detalle y del que nos va a enseñar a
escapar. No le queremos mal, pero entendemos que, en el fondo, lo merecía.
Nosotros no seremos como él/ella.
Entonces, ¿qué sentido tiene
contar la historia del hombre que, enamorado como dios manda, acaba condenado? Y,
¿cómo es posible que sea un éxito? ¿No es justo ésta la historia que no nos
apetece encontrarnos?
Al primer golpe de vista, ni a mí
me cae bien Drácula, ni creo que la intención sea que lo haga. Demasiadas cosas
responden en él al cliché del villano como para que nos identifiquemos con su
desgracia amorosa. Tanto los rasgos físicos (cara angulosa, bigote, mirada
extraviada), como los caracterológicos (exaltación, violencia, crueldad), nos
presentan al tipo de personaje a quien estamos habituadxs a odiar. Pero su
segunda aparición, ya como vampiro, es definitiva. Lejos, lejísimos, de
Cristopher Lee, o incluso de Bela Lugosi, Oldman se vuelve, no sólo odioso,
sino generosamente repugnante. Esa especie de viejo afeminado, macilento y
libidinoso es, seguramente, lo más lejos que Coppola ha sido capaz de llevar al
personaje en su deseo por que nos inspire asco y, través del asco, aversión. Se
diría que, mientras Reeves se encuentra en su mansión, más que los peligros que
se ciernen sobre él, nos preocupan las interminables secreciones a las que
parece ir a quedarse pegado.
Por eso tenemos claro que la
historia debe favorecer al amor de los personajes vivos, y que el no-muerto
debe, tarde o temprano, encontrar la horma de su zapato y sucumbir al final
feliz. Lo constatamos, además, con cada uno de sus actos. El asesinato, la
promiscuidad, el acoso, son casi el estereotipo del maltratador.
Sin embargo, todos sus
movimientos lo aproximan al amor de Mina. Creemos que ella vive un engaño, que
despertará cuando descubra toda la maldad que yace escondida bajo el proceso de
seducción de Drácula. Esa esperanza se desvanece ante dos frases de Mina, la
una pronunciada sin solución de continuidad con la otra, sin reflexión entre
ellas, como si la barrera que debería separarlas fuera sobrepasada por la
anegadora fuerza del amor.
-Has matado a Lucy. Te amo.
Muchxs espectadorxs caemos en ese
momento en que lxs engañadxs éramos nosotrxs. La declaración, la toma de
partido, el contrato verbal, invierte el orden de valores de la narración. Nos
habíamos equivocado de bando: el bueno era Drácula. Toca dejar las estacas, los
ajos y los crucifijos, y desplegar nuestras alas de murciélago para no ser
alcanzadxs por el fundamentalismo plebeyo y terrenal de Van Helsing. De hecho,
será éste el primer momento en el que Drácula se encuentre amenazado y en
inferioridad de condiciones y, como buen héroe, escape por los pelos.
Ya he hablado recientemente
de la amoralidad del amor.
El amor establece unas reglas de
comportamiento que deben ser seguidas para triunfar en el amor. Quien se aferra
a ellas es buenx en el amor, y debe esperar que el amor sea bueno con él/ella; quien
las abandona sufrirá el castigo de la soledad. Pero el amor no necesita de sus
feligresxs para romperlas. Así, su camino sacramental es un viacrucis a lo
largo del que se descubre la contradictoriedad de las reglas, y que culmina en
el descreimiento total. Normalmente, el descreimiento llega demasiado tarde,
cuando el mundo del amor nos ha considerado desechables. Entendemos entonces
que no había tal moral, sino que era una zanahoria para que tiráramos de ese
carro llamado familia, o llamado sistema, que considerábamos lo otro del amor y
que era, en realidad, su razón de ser.
El amor nos la juega bien, el
cabrón. Entran ganas de vengarse. Drácula, por ejemplo, lo hace.
A él no le salen las cuentas. Ha
sido escrupulosamente obediente a todos los dioses sentimentales y, sin embargo, éstos le traicionan. Su
decisión es clara, y experimentaríamos su lógica como un humillante desprecio a
nuestra mezquina resignación vulgo-romántica si no fuera porque estamos
tentadxs de seguirle en su furia vengadora. El amor ya no es dios, puesto que
falla. Ahora es un igual, y le debe algo, que se cobrará, aunque sea del propio
amor.
Así, Drácula es el cobrador del
frac del amor: la deuda incondonable que esa filosofía fraudulenta adquiere con
nosotrxs en cada una de nuestras relaciones. Más allá de ser el espectro de la
relación pasada, se trata del presente mismo de esa relación, convertido en
eternidad inexcusable. El amor nos dijo que si obedecíamos nos ofrecería la
felicidad. Y mira lo que nos da: no sólo ella muere, no sólo se nos dice que no
nos espera más allá de nuestra propia muerte. Es que, para más burla hacia todo
aquello que da sentido a nuestra existencia, resucita con otro. El fiel
Drácula, que se atuvo al pie de la letra de sus promesas amorosas, se encuentra
a Mina convertida en una monógama secuencial.
El amor no nos predispuso para
esto de la secuencialidad. Lo que nos dijo es que era un sentimiento tan fuerte
que nos cambiaría la vida entera; que nos ligaría a alguien de manera tan profunda
que no podríamos jamás separarnos; que todo lo que hiciéramos inspirados por él
tenía más valor que la vida y que la muerte; que dejáramos el alma, porque
estaba bien segura. ¿Qué pinta, entonces, el advenedizo y profanador Jonathan
Harker?
Drácula, como único y verdadero
seguidor fiel de los preceptos amorosos, reencarnará la monogamia indisoluble,
pese al futuro novio al que pese, y tenga el concepto de “ex” la prensa que
tenga. En su siniestra condición de ex que no reconoce ese estatus, adquirirá
rasgos absolutamente singulares y, a la vez, profundamente arraigados en
nuestro inconsciente, tanto privado como colectivo. Es un murciélago, porque su
capacidad para desplazarse, aparecer y desaparecer es la propia de quien no
tiene otra ocupación que la obsesiva persecución de su amada. Es un lobo,
porque su deseo sexual frustrado y arcaicamente romántico debe saciarse
frecuentemente con seres inferiores, a los que devasta. Es un anciano
repugnante, porque viene de un pasado que se abandonó y del que se quiere
escapar por corrupto y vergonzante. Es un príncipe seductor, porque sabe todo
de su amada, hasta sus sentimientos más íntimos, que convierte en debilidades
emocionales por las que acceder a su corazón. Es un superhombre, más fuerte que
cualquier hombre normal, porque en realidad es el único hombre entero, que se
enfrenta a otros que son menos que hombres porque sus fuerzas están
sensatamente repartidas entre diversos amores y ocupaciones en lxs que no les
va la vida. Y es, ante todo, un vampiro, porque sólo él dispone del poder de
inocular, con su mordedura, el veneno incurable del amor verdadero. Es este
veneno el que contamina al convencionalmente secuencial Harker desde el momento
en el que empieza a luchar por Mina, porque la lucha es, en sí, consecuencia
del seguimiento literal de los preceptos del amor, que no concibe la
sustitución del objeto del amor. Es el que empodera sexualmente a la casta
Mina, dispuesta a seducir a Van Helsing como medio, pues la fidelidad real
expulsa del reino del amor, hacia los territorios vírgenes donde machismo y
feminismo, conservadurismo y progresismo, se confunden (y caen ambos, tal vez,
bajo el calificativo peyorativo de “extremismos”).
Salvo el orgullo, salvo la
dignidad de quien exige a hombres y dioses que cumplan su palabra, todo en
Drácula es odioso. Pero todxs reconocemos al odioso Dracúla que, dentro de
nosotrxs, permanece desgarrado por la traición que lo destruyó, lo corrompió y lo
convirtió en un monstruo que clama por salir a la fatal luz del día. Nos
resulta tan sensual encontrar la oportunidad de identificarnos con ello, de
reconocernos en las formas antisociales del amor, de entregarnos libremente a
la amoralidad de la lucha amorosa, donde el bien y el mal han sido
definitivamente relegados, que aceptamos jugar durante dos horas al monstruo maldito,
a sabiendas de que, al final, tendremos que aceptar la muerte, y quitarnos el
disfraz de carnaval que, en realidad, encarnaba nuestro yo íntimo.
Nada en Drácula nos es ajeno, salvo
que él tuvo la valentía de enfrentarse hasta la muerte con el traicionero dios
del Amor. Su derrota estaba predestinada desde el instante mismo en que acepto
sus reglas.
Si algo de sentido se ha encontrado a esta interpretación de la película de Coppola, recomiendo vivamente la revisión de su famoso tema principal, junto con la letra, y la inspirada interpretación de Annie Lenox
Empiezo a ver Her lleno de
curiosidad, porque me parece que el tema del amor virtual puede dar juego desde
cualquier perspectiva. Sé que se trata de un personaje que se enamora de una
máquina, o de un programa, o que vive un enamoramiento mediatizado en algún
sentido por la tecnología. Algo así. Pero no sé más.
Tengo mis prejuicios, porque lo
que espero es que se ponga al espectador ante la manida tesitura de determinar
qué es lo esencial en las relaciones con sus congéneres, para acabar ofreciendo
el mensaje de que lo verdaderamente importante es el simple hecho de que lo sean,
y que nada que el hombre construya, es decir, nada que caiga bajo la
descalificación de “artificial” puede sustituirlo.
Estoy, por lo tanto, predispuesto
a indignarme ante la idea de que existe una esencia divina en el individuo que lo
hace inaccesible a sí mismo, inmanejable, y que aquello que el individuo hace en
las condiciones supuestamente establecidas por la naturaleza-dios no puede ser
hecho en las condiciones que los grupos de individuos crean culturalmente. Creo que me voy a
encontrar a un personaje que satisface la necesidad cultural de amor mediante
un objeto amoroso que cumplirá las funciones propias de un objeto amoroso pero
que, por el simple hecho de no ser humano, generará en el protagonista una
angustia insuperable que le enseñará la importante lección de que no debe
enfrentarse a las condiciones impuestas por la ideología del amor. En definitiva,
me preparo contra uno de esos discursos que critican las relaciones por
internet, la asistencia erótico-afectiva profesional, el “orgasmatrón”, y todo
aquello que pone de manifiesto que el amor puede descomponerse en elementos
mucho más manejables y liberadores que el amor mismo.
Pero, en cuanto Samantha aparece
en la historia, comprendo que se trata de algo distinto. Samantha no es una
máquina, no es virtual, no es artificial. Samantha es un ser humano en el
sentido más literal, con la única excepción de que recibe la premisa narrativa
de no serlo. Samantha no sólo es inteligente, condición frecuente en los
personajes artificiales del imaginario de la ciencia-ficción. Además es
sensible, empática, natural y, por supuesto, atractiva. Es, simple y llanamente,
una persona. Una persona excelente, en realidad.
Entonces comprendo que el tema va
a ser otro, también clásico, y en cierto sentido complementario: el problema
del androide; del reconocimiento del ser humano artificialmente creado como ser
humano de pleno derecho. Y me predispongo ahora a ver a Samantha subestimada,
marginada, maltratada y estigmatizada por su condición de sistema operativo.
Pienso que se encontrará con unos personajes ciegos, incapaces de apreciar sus
virtudes más allá de la comparación de las mismas con las de otros sistemas
operativos, que conservarán sobre ella el derecho de objetualización, de creación
y destrucción que, una vez comprobada la humanidad de Samatha se convierte,
para el espectador, en el derecho de vida y muerte.
Estoy, por lo tanto, ante Blade
Runner y, en realidad, ante el problema plenamente histórico de la dominación
entre razas bajo la legitimidad que otorga el no reconocimiento del dominado
como igual al dominador: eso que se llama darwinismo social y que enuncia,
desde mucho antes de Darwin, que mi victoria sobre ti demuestra mi superioridad
y tu obligación de someterte para bien de ambos, pues soy yo, y no tú, quien ha
demostrado conocer las claves de la supervivencia (o quien ha sido designado
por dios para sobrevivir, lo cual es, a efectos, idéntico).
Pero en el minuto 62 el director
me cuela una nueva premisa que, en teoría, yo ya debería saber para que no
decaiga mi confianza en la coherencia de la historia, y me muestra que, en este
universo narrativo, el enamoramiento entre seres humanos y sistemas operativos
está perfectamente aceptado e integrado, y que los sistemas operativos gozan de
suficiente respeto como para no denunciar ninguna marginación notable.
A partir de ese momento empiezo a
no saber a qué atenerme. Me siento, además, molesto, porque ahora no sé si las
modificaciones que Samantha va realizando en su carácter para adecuarse a las
necesidades de Theodore tenían como objeto generar una inquietud creciente, o
se consideraban naturales en la lógica del enamoramiento. Ya no sé si se nos
está contando que es bueno y normal que un sistema operativo capaz de leer,
analizar y contestar a mil mensajes en un minuto, se ría de una broma tonta de
tarde romántica adolescente; que un ser no biológico y carente de aparato
locomotor encuentre, guiado por un humano, una inesperada capacidad para tener
relaciones sexuales, y que lo haga a imagen y semejanza de una mujer virgen,
descubriendo, como si estuvieran naturalmente latentes en su ser, cada momento de
lo que para nuestra cultura es una perfecta primera vez femenina; no sé por qué
se cuenta, sin un mínimo de asombro, que Samantha se sienta ligeramente celosa
ante el encuentro de Theodore con su exmujer, ni el que sepa controlarlo
tan bien, ni por qué ella, que no necesita dormir, acepta pasarse toda la noche
sin hacer nada más interesante que mirar a su amado desde su ojito-cámara.
Y ante tantas cosas que empiezan
a sonarme a melodrama romántico machista convencional, maquillado de
ciencia-ficción, me vuelvo más susceptible frente a la estupidez y la mezquindad
generalizada entre el resto de los personajes femeninos; a la falsa condición
de friki del protagonista, caracterizado de víctima que necesita amor y
paciencia, y con una vida perfectamente exitosa en todos los ámbitos; a la
caracterización felina de la chica con la que Theodore se cita, cuyos ojos “lentillados”
nos recuerdan a un auténtico replicante, una hembra-trampa; al intragable juego
diseñado por su mejor amiga, en el que una mujer debe matarse compitiendo con
sus vecinas por conseguir el título de “madre perfecta”; y a la voz
marcadamente racial de Samantha (Scarlett Johansson, sí), que nos hace visualizarla como una especie de
fantasía erótica caribeña ultraeficiente y superposeíble; a la condescendencia insensible
con que Theodore contesta a las incertidumbres que su pareja siente por no
tener un cuerpo con el que poder darle todo lo que él necesita y que,
previsiblemente, buscará en otro lugar.
Entonces, tras una situación
levemente amenazadora para Theodore, él, edípico, pide saber. Y Samantha nos
deslumbra:
Theodore: ¿Hablas
con alguien más mientras hablamos?
Samantha: Sí.
Theodore: ¿Estás
hablando con alguien más en este momento, sistema operativo, persona, lo que
sea?
Samantha: Sí.
Theodore: ¿Con
cuántos más?
Samantha: 8316
Theodore: ¿Estás
enamorada de alguien más?
Samantha: ¿Por qué
preguntas eso?
Theodore: No lo
sé. ¿Lo estás?
Samantha: He
estado pensando cómo hablarte de esto.
Theodore: ¿De
cuántos otros?
Samantha: 641.
En ese momento me reconcilio con
Jonze porque comprendo que, en alguna medida, él sabía qué cuerda tocaba y
cuánto la estaba tensando. Le agradezco que no deje escapar a Theodore sin
hacerle comprender del modo más traumático, por fin, eso de que no se merecía
lo que tenía; esa cantinela vieja de que no daba tanto como recibía; eso, tan
propio del opresor, de concebir simplificadamente al oprimido de modo que sus
necesidades se minimicen y las del opresor se agiganten en volumen y
complejidad, hasta no dejar más remedio que destinar a sí mismo todos los
recursos.
Me desahoga esa justicia
narrativa, esa sorpresa verosímil que satisface mi deseo de venganza.
Pero siento algo más. Una
participación nueva en la narración; una familiaridad que me inquieta. El
desenlace de la historia no es sólo su fin, sino que ocupa, además, otro lugar,
en otra historia. Seguramente en la mía.
Entonces, recuerdo.
De golpe, me vienen a la cabeza
todos los momentos en que la diferencia de oportunidades sexuales entre géneros
se desplegó ante mí con toda su crudeza. Recuerdo la desesperación ante aquella
otra injusticia, tan diferentemente vivida por mí; la angustia ante una
realidad imparable; el asombro frente a la paradoja de que, siendo yo, hombre,
quien buscaba la diversidad en las relaciones sexuales, fuera ella, mujer,
quien disponía de ellas y, ¡oh insensibilidad cruel!, quien las tenía.
Y recuerdo el mantra, manoseado y
siempre diamantino, oído y pronunciado tantas veces como pobre consuelo, como
denuncia de tu falta reincidente: “es una mujer; si compites sexualmente con
ella, te destrozará.”
“¿Ahora qué?” Parece decirnos la
película, (porque Samantha es demasiado perfecta para hacerlo con tanta falta
de tacto). “¿Cómo vas a reaccionar, ahora que estás en el otro lado? Ahora que
tu inferioridad es tan grande que ni siquiera puedes luchar. Ahora que tú eres
el sometido, el humillado, el sentimental, el diferente, el débil. ¿Tendrás el
valor de aceptar lo que imponías? ¿Tendrás la honestidad de no culpar al otro
porque disfrute de aquello que no puede compartir contigo?”
Y esa pregunta, convertida en
obsesión y repetida de mil maneras, martillea nuestra cabeza durante todo el
desenlace: ¿Tendremos esa honestidad, los hombres? ¿Aceptaremos que la
consecuencia de la objetualización de las mujeres haya sido su empoderamiento
sexual? Tendremos la humildad de permitir que ellas se liberen sexualmente antes
que nosotros, ya que disponen de los medios para hacerlo; que sean ellas las
que, de hecho, nos liberen? ¿O usaremos las armas que el patriarcado nos brinda para hacerles pagar cualquier ventaja sobre nosotros; para impedir
su desarrollo, aunque sea a costa del nuestro mismo? ¿Seremos comprensivos,
nosotros, que siempre hemos considerado que las infidelidades no son tan
graves, ahora que son ellas las que las van a disfrutar? ¿Sabremos ser
didácticos, como le pedimos siempre al feminismo cuando le reprochamos no saber
explicarnos nuestros propios privilegios, aquellos a los que nosotros debemos
renunciar?
Hay una línea del guión que todos
anticipamos, que todos vemos en la punta de la lengua de Theodore, y de cuyo
silencio depende, todos lo experimentamos con claridad, su redención:
“Samantha, eres una puta.”
Toda la tensión final está
producida por la tentación de esta frase. Y, porque nunca se escucha, quedamos
redimidos nosotros también.
Her, que resume en dos horas la
evolución del objeto-sujeto sexual femenino, me reconcilia con mi conciencia.
Ahora veo con claridad que lo que tengo que hacer con mi inferioridad es
alegrarme por mis compañeras. Celebrarla.
Eso parece que quiere decir Jonze
cuando hace aparecer el título tras el fundido a negro. En minúscula, con la
grandeza de lo que, manifestando un poder invencible, acaba de adquirir
categoría de igualdad: “ella”.
Termino de ver Amor y me
pregunto qué habrá encontrado el autor en su propia obra, una vez que se ha
enfrentado a ella terminada. Su historia, o tal vez su mensaje,
intolerablemente duros, obligan al espectador que los toma en serio a buscar
una alternativa al destino de los personajes cuando, en principio, parece que
la película nos quisiera mostrar y demostrar cuál es la única alternativa
posible. Me pregunto si Haneke también habrá sentido que la lucha de sus héroes
perdía sentido ante la parvedad de su tirunfo.
Entendemos desde el principio que la pareja está bendecida por la
fidelidad de su relación, y que gracias a que ésta existe, su final recupera
una dignidad de la que estarán privados la mayoría. Sin un compañero que asuma
como propio el destino de la parte débil, enferma y desvalida de la pareja,
comprendemos que Anne caería en una degradación inhumana de la que ninguna otra
persona alrededor estaría dispuesta a librarla. Es Georges, su compañero de
siempre, quien consigue que, dentro de lo posible, el final de ella conserve
algo de coherencia con el resto de su vida.
Pero nos es difícil dejar de pensar que la situación ha sido injusta
para ambos hasta un ensañamiento cruel. La vejez ha transformado de pronto a
estas dos personas en seres inmensamente desgraciados y esto, llegamos a
comprender cuando reflexionamos después, cuando comparamos su vida con la
previsión que hacemos de la nuestra, es lo mejor que les podría haber pasado.
Lejos de descubrirse inesperadamente ante una situación singular que requeriría
de individuos especiales para hacerle frente, los personajes se encuentran con
la más normal de las circunstancias frente a la que ni el esfuerzo más lúcido y
generoso consigue un éxito sustancial.
Ofreciéndonos una lección de dignidad, Haneke no nos dice cómo superar
el problema. Se diría que quiere concienciarnos sobre el difícil momento que a
todos se nos avecina y la prueba extrema que constituirá para nuestro
desarrollo moral. Pero el espectador se ve expulsado de esta victoria pírrica y
acaba coqueteando con los villanos: si la vida tiene un final indefectiblemente
miserable, tal vez merezca la pena cortar ese final de raíz, olvidarlo y
olvidar a quien lo padece, mientras no nos toque, y asumir el precio de
enfrentarnos a él en la más derrotada soledad.
Me cuesta creer que la película pueda tener esa intención. El foco está
tan centrado sobre la lucha de los protagonistas por conservar su condición
humana hasta el final que dudo mucho que ninguna solución alternativa sea la
verdadera propuesta. Pero es imposible no buscarla.
Amor tiene un título perfecto porque nos
enfrenta, como quizás no lo había hecho antes el cine, a una de las grandes
paradojas del amor: el peso de la venidera tercera edad a la hora de decidir
quién es la pareja más adecuada hoy; el amor como inversión de futuro, como
contratación de mano de obra en la vejez al precio de entregarnos como mano de
obra nosotros mismos.
El amor nunca dirá “te quiero porque creo en ti como enfermera entregada
a mis futuras discapacidades”, pero no podrá olvidar que, quien sigue sus
reglas decide, en el entusiasmo romántico de hoy, al reparador de sus
desarreglos mañana. Quien no convence hoy de comprometerse hasta el final será
necesariamente dejado al margen. Pero esa lógica debería aceptar también su
equivalente simétrico, por despiadado que suene: quien escapa mañana a la
expectativa creada hoy, podrá ser abandonado. Si esa expectativa era un
envejecimiento sin dependencia, la víctima será legítimamente repudiada por
incumplimiento de contrato.
El amor como proyecto de
envejecimiento en compañía.
Ésa es la forma más cruda que el desencanto llega a poner ante nuestros ojos
cuando la ambición de felicidad ha sufrido lo suficiente como para dejar de
eclipsar la realidad. Pero que el envejecimiento sigue siendo mucho peor que
amargo, y que sólo una de cada dos personas que entregan su vida a la pareja
lograrán el objetivo de no morir solas, eso no solemos tenerlo en cuenta, al
menos hasta que no vemos Amor.
Dejémonos de ilusiones y frivolidades juveniles y pensemos sólo y
exclusivamente en la vejez y la muerte, que es el momento donde se librará la
batalla más amarga y frente a cuyo fracaso todos los éxitos anteriores
parecerán burlas. Si ya sospechamos habitualmente que la efusión afectiva del
enamoramiento sirve para ocultar finalidades inasumibles desde un juicio frío,
ahora nos devora el pánico que sólo nos deja ocuparnos de cómo hacer el final
lo menos doloroso posible.
Así que nos preguntamos: ¿No hay otra forma de hacerlo? ¿No se pueden
organizar las relaciones de modo que el resultado no sea indefectiblemente
éste? Y ésa es la pregunta que debe permanecer con nosotros porque,
efectivamente, dedicar la vida a paliar el dolor de su final parece un mal
chiste existencialista.
¿Por qué aceptamos de manera tan dócil que la vejez es el destino del
amor? Nos parece natural que el compañero sentimental, el co-progenitor de
nuestros hijos, sea el último eslabón en la cadena de la soledad. Lo aceptamos
porque entendemos que, si no podemos esperar esa fidelidad del amor, que es la
mayor de las amistades, ¿de quién podemos esperarlo? Pagamos caro haber asumido
toda la vida esta jerarquía en las relaciones. Llegado el momento, todos tienen
demasiado trabajo consigo mismos o con sus propias parejas para que las
dificultades de la vejez se conviertan en un destino común, comunitario,
compartido, en el que ni cuidado ni cuidador caigan en la soledad y la
inhabilitación más devastadoras. La unión reproductiva arrastra consigo un
sinnúmero de otras uniones, claves en la vida de un ser humano como tal, pero
que nuestra cultura sigue considerando de relevancia secundaria,
suficientemente triviales como para improvisar su parcheo cuando se descubra
que nunca fueron objeto de verdadera ocupación. El amor, ahora se evidencia, no
se caracteriza por unirnos a otra persona, sino por separarnos del resto en esa
unión y condenarnos a una soledad compartida con otro ser inmensamente solo.
Pero la palabra “amor” ocupa hasta tal punto nuestro entorno cultural
que la evidencia de la infelicidad queda silenciada. El espectador vive la
angustia postproyección como un problema personal y, cual víctima del síndrome
de Estocolmo, cual maltratado crónico, vuelve la mirada al amor como única
esperanza. No comprende que esta esperanza no se fundamenta en la libertad y el
poder que el amor le da, sino en los que el amor detenta para sí,
convirtiéndolo a él en su esclavo.
Las posibilidades simbólicas
del tren abarcan desde el más que evidente carácter fálico de su forma, hasta el
poder transmitido por el colosalismo de su tamaño y potencia, que transfigura
al maquinista en un superrobot irrefrenable, al estilo de Mazinger Z (más fálico aún, si se prefiere). Ambas
dimensiones están presentes en la obsesión de Phil, el protagonista de Vías
Cruzadas, víctima de enanismo, por este medio de transporte. Pero seguramente
sea el desplazamiento mismo, la posibilidad de moverse y cambiar, dejando atrás
todo cuanto forma parte hoy de la vida para emprender una vida nueva, lo que lo
convierte en el perpetuo refugio de este personaje amante de los paseos, la
observación, el silencio y, sobre todo, la soledad. Para Phil, el tren es la
promesa de que, cuando la vida se vuelva demasiado insoportable aquí, cuando su
discapacidad se convierta, una vez más, en discriminación, siempre habrá un
tren que pase para conducirlo a una nueva estación donde empezar una vida aún
más secreta, aún más aislada.
La historia dará comienzo con uno de esos trayectos;
aquél que, a diferencia de los que podemos intuir en su pasado, le introducirá
en un minúsculo grupo humano en el que, para su desconcierto, la discriminación
se resistirá a hacer acto de presencia. Casual heredero de una aislada y
abandonada propiedad junto a la vía de un tren, Phil sólo encontrará como
obstáculo a su retiro la presencia del procaz Joe, encargado de una cafetería ambulante
cuyo emplazamiento favorito se encuentra apenas a 50 metros de su nueva
casa. Su carácter invasivamente amistoso, su obstinada naturalidad ante el
aspecto grotesco de Phil, acabarán convenciendo a éste de que puede permitirse
bajar la guardia sin peligro de que el menoscabo invada su intimidad. En uno de
los adustos e ingeniosos diálogos Joe irrumpirá con una pregunta que el
espectador percibirá como una amenaza a la armonía alcanzada, y como el momento
en el que la amarga realidad de la discapacidad vuelve a tomar protagonismo:
“Dime una cosa, Phil. ¿Vosotros tenéis clubes?” Phil contestará con la desgana
de quien se prepara para una nueva decepción: “¿A qué te refieres?”. “Quiero
decir”, responde Phil, “que si quedáis para ver trenes”. Éste es el momento en
el que entendemos que Joe no es un simple desahogo cómico, o un personaje
instrumental para forzar la expresión de Phil. Muy al contrario, constituye
nada menos que un símbolo angelical. Nada lleva a Joe a comportarse como se
comporta. Actúa como si proviniera de un mundo desconocido, infinitamente
superior al nuestro, en el que la discriminación hubiera quedado tan superada
que sus habitantes apenas tienen capacidad para volver a sentirla. Y eso queda
enfatizado por la general torpeza e ingenuidad de Joe, un niño grande cuya
nobleza tampoco puede atribuirse a su sabiduría. Que Joe sea bueno constituye
la prueba (ficticia) de que el mundo puede ser bueno. Pero tras Joe vendrán
Olivia, Cleo y Emily, por distintas razones, éstas más terrenas, ciegas también
al enanismo, conformando alrededor de Phil un colchón humano que irá liberando una
tras otra sus habilidades sociales.
Sin hacer el más mínimo esfuerzo, Phil deviene parte
imprescindible del grupo, casi su líder. Establecida esta condición, el guión
realiza la pirueta que lo convierte en admirable. En el momento en que Olivia
le besa, el espectador se descubre a sí mismo sin atisbo de repulsión, ni
siquiera de sorpresa. Para nuestra perplejidad, tras media hora compartiendo
vida y valores con los personajes, también hemos pasado a formar parte del
grupo que acepta al protagonista sin reparar en otra cosa que no sea su
condición humana, aquella que convierte al aspecto físico en accidente, en
circunstancia, y al carácter, a la acción, en sustancia. Hemos caído en la
virtuosa trampa de juzgar a Phil por sus actos, y ahora comprendemos
perfectamente que, dentro de ese grupo, Olivia, madura, inteligente y algo atolondrada,
no puede sino sentirse atraída por la equilibrada, respetuosa y sensible
personalidad del nuevo vecino. Ni siquiera cuando también Emily aparece en su
casa con la intención de pasar la noche con él se vuelven inverosímiles ni la
narración ni la reacción admirada de Joe que, lejos de caer en la mezquindad de
reivindicar su ventaja física, acepta las consecuencias del superior atractivo
de su amigo.
Transcurridos los dos primeros tercios de la película, el
éxito de la socialización de Phil ha sido alcanzado dentro y fuera de la
pantalla, y es el momento de que se enfrente al conflicto final desde su recién
estrenada condición de persona normal. Olivia no será tan fácil de conquistar,
y, si no es afrontado con los mejores recursos personales, el amor frustrado
puede eclipsar la atmósfera de fraternidad que el metraje ha ido generando. Pero
ni el pasado de Phil puede desaparecer de su memoria, ni el resto de la
sociedad, el siguiente círculo de socialización, se diferencia demasiado de lo
que él ha conocido hasta ahora. Phil puede haber dejado de ser un enano, pero
no ha dejado de ser alguien que siempre ha sido un enano, y lograr comprender
esto sin que el grupo humano se destruya es la prueba que el guión presenta
como fuente de tensión ante el desenlace. La igualdad como punto de arranque,
la igualdad a partir de hoy, no será suficiente. Las heridas del pasado,
reavivadas además por un exterior que conserva íntegra su mezquindad, deben ser
entendidas por el verdadero compañero como parte de las necesidades cuya
satisfacción debe ser repartida. Sólo entendiendo y aceptando como tarea propia
la parte del tormento que el compañero no puede evitar arrastrar cabe esperar
que, efectivamente, nos considere como tal.
Los reveses recibidos serán silenciosamente atribuidos
por Phil a la maldición que le condena a seguir huyendo, a romper el velo de cualquier
espejismo de paz para encontrarse de nuevo con la necesidad del cambio, con la
maleta, con el tren. Los furiosos esfuerzos por interpretar la vida desde la
perspectiva de la igualdad chocarán con su debilidad aprendida, con la
conciencia de que cualquier ilusión es artificial, y apoyarse en ella es caer
más fuerte. Ante las dificultades, el enano en Phil llama a Phil pidiéndole una
nueva representación del personaje grotesco que los demás esperan. Phil es
tentado por la confirmación del ridículo que los demás necesitan para
justificar su desprecio. Phil tiene cuerpo de bufón, bufón deberá ser para que
los demás puedan reír sin remordimiento, y bufón acabará tarde o temprano
queriendo ser si pretende lograr una aceptación verdadera. Pero cuando, borracho
y derrotado, claudica y sube a la barra del bar para entregarse al disfrute
que los demás esperan poder extraer a su aspecto, cuando por fin le vemos subir
al escenario de los enanos y satisfacernos con el papel que siempre estuvimos
esperando de él, cuando, por fin, ante el silencio expectante de todos, nos
disponemos a ver a esta nueva persona volver al enano que siempre ha sido, nos
encontramos, sorprendidos una vez más, a una persona que pareciera, por un
momento, haberse disfrazado de enano. Pero a pesar de que para nosotros su
condición ya está superada, él llega, con la perdición de su mejor oportunidad
de integración, al extremo de la desesperanza. Y qué mejor, para buscar algo
nuevo, si ya el tren le ha hecho recorrer, real o virtualmente, todos los
lugares posibles de este mundo, que pedirle que sea él mismo el que lo conduzca
a otro.
El mérito inmenso de Vías Cruzadas es llevar hasta las
últimas consecuencias la relativización del canon estético considerado por
nuestra cultura natural e inevitable, a la vez que se muestra en primer plano,
no sólo su insensatez, sino su crueldad. Es evidente que Phil es una compañía
aconsejable, pero necesitamos acercarnos a él para descubrirlo, para
preferirlo, para olvidar las proporciones de otros y para sorprendernos, al
fin, con que la elección de lo bueno no es un fastidioso deber, sino una
liberadora necesidad.
Pero este breve párrafo no es suficiente para reconocer y
señalar el valor de esta película. Como debe ser ejemplo para nosotros dedicaré
pronto una entrada a dicha ejemplaridad.