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lunes, 1 de mayo de 2017

experiencias y reflexiones de 5 personas ágamas.


A raíz del post 5 claves para llevar la agamia a la práctica surgió en el grupo de facebook un jugoso debate sobre las diversas formas en que la agamia se iba entendiendo y construyendo en la vida de cada unx.

Nos ha parecido interesante traer al blog la voz de cinxo de lxs compañerxs del grupo, que dialogan tanto con aquel texto como con su propia experiencia como agamxs.


ELI. 31. (Agora)fóbica superviviente. Propiedad de un gato c*brón. Nombrarse y existir al margen de las parejas o no-parejas le parece una bonita manera de crecer y construir una realidad más amable para todes:


Mi texto va a estar dispersito y desorganizado. Como yo. Pero espero que aporte algo.

Al margen de superhéroes con poderes, unicornios que saben lo que quieren y lo que no en todo momento y además saben pedirlo o rechazarlo con asertividad y seguridad y en un tono agradable para oídos ajenos, a pesar de un posible encabronamiento eventual, que poseen una red afectiva sólida y circundante, probablemente son bellos y sin ninguna tara física o mental... Existimos seres humanos vulnerables y/o de gamas más bajas, bueno, en fin, seres humanos en general, y creo que si los modelos relacionales alternativos a la trampa gámica no son capaces de ofrecer un marco teórico en el que desarrollar cuidados para todos, se convierten en otra mierdecilla al servicio de una élite inalcanzable. Al final, otro producto capitalista al que pocos pueden acceder sin hipotecarse emocionalmente.
Hablo entonces de lo que me aporta el pensamiento ágamo desde mi vulnerabilidad de ser humano, y cada una de estas aportaciones las convertiría en "puntos", si bien ya entran en cierto modo en los cinco de Israel, o son de por sí bastante obvias.

1. Valorar mi red afectiva como individuos totalmente insustituibles a los que cuido y para quien busco espaciotiempos.

2. Cuidarme a mi primero. Comer bien, aceptar ese trabajo, leer, pasar tiempo conmigo... Sin culpa ninguna y con un disfrute absoluto.

3. Liberarme de la promiscuidad en sí misma. Para mí personalmente es el gozo del "no" (y seguir leyendo en pijama o diciendo chorradas con una primah) lo más importante del-no gamos. Creo que el sexo, como evento que se celebra con tantísimo más jolgorio que cualquier otro, es otra trampa.

4. La consciencia de que los momentos compartidos son auténticos y no persiguen un fin último de posesión.

5. Aceptación de mis deseos como válidos, sean cuales sean...

Me dejo seguro cosas, pero, al final, creo que todo esto contribuye a construir una existencia más feminista, más igualitaria y más libre y plena.


GUILLERMO, turolense de 27 años, estudiante de filosofía, nos habla de la relación entre agamia y amistad:
Haciendo mía la expresión de Protágoras, diré que para mí la amistad es “la medida de todas las relaciones”.

Al principio creí que la agamia se trataba de una especie de excusa formal para la promiscuidad -suponiendo que se necesite una excusa-, pero, pasado ese primer bache, entendí que la promiscuidad (sola) no va a ninguna parte, y quien dice a ninguna parte, dice a los mismos senderos monógamos y desiguales de siempre para cubrir necesidades afectivas no vinculadas con el sexo.

Mi experiencia es corta y está sembrada de dudas a cada paso que doy, pero de lo que me he dado cuenta “practicando” la agamia es de que quiero mantener relaciones al nivel al que se dan dentro de mis círculos de amistades, es decir: cuidándolas, dándoles tiempo para madurar -o incluso para que se pudran-, sin esperar que me exijan imposibles -y sin exigirlos yo-, con una relación entre personas iguales y libres de hacer lo que les venga en gana sin pedir permiso o, necesariamente, dar/exigir explicaciones. Ya es hora de que primen nuestros valores sobre los de la cultura normativa del amor.
En definitiva, creo que independientemente de las relaciones sexuales, y sorteando las dificultades que nuestra mente -domesticada a fuerza de latigazos amorosos y al ritmo marcado por los esclavistas de la monogamia, con la canción del momento retumbando en nuestra psique- yo me planteo qué es lo que quiero de un/a amigx y cómo trato a mis amigxs, y con estas premisas construimos, o destruimos, la relación sin caer en la falsa necesidad de una pareja, y de la forma más horizontal posible.


Nombre de guerra: ALTAVISTA BASURTO
Modelo relacional: peripatético resistente al gamos
Estado civil: al loro
Se trata de buscar la vida buena. Es un afán que de una u otra manera nos empuja a todxs desde siempre.

Si nos retrotraemos a la cuna en plan freudiano, todo quisqui ha necesitado abrazos y protección para desarrollarse. Unxs más y otros menos lo tuvimos, y unxs más y otrxs menos venían con la ontogénesis colocadita para recibir el empujón necesario a la supervivencia y de ahí a seguir con la evolución propia y de la especie.

Cojamos la pértiga del tiempo, plantémonos en el momento actual y miremos cuántas veces y por qué nos hemos enredado en la madeja del amor, en la creación de una pareja, en la tendencia a formar un hogar, en repetir patrones de idealidad que en la imaginación eran putos anuncios de Coca-cola y en la realidad una película de neorrealismo italiano emocional.

Creo que es evidente la búsqueda de la seguridad perdida o, en su defecto, la sustitución melancólica de un hogar originario que nunca fue como lo pintaba la propaganda de la tribu.

Y como hijxs de nuestro tiempo que somos, cargados en nuestra memoria colectiva con los recuerdos de una vida fabulosa del New-Deal americano, del hippismo de la anterior generación, de razones ya masticadas en contra del modelo tradicional de la familia, de drogas que se cargaron a la generación de nuestrxs primxs mayores, de sexo libre pero no tanto, de libertad para sentir, nos aferramos al viaje que nos daba el enamoramiento y quisimos construir desde ahí, en nuestra burbuja individual y narcisísticamente única, nuestra arcadia del amor entre dos, del amor original que no era como el de nuestros padres.
Pero entonces vino Ikea y nos empezó a bombardear con la construcción de una república independiente entre cuatro paredes, y nos daban imágenes de mamás despeinadas, papás buenorros con jerseys de punto grueso y niños monísimos en calcetines entretenidos con juguetes de madera. Además nos tragamos cientos de comedias románticas las sobremesas de los fines de semana y seguimos obviando una y otra vez las cabezas de hidra del aburrimiento, del sinsentido, de la manipulación, de los celos y la dominación que se estaban instalando en nuestras parejas.

Fue a base de acostumbrar al cerebro una y otra vez a la disociación de cómo funcionaba el imaginario y chocaba con la realidad, como acabamos por negar la realidad. Pero la insatisfacción permanente, como una cuerda de un bajo en un concierto para chelo, resonaba como una irritación cada vez más extendida.

Y no entendíamos las broncas. Y no entendíamos los dramas. Y nos desgarrábamos en la incomunicación. Y no había forma de poner nada en común. PERO SI YA ÍBAMOS A IKEA LOS SABADOS, JO-DER.

Y en la resolución entraban los demonios de las malas artes. Y el poder, el puto poder y el patriarcado que ya sabemos a quién se lo da. Y salíamos malparadas, despechadas, con sensación de estafa y recurríamos a la justicia y unas veces nos daban la razón y otras nos hundían aún más.

Así que… por qué no parar el juego y plantearse seriamente qué es lo que merece ser vivido y cómo hacer(nos) justicia.

Yo, desde luego, empiezo por el respeto y por la realidad tal cual es huyendo de narraciones y ficciones que me lleven de nuevo a la ciénaga. La Ciénaga, por cierto, que buena peli. No dejéis de verla.


MARIA, sin acento ya que tengo la suerte o desgracia, según la época que se mire, de ser valenciana y vivir en Valencia. Soltera y sin hijos por vocación, sin embargo, volcada profesional, corporal y anímicamente en la infancia. Esquivadora de obstáculos y ataques desde que defiendo otra forma de relacionarnos que no esté necesariamente vinculada al enamoramiento. Definitivamente en estado de constante construcción:
El tema del afecto me ha estado rondando desde que leí el post en "Contra el amor".

El afecto es problemático, tan intangible como necesario, se puede analizar, ahora bien, no creo que se pueda diseccionar o clasificar.

Todos de acuerdo aquí en la necesidad de separar radicalmente el afecto del amor romántico. Es, de hecho, cuando ambos aparecen relacionados cuando todo se pervierte.

Me parece fundamental, para funcionar medianamente bien en nuestras relaciones, que entendamos qué es un buen afecto, cómo y cuándo darlo y cómo recibirlo, que tampoco es siempre fácil.

¿Implica el afecto atención y cuidados? Considero que éstos son una manifestación básica del mismo, resulta que la palabra "manifestación" es clave. ¿Debe ser el afecto manifestado o de lo contrario se convierte en algo bastante estéril? Personalmente creo en la necesidad de la manifestación. Pero, ¿cómo? Bueno, aquí, irremediablemente, voy a ser simplista. Esto es muy complejo, claro.
Pienso que una buena manifestación afectiva debe ser considerada, siempre, a través de unos filtros. ¿Es este sentimiento compatible con mi bienestar? ¿Quiero dar afecto? ¿Puedo dar afecto? ¿La persona receptora quiere y acepta mi manifestación afectuosa?

Otra idea interesante es la relación entre sexo y afecto, siempre y cuando el afecto no sea entendido, tampoco en este caso, como un sinónimo de amor romántico.

Me quedo cortísima. Es un tema complejo.


CLARA ha gastado 33 años y vive en Madrid. Ha pasado por distintas visiones sobre las relaciones: monogamia, anarquía relacional...Hace menos de un año que encontró en la agamia qué nombre poner a su visión. Desde entonces se considera ágama y eso le hace reflexionar sobre la educación:
A los cinco puntos aportaría alguno sobre cómo nos planteamos la educación, porque gran parte de los problemas que tenemos para la práctica son debidos a la educación que hemos recibido, y si seguimos reproduciendo eso no conseguiremos crear la sociedad que buscamos.

Educación en dos aspectos: como asimetría, porque si defendemos la no jerarquía de las relaciones tendríamos que ser coherentes con ello en cada tipo de relación, incluidas las relaciones con los hijos o los menores en general. Un modelo jerárquico no se mueve, un modelo asimétrico está en constante movimiento.

Sobre los tres clásicos modelos educacionales definidos desde los años 70: autoritario, permisivo, democrático; considero que no nos serviría ninguno dentro de la agamia. Creo que se conocen los peligros de los dos primeros y el democrático, vendido como dialogante, con lo gastada y falsamente usada que está tanto la palabra como el concepto de democracia, tampoco me parece que sirva. Es un engaño pretender colocar en la posición de diálogo cosas que a veces no pretendemos dialogar o incluso que no son dialogables. 

El modelo de la terraza que se expone aquí para las relaciones me parece fabuloso y creo que es aplicable, bajo esta asimetría, a la educación. En este modelo, que es asimétrico porque no se parte de la misma situación entre cada una de las dos personas, dado que sus circunstancias son inconmensurables, no se niega la igualdad de ellas, es decir, la igualdad de los elementos que forman las relaciones. Habrá fricciones, movimientos, pero los acuerdos, que equivalen a las terrazas, se cumplen. No pueden no cumplirse porque nacen de las dos partes. Podrán cambiar o caducar, pero no generan principios ni finales, sino una continuidad. Siguiendo el modelo de la terraza, hay una naturaleza que es la tierra y sus propiedades, pero ésta se modifica según las necesidades tanto de ambiente como de consumo. Con consumo me refiero a necesidad de que esa relación asimétrica aporte algo y no la producción, porque la relación no tiene nada que producir en sí, es válida por sí sola, pero sí defiendo que tiene que enriquecer. Si no, no merecería la pena vivir en comunidad.
El otro aspecto en el que quiero hablar de educación es el de la educación emocional. Creo que los avances que se han hecho desde la psicología y otras materias en terreno de educar emociones son aprovechables para nuestra práctica.

Uno de los puntos del texto al que nos referimos trata expresamente de las montañas emocionales, que se disiparán con la práctica de la agamia. Esto no es no dejarse sentir ni experimentar, sino todo lo contrario. Cuando comencé a ver textos sobre la agamia le achaqué la falta de explicación sobre esto y en un principio interpreté que se pretendía tapar esas emociones. Ahora que lo practico y que he leído, hablado y reflexionado un poco más sobre el tema, lo conjugo con otras prácticas de mi día a día, como son la atención plena y el ejercicio de manejar las emociones.

Como todo lo que estamos hablando, a más práctica, mejor. La práctica hace al maestro. Desde este punto de vista, considero que el entrenarnos en reconocer emociones y poderlas manejar, que no controlar ni ocultar, es útil para una vida sana e íntegra. Las emociones nos sobrevienen como nos sobreviene el tiempo meteorológico, pero nosotros no somos la emoción. Somos la conciencia que observa la emoción, somos los observadores de nuestras propias emociones.

Lo mismo ocurre con los pensamientos en bucle. Si podemos observar las estructuras creadas en torno al género y reestructurarlo, observar lo que rodea e implica al sexo o a las relaciones sexuales y resignificarlo, podemos observar también que estos procesos no van a ser gratuitos, pensaremos muchas cosas y sentiremos muchas cosas. Ahora bien, de la misma manera que nos colocamos en posición de observadores, de testigos, para estar pendientes sobre el sexo y el género, podemos hacerlo con las emociones. Clasificar los registros emocionales que podemos tener y poderlos seleccionar en su expresión o momentos oportunos, creo que nos será útil en la práctica de la agamia.

Estas dos vías a mí me sirven para ejercitarme en vivir plenamente, cada instante con cada persona, ya sean mis hijos o mis vecinos o quien sea. Todos los días me equivoco. Cómo, si no, podría aprender.




viernes, 13 de febrero de 2015

50 Sombras de Grey: Erotismo hipoalergénico

por Assul Bendeck




     Los implicados directos en el caso de Ayotzinápan ya pueden respirar tranquilos por dejar de estar en el ojo del huracán; llega a las redes sociales una nueva invasión de contenido mediático que esta vez tiene que ver con el estreno de una película basada en un libro basado en otro libro basado a su vez en una profunda confusión que equipara la felicidad de la fémina promedio con el hecho de un macho alfa tome el control de absolutamente todos los aspectos de su vida.



              Me refiero, claro está, a la adaptación cinematográfica de 50 sombras de Grey. King ya dijo que es "porno para mamás" (discrepo, conozco varias mamás que se aburrirían a la tercera hoja), la comunidad BDSM ya se ofendió profundamente y comunicó a los cuatro vientos que ese libro no representa su filosofía, los clubs de fans de Crepúsculo están viendo severamente mermada su nómina en favor del engrosamiento de las grupis de Chistian Grey, la comunidad católico-cristiana produce frenéticamente un listado tras otro de "por qué no debes ver 50 Sombras de Grey"  que incluyen (y, literal, cito) "por que te excita" y "por que se presta a que abusen de ti", y, no lo sé de cierto, pero puede que Pedro Juan Gutiérrez ya tenga un nuevo ídolo y Sade esté por volver de la tumba sólo para conseguir los libros.


              Ya en serio, la verdad no hay mucho que decir al respecto. Confieso que esta entrada es simple y llanamente una dócil respuesta al llamado del morbo que me produce ver a tantas congéneres convencidas de que un sujeto guapísimo y multimillonario (permítaseme recurrir al siempre bien ponderado adjetivo "RMI") dándole nalgadas a una mujer sin un ápice de personalidad equivale a una revolución erótica en la literatura.  Hay lecturas para todo tipo de criterios, gustos y tabúes. El problema con 50 Sombras de Grey, a mi parecer, no estriba en el hecho de que el sexo allí representado está más sanitizado que un quirófano, ni en que genera expectativas irreales (cada quien debe responsabilizarse de las propias) o en que la narrativa, más que dejar mucho a desear, sea casi del todo inexistente. A mí lo que me molestó de las dos horas que dediqué al libro (saltándome toooda la paja en la que el protagonista estalkea sistemáticamente a la chica y ésta casi se desmaya de la emoción) es que, hasta dónde alcancé a leer, parte de la filosofía por la cual ella se deja atar las muñecas con pañuelos de seda y tapar los ojos con un antifaz monísimo (Dios mío!! qué transgresor!!!) es que está "liberando a su diosa interior" "accediendo a su feminidad sagrada" o alguna felación emocional parecida. Eso, y que ni siquiera toma responsabilidad sobre su propia decisión de dejarse dominar por que todo parece ser algo simple y llanamente "inevitable". ¿Así o más Kitsch?.



              ¿Por qué habríamos de justificar con tendencias New Age y políticamente correctas a los impulsos de sumisión y dominación que todos los seres humanos cargan en mayor o menor medida?   El masoqismo y el sadismo son eso: masoquismo y sadismo. Representan deseos extremosos, potencialmente peligrosos física y emocionalmente, actitudes que serían completamente inadaptadas en la vida cotidiana y posturas incómodas para el estatus quo. ¿No sería más honesto aceptar que todo eso forma parte de la naturaleza humana y hacernos medianamente responsables de nuestros propios impulsos, fueren los que fueren, sin andarlos maquillando?.

 

              Por cierto, que si el tal Grey no fuera asquerosamente guapo y pudiente, pasaría a ser un vil y vulgar pervertido de cuarta. Sospecho que un sutilísimo doble discurso se nos ha colado en el librero...

              Cri...cri...cri.


              publicado en:
                  http://0criterio.blogspot.com.es/


lunes, 2 de febrero de 2015

Las ebriedades afectivas (i). SOBREDOSIS GÁMICA

por Jesús Gil



             Una de las primeras cosas que ocurre cuando nos enamoramos, es que experimentamos un cambio brusco en nuestra consciencia; el objeto de nuestro amor cobra un significado especial. La persona enamorada suele volcar todas las energías y expectativas en su amadx; muy seguido, en detrimento de las demás relaciones. Se sabe de sobra que el enamorado es capaz de todo por esa pasión desbordante que le inspira su amada. Helena, Julieta, Eloisa, Eurícide, Beatriz, Isolda: los sentimientos amorosos se elevan a lo más alto, lo mismo que caen en los más profundos y oscuros abismos. Es esta suerte de “consciencia alterada”, en la que centraremos ahora nuestra atención.


En esta obcecada carrera amorosa, la persona enamorada construye los cimientos definitivos de lo que, tentativamente, culminará con el sacramento gámico último del matrimonio. Los vaivenes emocionales que ocasiona esta carrera, emanan precisamente de la ansiedad que produce a la persona enamorada la posibilidad de no ver realizada la empresa gámica. Las circunstancias adversas obligan a lxs enamoradxs a tomar decisiones radicales, con tal de garantizar la culminación de sus anhelos gámicos; y ciertamente, ese estado de enamoramiento, esa especie de borrachera afectiva les faculta en gran medida para tal fin. Los tamiles del sur de la India tienen una palabra para definir ese estado de sufrimiento romántico: mayakkam, que significa embriaguez, mareo, delirio.


Ahora que sabemos que la naturaleza neurobioquímica de este estado está íntimamente ligada a los mecanismos con que accionan ciertos compuestos farmacológicos, podemos sugerir que si el sexo es el sacramento del gamos, el enamoramiento puede ser entendido como el vehículo eucarístico gámico por antonomasia. Bajo esta lente, el enamoramiento es una herramienta de comunión extática, una especie de soma endógeno que anuncia la voluntad para la consumación del gamos, en tanto que la persona enamorada “no tiene ojos para nadie más” y está dispuesta a todo por su ser amadx. Bajo los efectos de esta ebriedad gámica, se moldean los destinos de lxs enamoradxs, al amparo de un modelo que alienta la radicalidad de este pacto que termina por moldear también los destinos del grupo.


La experiencia de estar enamoradx no es más que una especie de embriaguez endógena, alimentada por la filosofía del amor y asumida como rito de comunión gámico. En la consumación de este rito eucarístico se encuentran las raíces de la categorización gámica; ya que, por una parte, solemos enamorarnos de lo que la agamia llama el/la “guapx”; y por otra, sellamos sin muchos reparos ese pacto de exclusividad gámica que tanto se dificulta cumplir cuando los efectos de la droga han cedido. El modelo gámico nos empuja a asumir compromisos definitivos, a través de un mecanismo que es, por naturaleza, pasajero, momentáneo. Ciertamente, “sigue a tu corazón”, no es la respuesta que solemos dar a una persona borracha. Sin embargo, es ese el axioma que dicta el devenir afectivo del individuo tanto como del colectivo.


De modo que, para desmantelar la sobredosificación afectiva impuesta por el modelo gámico, es necesario asumir al enamoramiento como una experiencia que, si bien llega a ser catártica, no deja de ser pasajera. Si las personas enamoradas pueden ser más creativas, sensibles, empáticas, amables, felices, la agamia debe plantearse como una alternativa que considere el potencial que tienen este tipo de experiencias como herramientas de cohesión social; bajo el principio de la “ebriedad sobria”, aquella que faculta para el goce, mientras minimiza el sufrimiento. La construcción de una noción de “ebriedades afectivas”, se hace imperante si se pretende desmontar el entramado gámico, fuertemente sostenido en el ritual eucarístico endógeno mencionado.



Claro que, para estar en condiciones de construir cualquier noción asertiva de ebriedad afectiva, es necesario desmantelar de forma conjunta la noción prohibicionista que asegura que la ebriedad es un artificio potencialmente devastador para el ser humano. Sin la reintroducción cultural de los “vehículos embriagantes”, será imposible construir una noción efectiva en torno a la ebriedad que supone el estado de enamoramiento. Hace falta reconocer en la intoxicación una herramienta culturalmente válida, antes de estar en condiciones de demoler el rascacielos de la ebriedad gámica.








sábado, 13 de abril de 2013

Fanny Hill, memorias de una cortesana, o de la inmortalidad de la novela erótica

por Óscar Sánchez.

 

Hoy tengo por experiencia averiguado que únicamente los grandes santos y los grandes pecadores, poseen la virtud necesaria para huir de las tentaciones del amor.
Ramón María del Valle Inclán, Sonata de Verano.



El Poder, la Sabiduría, el Sexo… con estos u otros nombres, y seguramente en ese orden de importancia (en tanto que cada uno suele adueñarse fácilmente del siguiente), tal vez sean estos tres los juegos de los que más goza el ser humano, sus propias obsesiones predilectas, sus deportes más específicos, una vez que ve sus necesidades primordiales cubiertas, juegos a menudo peligrosos, amorales, duros, pero por ello mismo intensos, absorbentes, irresistibles. Al Poder juegan siempre unos pocos -el “Gran Juego” del Kim de Kipling-, como ocurre con la Sabiduría, a la que suele tener tan sospechosamente cerca, pero nos gusta pensar que en el juego del Sexo, es decir, del erotismo, participamos todos, efectiva o potencialmente. Y puede que sea así, en una mínima medida (para la cual, por cierto, también sería válido decir que todos participamos del poder y de la sabiduría: en tal reducido y oscuro nivel todos los gatos son pardos…), pero, desde luego, ni remotamente en igualdad de condiciones. La función de la literatura o el cine eróticos de hoy y de ayer quizá no sea más que la de democratizar no, por supuesto, el sexo mismo en su más lograda expresión, que es un bien suntuario o al menos decididamente escaso[1], sino la información, ilustración y edificación acerca de su uso y posibilidades. La avalancha actual de consumo “pornográfico” (en griego antiguo, exposición de la prostitución) en la red y fuera de ella en realidad no puede impedir esta sagrada misión, puesto que más bien ratifica la ignorancia, la violencia y el complejo de inferioridad al mostrarnos unas relaciones falseadas en las que especímenes hipertrofiados fornican con desgana. De hecho, no lo hace: la trilogía de Cincuenta sombras de Grey, al margen de su calidad o cuestionable moralidad, vende en todo el mundo casi tanto como Harry Potter, sin que este fenómeno nos lleve a pensar únicamente que de lo que se trata es de presentar la misma pornografía pero envuelta en el prestigio secular del formato/libro –más bien al contrario creo que, con la amplísima oferta del mercado sexual que nos rodea, nunca encontraremos a la lascivia acuciada en sus momentos de máxima urgencia hojeando febrilmente tomos de alta temperatura en una biblioteca o librería... 

Memoirs of a Woman of Pleasure, más conocido como Fanny Hill, es una novela de John Cleland publicada con el consabido escándalo en 1749 en Londres, y pronto condenada por las autoridades como era de esperar, pero cuyo éxito clandestino fue explosivo y creciente hasta que su edición legal fue aprobada en Reino Unido tan tarde como en 1970, o sea, 230 años después. Cleland estudió en Westminster, fue cónsul en Esmirna y se empleó en un puesto de relevancia en la Compañía de las Indias, con sede en Bombay. De vuelta a Londres, terminó en prisión por deudas y allí pulió, según parece, este relato erótico que había esbozado en los años 30. Cleland hubo de abjurar de su propia obra reprobándola de modo lamentable ante un juez, al cual suplicó perdón alegando los graves problemas económicos por los que atravesaba. Como estaba lejos de ser socialmente un Don Nadie, para que no volviera a suceder el gobierno le concedió una pensión vitalicia de 100 libras mensuales, pero, ¡derroteros guadianescos del vicio!, en 1765 incumplió su promesa escribiendo otro libro casquivano, para regocijo de su entonces amigo James Boswell, aquel golfo que escribió la que dicen mejor biografía literaria de la historia. El librero londinense que publicó Fanny Hill, Ralph Griffith, compró el manuscrito a su autor por veinte guineas, y en sucesivas ediciones del mismo ganó hasta diez mil libras esterlinas. Traducido desde el principio a numerosos idiomas, imitado, teatralizado, televisado, filmado… estamos, pues, ante un auténtico best-seller nacido del siglo ilustrado, del cual se ha escrito en los círculos académicos y eruditos -ignoro si maliciosa o elogiosamente-, que se trata de "la primera prosa pornográfica inglesa, y la primera pornografía que usa la forma de novela". Aquí no voy a incurrir en graves spoilers ni a transcribir pasajes escabrosos, que para eso está la degustación de la novela misma (mi edición es la de Akal de 1977, el año del punk); sólo comentaré algunos momentos literarios e ideológicos, dando los escarceos por supuestos, ya que, en este aspecto, el relato erótico no varía demasiado ni tiene por qué hacerlo, como el propio autor reconoce al inicio de la carta segunda por boca de Fanny:

 Imaginaba que os cansaríais y hastiaríais de la uniformidad de aventuras y expresiones, inseparables de un tema de esta especie, cuyo fondo o cimientos, por la naturaleza de las cosas, es eternamente el mismo, pues por mucha que sea la posible variedad de formas y modos a que las situaciones sean susceptibles, no es posible escapar de la repetición de casi las mismas imágenes, de iguales metáforas, de idénticas expresiones, y ha de aumentar este tedio que las palabras "gozo", "ardores", "transportes", "éxtasis", "deliquio" y los demás de estos términos tan propios al "ejercicio del placer" y tan usados en él que quedan manidos con el sobo y pierden gran parte del conveniente espíritu y vigor de resultas de la frecuencia con que es indispensable recurrir a ellos en un relato en el que ese "ejercicio" forma reconocidamente toda la base.

Lo cual significa que el propio Cleland sabía de una vasta tradición de escritura erótica, que casi podríamos remontar a la noche de los tiempos, de manera que siempre que hagamos una cala nos  encontraremos ya al final del género, sea cual sea su consideración literaria o la censura o represión epocales que la opriman. De hecho, dice Fanny, de lo que se trata siempre es de "experimentar alegrías cuyo único pecado me pareció ser el de su exceso", lo cual no es poco, y vivido lo cual con fruición otras prácticas más valoradas socialmente tal vez comiencen a parecernos de menos monta:

¿Acaso su capacidad de causar placer de tanta exquisitez no le elevaba y ennoblecía, a lo menor para mí? En cuanto a mí, que otros admiren y reverencien y recompensen el arte del pintor, del escultor o del músico en proporción a la delicia que en él hallen; más a mi edad y con mi afición al placer, el cual tan manifiesto se advierte en mi manera de ser, el talento para complacer que de la naturaleza dota a una persona constituía el mayor de los méritos, comparado con cual las vulgares preocupaciones que alaban los títulos, las dignidades, los honores y cosas de semejante especie tienen bien menguado valor. Y las bellezas corporales no se tendrían en tan poco si pudieran comprarse. 

Títulos, dignidades y honores que traicionan a sus propios poseedores, sobre todo a las mujeres:

Nos hacíamos visitas e imitábamos en todo lo que nos era dado las ruindades, insulseces e impertinencias en que las damas encopetadas se ocupan sin que nunca les pase por la cabeza que no puede darse en esta tierra nada más necio, vano, insípido y baladí que su forma de vida considerada en general. ¡Si los hombres las condenan, a ellos deberían tenerlos por tiranos!        

Hay más humanidad, más sentido de comunidad en la fraternidad del cálido prostíbulo al que va a parar Fanny, más allá o más acá de la Historia, de las convenciones, de la visibilidad social:   

El desprecio del temor, la modestia y la envidia era la regla, lo que hacía que, según los principios de su sociedad, cualquier satisfacción de los sentimientos que se perdiera quedaba compensada por el sabor picante de la variedad y por los encantos del desahogo y el lujo.  Las inventoras y patrocinadoras de esta institución secreta solían definirse en momentos en que sus humores bullían con más pujanza como las restauradoras de la edad de oro y de sus sencillos placeres antes de que su candor quedara injustamente estigmatizado como culpado y bochornoso.  

No obstante, ello no excluye el refinamiento de las demás dimensiones de la persona entregada al placer, pues se trata de no renunciar a nada que potencie las pasiones alegres, como diría Spinoza:

(...) Él fue quien me enseño antes que nadie que los placeres de la mente son superiores a los del cuerpo y que no son por ello contradictorios o incompatibles; y que además de ofrecernos el deleite del cambio y la diversidad, el uno sirve para exaltar y depurar el gusto del otro en grado que los sentidos por sí solos no pueden alcanzar.        


Tiene lugar, incluso, un episodio de sadismo avant la lettre al que el Divino Marqués jamás hubiera dado entrada en su obra, puesto que se muestra respetuoso con las aficiones del desdichado perverso así como con los dolores libremente aceptados de Fanny, a la que no se pretende convencer de nada. Cleland es anterior a Sade, y su estilo de aleccionar es menos rudo, su pedagogía erótica benéfica y no violenta, y hasta su prosa es florida, sin los exabruptos y groserías típicas del francés:

Permitidme asimismo que os presente una excusa que sé os debo por haber recurrido quizá desmedidamente al estilo figurado, aunque en nada debiera juzgársele más legítimo que tratando de un tema que tan propiamente pertenece al campo de la poesía, que en realidad es poesía en sí mismo y tan colmado está de todas las flores de la imaginación y de amables metáforas incluso si los términos naturales no quedaran necesariamente prohibidos por el respeto debido a las costumbres y a la eufonía.        

Es cierto que Cleland idealiza la vida marginal, y en general Fanny tiene una suerte inverosímil en su carrera de cortesana -en “los usos de la ciudad”, dice ella- proveniente de la miseria del campo. Los clientes del establecimiento, adinerados, educados, son constantemente un dechado de galantería:

  Los hombres no saben en general lo mucho que perjudican sus propios placeres cuando olvidan el respeto y la ternura que nuestro sexo merece incluso cuando se trata de quienes viven de complacerlos.

Fanny ha tenido una iniciación sáfica, pero prefiere decididamente a los hombres. Cleland hace una descripción del descubrimiento del cuerpo masculino (incluso los testículos le parecen a la protagonista dotados de las "únicas arrugas que complacen") que seguramente sea pionera y escasamente imitada después, pero que le valió la acusación de homosexualidad, por lo cual, en mi opinión, introduce más adelante un vislumbre del amor entre hombres al que tacha, más que de antinatural o inmoral -que es lo mismo-, de ridículo. Es decir, su forzada homofobia se encuentra más cómoda denunciando lo grotesco del comportamiento de varones que hacen el papel de hembras que por el acto sexual en sí. Igualmente, y adivinando los peligros que se ciernen sobre su persona cuando el libro se difunda, termina esbozando una apología de la realización en plenitud del sexo en el amor que él mismo ofrece indicios clarísimos de no creerse en absoluto más que de cara a la galería. Por ejemplo, y mucho antes de la famosa conclusión, cuando escribe que cierto hombre quiso  "apoderarse de mi persona, cuyos encantos, por cierto, fueron el único objeto de su pasión, lo cual, naturalmente, no podía cimentar un amor delicado ni uno muy duradero", se contradice con esto otro:

y la verdad es que tan extremado era el gusto que en él hallaba que es distinción bizantina decir que no le amaba.

Genial. ¿Y es que no es el Amor otra de las trampas en las que el erotismo es secuestrado, manipulado, enajenado, por el Poder, por la Sabiduría...? La clave del sexo probablemente resida en el fracaso de la masturbación (la maldición de Onán, que en la novela llaman "el fantasma del placer en lugar de su substancia”), por un lado, que nos obliga a salir del encierro de nuestros propios cuerpos, y, después, en la negación eventual del imperativo biológico de la reproducción (Onán, de hecho, no es castigado por su acto, sino por no dar lugar a descendencia, como ocurre prácticamente en toda la Biblia), en favor del derroche gratuito de las fuerzas. Decenas miles de adolescentes lo están experimentando ahora mismo sobre toda la faz de la Tierra, y su vida ya no volverá nunca a ser la misma, para bien y para mal. La literatura erótica se compone de esos relatos "especiales" que reclaman no el lector ideal o "modelo" de Umberto Eco, sino un lector ciertamente impuro, que desea pasar a la acción y no sólo leer, o leer acerca de los que pasan a la acción, como hiciera a su manera Alonso Quijano, con todo su cuerpo y también con su alma, y para el cual cierta Edad de Oro puede ser evocada un instante antes de que llegue inexorablemente la de plata, y luego la de bronce, y finalmente la de hierro... "Poesía en sí mismo", dice Fanny guiada por Cleland, el género erótico puede cansar, pero también crear afición, precisamente porque las señas de identidad de una época o una cultura determinada no lo alteran demasiado, de ahí que nos entendamos con él inmediatamente y logre su efecto -estético y sensual- sin excesivas preparaciones cultas o eruditas, rompiendo las pesadas barreras del espacio y el tiempo a favor de una simulación sensorial de aquella eternidad en el instante que buscaba Heine.

El dos de marzo de1750 se produjo un pequeño terremoto cerca de Londres: he leído que algunos estudiosos ingleses lo atribuyen al impacto de estas Memoirs of a Woman of Pleasure.


[1] Acerca de la dificultad de acceso al sexo bueno, no envilecido, aquel que no sirve a otro fin que al de fundar relaciones erótico-sentimentales entre personas, el blog de mi amigo Israel Sánchez: http://www.contraelamor.com/