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lunes, 30 de octubre de 2017

socavando la belleza normativa.


No nos gusta el modo en el que el valor sociosexual jerarquiza nuestras relaciones.

No nos gusta que las personas con más vss estén no sólo sexosentimentalmente favorecidas sino que su favorecimiento se extienda hasta convertirlas directamente en líderes del grupo. Y no nos gusta que las personas que ocupan los lugares más bajos sufran, además, del desfavorecimiento sexosentimental.

Ésa es la razón por la que nuestros grupos tiendan a estar formados por personas con un vss similar.

Sucede así en los grupos de ocio (de amigxs), en los que ninguna razón determina a priori sus integrantes (como sucede en la familia, el trabajo…). No significa que estos grupos no se jerarquicen también, dado que ésa es la tendencia natural del vss. Pero al menos lo hacen con un nivel de incertidumbre que implica dinamismo y, por ello, cierta equidad. Si los grupos estuvieran abiertos a cualquier nivel de vss, como sucede, por ejemplo, en el ámbito laboral, nos encontraríamos en nuestros espacios vinculares cercanos con el vasallaje más crudo y estratificado.

A pesar de este desagrado que nos produce la dinámica del vss, nos preguntamos si tiene sentido buscar una alternativa, y si cualquier alternativa no será aún peor.

Éste pretende ser un post eminentemente práctico, de modo que pasaré ya a un ejemplo que, por serlo, incluirá multitud de elementos sobre los que no se ha hecho hincapié en la presentación. Obviémoslos en lo posible.

Vamos a ver un caso en el que un poder originalmente diferente se inserta en la dinámica del vss, las distintas formas en que puede hacerlo, y cómo modifica cada una de ellas esa dinámica.

En los colectivos no monógamos nos encontramos con frecuencia una muy deseable mezcla de edades. Reivindicarlo es hacer de la necesidad virtud, pero entre las virtudes reales que ya podemos reivindicar está el haber pasado por ello, de modo que aprovechémoslo para reflexionar.

La razón por la que los grupos de ocio son generacionales no es sólo la diferencia de intereses. Echad un vistazo a los que conozcáis. La edad influye en el vss, y eso genera dinámicas concretas por parte de los grupos, tanto de asimilación de aquellos sujetos de vss similar como de expulsión de los que constituyen una amenaza, tanto por exceso como por defecto de vss.

Hasta determinada edad, y en líneas generales, acumular años es acumular experiencia sin pérdida de belleza normativa (o incluso con ganancia, pero simplifiquemos) y, por consiguiente, de vss. A partir de dicha edad la acumulación de experiencia va acompañada de una pérdida de belleza normativa que puede o no ser compensada por aquélla. Esta regla obivia y general enseña a las personas y a los grupos a reaccionar espontáneamente al vss implicado por la edad.

¿Qué sucede cuando una persona de una edad sensiblemente superior (10-15 años) a la edad típica del grupo se integra en él de manera estable? Seguramente os van a sonar todas las variaciones.

-Su experiencia convierte a esa persona en líder alfa (es decir, líder preeminente, visible, referente. En la mayoría de las ocasiones hablamos, lógicamente, de un hombre) del grupo.

Se convierte en la cima de la pirámide de vss y acumula privilegios. El liderazgo por edad se naturaliza y lxs líderes previos, de edad típica e inferior, quedan relegadxs.

La intuición de esta posibilidad es una de las principales razones por las que el grupo tiende a cerrarse a estos individuos, y por las que nuestra cultura tiene naturalizada la idea de que no es bueno que las edades se mezclen. Si nuestra cultura fuera coherente también condenaría que se mezclaran los distintos niveles de belleza normativa. En realidad, en cierta forma, lo condena.

Si hay algo especialmente repugnante en la actual forma de estetizar la madurez es presentarla como otro modo de frivolidad.
Se pierde así la oportunidad de combatir la belleza normativa consumista con un valor tan interesante como la experiencia.

-Su experiencia se muestra insuficiente (porque no es bastante o porque no compensa su inferioridad en otros valores) para convertir a la persona en líder alfa.

Ocupa entonces cualquier otro puesto en el ranking de vss. Si esa persona asume su posición de manera cordial tiende a producirse una cierta invisibilización de la diferencia de edad. La jerarquía del grupo asimila al sujeto diferente.  La edad típica del grupo prevalece como virtud por sobre la de la persona de mayor edad, y ésta tiende a perder conciencia de ella. Nos encontramos con una persona que, con frecuencia, vista desde fuera, nos resulta infantilizada, o que es percibida como alguien que acepta ser infantilizadx a cambio de un determinado vss.

-Su experiencia se muestra insuficiente para convertir a la persona en líder alfa, pero ella se resiste a aceptar la posición en la que la coloca el grupo.

En estas ocasiones la experiencia se sobrerrepresenta. La persona la reivindica continuamente, a la vez que el resto del grupo la rechaza (“¡pesadx! ¡rancix!”) o la confina a una valoración de escaso rédito sociosexual (“graciosx, cebolletx…”). Estas personas exacerban habitualmente la competitividad dentro del grupo y tienden a generar afiliaciones (subgrupos de vss específico donde se encuentran quienes sí conceden vss a la experiencia) que pueden llevar a la escisión. Esta competitividad extrema las valoraciones individuales hacia ellxs (la mayoría lxs considera de poco vss, mientras que unxs pocxs lxs consideran de mucho), haciendo depender su éxito sociosexual de la existencia de juicios extremos favorables.

En estas tres variaciones no aparece, o apenas lo hace, otra cosa que no sea la pura competitividad gámica.

Son tres sujetos diferentes al sujeto típico del grupo, que compiten desde sus poderes propios, reforzando con ello la dinámica del vss como valor genérico capaz de asimilar cualquier otro. Si entendemos la belleza normativa como principal factor determinante del vss del grupo, en estas variaciones simplificadas la experiencia se pone al servicio de la competitividad sociosexual, pugnando por prevalecer sobre dicha belleza. Allí donde lo logra (primera variación y parte de la tercera) nos encontramos con la distopía con la que amenazan quienes se aferran al mal menor de nuestro presente vss: la experiencia, la edad, ¡la vejez misma como vss! La sustitución, sin embargo, es trivial, porque el vss es el deseo mismo, y se acumule donde se acumule, sea rosa o espina, es experimentado como deseo sano.

En los tres ejemplos presentados hasta ahora la experiencia no ha determinado en nada la naturaleza de la competición. Sigue siendo el gamos lo que lo hace.

-Existe una cuarta variación, que también nos resultará familiar. La llamaré la de “sujeto de poder latente”, y consiste en no dedicar las fuerzas a competir por vss. Cuando esas fuerzas se dedican a asegurar una posición propia justa en el grupo e, incluso, a asegurar que el grupo proporcione posiciones justas a sus integrantes, podemos hablar de “sujeto justo” (se vuelve prescindible añadir “de poder latente” porque el sujeto justo “ajusta” de suyo el uso de su poder). Este poder, que puede estar más o menos cerca del poder del/a líder/esa visible, es ya una alternativa no sólo a la belleza normativa, sino a la propia dinámica del vss.

La gestión que de su poder hace el sujeto de poder latente del ejemplo puede ser justa o injusta, pero la probabilidad de que sea justa es superior a la del poder que dimana de la belleza normativa, porque la experiencia conlleva un desarrollo humano no implicado en aquélla (a no ser que queramos trabajar la hipótesis de que lxs guapxs tienen más gusto estético, y que el gusto estético es inteligencia… pero eso nos acercaría peligrosamente a defender la inteligencia de modelos por ser modelos o de futbolistas por ser futbolistas).

Podemos encontrar ejemplos de latencia abiertamente injusta (poder secreto que busca sorprender o que confabula, cuando lo hace con fines injustos), pero normalmente la latencia es una renuncia a la optimización de la explotación del poder, y apunta, por lo tanto, a un comportamiento virtuoso.

Si entendemos que el poder es la capacidad de obrar, y la autoridad la legitimidad para obrar, podemos decir que el uso virtuoso del poder consiste en el reparto justo de autoridad, de modo que el poder original desaparece, quedando, normalmente, latente.

La experiencia es sólo un ejemplo de valor cuyo funcionamiento con respecto a la gestión justa del grupo es diferente al de la belleza normativa. No quiere esto decir que sea el valor sustituto que buscamos. Lo que se pretende es persuadir de que la sustitución de la belleza normativa por otras formas de vss abre la posibilidad a que esos nuevos valores puedan deconstruir la competitividad sociosexual. Hace falta que sean los valores adecuados, y que se ejerzan también sobre la acumulación misma del poder.


miércoles, 11 de octubre de 2017

¿son tontxs lxs guapxs?


Lxs guapxs no son tontxs. Ya está bien. ¿Hasta donde vamos a llegar con el cliché de la rubia boba y el cachas cavernícola? Prejuicios, prejuicios y más prejuicios. ¿Qué tendrá que ver el cuerpo con la inteligencia?

Te propongo un experimento. Busca una imagen de una persona que corresponda a tu orientación sexual, a la que no conozcas, y que consideres muy guapa. Eso es, pon guapx en google y elige de entre los resultados que obtengas.

Ahora imagina una conversación con ella. Ya, ya sé que esa persona no se dignaría jamás a hablarte. El resto de la comunidad del blog se solidariza contigo. Va. Haz un alarde de fantasía. Ánimo.

Tómate tu tiempo, déjate llevar. Hablad.
¿Ya habéis charlado un rato? Bien. Déjame que te cuente algo.

En 1974, Berscheid y Dion estudiaron el efecto del atractivo físico en las atribuciones caracterológicas en la infancia. Para ello utilizaron a 77 niñxs, de diversas edades, y 14 adultxs. Lxs adultxs se encargaron de determinar el atractivo de lxs niñxs, y estxs de realizar las atribuciones caracterológicas (conductuales, en realidad).

La conclusión a la que llegaron, en resumidas cuentas, era que el atractivo percibido por lxs adultxs correlacionaba con la atribución de conductas positivas por parte de sus pares, especialmente si éstas coincidían con el correspondiente estereotipo de género. Es decir que las niñas más guapas eran consideradas por sus compañerxs como más afectuosas, responsables y ordenadas, y los niños más guapos eran valorados como mejores y más equitativos líderes.

Yo generalizaría, yo, y diría que la belleza (el atractivo) es leída como una marca de corrección, y que se extiende a todos los ámbitos, incluidos tanto el ético (ser buenx) como el dianoético (ser inteligente). El hecho mismo de identificar belleza y atractivo (error en el que cae el estudio) implica ya esta atribución, pues refleja que la cualidad de la belleza tiene un correlato automático en la voluntad (atrae), es decir, que el resto de los factores, dado que no pueden ser considerados triviales (bondad, inteligencia) han de ser considerados incluidos.

En el estudio no aparecía valorada explícitamente la inteligencia. No conozco, además, ningún estudio sobre adultos en el que se correlacione atribución de inteligencia y atractivo, aunque Berscheid y Dion realizaron otros en los que se correlacionaban con el atractivo diversas conductas, como la elección de pareja para una cita.

Mi hipótesis es que pensar que esta conducta es propia de niñxs es muy optimista (de hecho diría que lxs propixs investigadorxs no quisieron comprobar si algo así ocurría ente niñxs, sino si ocurría también entre niñxs, dando por hecho que ocurría entre adultxs).

Pero, como decía, no dispongo de datos. Aunque, si no recuerdo mal, teníamos un experimento a medias.

¿Volvemos a tu conversación?

Contéstate a una sencilla pregunta: ¿ha sido una conversación inteligente?

Estoy seguro de que sí. Estoy seguro de que no sólo has tendido a idealizar el encuentro, sino que has tenido la sensación de que necesitabas emplearte a fondo para estar a la altura.

Parece, se diría, que no es este prejuicio de atribuir estupidez a la gente guapa el que nos atenaza, sino, muy posiblemente, justo el inverso. No sólo la inteligencia, sino el resto de virtudes éticas y dianoéticas correlacionan con el atractivo. La persona atractiva no es sólo inteligente, también es equilibrada, justa, limpia… sí, sí. Limpia. ¿Verdad que la persona del experimento olía bien? ¿Y su voz? Templada. Perfecta.

Una persona inatractiva, al contrario, conlleva todas las atribuciones opuestas. Para qué regodearnos describiéndolas. Para qué.

Lo que me interesa señalar aquí es algo sencillísimo, pero que se nos suele pasar por alto. Estas atribuciones son atribuciones. Efectivamente. Son falsas. Con ellas le hacemos el juego a la lógica del valor sociosexual: Quien dispone de mayor valor sociosexual lo acumula continua y automáticamente. Quien no dispone de él lo pierde a chorros haga lo que haga. Y la culpa es nuestra, porque atribuimos mentiras. Porque juzgamos falsos olores. Falsas bondades. Falsas inteligencias. Y, por supuesto, por trivial que sea esto (para quien haya logrado que lo sea), falsas habilidades sexuales.

Pero entonces, ¿es que no existen los estereotipos de la rubia (guapa) tonta y del cachas cavernícola? Por supuesto que existen. Dos palabras sobre prejuicios:

Los prejuicios no son juicios equivocados, sino generalizaciones excesivas. Sí, a veces tan excesivas que su porcentaje de verdad se reduce dramáticamente. Pero eso no los invalida como recurso general. Ni siquiera a ésos tan supuestamente terribles en los que estáis pensando ahora.

Los prejuicios no se combaten con información, como se dice habitualmente (ni viajando, menuda chorrada), porque más información genera más espacios de conocimiento y más cuestiones nuevas sobre las que formamos prejuicios. Los prejuicios se combaten sabiendo que lo son, es decir, valorando equilibradamente su peso en la formación de nuestra opinión.

Deshagámonos de los prejuicios hacia los prejuicios.

Hay, ahora lo vemos, buenas razones para que se hayan formado prejuicios contra lxs guapxs normativxs.

La primera es que se trata de un prejuicio correctivo que sirve para compensar el otro que, como hemos visto, es mucho más universal.

La segunda es que un cuerpo normativo, bien leído, nos habla de obediencia y embrutecimiento. Claro que es una generalización grosera. Pero más grosero, o más estúpido, es obviar la evidencia de que quien se pasa el 50% de su ocio en un gimnasio pierde el 50% de oportunidades de estimular su psique con algo de más interés que su rutina laboral. Que quien realizar esa elección, y las infinitas elecciones restantes que le permiten coincidir con el aspecto normativo, es muy probable que venga ya perjudicadx de serie. Y que por muy inteligente y adaptativa que, concedamos la excepción, haya sido su elección, el tipo de entorno social al que lo entrega implica un exterminio neuronal.

Lxs guapxs no son imbéciles, porque están vinculadxs a la clase alta y, por ello, a la formación y la información. Y, ¿sabéis? De ahí parte la tercera razón por la que existe el prejuicio que ha suscitado esta reflexión. La atribución de estupidez al atractivo es, también, un prejuicio de clase. De entre las mujeres guapas, la tonta es la rubia tonta, porque es la guapa pobre. De entre los hombres guapos, el cachas cavernícola es el tonto, porque es el pobre machacado en el gimnasio municipal. Al cachas no cavernícola y a la guapa no tonta lxs tenemos tan naturalizadxs como atractivxs que ni vemos que están también forrados de ese aspecto forzosamente estúpido. Nuestro tan odioso prejuicio contra lxs pobres guapxs ni siquiera tiene poder suficiente como para alcanzar a quien debería ir dirigido e incorporarse a los mecanismos defensivos de clase. Es otra de las máximas que nos envían desde allí arriba para que nos despreciemos: vuestrxs guapxs son falsxs guapxs, porque aunque lleguen a ser guapxs, siempre serán tan tontxs como todxs vosotrxs. Nuestra belleza, al contrario, es verdadera, y como tal, síntoma del resto de las virtudes que nos adornan. Nuestra belleza es inteligencia. Repetidlo con nosotrxs: los ricxs nacen bellxs y fuertes. No necesitan pasar por el gimnasio.

El 99% de quienes hayáis llegado hasta aquí lo habréis hecho de corrido, sin realizar el experimento. O al menos es lo que habría hecho yo. Ahora tendréis vuestra opinión sobre lo que cuento, pero tal vez algunx de vosotrxs penséis “vaya, me gustaría tener la prueba empírica”.

No os preocupéis. No os preocupéis lo más mínimo.

La vais a tener.

En cuanto os olvidéis del texto y vuestro pensamiento vuelva a sus atribuciones automáticas sobre inteligencia os la vais a encontrar a raudales.

En unos minutos.

Tenemos el hábito arraigadísimo de esa lectura equivocada. Y la necesidad de cambiarlo; ésa también la tenemos.


miércoles, 24 de mayo de 2017

¡cuestionando la belleza normativa!... pero no tanto.


Como el tema de la próxima quedada del grupo de Facebook es el valor sociosexual (VSS) he posteado en él este ya celebérrimo vídeo con el texto “veis/oís algo raro?”

Ha sido un error, porque yo ya tenía pensado qué era eso raro de lo que quería hablar, y con lo que me he encontrado ha sido con que la gente del grupo se/nos ha regalado un montón de análisis diferentes, relacionando siempre el vídeo con el VSS, a cuál más interesante, y que darían, todos, para su propio texto.

Así que he decidido hacer una entrada con mi idea original. Para ver las restantes os remito al grupo y a que, si no sois miembros, me solicitéis que os agregue por el medio que prefiráis.

En fin, éste es el chirrido que a mí me ha sonado más estridente:

Resulta obvio que lo que se nos presenta es una apología de la desnormativización del canon de belleza. Se nos está transmitiendo ese mensaje tan popular de que cualquier persona es hermosa, de que las cosas que habitualmente hemos considerado desagradables no lo son tanto si superamos prejuicios, de que la belleza se da en muchas formas, no sólo en las más frecuentes, promediadas o convencionales,… Mil etcéteras; os sonarán todas.
Se nos dice esto mediante un ejemplo exitoso en el que una persona con una característica que el patrón normativo considera un defecto “triunfa” en su cita, en vez de ser rechazada por aquella otra a la que ha sido presentada.

Y mientras nos regodeamos en el final feliz que representa la realización de la utopía, ella nos cuenta lo mucho que la apoyó su padre desde niña, y nos dice: “me enamoraría de alguien como mi padre. Bueno, un poco más alto.”

Espera…

¿Quieres decir que si te hubieran presentado a alguien con la altura de tu padre le habrías dicho “aspiro a que mi alopecia se integre en el canon de belleza, del que te dejo fuera por enano”?

Pues claro. Exactamente eso.

Los ataques al canon de belleza normativa vienen siendo así de ingenuos y, por supuesto, de estériles. Parece que la lógica del VSS, ésa que dice, simple y llanamente, que el VSS es el mejor predictor en la formación de relaciones porque los sujetos procuran, por encima de cualquier otra consideración, obtener el máximo VSS posible, es algo más que el síntoma de una moda.

Lo que quiero traer aquí, apoyado precisamente por el ejemplo del vídeo, son algunas características de estos supuestos ataques al canon que demostrarían que no hay tales ataques, dado que estos se realiza estrictamente dentro de la lógica de la optimización del VSS y, por lo tanto, de la competitividad clasista e, incluso, de la exacerbación, tanto de ésta, como de la estética que dice cuestionar.

Estas características no están sólo presentes en campañas mediáticas y grandes hits hiperretuiteados. Están en nuestro discurso, en nuestra manera de hacer como que combatimos el canon sin poner en peligro nuestro VSS, en nuestra reivindicación constante de que nosotrxs no participamos de eso que todxs hacen. Y, por supuesto, en nuestra resistencia desesperada, traumatizada, a reconocer que, en la búsqueda del amor, estamos representados por una cifra.

Veámoslas:

1-En todos estos cuestionamientos hay un sujeto estéticamente marginal que se reivindica a sí mismo cómo objeto de deseo. La razón que respalda esta reivindicación es el derecho inalienable a considerarse especial y, por lo tanto, “como las personas guapas” (es decir, no hay razón alguna, más allá de la fe voluntarista en unx mismx. Frente a la lógica del VSS, el mismo pensamiento mágico que el neoliberalismo impone a lxs emprendedorxs).

2-En todos ellos, el sujeto protagonista no se cuestiona su propio deseo. Parte inalienable de la dignidad reivindicada es poder elegir, y la posibilidad de elegir sólo puede representarse eligiendo aquello que todo el mundo elegiría. Escapando del disciplinamiento al que la lógica del VSS somete a las personas reales, estos sujetos creados por su propio discurso se caracterizan porque nunca se desearían a sí mismxs.

3-Mediante la separación entre personajes sujeto y personajes objeto, se invisibiliza la contradicción entre el punto 1 y el punto 2. Si echamos un vistazo general al conjunto de todos estos discursos reivindicativos, el resultado es un paisaje absurdo: un montón de personas ejerciendo a la vez su derecho a pedir algo y su derecho a no escuchar las peticiones del resto. La propuesta es una sociedad en la que cada individuo grita “¡soy más guapx de lo que creéis!” mientras se tapa los oídos para no oír el grito de todxs lxs restantes, confiando en que eso le ayude a ser escuchado. Es decir, una exacerbación suicida de la competición, en la que todas las energías están puestas en competir.

4-Se representa una elección contra la lógica del VSS que es siempre tramposa. Quien dice elegir sin atender al canon lo hace sólo en la medida en la que su opción corresponde con su VSS. No cuestionamos la lógica del VSS por elegir personas con poco VSS, sino por elegir a aquellas que tienen menos VSS que nosotrxs. Y no por elegir a quien tiene menos VSS del que nos atribuimos en nuestro discurso (que es, por lo tanto, una forma de marketing) sino del que tenemos en realidad. Y eso no es lo que aparece en estos supuestos cuestionamientos.

La lógica del VSS es respetada como una ley de hierro. En el ejemplo del vídeo, la mujer, una vez mostrada su alopecia, no reduce su VSS a uno por debajo del hombre con el que cena; antes al contrario, lo aproxima al de él. Si bien se produce un efecto normalizador (y por lo tanto deseable) de la alopecia, esta normalización sólo consiste en la inclusión de la alopecia en lo cuantificable como VSS. La inclusión de la característica marginal reivindicada se realiza a cambio de características normativas compensatorias, de modo que el VSS no sufra merma. El objetivo es evitar que haya individuos que se consideren a sí mismxs fuera del mercado.

No se trata de que la mujer del vídeo deje de ser juzgada por su alopecia, sino, precisamente, de que sea juzgada por ella; de que la alopecia aparezca también como factor mercantilizable. “Te queda bien”, le dice su compañero. “Aunque te quedaría mejor tener pelo”, podría haber añadido. “Si tuviera pelo no estaría cenando contigo”, apostillaría entonces el VSS.


lunes, 29 de agosto de 2016

las personas no están buenas. erradicando las valoraciones estéticas.


Estamos convencidxs de que debemos buscar un modelo relacional justo. Algunas personas incluso estamos convencidas de que el modelo hegemónico no lo es, y de que nos acercaremos más si proponemos una alternativa.

Pero tenemos pocas posibilidades de triunfar mientras ese modelo no vaya acompañado de un cambio creíble en el funcionamiento de la atracción.

Mientras las personas dispongan de atractivos desiguales y distribuidos al azar, ese azar se traducirá en desigualdad e injusticia. Cualquier igualdad alcanzada en cualquier otro ámbito sólo servirá para que la desigualdad en el del atractivo se convierta cada vez más en el centro y fuente de todas las desigualdades.

El mundo utópico en el que todas las personas nos relacionamos en igualdad de poder se convertiría, automáticamente, en distopía kalocrática, es decir, en el gobierno de lxs bellxs. Las personas más bellas tendrían la capacidad de disponer de todas las otras. Las personas menos bellas no dispondrían de nada y se verían en la obligación de someterse a los contratros sexosentimentales desiguales que las personas más bellas les ofrecieran. Inmediatamente la desigualdad en el atractivo se contagiaría otra vez al resto de los ámbitos hasta disolverse en un nuevo sistema de desigualdades múltiples, interseccionales y transversales.

Así que no nos engañemos: todo nuestro afán de justicia sexosentimental es un brindis al sol mientras nos sigan atrayendo los mismos arquetipos de belleza que conforman la desigualdad contra la que nos rebelamos.

Un saludo a todas las personas que han dejado de leer porque piensan que nada se puede hacer contra la atracción “natural”, o que sería muy bonito que nos gustaran las personas no atractivas, pero que ese mundo bonito les parece en sí tan inatractivo que prefieren resignarse a la lucha diaria por conseguir una pareja un poquito más guapa. Sigamos lxs fuertes.
Si un modelo alternativo generalizado nos parece una idea demasiado especulativa para tomarla en serio, pensemos entonces en un grupo reducido, en el que se consiguen unas buenas relaciones en términos generales y en el que el modelo relacional está aceptablemente consensuado. Ese grupo en el que las cosas funcionan como el mundo debería funcionar, y con el que todxs fantaseamos un poco, porque a todxs nos falta en alguna medida.

Pues bien, podemos imaginar perfectamente cómo se jerarquizaría este grupo y cuál sería el escape de poder arbitrario que lo desestabilizaría: la distribución azarosa del atractivo. El grupo estaría siempre condenado en alguna medida a subordinar su proyecto de convivencia a las aspiraciones de cada individuo a alcanzar sexosentimentalmente a miembros del grupo con mayor valor sociosexual, dado que esta aspiración sería necesariamente entendida como legítima (si otrxs disfrutan de ello, ¿por qué no yo?)

Nos encontramos frecuentemente con propuestas de diversificación del modelo. Se nos pide que dejemos de pensar sólo en el modelo hegemónico de belleza o que nos dejemos llevar por otros. El plan es convertir a todos los cuerpos en su propio arquetipo de belleza. Que desarrollemos la capacidad de ver a todas las personas como potenciales cuerpos perfectos.

Pero ese plan no funciona. Por razones que no terminamos de querer reconocer solemos dejar ese trabajo a lxs demás. Nos parece muy bien que otras personas adoren lo que para nosotrxs son defectos. Menos mal, en realidad, que lo hacen, porque nosotrxs seríamos incapaces. De ese trabajo solidario sí que no vamos a poder encargarnos. Nos gustaría, pero es que nos es imposible: a nosotrxs nos siguen gustando lxs guapxs de toda la vida.

La diversificación no funciona porque no tenemos buenas razones para diversificar. Por definición, la diversificación es el establecimiento de múltiples luchas individuales. En el caso del modelo de belleza, la lucha individual por imponerse a sí mismx como modelo alternativo de belleza. Cuando todo el mundo es un modelo de belleza, cada modelo de belleza tiene como fuerza de imposición social a una sola persona. Una gota más en un océano caótico donde la verdadera fuerza de la marea sigue estando en el modelo hegemónico, ya que ése sí recibe energía de cada individuo: el tributo universal a una supuesta belleza objetiva.

Necesitamos un movimiento coordinado. Y para coordinarnos necesitamos una alternativa.

Este texto no trata sobre el modelo alternativo y el modo de fortalecerlo. Trata de la otra parte necesaria en esta lucha: el debilitamiento del modelo hegemónico. Si queremos que el estereotipo de belleza deje de minar nuestra no monogamia necesitamos enfrentarnos directamente a él, desde nuestra condición de individuos deseantes.

Debemos elegir si queremos o no queremos desear a las personas por su belleza hegemónica. Será después cuando empecemos a plantearnos el modo y la medida en la que podemos lograrlo. Pero el punto de partida debe ser la declaración de principios, sin culpa por saber que no vamos a lograr una victoria inmediata ni sobre nuestro entorno cultural ni sobre nuestra forma de desear. Pero sin refugiarnos en la resignación para entregarnos de nuevo a la belleza impuesta.

Si de verdad creemos que este modelo debe ser combatido, entonces la belleza hegemónica pasa a la cesta de las categorías condenables. Tenemos mucha práctica. Deconstruimos continuamente nuestra moral opresora. Aprendemos un día que no debemos hacer chistes de negrxs, porque la gracia de lo negro se encuentra, sobre todo, en el desprecio hacia lo negro, y nuestro chiste refuerza ese desprecio. Del mismo modo aprendemos a no ensalzar lo blanco, porque entendemos que aunque en lo más profundo lo blanco nos gusta un poquito más, esto sucede porque no hemos terminado nuestro trabajo, y aunque a veces nos viene bien confesar que el trabajo se resiste, tenemos que medir esas confesiones, porque con ellas podemos poner en peligro el trabajo de otrxs.

Por eso debemos erradicar las valoraciones sobre la belleza. Se acabó. No más “tíxs buenxs”. No más miradas devotas, no más análisis justificativos. Fuera de nuestro lenguaje ese reconocimiento supuestamente objetivo e inevitable. Fuera de nuestro discurso y de nuestra conversación esa verdad que contribuimos a imponer cada vez que la traemos de nuevo al espacio común.

Aprendamos a vivir con ello mientras lo matamos por inanición. Aprendamos a despreciarlo y a distinguir los espacios en los que aún manda de aquellos espacios que le vamos a pelear. Aprendamos a integrar en nuestra moral la justicia estética como aprendemos cada día a integrar la justicia de clase, raza o género.

-¿Has visto qué buenx está esx?

-No, no lo he visto. Y no me lo vuelvas a señalar.

sesiones de ORIENTACIÓN RELACIONAL

martes, 26 de enero de 2016

me gustan las barbas


Me dice una amiga que le gustan las barbas.

Estaba deseando tener esta conversación, así que voy al grano:

-No sé qué son “las barbas”.

Me mira un poco seria, porque me conoce. Espera unos segundos. Deja caer levemente los párpados y, con la mirada perdida, dice:

-Las barbas: Eso que lleva la gente ahora, no sé si te has fijado. Son unos pelos que salen de la cara. Se dejan crecer y cuando ya están todos ahí, entonces tienes barba. Las barbas, Israel. Las barbas. Me gustan. Venga. ¿Qué vas a decir?

Me toco un poco la cara y compruebo que mis pelos no son largos. Me acabo de afeitar, en realidad, y su longitud es estrictamente la que dista de la raíz a la superficie de la piel. No tengo, por lo tanto, una barba.

-Creo que sé a lo que te refieres. Y, ¿por qué te gustan?
-Me resultan viriles, supongo. Me dan sensación de masculinidad. Me ponen. Ese rollo rudo, salvaje, de descuido… Lo relaciono con la naturaleza, creo, con el primitivismo, con una sexualidad sin restricciones. Y, claro, me ponen.


Estoy muy contento. Mi amiga lo ha hecho muy bien. Sé que en mi cara no hay barba, pero casi tengo la sensación de que me estuviera brotando una.

-Como sé que no eres machista no voy a señalar nada sobre el componente machista de ese gusto sexual. Bueno, un detalle. Sólo uno, permítemelo: Relacionas el primitivismo con la sexualidad sin restricciones. ¿Te das cuenta de a qué restricciones te refieres si es el primitivismo el que se libera de ellas?
-A ver, sé que es un gusto que tengo que reelaborar. No te he dicho que esté bien. Te he dicho que me ponen. No busques machismo donde no lo hay. Además, precisamente, la gente que lleva barba ahora no suele ser así. Al contrario, es una barba cuidada, le dedican tiempo… en realidad son bastante sofisticados. Qué coño, ¡son fashion victims! ¡Mira cómo es el resto de su indumentaria: Nada que ver con un neandertal que me arrastre por los pelos!
-Entonces, ¿qué es lo que te gusta de esas barbas?

Un largo camino se vuelve mucho más agotador cuando descubres que no valía para nada. En la cara de mi amiga no hay barba, pero se surge algo como una espesura, como un hastío ante su propio gusto, que se le aparece, una vez más, en otra persona más, ella misma en este caso, construido de modo ideológico, artificioso y disfuncional. Justo lo contrario de lo que nos creemos cuando, allá por entonces, lo investimos de morbo.


-Tú hablas de Siete Novias para Siete Hermanos, ¿no? Con sus camisas a cuadros, sus leñadores, sus cabañas en el bosque y sus “irrestrictos” secuestros de mujeres. El caso es que ahora hay muchas caracterizaciones basadas en aquella película, y que no son lo que son, aunque no por ello dejen de serlo. Pero lo más interesante es que llevan la barba puesta con una goma, y que tras ella hay una persona que no tiene barba. Lo más interesante es la oportunidad de darnos cuenta de que nuestro gusto está tan extraviado que, cuando vemos la goma, en vez de pensar “es una barba de mentira”, pensamos “las barbas llevan goma”.
Eso sí, si lo que te gustan son las barbas verdaderas, no es tu momento, porque con esta moda ya nadie las lleva. O, si queda alguna, será imposible encontrarla entre tantos pelos saliendo de las caras.

Me recrimina que, al acabar la frase, me rasque la mejilla. Tiene razón. Pero me picaba de verdad. Aunque entiendo que ni eso es excusa.



miércoles, 21 de octubre de 2015

belleza. actividad I

Estas personas tienen muy mal aspecto. Nada más verlas se diría que ni su alimentación es saludable (no nos dejemos engañar por el fondo), ni salud psíquica muy allá, ni su vida social interesante en absoluto.

Intenta concretar todas esas intuiciones e imagina una vida verosímil para las personas que aparecen en las fotografías intentando atenerte a lo que puedes deducir de ellas.

¿Te gustaría participar de esa vida en alguna medida?

Si la respuesta es “no” (o “apenas”) haz el ejercicio inverso: Intenta imaginar el aspecto que produce el tipo de vida en la que te gustaría participar y que, por lo tanto, corresponde a tu modelo ideal de compañerxs.

martes, 14 de octubre de 2014

el "deber ser" de la belleza


             La agamia considera la belleza un valor cultural y, por ende, ético. La determinación de la cultura de la belleza debe realizarse siguiendo el criterio de la utilidad que, en el ámbito del comportamiento, será como decir “del bien”.

Así, la agamia persigue identificar bien con belleza, sin complejo antiplatónico alguno.

El viejo tópico de que el cerebro es el más erótico de los órganos responde, entre otras cosas, a la experiencia individual de que el sentido común es el camino más corto hacia el placer; de que lo bello es lo que funciona.
                La identificación de la belleza con el bien es la automatización de la búsqueda y el enaltecimiento del bien a través del gusto. El gusto, cuando lo es, siempre es de gustosa satisfacción. Se entiende, por lo tanto, que la elección consciente de lo que debe ser placentero no va en detrimento, sino en beneficio de su disfrute. Dado que, hasta ahora, la elección del gusto no es en función de lo bueno, ni siquiera de lo placentero mismo, sino sólo de aquello que obedece a los valores estéticos generados por el sistema capitalista patriarcal (que éste presenta fraudulentamente como capaces de producir placer), cabe esperar de la educación consciente del gusto una satisfacción a corto plazo notablemente superior a la actual. El principal y más inmediato progreso consistirá en una reducción sustancial de la represión sexual, que conllevará un enorme placer por liberación de la parte correspondiente de la misma.

                La educación del gusto no se realiza por represión del gusto previo, sino por convencimiento mediante el contacto con las fuentes de placer, tanto las eficaces como las fraudulentas. La experiencia convence, y genera, además del aprendizaje, una impronta que actúa sobre la intuición conduciendo al individuo a premiar a las fuentes eficaces de placer mediante el reconocimiento y la integración. En un entorno ágamo, reconocimiento e integración constituyen fuentes de lo que el amor entiende como afecto. El afecto amoroso, con su añadido de protección, de compensación por la falta de reconocimiento e integración sociales, se vuelve prácticamente innecesario. La utilidad del afecto melancólico queda confinada, por tanto, a usos excepcionales.

más allá de una cultura de lo saludable, la gordofobia es propaganda para alimentar un canon irracional y arbitrario de belleza cuyo objetivo, además de enajenar el cuerpo de las mujeres, es jerarquizarlas como objetos de consumo cuyos productos de élite resulten inalcanzables.
Nada que ver con el placer sexual.
                El sistema ideológico del amor es arquetípicamente hipócrita en este punto, pues educa en la elección en función de un determinado tipo de belleza elitista a la que mitifica, mientras afirma (de manera ineficaz, pero útil como autolegitimación moral) que los individuos deben ser elegidos en función de lo que llama “el interior”, que no sólo trata como un valor de segunda, sino que lo contrapone al anterior, sobrentendiendo que debe cultivar su “interior” aquél que carece de medios para cultivar su belleza.

La evolución continua de las modas es la demostración de que el canon de belleza se puede crear, incluso con notable facilidad.
Creemos el nuestro.
Todxs tenemos la responsabilidad de educar nuestro gusto hacia lo bueno, de modo que integremos y reconozcamos lo bueno, y promovamos su reconocimiento e integración por parte de otrxs.

             Todxs tenemos la responsabilidad de educar nuestro gusto de modo que dejemos de premiar y demandar lo malo, así como de evitar que otrxs, a su vez, lo premien y lo demanden.


lunes, 23 de abril de 2012

¿qué es un guapo? y PARTE II



Simetría. Sabemos que nuestro cuerpo esta dividido por un eje vertical imaginario a cada uno de cuyos lados debería aparecer más o menos lo mismo. Cada vez que la simetría desaparezca de manera sensible leeremos el mensaje “cuerpo defectuoso”, que lo hará entrar en la categoría de “feo”. Poco importará que dicha fealdad conlleve alguna limitación o pérdida de utilidad, y menos aún que contenga algún significado moral, ya que entenderemos que la asimetría es indicio de que los conlleva y, sobre todo, de que es percibido por otros como conllevándolos. Esta condición para la belleza ve refutada su necesidad en aquellos rasgos que no entendemos que deban ser biológicamente simétricos, como los lunares o la colocación del pelo.

             Es necesario que la boca sea simétrica y no que lo sea el peinado, y la única razón para ello es que         atribuimos defecto a lo primero y no a lo segundo.

Analicemos la conclusión a extraer. Si la causa de percibir la falta de simetría como fealdad es el defecto que atribuimos, entonces no nos queda más remedio que determinar la importancia de dicho defecto (que puede no existir) para juzgar la pérdida de belleza consecuente con la pérdida de simetría. Si la razón, sin embargo, es la eficacia formal de la simetría, la belleza en sí de la misma, entonces todo deberá ser simétrico, especialmente aquello cuya simetría depende de nosotros (pues a ésta irá añadido como valor extra el buen gusto de que la busquemos allí donde nos es posible hacerlo). Si, por último, lo ideal es una combinación entre lo simétrico y lo irregular, ¿qué importa cual sea el rasgo irregular? ¿No deberá, quien tiene una mancha de pigmentación asimétrica, utilizarla como generadora de ritmos formales en combinación con elementos simétricos, en vez de ocultar su existencia?

Con respecto a los rasgos faciales, nadie duda de que los principales a la hora de determinar la belleza son la boca y los ojos. Nos importan las orejas, pero mucho menos, y es siempre opinable en qué consiste una hermosa nariz. Sin embargo, los ojos y la boca deberán ser grandes y llenos de vida. No hay más razón para ello que el hecho sencillo de que son los encargados de generar lenguaje. Nada en todo nuestro rostro tiene la capacidad de emitir mensajes que poseen estos dos rasgos, convertidos así en los embajadores de nuestra personalidad, de nuestro trato con los otros, y es según la predisposición y la eficacia de ambos que seremos considerados guapos o feos.

Los defectos de cualquier clase son en sí el significado de un fallo en la calidad del producto, y juzgamos poco si el fallo implica una verdadera pérdida de prestaciones o sólo su apariencia. No conocemos el producto en sí, y nos conformamos con no aceptar la imperfección de fábrica. Fallo es fallo, y es feo, ya sea una mancha de pigmentación, una infrecuente cantidad de pelo o una discapacidad intelectual, porque siempre será peor que ausencia de fallo. Entre ellos he destacado el adquirido de la obesidad y el sobrevenido de la vejez. Que el primero es íntegramente dependiente de los significados “salud” y “opulencia” es un hecho ya conocido. Allí donde la opulencia se sobreentiende, la salud como generadora de cuerpos atléticos desplaza la belleza hacia una minimización extrema de la grasa corporal. Pero, donde no está claro que se pueda comer siempre, el margen de tolerancia estético se amplia hasta una presencia de grasa notablemente mayor. En cuanto a la vejez, nuestra cultura no oculta el paralelismo entre fertilidad y belleza. Hoy, que la edad fértil de la mujer ha aumentado en algunos años, también lo ha hecho la consideración hacia lo que se valora como un aspecto físico bello. Carecemos de la capacidad de apreciar belleza allí donde la pérdida de aptitudes físicas, entre las que la fertilidad es clave, ha tenido, gracias a la madurez, la oportunidad de ser remplazada por experiencia y evoluciones del carácter que permiten una mejora sustancial de las relaciones. Si no apreciamos belleza allí donde deberíamos apreciar capacidad para hacernos felices es porque el cánon de la fertilidad, es decir, la cultura de la pareja como estructura cuya finalidad es la procreación, ha perdurado hasta hoy desde el principio de los tiempos.

En cuanto a la belleza de género, resulta obvio el vínculo entre su atribución y el rol de género que se espera que el individuo desempeñe. El hombre será fuerte y grande, porque en una cultura patriarcal debe dominar y dar protección. La mujer tendrá como atributos más atractivos aquellos cuyo acceso ha sido prohibido y que representan su condición de madre.
Encontramos, me temo, pocas casualidades en la formación del canon de belleza. No hay en él otra cosa que la representación visual de un conjunto de expectativas sobre la pareja de la que esperamos disponer. Pero nuestras expectativas son prácticamente inconscientes y asumidas de modo acrítico. Aceptamos apreciar el aspecto que refleja un deseo no coincidente con lo que desearíamos si nos planteáramos qué nos es más favorable desear. Y apreciándolo así alimentamos, en mayor o menos medida, nuestra entrega a un modelo que rechazaríamos si dispusiéramos de libertad para elegirlo. Obligamos, además, a que otros constituyan ese modelo si quieren ser elegidos por nosotros.

El caso es que esa libertad para elegir el modelo que queremos sentir como bello no parece tan lejana cuando distinguimos el vínculo entre la belleza y sus funciones. Sólo nos distancia de ver belleza en otro lugar tener una idea sobre qué nos gustaría que ejerciera sobre nosotros el atractivo de lo bello, en vez de aquello que, hoy, nos ata a virtudes tan destructivas. Eso, y ver reforzada nuestra opinión mediante el reconocimiento de la misma belleza en nosotros. En menos palabras: intercambiar amor por bien.

domingo, 8 de abril de 2012

¿qué es un guapo? PARTE I

 

Es una fastidiosa noticia descubrir que tenemos que responsabilizarnos de nuestros sentimientos amorosos, nosotrxs, que pensábamos que la naturaleza nos lo daba todo juzgado. Queremos a quien tiene poder, en su defecto a quien es guapx y, en el lamentable extremo de que también falte esto, a quien pueda unx soportar. Eso significa que, lejos de ser una fuente de integración social, el amor acentúa las diferencias dando protección afectiva a quien ya está protegidx, y desprotegiendo a quien partía de no tener nada. Amar sin más significa, por tanto, aumentar la injusticia. Vaya panorama.



             Pero, ¿qué se puede hacer? Amamos a quien amamos y suficientes problemas nos provoca a nosotros como para, además, encargarnos de los que les provoque a terceros. Amar es físico, o químico, o místico o energético y, sea bueno o malo, pocas medidas podemos tomar para evitarlo o provocarlo. Como es bien sabido, lo único que se puede hacer con el amor es aprender a detectarlo, porque si entendemos bien el mensaje de nuestro corazón y nos dejamos llevar por él, todo lo demás funcionará solo. Es duro, ahora lo comprendemos, marginar sistemáticamente. Es cruel querer a quien ha nacido con la estrella de ser queridx sin mérito alguno más, sí, e ignorar a quien en realidad merece nuestro afecto. Pero esto no cambia nada. Si pudiera cambiarse algo… pero no.

             Anda que si se pudiera…




             Esta entrada no tiene como objetivo exponer en toda su amplitud una teoría del gusto alternativa a la que el amor postula para sí mismo, pero sí enunciarla (aunque mejor sería decir “recordarla”) y justificarla mediante un ejemplo urgente. Ya hemos visto que el aprecio por la belleza nos conduce al afecto del amor y, con él, casi irremisiblemente a la atribución de virtudes éticas. Pero a la hora de determinar qué es lo bello podríamos sustituir la idea de que existe un canon universal con matices personales por la idea de que el gusto es educado según la ideología predominante, y que distinguimos como bello aquello a lo que atribuimos consciente o inconcientemente algún tipo de virtud.

             ¿Cabe analizar nuestro canon de belleza desde la perspectiva de la utilidad? ¿Es posible que quien nos parezca guapo y, por tanto, digno de entrar en consideración para ser amado, nos lo esté resultando por presentar algún tipo de virtud que entendemos fundamental para convertirse en pareja? ¿Es posible que juzgando el significado de los rasgos, y no su belleza, quepa no sólo redefinir el canon sino experimentar su atractivo sensible? Procedamos paso a paso.

             Para descomponer el canon debemos distinguir aquellos rasgos que son comunes a la construcción de ambos géneros de los que construyen cada uno por separado. Entre los primeros se encuentran la simetría general, junto con otras virtudes formales simples, el tamaño mediano o grande de las facciones expresivas, la ausencia de defectos, carencias, ya sean congénitxs o adquiridxs (entre los que se encuentran la obesidad y la vejez), y, por último, la presentación de todo ello como atractivo, virtud que propongo denominar “enfoque”.

             Entre los rasgos de género existe apenas consenso, salvo en aquellos que hacen destacar de modo más elemental el rol de género, esto es, pronunciamiento de los órganos maternales en la mujer y rasgos que reflejan poder físico en el hombre, como estatura y fuerza muscular. En un segundo plano de importancia (y también de consenso) se situarían aquellos rasgos que refuerzan la diferenciación (angulosidad masculina, redondez femenina, etc.).

             La segunda parte de esta entrada estará dedicada a analizar el significado cuya atribución a cada uno de dichos rasgos determina la atracción que ejercen sobre nosotrxs.