lunes, 27 de noviembre de 2017

la leyenda de las sexualidades alternativas.


Aspiro, una vez más, a escribir un texto muy breve.

A raíz de lo llamas sexo pero es sometimiento, recibí un buen número de mensajes e interpelaciones con un contenido similar. La idea era, en resumidas cuentas, que el sexo del que yo hablaba tal vez existiera, pero que ni eso era el sexo, ni era todo el sexo, ni estaba yo tomando en consideración las sexualidades alternativas.

Bien.

Como es de sobra conocido, la inexistencia de dios es indemostrable. No podemos saber a ciencia cierta si dios no existe, porque no podemos mirar en todas partes y en todo momento, y en alguno de esos lugares y momentos en los que no hemos mirado, podría estar agazapado un ser omnímodo, omnisciente y omnipotente, que aprovechara todas esas propiedades para ocultarse mejor. Poder, podría.

Lo que sí es demostrable es su irrelevancia. Si dios no comparece, si ni está ni se le espera, si no ha dado la más mínima señal de vida a tantxs escrutadorxs de cielo y tierra como en el mundo han sido, si no se ha tomado la molestia ni de escribir un tuit, entonces es que dios da igual. Así de sencillo. Hablar de él es perder el tiempo.

Con ese otro sexo del que se afirma que no está construido sobre la dominación pasan tres cuartos de lo mismo. Ni es predominante, ni es siquiera fácil encontrarlo ni, por supuesto, tiene mucho de alternativo.

No va a estar de más concretar a qué se llama aquí “alternativo” (incluso a qué se llama alternativo en cualquier lado, pero restrinjámonos a lo que nos ocupa).

Creo que se puede esperar cierto consenso en torno a una idea de sexo alternativo si ésta implica: a) conciencia de qué es aquello con respecto a lo que se señala como alternativo (quién es el enemigo) b) condición de amenaza a ese enemigo (no ser la conciencia de que hace falta una alternativa, sino tener forma de alternativa capaz de sustituir a lo hegemónico c) existencia.

Ahora pasaré a lo que era mi propósito inicial: señalar algunos sexos que dimanan directamente del sexo hegemónico de dominación como respuestas complementarias, que por lo tanto no son alternativos, y en los que, me temo, se está basando el grueso, ya magro de por sí, de la supuesta alternativa.
-del sexo de dominación tiene que dimanar necesariamente un sexo de sumisión. El sexo de sumisión se caracterizará porque perseguir la reducción, el camuflaje, o la compensación del sometimiento. Se caracterizará también por ser el favorito del sujeto oprimido. Es lo que conocemos como sexo con sentimiento; como “hacer el amor”.

Hacer el amor no es una alternativa según los criterios propuestos porque ni designa al enemigo (para ese sexo no hay problema con el sometimiento si en él se hace el amor), ni construye alternativa (si todo el mundo hiciera el amor se estaría respondiendo a una necesidad afectiva inexistente, ya que nadie estaría sometidx). Hacer el amor, en realidad, reproduce el sometimiento, porque enseña al amo a ser amo a través de la conducta del esclavo.

Eso sí, existir existe. En abundancia.

-de entre el conjunto de los sujetos dominantes tienen que aparecer sujetos que disimulen su dominación aspiracional, porque son menos fuertes o porque descubren un nicho explotable entre quienes rechazan al dominador típico. O simplemente sujetos que fracasan en su proyecto de dominación y caen bajo la dominación de quien debía ser su esclavo. O sujetos que no tenían un proyecto de dominación, pero que no tenían una alternativa a la dominación, y por tanto han sido, directamente, dominados.

Los hombres que hacen el amor tampoco son, por lo tanto, una alternativa. Ni la inversión de roles ni la coincidencia entre dos esclavos implica conciencia de quién es su amo ni constituye de por sí la más mínima amenaza hacia él. Y ni siquiera es demasiado frecuente, porque, como decía en el punto anterior, hacer el amor enseña a esclavizar. Y lo normal es que al final alguien lo aprenda primero.

-por la misma razón, las mujeres cuya aspiración es someter no están poniendo en práctica ninguna alternativa al sexo hegemónico, pues aquello a lo que se enfrentan no es, evidentemente, el sometimiento, sino a que dicho sometimiento sea en función del género. Que el desplazamiento de la opresión del género a la clase sea reivindicable como alternativa es extremadamente discutible. Si llega el día en el que lxs amxs sean indistintamente mujeres u hombres, ese día veremos también a una masa de personas sometidas equivalente a la actual, ahora de géneros variados. Por supuesto no se trata, en cualquier caso, de una alternativa feminista, pues no lo es bajo ningún concepto traicionar a la mayoría de las mujeres en favor de una élite que pueda fundirse con la élite de hombres.

-del cuestionamiento de la hegemonía surge, necesariamente, una cierta tolerancia paternalista por parte de esa hegemonía. Del neoliberalismo surge, además, algo más inmenso: la tolerancia extrema a todo aquello cuya demanda vaya acompañada de dinero con qué pagarla.

El sexo diverso no es, por lo tanto, un sexo alternativo. Es la agregación al sexo hegemónico de todas sus excrecencias, restos y deshechos, conformando un conglomerado multicolor y desactivado listo para convertirse en nueva hegemonía. Si tu alternativa sexual no ha venido a acabar con la hegemonía, bueno, no vamos a decir que necesariamente es más hegemonía. Quizás la horade un poquito, quizás cuestione ligeramente alguno de sus aspectos, quizás, por qué no, la ayude a avanzar hasta su siguiente nivel evolutivo, aún más opresor. Lo que no es, de ninguna de las maneras, es una alternativa. Lo alternativo es excepcional entre lo diferente. Lo diferente, normalmente, es todo igual.

Estos no son los únicos sexos que dimanan espontáneamente del hegemónico. Y es muy posible que si los citáramos todos tampoco estableciéramos la lista completa de todas las sexualidades existentes. Pero las que quedan tienen una presencia tan testimonial, tan desarticulada, o directamente tan inconsciente de su propia existencia, que difícilmente podrán reivindicarse como alternativa.

Y si me equivoco, aquí estamos. Eyes Wide Open.


martes, 21 de noviembre de 2017

te amo.



Te amo. Pero tú no me amas a mí. A causa de ello, sufro -dice él.

Sufres por mi causa. A causa de ello, sufro yo -dice ella.

Eso sucede porque, en realidad, me amas un poco –dice él.

Tal vez. Pero no me importa, porque saberlo no me liberará del sufrimiento –dice ella.

Déjame que te libere yo -dice él.

¿Cómo lo harás? -pregunta ella.

Convenciéndote de que mi sufrimiento no es culpa tuya –contesta él.

Sin embargo, lo es –dice ella.

No lo pienses. Sólo observa lo alegre que me siento ahora, a tu lado –dice él.

Sí, lo veo. Y me agrada –dice ella. –Ya no sufro.

Te agrada mi alegría. Eso sucede porque me amas algo más que un poco –dice él.

Tal vez –dice ella.

Ahora tú también estás alegre. Sucede porque yo estoy aquí, a tu lado –dice él.

Estoy alegre –dice ella. –Y estás a mi lado.
Sin embargo, ahora debo irme –dice él.

¿Y sufrirás? –pregunta ella.

Sí. Sufriré mucho más de lo que sufría antes de liberarte de tu sufrimiento –contesta él.

Sufrirás por haberme evitado sufrir a mí –dice ella.

Así es –dice él.

En ese caso yo también sufriré mucho más –dice ella.

Eso sucede porque me amas –dice él. -Del todo. Y porque deseas mi compañía, y porque es mi compañía lo único que puede liberarte de tu sufrimiento.

Tal vez. O tal vez no. Lo que sé es que sufriré, y que no deseo sufrir, y que si es tu compañía lo que necesito para no hacerlo, entonces quiero tu compañía –dice ella.

Hazme llamar, entonces, cuando sufras. No pierdas ni un segundo. No esperes ni un instante  –dice él.

¿Acudirás? –pregunta ella.

No –contesta él.


lunes, 13 de noviembre de 2017

mil dudas prácticas sobre agamia.


Recibo con frecuencia, ya sea en talleres, encuentros, redes sociales o conversaciones privadas, preguntas sobre mi manera de entender y poner en práctica la agamia. Sobre cómo es mi vida en tanto que ágama.

Éste es un texto en el que entretejo algunas de esas preguntas, y las contesto (más o menos) en el modo en el que lo hago habitualmente.

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Di la verdad. Lo de adoptar la agamia como forma de relacionarte, ¿no será consecuencia de haber sufrido por amor? Es una pregunta personal, lo sé, pero, ¿puede ser que la explicación de todo esto sea que te han hecho mucho daño?

Si la explicación fuera ésa seguramente tú serías ágamx. La inmensa mayoría de las persona han sufrido por amor, y casi todas dirían que les han hecho mucho daño. Es una de las cosas en las que el amor nos iguala. Todxs hemos sufrido mucho por amor y todxs hemos infligido mucho sufrimiento por amor. ¿Por qué unas personas deciden ser ágamas y otras no? La diferencia no es ésa. Las personas que adoptan la agamia no son las que han sufrido mucho, sino las que deciden que no aceptan la imposición de sufrir y hacer sufrir.

Vale, eres ágamo, muy bien. Pero, ¿qué pasa si te enamoras?

¿Por qué me iba a enamorar?

Le puede pasar a todo el mundo.

En mi caso es altamente improbable. Casi imposible.

¿Qué te hace diferente?

Que soy ágamo.

¿Qué cambia eso?

No establezco expectativas insensatas con respecto a otras personas. El enamoramiento es una expectativa de una insensatez escandalosa. Es pensar que has encontrado a alguien que cambiará tu vida sacándola de lo inmanente para llevarla a lo trascendente. Yo sé que eso carece por completo de sentido, y no vivo con la secreta esperanza de que ocurra, de modo que no lo proyecto sobre nadie que conozco, ni siquiera sobre alguien con quien pueda intimar.
¿Y si encuentras a alguien que te gusta mucho?

Ya he encontrado a gente que me gusta mucho. No creo que vaya a encontrar a nadie que me guste muchísimo más que la gente que más me gusta de entre aquella a la que ya he encontrado. Esto no significa, en absoluto, que no quiera que mi entorno relacional siga creciendo. Quiere decir, simplemente, que creo en el que ya tengo y estoy comprometido con él.

Entonces, ¿vives sin ilusión?

No entiendo a qué ilusión te refieres.

No tienes la posibilidad de vivir la ilusión de un gran amor.

No, no la tengo. Lo que dices es que no vivo la ilusión de una ilusión. Que no siento la alegre esperanza de algo ilusorio por venir. No la siento, es verdad. No creo que haya que vivir de la ilusión de lo que es sólo una ilusión. Eso sería lo mismo que vivir de la ilusión de una frustración ineludible. Creo que hay que vivir de expectativas sensatas, y de la alegría que produce el que haya una alta probabilidad de que estas expectativas se cumplan. Si llamas a eso “ilusión”, entonces sí, mi vida está llena de ilusión.

¿Quieres decir que te ilusiones por cosas, por proyectos propios, pero que no te ilusionas con las personas?

Me ilusiono con las personas en la medida en que creo que es probable que llegue algo bueno de esas personas.

¿Un beneficio? ¿Algo material?

Contéstame a esto: ¿el sexo es material?

En cierto modo.

¿Y el afecto? Un abrazo, por ejemplo. ¿Es material?

Podría serlo.

Claro. Todo es material. Coloquialmente llamamos “material” a aquello que constituye un bien concreto, y “materialismo” a pensar en bienes concretos. El amor nos enseña a pensar en bienes indeterminados, subjetivos y discutibles. Es el camino al falso altruismo amoroso. El altruismo amoroso consiste en que el intercambio de beneficios no sea calculable, de modo que sea posible la competición y, en última instancia, la desigualdad. No es que las personas que se aman sean altruistas. Lo que sucede es que aceptan la apuesta de la competición, en la que pueden ganar, empatar o perder. Llamar a eso altruismo sirve para descalificar a quienes buscan un intercambio justo. Exigir un intercambio justo acaba con el oscuro juego competitivo, pero se considera traición. Es como chivarse a la policía. En el amor todo se da “a cambio de nada”, como en la mafia.

Me parece horrible la idea de que haya que estar calculando constantemente perjuicios y beneficios en una relación afectiva. ¿Es eso lo que haces tú con las personas cercanas? ¿Apuntas en una libreta todos los beneficios que les ofreces para poder cobrárselos “justamente”?

No, no necesito hacer eso. Dispongo de algo mucho mejor que una libreta. Se llama “afecto”. El afecto automatiza ese intercambio. El afecto hace que me resulte agradable satisfacer las necesidades de las personas por las que siento afecto, sin necesidad de que esté pensando en beneficios posteriores. También me indica cuándo alguna de esas personas está siendo injusta conmigo y si, quizás, tengo que reconsiderar mi afecto.

¿No crees que el afecto muchas veces es egoísta?

Es curioso que digas eso, porque el cálculo consciente te parecía materialista. Ahora consideras que el afecto es egoísta. Todo para defender que es el altruismo amoroso el que debe supervisar el intercambio. Sin embargo el amor está en el extremo del egoísmo porque, a diferencia del intercambio supervisado por la conciencia o por el afecto, el amor no admite autoridad alguna. Es la legitimación pura del deseo y, por eso mismo, la estructura afectiva idónea para el egoísmo extremo. De hecho, existe el amor, pero no el altruismo amoroso.

¿No consideras altruista el amor universal? ¿Y el amor por lxs hijxs?

Es muy ingenuo considerar esos amores como altruistas. El amor universal es una herramienta de gestión emocional a la que normalmente recurren personas que han perdido la serenidad. Tiene menos que ver con amar al mundo que con dejar de odiarlo cuando el odio es tan grande que nos destruye y necesitamos algo así como una reinstalación emocional completa. Amar universalmente es, como ves, una cuestión de vida o muerte, de modo que no se puede decir que sea precisamente altruista. En cuanto al amor por lxs hijxs, bueno, no sé qué queda por decir sobre el egoísmo que esconde ese amor, especialmente cuanto más apasionado es.

¿Cuántas personas ágamas hay en tu vida?

Tantas como en la tuya.

Creo que en la mía no hay ninguna.

Todo el mundo está relacionado. Es verdad que la mayoría lo está de un modo muy lejano. Pero cuando preguntas por “mi vida” me estás pidiendo que establezca una frontera entre lo que es mi vida y lo que no lo es. No sé qué interés tiene esa frontera, pero no tengo ninguna objeción en visualizarla y contestarte. El problema es que no sé a qué distancia de mí quieres que la establezca. No sé a qué llamas “mi vida”.

Quiero decir que cuántas relaciones ágamas tienes, en el sentido en el que una persona poliamorosa dice “tengo tres parejas”.

Una persona poliamorosa suele decir “tengo tres amores”. Si pudiera contestarte en ese sentido sería yo una persona poliamorosa. Y no lo soy.

Estás jugando con las palabras. Sabes a lo que me refiero. Relaciones cercanas, íntimas, especiales…

…sexuales.

También.

Nuestra manera de hablar de las relaciones tiene un enfoque estático. Busca un cuadro congelado que puede no corresponder con la realidad de un conjunto de relaciones y que, por descontado, no corresponde con la realidad de cada una de las relaciones. Necesitamos un enfoque dinámico, que incluya los procesos. Eso pasa por dejar de contabilizar relaciones y entender situaciones. O, si quieres, y para no caer en el esnobismo de rechazar los métodos cuantitativos, dejar de contar personas y pasar a contar las necesidades de esas personas.

Entonces haré la pregunta de otro modo: ¿con cuánta gente tienes relaciones sexuales? Doy por hecho que no tienes por qué contestar, es sólo una forma de analizar cómo hablar sobre las relaciones.

Claro. Pero independientemente de si quiero contestarte, sucede que de nuevo no puedo. ¿Cuánto, y con qué frecuencia y recencia, hay que tener relaciones sexuales con una persona para que esa persona sea considerada alguien con quien se tienen relaciones sexuales? Nuestro enfoque estático estatiza las relaciones en la práctica. Obliga a las relaciones a pronunciarse, en este caso por ser o no ser sexuales, y a mantenerse en el lugar por el que se pronuncian. Yo no sé con cuántas personas voy a tener relaciones sexuales en el próximo mes. Y con eso no quiero decir que mi vida sea una vorágine relacional. Quiero decir que no sé precisar a quién voy a ver, ni si lo que haremos será tener relaciones sexuales. Un poco lo que le pasa a cualquiera, solo que mi terminología no es una trampa condicionante.

¿Te parece recomendable un modelo que presenta toda esa incertidumbre? ¿No crees que la gente quiere vivir más tranquila?

Yo no sé qué tal día hará mañana. Para mí es una absoluta incertidumbre. Pero es una incertidumbre irrelevante porque, si llueve, tengo paraguas. Yo no sé qué pasará mañana en mi relación con x, pero esa incertidumbre es irrelevante, porque la relación está construida sobre bases seguras y tengo la certeza de que no va a haber grandes fiascos ni cambios abruptos. Cabe una posibilidad remota de que los haya, pero incluso ésa no es demasiado estresante, porque mi entorno relacional va a conservar la estabilidad. Esta estabilidad es algo que no ofrece ningún otro modelo relacional, antiguo o nuevo. Es exclusiva de la agamia y me permite pensar serenamente en seguir construyendo.


lunes, 6 de noviembre de 2017

código de conducta para enamoradxs (y beodxs).


No es raro que en el discurso general, incluso plenamente amoroso, se hable de “embriaguez” al buscar símiles con el enamoramiento.

En mi opinión esta comparación es muy rescatable para resiginificar y gestionar el enamoramiento desde la agamia. Veamos en qué sentido.

Como tanto el enamoramiento como la embriaguez son estados psíquicos proclives a escapar al control de la conciencia moral (ave maría purísima), entendemos que sólo pueden ser asumidos por personas capaces de sustituir temporalmente dicho control por otro de emergencia. Eso deja fuera a toda aquella a la que coloquialmente podamos calificar de irresponsable. Ni niñxs (independientemente del daño que el alcohol puede causar en el organismo joven), ni personas que no sepan controlar la situación. 

Qué interés pueda encontrar el resto en enamorarse no es objeto de este post. Tal vez no lo sea de ninguno, porque yo no se lo veo demasiado. Si se trata de conocer la experiencia, bueno, es posible que venga bien perder el control una vez y ver hasta dónde nos lleva, pero, ¿qué hacemos con el daño a tercerxs? Si se trata de disfrutar, entonces el mejor mecanismo no es el enamoramiento, sino un sub-sub-enamoramiento, de segundo, tercer, o cuarto grado, al que ya podamos llamar “ilusión razonable”.

Pero volvamos a dar por supuesto que el interés por el enamoramiento existe.

Cuando se relaciona al enamoramiento con el concepto de embriaguez se interpreta con frecuencia que establecemos una simple diferencia cuantitativa: El enamoramiento sería “sólo” una embriaguez. No es así. La verdadera diferencia es de jerarquía. Como decía, el enamoramiento pasa a ser considerado una enajenación lúdica, subordinada a la responsabilidad, cuyas consecuencias hay que saber controlar.

Quienes añoran el enamoramiento, o no quieren renunciar a su intensidad, nos piden dejarse llevar por sus excesos, interpretando éstos como los máximos placeres que puede proporcionarnos. ¿Qué pensaríamos si alguien que reivindica la embriaguez nos pidiera no perderse el gran placer de tirarse por un barranco pensando que vuela? “Si no puedo dejarme llevar me pierdo lo mejor de la borrachera”. Vale.
Traslademos, a pesar de reproches tan sólidos, la forma que habitualmente adquiere la responsabilidad madura sobre la embriaguez (alcohólica) a la conducta enamorada. Nos encontramos en ella con algunas recomendaciones muy interesantes, tanto por lo sensatas como por lo bien afianzadas que están en nuestra cultura social. Vamos, que no se puede decir que estemos ante una utopía más allá del entendimiento de cualquier persona que sepa lo que es un/a borrachx.

Veámoslas.

Si te emborrachas/enamoras:

1-no te pongas pesadx, no molestes, no hagas daño a otras personas. Allí donde empieces a molestar, sólo a molestar, ya eres, mucho antes que una persona enamorada, una persona molesta.

2-procura no hacerte daño a ti. Recuerda, además, que hacerte daño aumenta el riesgo de que se lo hagas a tercerxs. Con respecto al daño a tercerxs consulta el punto anterior.

3-si te haces daño, no habértelo hecho. O sí. Tú sabrás. Pero, en principio, es asunto tuyo. Si no te pregunto es que no me interesa. Tu enamoramiento no justifica contar tu enamoramiento (puede, por cierto, que si pierdes el privilegio de contarlo, el enamoramiento mismo pierda atractivo para ti). Contar tu enamoramiento, si no es del interés de tu interlocutor/a, entra en el terreno de lo molesto, por lo que debes remitirte, de nuevo, al primer punto.

4-si no sabes no hacer/te daño, no te enamores. Es el homólogo del viejo “si no sabes beber, no bebas”.

5-si no sabes no enamorarte, busca ayuda. Es el homólogo del viejo “tienes un problema con el alcohol. Lo primero es reconocerlo”.

6-finalizada la enajenación, asume tus responsabilidades. Toda esta mierda es tuya. Recógela y deja todo como lo encontraste. Y si hay algo que no se puede devolver a su estado original, te toca pagar. El precio no lo determinas tú. Haber estado enamoradx no es un atenuante.

Efectivamente, este código implica una inversión del estatus de "persona enamorada", que pasa, con él, de ser una persona privilegiada, centro de atención y objeto de cuidados, a ser una persona que está haciendo uso de un privilegio, y que, por lo tanto, debe cuidadxs al resto.

Aceptadas sus normas, la pregunta por la cantidad de alcohol o enamoramiento óptima en cada ocasión recibe una respuesta muy alejada de la adolescente, o hooligan, idea de que hay que beber hasta desplomarse.

Nadie dice, por tanto, que no haya que enamorarse (ni, por supuesto, es este texto un alegato contra la ambriaguez). Lo que se dice es que hacerlo con responsabilidad cambia radicalmente el significado de la práctica. Es cierto que enamorarse en sentido estricto implica poner al enamoramiento por encima de toda responsabilidad. Así que en el fondo sí, es verdad: no hay que enamorarse. Hay que hacer otra cosa que, por economía del lenguaje, viene bien no llamar “enamorarse”.

Pues nada. Dicho queda. 


lunes, 30 de octubre de 2017

socavando la belleza normativa.


No nos gusta el modo en el que el valor sociosexual jerarquiza nuestras relaciones.

No nos gusta que las personas con más vss estén no sólo sexosentimentalmente favorecidas sino que su favorecimiento se extienda hasta convertirlas directamente en líderes del grupo. Y no nos gusta que las personas que ocupan los lugares más bajos sufran, además, del desfavorecimiento sexosentimental.

Ésa es la razón por la que nuestros grupos tiendan a estar formados por personas con un vss similar.

Sucede así en los grupos de ocio (de amigxs), en los que ninguna razón determina a priori sus integrantes (como sucede en la familia, el trabajo…). No significa que estos grupos no se jerarquicen también, dado que ésa es la tendencia natural del vss. Pero al menos lo hacen con un nivel de incertidumbre que implica dinamismo y, por ello, cierta equidad. Si los grupos estuvieran abiertos a cualquier nivel de vss, como sucede, por ejemplo, en el ámbito laboral, nos encontraríamos en nuestros espacios vinculares cercanos con el vasallaje más crudo y estratificado.

A pesar de este desagrado que nos produce la dinámica del vss, nos preguntamos si tiene sentido buscar una alternativa, y si cualquier alternativa no será aún peor.

Éste pretende ser un post eminentemente práctico, de modo que pasaré ya a un ejemplo que, por serlo, incluirá multitud de elementos sobre los que no se ha hecho hincapié en la presentación. Obviémoslos en lo posible.

Vamos a ver un caso en el que un poder originalmente diferente se inserta en la dinámica del vss, las distintas formas en que puede hacerlo, y cómo modifica cada una de ellas esa dinámica.

En los colectivos no monógamos nos encontramos con frecuencia una muy deseable mezcla de edades. Reivindicarlo es hacer de la necesidad virtud, pero entre las virtudes reales que ya podemos reivindicar está el haber pasado por ello, de modo que aprovechémoslo para reflexionar.

La razón por la que los grupos de ocio son generacionales no es sólo la diferencia de intereses. Echad un vistazo a los que conozcáis. La edad influye en el vss, y eso genera dinámicas concretas por parte de los grupos, tanto de asimilación de aquellos sujetos de vss similar como de expulsión de los que constituyen una amenaza, tanto por exceso como por defecto de vss.

Hasta determinada edad, y en líneas generales, acumular años es acumular experiencia sin pérdida de belleza normativa (o incluso con ganancia, pero simplifiquemos) y, por consiguiente, de vss. A partir de dicha edad la acumulación de experiencia va acompañada de una pérdida de belleza normativa que puede o no ser compensada por aquélla. Esta regla obivia y general enseña a las personas y a los grupos a reaccionar espontáneamente al vss implicado por la edad.

¿Qué sucede cuando una persona de una edad sensiblemente superior (10-15 años) a la edad típica del grupo se integra en él de manera estable? Seguramente os van a sonar todas las variaciones.

-Su experiencia convierte a esa persona en líder alfa (es decir, líder preeminente, visible, referente. En la mayoría de las ocasiones hablamos, lógicamente, de un hombre) del grupo.

Se convierte en la cima de la pirámide de vss y acumula privilegios. El liderazgo por edad se naturaliza y lxs líderes previos, de edad típica e inferior, quedan relegadxs.

La intuición de esta posibilidad es una de las principales razones por las que el grupo tiende a cerrarse a estos individuos, y por las que nuestra cultura tiene naturalizada la idea de que no es bueno que las edades se mezclen. Si nuestra cultura fuera coherente también condenaría que se mezclaran los distintos niveles de belleza normativa. En realidad, en cierta forma, lo condena.

Si hay algo especialmente repugnante en la actual forma de estetizar la madurez es presentarla como otro modo de frivolidad.
Se pierde así la oportunidad de combatir la belleza normativa consumista con un valor tan interesante como la experiencia.

-Su experiencia se muestra insuficiente (porque no es bastante o porque no compensa su inferioridad en otros valores) para convertir a la persona en líder alfa.

Ocupa entonces cualquier otro puesto en el ranking de vss. Si esa persona asume su posición de manera cordial tiende a producirse una cierta invisibilización de la diferencia de edad. La jerarquía del grupo asimila al sujeto diferente.  La edad típica del grupo prevalece como virtud por sobre la de la persona de mayor edad, y ésta tiende a perder conciencia de ella. Nos encontramos con una persona que, con frecuencia, vista desde fuera, nos resulta infantilizada, o que es percibida como alguien que acepta ser infantilizadx a cambio de un determinado vss.

-Su experiencia se muestra insuficiente para convertir a la persona en líder alfa, pero ella se resiste a aceptar la posición en la que la coloca el grupo.

En estas ocasiones la experiencia se sobrerrepresenta. La persona la reivindica continuamente, a la vez que el resto del grupo la rechaza (“¡pesadx! ¡rancix!”) o la confina a una valoración de escaso rédito sociosexual (“graciosx, cebolletx…”). Estas personas exacerban habitualmente la competitividad dentro del grupo y tienden a generar afiliaciones (subgrupos de vss específico donde se encuentran quienes sí conceden vss a la experiencia) que pueden llevar a la escisión. Esta competitividad extrema las valoraciones individuales hacia ellxs (la mayoría lxs considera de poco vss, mientras que unxs pocxs lxs consideran de mucho), haciendo depender su éxito sociosexual de la existencia de juicios extremos favorables.

En estas tres variaciones no aparece, o apenas lo hace, otra cosa que no sea la pura competitividad gámica.

Son tres sujetos diferentes al sujeto típico del grupo, que compiten desde sus poderes propios, reforzando con ello la dinámica del vss como valor genérico capaz de asimilar cualquier otro. Si entendemos la belleza normativa como principal factor determinante del vss del grupo, en estas variaciones simplificadas la experiencia se pone al servicio de la competitividad sociosexual, pugnando por prevalecer sobre dicha belleza. Allí donde lo logra (primera variación y parte de la tercera) nos encontramos con la distopía con la que amenazan quienes se aferran al mal menor de nuestro presente vss: la experiencia, la edad, ¡la vejez misma como vss! La sustitución, sin embargo, es trivial, porque el vss es el deseo mismo, y se acumule donde se acumule, sea rosa o espina, es experimentado como deseo sano.

En los tres ejemplos presentados hasta ahora la experiencia no ha determinado en nada la naturaleza de la competición. Sigue siendo el gamos lo que lo hace.

-Existe una cuarta variación, que también nos resultará familiar. La llamaré la de “sujeto de poder latente”, y consiste en no dedicar las fuerzas a competir por vss. Cuando esas fuerzas se dedican a asegurar una posición propia justa en el grupo e, incluso, a asegurar que el grupo proporcione posiciones justas a sus integrantes, podemos hablar de “sujeto justo” (se vuelve prescindible añadir “de poder latente” porque el sujeto justo “ajusta” de suyo el uso de su poder). Este poder, que puede estar más o menos cerca del poder del/a líder/esa visible, es ya una alternativa no sólo a la belleza normativa, sino a la propia dinámica del vss.

La gestión que de su poder hace el sujeto de poder latente del ejemplo puede ser justa o injusta, pero la probabilidad de que sea justa es superior a la del poder que dimana de la belleza normativa, porque la experiencia conlleva un desarrollo humano no implicado en aquélla (a no ser que queramos trabajar la hipótesis de que lxs guapxs tienen más gusto estético, y que el gusto estético es inteligencia… pero eso nos acercaría peligrosamente a defender la inteligencia de modelos por ser modelos o de futbolistas por ser futbolistas).

Podemos encontrar ejemplos de latencia abiertamente injusta (poder secreto que busca sorprender o que confabula, cuando lo hace con fines injustos), pero normalmente la latencia es una renuncia a la optimización de la explotación del poder, y apunta, por lo tanto, a un comportamiento virtuoso.

Si entendemos que el poder es la capacidad de obrar, y la autoridad la legitimidad para obrar, podemos decir que el uso virtuoso del poder consiste en el reparto justo de autoridad, de modo que el poder original desaparece, quedando, normalmente, latente.

La experiencia es sólo un ejemplo de valor cuyo funcionamiento con respecto a la gestión justa del grupo es diferente al de la belleza normativa. No quiere esto decir que sea el valor sustituto que buscamos. Lo que se pretende es persuadir de que la sustitución de la belleza normativa por otras formas de vss abre la posibilidad a que esos nuevos valores puedan deconstruir la competitividad sociosexual. Hace falta que sean los valores adecuados, y que se ejerzan también sobre la acumulación misma del poder.