lunes, 26 de febrero de 2018

¿has elegido libremente tu modelo relacional?


Ya sabéis que la agamia no se presenta a sí misma como una alternativa más, lo último de lo último, en el muestrario de los modelos relacionales.

La agamia, en realidad, viene a impugnar ese muestrario como si todo él fuera el área de productos con aceite de palma. “No es cuestión de gustos” vendría a decir, “sino de salud y de consumo responsable. Las alternativas, si han de venir, tendrán que ser en este lado de la estantería”.

Pido disculpas porque el paralelismo induce a fe en la racionalidad del mercado, y ya sabemos que no es esa su mayor virtud. El objetivo era solo que se entendiera la idea. Espero haberlo logrado.

Sabemos también que otros modelos no monógamos responden con su cantinela sobre libertad individual y especificidad identitaria: “unas cosas valen para unas personas y otras para otras. Es bueno que todo permanezca disponible” y el famoso “hay gente para quien el gamos es lo mejor, y que lo elige libremente”.

No nos sorprende que para cualquier cosa, por aberrante que sea, aparezca quien la elija libremente, sobre todo porque las cosas aberrantes suelen beneficiar a unxs a costa de otrxs (esa es su aberración), y son esxs primerxs quienes enseguida defienden la libertad de elección de lxs segundxs.

Lo que sí sorprende, o sorprenderá a poco que lo pensemos, es que se pretenda defender que la prevalencia del gamos, su presencia constante, también en la no monogamia, sea un acto de libertad.

Sabemos, además (en realidad lo sabemos casi todo con respecto a estos temas, la mayoría de los textos de este blog solo encadenan un poco esas cosas que sabemos) que en una infinidad de ocasiones el gamos sobreviene tras una lucha, más o menos larga, contra su aparición. Esta experiencia se narra una y otra vez, no solo en comunidades no monógamas sino incluso en entornos normativos. “No queríamos ser pareja, pero al final no hemos sabido no serlo”.

Tenemos, por lo tanto, todos los datos: 1-el gamos aparece (en muchos casos, y en muchísimos en entornos no monógamos) sin ser elegido. 2-las otras no monogamias son gámicas. 3-las no monogamias gámicas defienden el gamos como opción libre.

Ergo… la defensa del gamos como elección libre es un producto ideológico aparecido para defender la superviviencia de las no monogamias gámicas sin más razón que dicha superviviencia (y, lógicamente, la de las estructuras de poder que surgen a partir de ellas). “¡Formamos parejas porque nos gusta la pareja! ¡Somos poliamorosxs libremente!” dicen lxs portavocxs del poliamor. Y sus practicantes, en muchos casos, piensan “yo no, pero bueno. ¿Estaré haciendo algo mal?”.

Lo cierto es que el gamos, normalmente, no se elige, sinoque se cae en él. Y una vez dentro la disonancia cognitiva actúa sin clemencia. Nos sucede con el gamos como con el BDSM: Todxs somos feministas, también quienes defienden el BDSM porque, incluso reconociendo que, mayoritariamente, a la práctica del BDSM subyace una motivación machista, no es esa la que nos mueve a nosotrxs. “De acuerdo: es raro que el gamos se elija, pero yo soy uno de esos casos raros; yo lo elegí.”

Seguramente. Y tienes mi cariño. Sin embargo, sólo por si acaso, te invito a que contestes a una pregunta. Recuerda que el objetivo es que tú descubras si eres libre. Tú, no yo, que no me voy a enterar de si tenía o no razón, eres la persona que puede obtener aquí beneficio: ¿Alguna vez te has demostrado a ti mismx que puedes no elegir el gamos?
Porque si tu/s relación/es actual/es son gamos y en ellas no te planteaste si querías o no gamos (es decir, o no conocías o no te planteaste alternativa alguna al gamos) entonces no sabes si lo hubieras elegido de haber dispuesto de la posibilidad de no hacerlo.

Pero si en algún momento quisiste que tu relación, o alguna de tus relaciones, no fueran gamos, y sin embargo acabaron siéndolo, entonces, lógicamente, tampoco has elegido libremente el gamos, y si te enmarcas en una no monogamia gámica (poliamor, anarquía relacional, etc…) puede decirse sin miedo al error que no has elegido ese modelo, sino que es el modelo que te ha tocado por falta de libertad.

Si te pasó lo contrario, es decir, que quisiste que alguna de tus relaciones no fuera un gamos pero el no ser un gamos resultó tan conflictivo que acabó con la relación, entonces tampoco has elegido (aunque está claro que lo has intentado) y tu/s gamo/s actuales son, simplemente, tu única opción relacional; no lo que quieres, pero sí donde sabes llegar.

Y si has decidido que no formarás un gamos por nada del mundo, pero es una decisión que has tomado una vez que ya lo tienes, y lo vas a mantener, pues bueno, no pasa nada, qué va a pasar, pero no has elegido tu modelo relacional libremente.

Para poder decir que has elegido formar un gamos, por lo tanto, hace falta que, en alguna ocasión, no lo hayas formado.

Pero, claro, ¿cómo se distingue la existencia de una no cosa?

Podemos caer en la tentación de llamar “elusión del gamos” a cualquier relación no gámica con el fin de demostrarnos a nosotrxs mismxs nuestra libertad. Pero hay que distinguir. Para disponer de la prueba de que sé no formar gamos y, por lo tanto, quepa pensar que lo estaré formando libremente allí donde lo hiciere, no es suficiente con no formar gamos en la mayoría de mis relaciones. Eso es, precisamente, en lo que consiste el gamos: forma gamos con unx o unxs pocos, y deja de hacerlo con el resto. Lo que necesito es no formar gamos allí donde la mayoría de la gente lo formaría.

¿Tienes esa relación?

Esa relación no es una amistad. Todo el mundo tiene personas a las que llama “amigxs”, y prácticamente todo el mundo tiene amigxs del sexo (no digamos “género”, ya que nuestra orientación sexual suele ser aún tan cavernaria que elige antes genitales que roles) objeto de su deseo.

Esa relación tampoco es un trato cordial o de cierta intimidad con alguien que nos gusta, porque la hipótesis del valor sociosexual dice que entre dos personas que no forman gamos una tiene siempre más valor sociosexual que la otra y, por lo tanto, una gusta (real o potencialmente) a la otra. Lo normal es que a esa persona que te gusta no le gustes tú. Esa es la explicación más económica para vuestro no gamos.

Tampoco, lógicamente, sirve como no gamos la famosa “tensión sexual no resuelta”. Aparte de cuáles sean las razones para esa irresolución (pareja en la recámara cuando se tiene otra, por ejemplo), lo que nos interesa saber es qué pasará cuando se resuelva, es decir, si podrá no formarse gamos. Lo de antes normalmente no es decisivo, porque el sexo es la incógnita central. Lo más probable es que ninguno de lxs dos sepa realmente qué desea antes de que esa incógnita sea despejada. No estoy animando a hacerlo. A lo que animo es a que, si lo hacéis, estéis atentxs a la aritmética.

Evidentemente, si la relación sexual tuvo un desenlace abrupto (porque alguna de las personas “descubrió” que no le interesaba tanto la otra, porque la “falta de compromiso” desencadenó un conflicto, etc, etc…) no podemos decir que haya habido éxito en la no formación de gamos, sino que el gamos ha hecho fracasar la relación, con lo cual seguimos en la misma condición de falta de libertad.

¿Sabes qué es algo que se parece mucho al éxito en una no formación de gamos? Una relación íntima, estable, y sexual o sexualizable, no gámica, con alguien con quien perfectamente podrías formar una pareja y que perfectamente podría formarla contigo.

¿Tienes eso? ¿No?

Entonces no sabes si has elegido tu modelo relacional. Lo más probable es que él te haya elegido a ti. Así que te recomiendo que te apresures (lentamente) a desarrollar una relación de esas características. No solo para contestar a una pregunta tan importante y para empoderarte en la elección de modelo. Sobre todo porque es muy probable que descubras, y concluyas, que esa es la mejor manera de relacionarnos.


lunes, 19 de febrero de 2018

el infierno de la amorexia.


Tal vez hayas detectado en tu entorno a alguna de esas personas con una especial proclividad a reivindicar más amor en el mundo, o a solicitar y provocar, especialmente para con ellxs, expresiones repetitivas de afecto, a veces vacías o hasta inadecuadas.

Es posible, incluso, que te hayas topado con alguien que, a pesar de vivir envueltx en este mar de amor, parezca estar sufriendo una déficit crónico de afecto.

Con frecuencia juzgamos a estas personas benévolamente, atribuyéndoles alta sensibilidad o empatía, y respondemos de manera favorable a su conducta.

Quizás, sin embargo, nos encontremos ante algo que debe ser tomado mucho más en serio: un nuevo síndrome adictivo, a veces devastador, que recibe el nombre de “amorexia”.

En 2015 el equipo de la doctora en psicología social I. Martheleur, de la Universidad de Hasselt, detectó rasgos similares a los de un síndrome de adicción en algunxs estudiantes.

“Hicimos un primer estudio de campo en las instalaciones de la propia Universidad en el que observamos algunas conductas inquietantes. No era raro encontrar a estudiantes entregadxs a interminables rituales afectivos que parecían carecer de propósito. Algunxs abrazaban inesperadamente a otrxs. Estxs solían responder receptivamente. Pero tras ese primer abrazo, se solicitaba otro y otro más, al mismo sujeto o a cualquiera que anduviera próximo. La expresión de la persona que los solicitaba, lejos de mostrar satisfacción, reflejaba una creciente angustia. En ocasiones acababa profiriendo expresiones estereotipadas y descontextualizadas como “¡viva el amor!” o sonidos inarticulados, como una larga “i” al modo del chillido de un roedor.”

Ante hechos tan estrafalarios y preocupantes el equipo de la doctora Martheleur decidió investigar el fenómeno a fondo. Lo que descubrió sobrepasó sus peores previsiones. Más de un 20% de la población universitaria era víctima de lo que ella denominó “Síndrome de Obsesión Afectiva Infantilizante” o “amorexia.”

El SOAI es un síndrome completamente diferente a la tradicional dependencia afectiva hacia una pareja. “En este caso no es un sujeto, sino una visión mágica y edulcorada del mundo lo que se convierte en el objeto de dependencia. La persona que padece amorexia necesita representar continuamente la idea de que vive en un universo trivializado del que han quedado fuera tanto los conflictos de la vida adulta como los mecanismos de afrontamiento de dichos conflictos. Para compensar la evidencia de que el mundo no coincide con su proyección idealizada de la infancia, estas personas contrarrestan toda arista que les presente la realidad con diferentes mecanismos objetivadores de amor. Podemos describir a la persona amoréxica como aquella que tapa sistemáticamente la realidad con amor” –explica la doctora Martheleur.

“Tapar la realidad con amor” no parece tan mala idea en algunas ocasiones. “La amorexia es un síndrome altamente incapacitante” –aclara la doctora. “Tapar la realidad con amor es un modo tan autodestructivo de huir de la realidad como refugiarse en cualquier otro paraíso ficticio que destruya progresivamente las herramientas de afrontamiento dejando al sujeto cada vez más indefenso. Utilizar el afecto como herramienta para subsanar problemas de indefensión ante circunstancias adversas es darle al afecto un uso normal y adaptativo. El problema empieza cuando el afecto se convierte en la única herramienta y, al mostrarse insuficiente, suple sus carencias con más afecto en una espiral adictiva”.

Esta es la razón por la que el síndrome recibe el nombre de “amorexia” y no “afectorexia”. Cuando el afecto se exalta y se utiliza como una cura omnivalente y omnipotente no hablamos ya de afecto, sino de esa palabra mágica que encontramos por doquier representando la realización de la felicidad completa.

¿Es, entonces, esta cultura del amor la causante de la amorexia? Parece que hay que atribuirle una gran parte de responsabilidad.

Estudios posteriores han confirmado que la combinación entre cultura amorosa y crisis del modelo relacional normativo es una bomba de relojería. “Las personas que escapan a los fracasos en sus relaciones de pareja mediante la glorificación de alguna variante de esa misma ideología –es decir, de alguna forma de amor- entran en un bucle infinito de búsqueda de sustitutivo amoroso. Poco a poco van atribuyendo el origen de cualquier dificultad a la falta de amor, y desarrollando una fobia paralizante a todo aquello que no llega presentado bajo la especie de expresión amorosa. Su vida se simplifica, se infantiliza y se vuelve inoperante. Es urgente que el descubrimiento de la Doctora Martheleur sea tomado muy en serio por la comunidad científica” –afirma Ángel Miguel Guzmán, psicopatólogo y experto en adicciones de la Universidad de Badajoz.
¿Cómo reconocemos a una persona amoréxica?

El equipo de Hasselt propone los siguientes criterios diagnósticos:

-Manifestaciones afectivas afuncionales o disfuncionales (“afecto inútil” y “afecto incómodo”).
-Presencia desproporcionada del amor como tema de conversación o explicativo.
-Pereza mental.
-Conductas infantilizadas (aflautamiento de la voz, imitación de la sintaxis preescolar, simulación de torpeza motora, fetichismo no sexual, etc.).
-Gustos infantilizados (tendencia al consumo de dulces y golosinas, preferencia por las combinaciones caóticas de colores vivos, gustos musicales sencillos y evocadores de melodías infantiles, afición por las narraciones de contenido mágico o fabuloso, lecturas con alto porcentaje de imágenes, etc.).
-Sensibilidad a flor de piel, especialmente para la tristeza, la melancolía y la decepción (“personalidad amigdaliana” o de control prefrontal ineficaz).
-Entorpecimiento o deterioro de las dinámicas sociales (saludos inacabables, constantes malentendidos, hipersensibilidad a la ofensa, intrusismo comunicativo –hablar improcedentemente del amor o de la situación afectiva personal-, descarrilamiento, etc.).
-Narcisismo.
-Insatisfacción sentimental cronificada (constante crisis de pareja o de falta de pareja, conflictos por la atención de las personas más cercanas, angustia social repercutida sobre el espacio personal o síndrome del “público inexistente”, etc.).
-Hostilidad o agresividad hacia cualquier forma de cuestionamiento del amor. “Policía del amor”.
-Risa nerviosa.
-Alegría estúpida y frágil.

¿Cómo se escapa de la amorexia?

Hasta el momento no hay respuestas que hayan demostrado ser eficientes, así que, de momento, parece más fácil entrar que salir. En opinión de la doctora Martheleur el problema de las personas amoréxicas es sobre todo contextual. “Es el entorno el que refuerza sus conductas obsesivas interpretándolas sistemáticamente como adecuadas, beneficiosas y dignas de elogio, hasta el punto de que la propia amorexia llega a convertirse en la virtud más apreciada de la persona que la sufre. La infelicidad en la que la/el amoréxicx va cayendo progresivamente es entendida por las personas que la rodean como un síntoma de que no está siendo entendida y valorada como merece, y la animan a que incida aún más en su dependencia. A diferencia de otros síndromes propios de nuestro tiempo, la obsesión por el amor carece de crítica y, cuando en un espacio social se manifiesta un caso, suele ser cuestión de tiempo el que la comunidad entera se contagie.”

Con el pertinente consentimiento reproduzco este fragmento de una conversación mantenido hace pocos días con una persona cercana:

-No me encuentro bien. Creo que me he resfriado. ¿Te acuerdas de que anoche salí con mis amigxs? Pues para despedirnos, como siempre, más de 40 minutos de besos y abrazos.
-¡Pero si estábamos bajo 0º!
-Ya, pero es tan bonito… Hay otrxs dos con fiebre y unx que dice que le duele todo el cuerpo. Pero mira, entre que nos lo contábamos por wsp y que nos quejábamos de estar tan malitxs, otro montón de besos y abrazos. Así que genial.

¿Una peligrosa cepa amoréxica? Probablemente. Procuraré mantenerme alejado.


lunes, 8 de enero de 2018

no te contesto porque no quiero.


Me dice una amiga que por qué he publicado la comparación entre agamia y anarquía relacional, que qué ganas de forzar la distinción entre dos cosas prácticamente iguales, que ella no ve diferencias. Que a la hora de la verdad sólo cambia el nombre.

Le digo que yo no entiendo cómo puede confundirlas. Que por más que he buscado, no encuentro en qué se parecen.

-¿Tú distingues a una persona ágama de una anarquista relacional? -me pregunta.

-¿Quieres decir que si las distingo por la cara?

-No, por la cara no.

-¿Por la ropa? ¿Si una es más “alternativa” que la otra, o algo así?

-Quiero decir que si distingues lo que hacen. Que al final hacen lo mismo. Ves que se relacionan sin formar parejas y ya está.

-Ah! Quieres decir que no hay una marca social, una insignia, como un anillo de matrimonio que diga “esta persona y yo somos pareja, así que somos monógamxs”.

-¿Por qué no quieres entender lo que digo? A veces pienso que la agamia se construye así, a base de no escuchar a nadie y creer que todo lo descubrís vosotrxs.

-Lo estoy intentando. Y creo que hay una parte de lo que dices que sí he entendido. Es eso de que no ves ninguna diferencia. Eso lo entiendo, en un sentido empático. Puedo, digamos, ponerme en tu lugar, mirar desde tus ojos, y coincidir contigo en que no aprecio diferencia alguna. Pero hay otra parte que no llego a entender. Me refiero a qué diferencia buscas. Intento descubrir, una vez en tu conciencia, ya que estoy ahí, de dónde viene tu perplejidad. Qué echas de menos. Por qué esperas encontrar esa diferencia perceptible a la vista. Es ahí donde fracaso. Y por eso te pregunto.

-Bueno, pues aunque no sea a simple vista, alguna diferencia habrá, ¿no? Porque si no hay diferencia, es que son lo mismo. Lógica simple.

-Me gusta que hables de lógica.

-Ah, ¿sí?

-Si. Cuando lo haces me llega un eco lejano de la Grecia clásica, como un levísimo aroma, casi indistinguible.

-Pues muy bien.

-¿Oyes el ruido de fondo de la ciudad? Es como si tu referencia a la lógica revelara en él restos de la voz de Aristóteles mientras cantaba en el baño con su característica precisión.

-¡Genial! ¿Ese misógino?

-Ese misógino.

-Precioso. Pero no me contestas. ¿Cuál es la diferencia?

-Ya te lo he dicho. Todas. Casi diría que no hay posición alguna de la agamia que la anarquía relacional comparta. Las personas ágamas no formamos parejas.

-Las personas anarcorrelacionales tampoco, aunque, eso sí, no las rechazamos. Yo no tengo pareja, por ejemplo. Como tú. Me relaciono mediante una red de amores.

-Yo no me relaciono mediante una red de amores, te lo aseguro.

-Pues algún tipo de red formarás. Por muy frío que seas tendrás que relacionarte de algún modo, incluso estoy segura de que desarrollas sentimientos hacia la gente. ¿Las personas ágamas estáis completamente desconectadas de lxs demás?

-Veo que empiezas a establecer una cierta diferenciación por ti misma.

-Sólo por lo que dices, que es que reprimís el amor. Sois anarquistas relacionales sin amor. Anarquistas relacionales fríxs. Es como si fuera una anarquía relacional emocionalmente mutilada, como diría Coral Herrera. Bastante próxima al machismo, en ese sentido.

-No reprimimos el amor. Rechazamos el amor. Es muy diferente.

-No entiendo en qué consiste rechazar el amor. El amor es un sentimiento natural. Puedes intentar controlarlo, pero no negarlo. Siempre estará ahí. Si lo rechazas lo reprimes.

-No entiendes el rechazo al amor y no encuentras diferencia entre agamia y anarquía relacional. ¿Has pensando que esa diferencia que tanto echas de menos puede estar en aquello que no entiendes?

-…

-Rechazar el amor no es reprimirlo, sino juzgarlo pernicioso. Como además no somos psicópatas, trabajamos con la insólita idea de que no existe una discontinuidad natural entre razón y emoción, y que las emociones son mucho más susceptibles de alinearse con lo que es razonable que con lo que no lo es. Por eso no reprimimos eso que tú llamas “amor”, sino que éste va perdiendo relevancia entre nuestras emociones hasta que un día nos damos cuenta de que ha dejado de tener ninguna. Encontramos, entonces, que nuestro sistema emocional se ha desplegado en otros sentidos, más ajustados a la realidad, proporcionados con lo verdadero, y adecuados para relacionarnos en armonía. Lo llamamos “madurar”.

-Pues entonces no estoy de acuerdo. No creo que el amor deba dejar de formar parte de nuestras vidas. No veo para nada que eso sea madurar. Creo que madurar es, precisamente, desarrollar tu capacidad de dar amor.

-Da igual. En cualquier caso, el amor no es eso.

-El amor es muchas cosas. Cada persona tiene una definición. Todas son válidas.

-Mira, eso sí es el amor.

-…?

-El amor es una ideología cuyo fin es la formación de parejas mediante la exaltación emocional y el descrédito de la razón. Todas las cosas a las que llamamos “amor” son epifenómenos de esa ideología. Uno de ellos es la aceptación de todas esas cosas contradictorias entre sí como no lo fueran.

-Eso es sólo una definición. Hay muchas más.

-El resto no son definiciones. Son ruido cuyo fin es dificultar el contrastarlas para llegar a una definitiva, única y verdadera.

-¿Quién dice qué es verdadero? ¿Tú?

-La agamia.

-¿¡¡Perdón!!?

-De entre todas las ideologías relacionales, la agamia es la única que se construye sobre las bases inalienables del discurso. Es la única que reconoce las categorías “verdadero/falso”. Por eso es la única que puede aspirar a establecer fundamentos verdaderos o a aproximarse progresivamente a ellos.

-Fascismo patriarcal.

-No puedo refutarte. Al no reconocer la capacidad de realizar afirmaciones verdaderas, tu afirmación no se ofrece a sí misma como verdadera y, en esas condiciones, carece por completo de valor. No es, en realidad, una afirmación. Es poco más que una sucesión aleatoria de palabras; una construcción lingüística residual. No puedo refutarte porque no has dicho nada.

-¿Se supone, entonces, que no puedo hablar?

-Eso es. Al negar los principios inalienables del diálogo te has salido de él. Desde fuera tus construcciones no constituyen participación. Eres como una niña que jugara con piezas de ajedrez sin ponerlas en el tablero. Dices, “me como el caballo”, pero eso no significa nada más allá de una fantasía subjetiva y efímera. Ése es el sentido en el que no puedes hablar. No porque yo te lo prohíba o te lo deje de prohibir, sino porque has renunciado a tu voz. Careces de la facultad de hablar. A mí, en realidad, me gustaría que hablaras. Pero tengo que resignarme, qué le voy a hacer.
-Puedes quedarte con tu diálogo porque, ¿sabes una cosa? Me queda el amor.

-Yo diría más bien que eres tú lo que le quedas a él. Él es el que se aprovecha de ti y él es el que te ha silenciado. A ti y a todos los modelos relacionales que lo reconocen como guía. Pero, entre ellos, la anarquía relacional es su hija predilecta, porque si todos los anteriores tenían alguna limitación a la hora de integrar conductas, la anarquía relacional se caracteriza, ante todo, porque cualquier cosa cabe en ella. A imitación del capitalismo, es sólo una idea concebida para sobrevivir, para adaptarse con flexibilidad indiscriminada a las demandas relacionales que surgen a su paso, para no encontrar ningún obstáculo. Es, por lo tanto, el traje perfecto para el amor y su infinita indefinición; el camuflaje definitivo. Por eso no encuentras ninguna diferencia con la agamia. Tampoco la encontrarías con la monogamia ni con el poliamor. La ar es el vestido consistente, sólo y exclusivamente, en la sugestión continua de que hay un vestido. Dicho de otra manera, la anarquía relacional sería el modelo nacido con la vocación única de tapar las vergüenzas al amor. Pero el emperador está desnudo. Ésa es una afirmación típicamente ágama. Y es verdadera.

-Podría contestarte, pero prefiero no hacerlo.

-Lo de la libertad de elección te lo cuento otro día. Te va a gustar, porque es un spin-off, y me consta que tú eres de series.




martes, 2 de enero de 2018

CONTRALOVE FILMS presenta: poseer por anticipado.


No recuerdo una sola animación de Bill Plympton que no merezca la pena en algún sentido, pero cuando supe que su “técnica” era ponerse delante de una enorme pila de hojas en blanco e ir dibujando un fotograma tras otro hasta dar vida a una historia, mi admiración por él se disparó. 

Plympton ha realizado así largometrajes completos, con evidentes defectos pero con deslumbrantes virtudes, mucho más interesantes, sin duda, que la inmensa mayoría de los blockbusters de cualquier saga.


HOW TO KISS (cómo besar)

How to Kiss ni siquiera es un largometraje, pero en sus seis minutos y medio encontramos irreverencia suficiente como para ganarse sobrada cabida en esta sección. Vedlo antes, si queréis, porque vais a pasar un buen rato. Después hablamos.

pincha en la imagen para ver el vídeo

Decimos que el sexo es el sacramento del gamos. El sexo “completo”, de formato reproductivo, es el que realiza la pertenencia recíproca con herencia patriarcal (es decir, que ambxs sujetos pasan a pertenecerse mutuamente, pero una pertenece mucho más que el otro). Comprobamos esto al constatar la carga transformadora que una relación sexual tiene para una relación. Tras el sexo ha pasado algo que no puede haber sido el sexo mismo sino que tiene que haber sido aquello que el sexo significa.

Pero la ceremonia sexual no está aislada, sino rodeada de protocolos que encauzan su validez. Y, entre ellos, el beso ocupa un lugar destacado. El primer beso de la pareja, se entiende.

Si la penetración equivale al matrimonio, el beso corresponde al compromiso. Un compromiso constituye una cuenta atrás para el matrimonio, lo implica, salvo que algo inesperado sobrevenga, y lo adelanta en muchas de sus formas (conductas, derechos, obligaciones…). De ese mismo modo un beso es una cuenta atrás para el coito. El beso cruza la barrera de la aceptación sexual completa, no quedando entre una y otra nada que no sean preparativos y el tiempo necesario para ellos. Es, literalmente, in ticket para follar, a consumirse en una fecha que, normalmente, viene ya dada por las circunstancias.

Es por esta razón que el sometimiento sexual se desplaza de una manera muy significativa hacia el beso. El adelanto de la objetualización sexual es objetualización por adelantado. Si el sexo conlleva sometimiento, el beso conllevará sometimiento también, con todo el absurdo que implica realizarlo como si fuera una acción que produce placer sensible cuando, en realidad, está produciendo placer de logro.

En la acción de besar, por lo tanto, el pacer está subordinado a la posesión, si es que existe en absoluto.

Y aquí es donde How to Kiss se convierte en la ilustración que muchas veces necesitamos para terminar de ver hasta qué punto esto que hacemos con el sexo es algo que sobrepasa sobradamente el ridículo para caer, por lo menos, en lo siniestro.

Mientras oímos el almibarado texto de un catálogo pretendidamente instructivo sobre las modalidades de beso más características, las imágenes nos muestran la realización aspiracional, e imposible, de esos besos. El texto, erótico-romántico, deambula estereotipadamente entre lo contradictorio, lo tierno y lo prohibido. En paralelo, las imágenes nos muestran el símbolo posesivo realizado en todo su esplendor. Con resultados, claro, espeluznantes.

Son nueve las formas de besar de cuya realización perfecta y acabada podemos disfrutar en las imágenes. Todas ellas constituyen, como no podía ser de otra manera, una estrategia de objetualización que pasa por placentera y que, en la mayoría de los casos, nos sonará familiar. En las manos de Plympton esa estrategia se lleva a sus últimas consecuencias, y el sueño cumplido se revela como una pesadilla infinitamente lejana del discurso con que la acompañamos para justificarla ante nuestros propios ojos.


martes, 26 de diciembre de 2017

agamia y anarquía relacional. una comparativa


Vista la frecuencia con la que aparece por todas partes la pregunta por la diferencia entre agamia y anarquía relacional se diría que se trata de un verdadero tema de debate.

La realidad es que no lo es en absoluto.

La razón por la que ambos modelos tienden en alguna medida a confundirse es sólo que se trata de los dos que, de entre los conocidos, son los más avanzados en el sentido emancipatorio.

En alguna ocasión me han preguntado, sin embargo, por la diferencia entre agamia y poliamor. Cuando ha sido así no ha fallado jamás que el cambio de pareja comparativa fuera la consecuencia de desconocer la anarquía relacional. Y no me cabe duda de que las personas ar se encuentran, y se encontraban antes de la aparición de la agamia, con la pregunta constante sobre la diferencia entre ar y poliamor.

Ciertas personas me han llegado a cuestionar la diferencia entre agamia y monogamia, y para ello han expuesto las similitudes entre la agamia y la monogamia liberalizada que ellxs practicaban. Evidentemente se trataba de gente que no conocía otras no monogamias por su nombre. El otro clásico es el del swinger, cuyo mundo se divide entre lo swinger y lo no swinger, y que te dice que él, dado que es swinger, ya es ágamo.

Para todas estas opiniones el extremo emancipatorio ya está ocupado, y dado que no echan de menos, o no reconocen echar de menos, nada en él, niegan la posibilidad de un modelo capaz de llegar más lejos que el suyo.

Por lo tanto es sólo el efecto de contigüidad lo que genera un cierto espejismo de confusión. Los contornos entre los elementos que se encuentran en el extremo del continuo empiezan a difuminarse a medida que nos alejamos. Pero en cuanto nos aproximamos un poco las diferencias aparecen con esplendorosa nitidez. O al menos eso es lo que ocurre cuando comparamos agamia y anarquía relacional.

Decir en qué se diferencian estos dos modelos es imposible en un post. No, por supuesto, porque haga falta profundizar en sutilezas para localizar esa diferencia, sino porque observamos diferencias absolutamente en todo, y para pasar por todo hace falta, como en el famoso mapa borgiano que pretendía ser completo, una extensión idéntica a la del espacio que se cartografía. El 99% de los textos de este blog no tienen cabida en la ar.

Pero intentemos encontrar algunos ejes principales.
Podríamos comparar agamia y ar desde una perspectiva, digamos, material, es decir, atendiendo a la literatura existente sobre ambos temas. Se trata de una comparación incómoda, porque mientras que la agamia tiene un espacio definido de desarrollo paulatino que aspira a ser sistemático, y al que cualquiera puede remitirse, la ar quedó, por decirlo de algún modo, anclada a su manifiesto, como una mariposa clavada con un alfiler. Los pocos esfuerzos serios que se han realizado para desarrollar aquellos 9 puntos apenas han hecho otra cosa que aletear en torno a ellos, teniendo que conformarse con describir en qué estaba consistiendo la vida relacional de las personas que se denominaban anarquistas relacionales a sí mismas.

Tenemos que decir, por tanto, que mientras que la agamia es una propuesta, la ar es un “sentir”, una “manera de entender” la propia ar que queda validada a priori por la ausencia de elaboración teórica. Una constatación que no puede confirmarse ni refutarse. Si la monogamia se definiera a sí misma como ar pocos argumentos habría para contradecirla.

Entendido entonces que comparamos un discurso con una idea vaga, o con una práctica difusa, pasemos a lo que podríamos denominar comparación “en la forma”.

La agamia es el rechazo al gamos. La ar no es el rechazo al gamos sino la relativización de su importancia. Una persona ar, por definición (es decir, por contenido expreso en aquellos 9 puntos), da la misma importancia a sus relaciones gámicas que a aquellas que no lo son. Una persona ágama no tiene relaciones gámicas, porque considera que el gamos es una institución opresiva y patriarcal.

Es, exactamente, la misma diferencia existente entre ateísmo y agnosticismo. Donde el ateísmo rechaza y condena, el agnosticismo se lava las manos apelando a la imposibilidad demostrativa, a las limitaciones de la mente humana o, directamente, a la más rastrera de las equidistancias. A día de hoy nadie diría que ambas posiciones son la misma. También es fácil intuir cuál es la más cómoda.

El paralelismo religioso sirve también para exponer una diferencia mucho más espectacular: el tratamiento del amor. Si la ar puede presumir de ser el primer modelo relacional en cuestionar la prevalencia del gamos, no puede decirse, sin embargo, que aporte ningún tipo de novedad con respecto al amor, más allá de apuntarse a la crítica al amor romántico. Para la agamia, sin embargo, el amor es el libro de instrucciones del gamos, y no hay forma de escapar de éste si no se tira aquél a la basura. El rechazo radical del gamos implica el rechazo también radical del amor. Donde, no sólo la ar, sino las no monogamias al completo, despliegan su infantilizante y culpabilizado culto a un amor que lxs señala como pecadores de no monogamia, la agamia subordina los afectos a la justicia de los afectos. La voz del Amor Dios Padre y su mandato de obediencia son completamente desoídas por la agamia. Las personas ágamas son las primeras, por increíble que parezca a estas alturas de la película no monógama, que se declaran responsables de sus afectos y que entienden al amor como una simple embriaguez afectiva.

La lista podría seguir interminablemente. Y en cada cuestión descubriríamos una diferencia similar: allí donde la agamia se pronuncia, la ar dice que ni blanco ni negro, que ni tanto ni tan calvo, que no hay que ser extremistas. Y cuando ambos discursos se encuentran, como imaginaréis, aparece la acusación de totalitarismo: la agamia es totalitaria porque afirma; la ar es inclusiva, porque no rechaza. Y es en esta característica donde creo que reside la diferencia de espíritu o, por seguir con el paradigma aristotélico, de finalidad, entre ambos modelos.

Poco espacio me queda ya para desarrollar la cuestión, de modo que daré sólo unas pocas claves en la confianza de que sirvan para identificar los ámbitos ideológicos a los que quiero referirme.

Sabemos de la íntima y peligrosa relación entre la inclusividad de las personas y la inclusividad de las conductas, es decir, entre la idea de que todo el mundo tiene que tener un lugar y que todos los deseos tienen que poder realizarse. Sabemos cómo pisa la izquierda esa trampa, sin querer o a conciencia, todos los días, en todas partes. Y sabemos que la mayoría de las veces que rascamos el concepto “inclusividad”, o “tolerancia”, o “diversidad”, no encontramos que tengan que ver con las personas, sino con los deseos y el mercado, es decir, con el neoliberalismo.

La ar está atravesada de punta a punta por este problema, y su incapacidad para pronunciarse jamás por nada es la consecuencia de ser el modelo de quienes no quieren pronunciarse, de quienes quieren dejarlo todo en el aire, de quienes quieren, en última instancia, apelar al derecho a la incoherencia para legitimar así su propio deseo.

Es, por lo tanto, el modelo liberal (y feminista liberal allí donde se declara feminista), y es, por lo tanto, el que parte del deseo y construye su ética bajo el yugo de ese deseo. Es un modelo incapaz de plantearse, por poner un ejemplo, que el problema no es que exista una belleza normativa, sino que exista una cultura del deseo de lo bello que generará siempre ganadorxs y perdedorxs y, a través de ellxs, normatividad. Y no puede hacerlo porque necesitaría enfrentarse con la tiranía del deseo y el deseo, nos dice el neoliberalismo, es tu esencia, tu yo más profundo y verdadero, aquello que te da sentido y debes perseguir por encima de todo.

Es incapaz de enfrentarse a una estructura relacional opresiva como es la lógica del valor sociosexual, porque éste dice que desear arbitrariamente a unas personas y repudiar a otras es poner a unas personas arbitrariamente por encima de otras, pero al ser el deseo quien habla nada se puede replicar.

Es incapaz de resolver el conflicto de los celos, porque éstos son la expresión de un deseo que, aunque se enfrenta a los principios de la anarquía relacional, debe prevalecer sobre ellos en tanto que deseo incuestionable.

Y es incapaz, por supuesto, de concebir la idea de un sexo sin objeto, ya que el deseo primigenio, como ya afirmara Hegel, es someter al otro, cosificarlo, convertirlo en tu esclavo para que sea fuente de satisfacción propia. Y dado que el gamos logra ese sometimiento a través del sexo tal y como hoy lo entendemos, éste debe permanecer intacto y objetualizante, pues es la realización por antonomasia de nuestro deseo más anhelado.

Vemos así que comparando agamia y ar desde su finalidad podríamos decir que si la ar es uno de las propuestas que nos animan a la transición de un modelo patriarcal dominado por los hombres a uno neoliberal dominado por el deseo, la agamia propone que el dominio recaiga sobre las manos de los sujetos conscientes, emancipando con ello su capacidad para hacer un uso verdaderamente justo de las relaciones.

E instigándoles, además, a ese uso.

Por completar la comparación podríamos preguntarnos por la causa eficiente: el quién. ¿De qué sujetos individuales o colectivos parten ambos modelos y qué relación tienen con su desarrollo, contenido y finalidad? Bueno, echad un vistazo por ahí, preguntad a quienes los representan o se identifican con ellos, contrastad sus discursos, y decidme, si os apetece, si me he equivocado.