martes, 30 de diciembre de 2014

¡¡¡indignación!!! (iv). COMPROMISOS Y EXPECTATIVAS


La construcción de nuestra vida social requiere de la conformación de vínculos estables. Este anatema, que más parece un precepto heteronormativo que una ley universal de la socialización, es, en realidad, una obviedad. Dejemos para otro momento las disquisiciones sobre el concepto de libertad positiva y negativa. Recordemos aquí, simplemente, que para la realización de cualquier acción compartida necesito saber que la/el otrx va a realizarla conmigo. Si voy a cenar con alguien, necesito saber que esa persona acudirá a la cita, y que no la interrumpirá, e incluso que ofrecerá cierta disposición de ánimo adecuada a un encuentro. Hay cosas que requerirán de una estabilidad muy segura (conducir con cuidado), y otras de una muy prolongada (escribir un libro), y las hay que, como el ejemplo de la cena, serán menos exigentes.
 
Mis posibilidades en sociedad, y las posibilidades de la sociedad misma, crecen en la medida en que establezco vínculos adecuados, que aumentan mi libertad, y decrecen en la medida en que esos vínculos son inadecuados o, simplemente, no existen. Dicho de otro modo: mi libertad aumenta en la medida en que puedo contar con lxs otrxs.

Existe una corriente poliamorosa y anarcorrelacional que considera la absoluta no generación de expectativas como la forma adecuada de acabar con los celos: la/el otrx hace y hará siempre lo que desee, y nuestra responsabilidad es no esperar nada en concreto, de modo que evitemos después la frustración y el sentimiento de injusticia que produce la decepción de una ilusión relevante. Se llega a hablar de compromisos elementales, de sentido común, de civismo (fregar los cacharros, no robar…), pero nada más, sobre todo en lo que se refiere a la vida íntima.

La intuición que conduce a esa reflexión es que cualquier compromiso es una amenaza para la libertad; y es correcta. Pero vemos ya que la norma en la que toma cuerpo es contradictoria. Este poliamor hablaría de una completa falta de libertad íntima (una absoluta incapacidad para hacer nada con nadie, salvo por pura coincidencia), por ejemplo, dado que, en ese ámbito, nunca podríamos contar con lxs otrxs para nada. Volvería al temido punto de partida de la monogamia heteronormativa: la jaula sexosentimental.

Mi libertad aumenta, decía, en la medida en que puedo contar con lxs otrxs. Pero, ¿en qué puedo contar con lxs otrxs?

Una expectativa legítima es la que se forma en base a lo que razonablemente podemos esperar del/a otrx, ya sea porque nos lo determina así nuestro sentido de la justicia o porque la relación entre ambxs produce un acuerdo implícito.

No necesito un acuerdo implícito ni explícito para esperar del/a otrx que no me agreda. Mi sentido de la justicia me dice que no puede hacerlo. Si lo hace protestaré pidiendo, precisamente, justicia, y si mi protesta es inútil, si se repite la agresión, o ésta era originalmente abusiva, mi protesta se transformará en indignación y necesitaré tomar medidas que desempoderen a la/el otrx. Mal que bien, la ley suele recoger estas medidas. O al menos así debería hacerlo.

Para que se produzca un acuerdo implícito necesito, sin embargo, remitirme a la relación. Habrá acuerdos implícitos allí donde se entienda así a partir de una observación realista que juzgue también de manera realista. Lo que la relación, en su práctica, no me dice, no puedo sobrentenderlo. Si valoré la existencia de un acuerdo sin que pueda deducirse de la relación, si generé una expectativa a partir de ese acuerdo, si este acuerdo no se cumplió y yo me indigno, entonces mi indignación es ilegítima, porque la expectativa también lo era, ya que no era razonable.

Veámoslo volviendo al ejemplo de la cena.

Las personas 1 y 2 han quedado para cenar juntas, y una persona 3 lo hace en otra mesa. Ésta última tiene una relación mínima con ellas, que puede remitirse a una idea general de respeto social. Ya se sabe: No montarla, no eructar, pagar su propia cuenta… Aunque cabe que la escasísima relación propiciada por la cena produzca pactos implícitos (si 3 deja libre su lado del perchero, 1 y 2 podrán ocuparlo sin esperar que, de pronto, 3 decida usarlo para colgar, por ejemplo, la camisa, a pesar de que, en justicia, ese lado del perchero le corresponde a 3).

Entre 1 y 2 el pacto es más amplio, pero no por ello complejo o difícil de manejar. Ambxs dan por hecho que la cena se desarrollará hasta su final, y que se le concederán las diversas atenciones que correspondan al motivo de la cena, ya se trate de una celebración, de una muestra de agradecimiento, o de una cita para que 1 se desahogue con 2 contándole un problema. Si ambxs han dado pie a generar una expectativa razonable sobre el buen discurrir de la cena (es decir, si ambos saben que la/el otrx no es un/a aguafiestas en quien no se puede confiar el éxito de una noche), el incumplimiento del pacto implícito por parte de cualquiera de lxs dos generará, en la/el otrx, protesta o, incluso, indignación. Si dicha protesta no es atendida y satisfecha, será responsabilidad de/la indignadx modificar las expectativas de la relación y, con ello, la relación misma (en algo afectará, seguramente, a sus siguientes cenas, si es que éstas tienen lugar).

Para que este mecanismo tan sencillo pueda actuar con la fluidez que sería deseable, debe presentar una diferencia radical con respecto a la relación gámica: lo llamaré “desinterés”, como en los juicios kantianos, a riesgo de que se confunda con algo así como “despreocupación”. A diferencia de las relaciones gámicas, contaminadas del deseo perturbador de conservarlas y hacerlas crecer a cualquier precio, las relaciones ágamas deben ser libres para evolucionar según las expectativas razonables que en ellas se vayan estableciendo. Tanto su crecimiento como su retracción deben ser consecuencia, no del deseo, sino de lo más oportuno en cada caso. Ésa será la manera de optimizarlas.

jueves, 25 de diciembre de 2014

¡¡¡indignación!!! (iii). "¡PROTESTO: SIENTO CELOS!"


Entendemos que los celos están principalmente relacionados con el ámbito de lo sexosentimental. Pero la agamia aspira, tanto a desanudar esos dos componentes, como a designificarlos, resdistribuyendo su trascendencia entre el resto de los ámbitos que puedan constituir una relación.

Por eso, sustituyo el término sexualizado y estigmatizado “celos” por el más neutro “indignación”, y, por eso, dejo en suspenso si éste debe o no ser estigmatizado de nuevo. Ya adelanto que sexualizarlo no lo voy a sexualizar.

Llamamos “indignación” a la reacción emocional que ocasiona aquello que es percibido como una injusticia.

Es evidente, por lo tanto, que su calificación está subordinada a que nuestra percepción de la injusticia sea o no certera; que la injusticia sea o no real.

Hablaremos de dos tipos básicos de indignación: indignación legítima e indignación ilegítima.

La indignación conduce a la expresión de la indignación, a la articulación de su significado, a la expresión de sus razones. Y es en ese momento en el que debe dilucidarse si es legítima o ilegítima. Resulta casi superfluo especificar que la indignación valorada como ilegítima debe ser “devuelta” al individuo. Para éste quedará la realización de una tarea de corrección de su percepción de lo injusto o indignante, de la que hablaré en el siguiente texto.

En cuanto a aquella indignación que es valorada como legítima, también parece lógico que conduzca a una tarea, en este caso a realizar por parte de la persona que suscitó la indignación, y que consistirá en la corrección de su conducta.

Hasta aquí todo muy fácil, incluso en la práctica. Y muy familiar. Exactamente lo que hacemos, o nos gustaría tener la sensatez de hacer, con cualquier conflicto, con cualquier persona.

Pero, ¿qué pasa cuando nos encontramos con alguno de los dos casos en los que el conflicto no se soluciona?



Pues lo mismo. Actuar como si no estuviéramos hablando de amor. Como si fuéramos ágamxs. Como si la agamia formara parte, no sólo de toda nuestra vida no gámica, sino también de la otra.

El primer caso de conflicto no resuelto es aquél en el que la conducta indignante se repite, a pesar de haber sido sentenciada como injusta por ambas partes. Es evidente que en las relaciones no gámicas (cuidado con confundir las relaciones no gámicas con las relaciones ágamas. Las relaciones no gámicas son aquellas que, dentro del paradigma gámico, no producen gamos: Lo que coloquialmente llamamos “amistad”. Las relaciones ágamas son todas aquellas que tienen lugar cuando el gamos ya ha sido plenamente rechazado. Podríamos decir, eso sí, que casi todas las relaciones son, en alguna medida, ágamas, ya que prácticamente todo el mundo manifiesta de manera más o menos expresa algún tipo de reticencia o incredulidad frente a la filosofía del amor) esta circunstancia lleva a una adaptación o reformulación de la relación que puede ser más o menos sustancial.

Si nuestrx amigx es injustx con nosotrxs y, después de haberlo reconocido, vuelve a serlo en el mismo sentido, es nuestra responsabilidad reformular nuestra relación, que no tiene necesariamente que replantearse la denominación, muy vaga por otra parte, sino la forma en que se realiza. Lo más normal será que la modificación tenga que ver con los aspectos de la relación que son dependientes de la conducta que se ha valorado injusta.

Es posible el caso inverso, es decir, que lo que se repita sea la indignación ante una conducta valorada justa por consenso. Entonces la conducta a evitar será la repetitiva e injusta manifestación de indignación. Si quien experimenta indignación ilegítima decide expresarla a pesar de la evidencia de su ilegitimidad, es la/el otrx quien queda legitimadx para hacer lo que esté en su mano con el fin de evitar someterse de nuevo a los efectos de la indignación primera.

El segundo tipo de conflicto no resuelto es aquél en el que las partes no llegan a un acuerdo sobre la valoración de la conducta; en el que no se produce consenso sobre si ésta debe ser o no modificada. Aunque esta situación tiene siempre un horizonte de resolución (como todas, por otro lado), no siempre vamos a conseguir que esa resolución se produzca en un plazo razonable. ¿Qué se hace cuando alguien piensa que la conducta de otrx le perjudica injustamente y la/el otrx opina que no hay tal perjuicio, o que el perjuicio no es injusto? Pues, evidentemente, lo mismo que en el caso anterior: modificar la relación de modo que no quede afectada por esa conducta.


Obsérvese que se habla de modificación de la relación, y no de mutilación de la parte implicada de la relación. Si mi amigx me hace trampas jugando al pimpón, la única alternativa no es dejar de jugar al pimpón con mi amigx. Es posible que la calidad de nuestra actividad común se deteriore en alguna medida, pero también que la adaptación más eficaz a ese obstáculo no sea la supresión completa.

Y, hasta aquí, todo más que lógico, más que evidente, más que conocido. ¿Dónde está la gracia, entonces?

Bueno, una parte de la gracia es trasladar la ética a la relación gámica (lo cual es imposible, claro. Es necesario partir del paradigma ágamo). Pero el verdadero avance estará en la construcción del sentimiento de indignación, del sentido de la justicia. La clave del asunto es la conformación de expectativas que también sean legítimas porque sean razonables.

lunes, 24 de noviembre de 2014

¡¡¡indignación!!! (ii). EL DOLOR COMO CÁRCEL


Los celos son nuestra prisión material.

Estamos confinados por un sistema sexosentimental complejo pero, si queremos escapar, nuestra mirada se dirigirá, en primer lugar, hacia un elemento tan simple como la cerradura de nuestra celda, hacia las cadenas que sujetan nuestros tobillos, hacia nuestras “esposas” que, en justicia, deberían también ser escritas con la x postgénero. Y esos elementos de represión física, sensible, que impiden el primer movimiento, que objetivan nuestra condición de presos más allá de la ausencia de libertad a la que el sistema nos condenaría aunque nos dejara caminar libres, son los celos.

Nuestra biografía sexosentimental se ha encargado de enseñarnos que la libertad acarrea dolor, que ese dolor no compensa, y que el paraíso amoroso al que podemos aspirar es aquél en el que las causas de los celos han sido razonablemente extinguidas. El sistema amoroso necesita de nuestro terror a los celos para convertirnos en supervisores internos del cierre de la pareja. El precio será abandonar las aspiraciones de vivir el amor como el amor dijo que era: un carrusel de pasión. A partir de ese cambio de expectativa empezaremos a llamar a aquélla forma de amor “amor inmaduro”. Nosotrxs, que no sentimos placer para no sentir dolor, nos consideraremos preparados para el amor de verdad. Aquél que, tras la terapia conductista que es la travesía celopática, nos hace aparecer en una estación inesperada: la de la vida real. Nuestro amor es, ya, gris e invisible, nosotrxs somos grises e invisibles, pero estamos capacitadxs para afrontar lo que el mundo espera de nosotrxs como enamoradxs: la construcción de una familia capitalista patriarcal.

 
Una vez allí, cada vez que el suicidio cotidiano de la rutina sexosentimental nos recuerde que tenemos la obligación de vivir, las cadenas de los celos resonarán en nuestra conciencia produciéndonos escalofríos. Los celos acosarán nuestros sueños con un mantra siniestro: No hagas daño y no te harán daño.

Habrá quien, a pesar de todo, acepte este sufrimiento como precio por su libertad. Habrá quien, incluso, aprenda a vivir con él. Pero de poco nos sirve. Por cada unx que lo consiga, centenares quedarán agotadxs y volverán a su jaula, más mutiladxs que antes, y más deseosos que nunca de encontrar, al menos, la paz. Lxs que escaparon, ahí fuera, se encontrarán sufrientes y solxs. O casi solxs, que es casi lo mismo.

 
No romperemos estas cadenas por la fuerza. Debemos entender por qué se nos han puesto, por qué existe un carcelero de extracción popular que cree en la cárcel en la que nos encierra, por qué podríamos ser, o somos, sangre con sangre de ese carcelero que siempre hace oídos sordos al grito de “¡no sirvas a quien nos oprime!”

La materia de la que están hechos los celos es el deseo de libertad del/a otrx, pugnando en dirección opuesta. Debemos reorientar nuestro esfuerzo y convertirlo en una sinergia.

Para ello, empezaremos devolviendo a los celos a su carácter original de emoción identificadora de una injusticia, previo a la cínica sanción con que hoy son señalados. Para la agamia no existirán los celos. Hablaremos sólo de “indignación”. A partir de ahí, será sencillo determinar la pregunta moral universal de si cada indignación puntual es o no justa. De cuándo estamos luchando por una libertad “nuestra” o por una libertad sólo “mía”.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

¡¡¡indignacíón!!! (i). LOS CELOS SON EL DEMONIO


                        "¿Sabes en qué veo que las comiste de tres en tres? En que yo las comía de dos en dos y tú callabas.”
                                                                                                  Lazarillo de Tormes.

En nuestra cultural, los celos padecen un estatus contradictorio, y su prestigio se encuentra en pleno declive. Pero es posible que, en la evolución que su imagen pública sufre, el patriarcado haya conseguido hacernos seguir una pista falsa. Por razones imprevistas, cuanto más intentamos escapar de los odiosos celos, más caemos de nuevo en la cárcel del gamos. El sistema ha conseguido que empleemos todas nuestras fuerzas para correr en dirección a su trampa.

En las últimas décadas, con la normalización de la separación como respuesta a los problemas de pareja, los celos han sido eliminados de las emociones moralmente legítimas. Han pasado a la categoría de emoción patológica porque se da por hecho que la infidelidad comprobada no debe conducir a la conservación de la pareja en un marco emocional de celos, sino a la separación. Quien siente celos ante una infidelidad, y no se separa, está asumiendo y tolerando la infidelidad, y pasa a ser causante y responsable de sus propios celos. Quien siente celos, pero no ha podido comprobar la infidelidad, carece de legitimidad para trasladarlos a la pareja, queda valoradx como paranoicx, y se atribuye dicha percepción distorsionada de la realidad a componentes de inseguridad y posesividad en su carácter profundo. La explicación acertada, pero superficial, de la mayoría de los casos de violencia patriarcal como consecuencia de los celos convierte a esta manifestación de los mismos en referencia equivocada para las restantes.

Estos nuevos mantras de la filosofía del amor son errores extremadamente groseros y sangrantemente inmorales. Explicaré por qué.

Los celos se encuentran, como vemos, en un impasse histórico. Si bien es cierto que han perdido todo su pasada autoridad, mediante la que podían legitimar cualquier acción más allá del respeto a ley alguna, también es cierto que la ideología que los generó, y a la que tan eficazmente sirvieron, sólo se ha reformado y adaptado al surgimiento de los feminismos, sin perder en absoluto su vocación opresiva. Han servido de cabeza de turco en la reforma de un sistema que busca, y, en gran medida, logra, permanecer sustancialmente intacto.

Así, ¿quién diría que, denunciando los celos, hacemos un inestimable servicio al patriarcado? Pues ése es el caso. La prueba (siempre oculta) es que, aunque las manifestaciones más espectaculares de los celos son las que degeneran en violencia patriarcal, debemos entender que ésta es posible en la medida en que el individuo puede permitirse el imponer la voluntad que suscitan sus celos, es decir, da un falso ejemplo, con ello, de una relación sistemática entre celos y violencia (y no entre poder y violencia, que sería la verdadera lección, la verdadera exégesis del acto) que oculta, precisamente, la manifestación del grueso de los celos, de los que es paciente la mujer.

Lo que debemos entender, por lo tanto, es que, históricamente, la inmensa mayoría de las experiencias de celos, (como complejo emocional de ira, miedo y tristeza provocados por la puesta en entredicho de la relación gámica mediante una relación sexual externa a ésta), son experimentados por las mujeres y reprimidos por el patriarcado. Serán aquellos celos que el patriarcado considera indicio de lo que cae intolerablemente fuera de la norma, es decir, los experimentados por los hombres, los que conducen a violencia de género y se convierten en falsos paradigmas.

Los celos son la reacción emocional de indignación específica al flujo de poder llevado a cabo en la relación sexual, y valorado subjetivamente como injusto. Los celos son el mensaje emocional de que se está produciendo una injusticia. Así, hay más celos allí donde hay más injusticia, siempre que la valoración de dicha injusticia sea sensata. La tendencia a la percepción injusta del justo reparto de poder, propia del opresor, genera celos ilegítimos que, sin embargo, se visibilizan con más facilidad precisamente por venir del individuo empoderado.

 
La diferencia entre los celos y una indignación convencional es que aquéllos caen hoy bajo una condena social que añade a la indignación el componente represivo que lleva a la mala conciencia y la ocultación. Si echamos la vista atrás encontraremos que, antes de ser condenados, los celos funcionaban del mismo modo que una indignación cualquiera. No hay diferencia entre que Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, sea padre o esposo de la ultrajada Isabel. Matar a Don Álvaro es, según la moral que promulga Calderón, la consecuencia legítima de su indignación, como lo sería si le hubiera robado las tierras. El componente de mala conciencia desaparece, como desaparece el desprestigio social hasta el punto de ser tan enaltecido por su acción como hoy lo es quien evita un desahucio.

Estos celos legítimos de clase, reconocidos y visibilizados por la literatura del XVII, son idénticos a los celos de género, ni reconocidos, ni visibilizados, ni reivindicados jamás por literatura ni cultura alguna. Cuando hablamos de los celos, por lo tanto, unimos una emoción a un juicio ético, mezclando así dos cosas inmiscibles, de un modo muy útil al patriarcado. La discriminación que debemos exigir desde la teoría de género, desde la crítica a la heteronormatividad, y, por descontado, desde la agamia, es la existencia de celos normativamente legitimados del patrón, frente a celos normativamente deslegitimados del siervo. Cada uno de estos celos desempeña una función en el patriarcado. Cuando éste sacrifica el privilegio de reivindicar sus ventajas a través de los celos, lo acompaña de la exigencia de que el grupo oprimido deje de denunciar su opresión por ese mismo método.

Y el negocio, según se estaban poniendo las cosas, le sale redondo.

martes, 14 de octubre de 2014

el "deber ser" de la belleza


             La agamia considera la belleza un valor cultural y, por ende, ético. La determinación de la cultura de la belleza debe realizarse siguiendo el criterio de la utilidad que, en el ámbito del comportamiento, será como decir “del bien”.

Así, la agamia persigue identificar bien con belleza, sin complejo antiplatónico alguno.

El viejo tópico de que el cerebro es el más erótico de los órganos responde, entre otras cosas, a la experiencia individual de que el sentido común es el camino más corto hacia el placer; de que lo bello es lo que funciona.
                La identificación de la belleza con el bien es la automatización de la búsqueda y el enaltecimiento del bien a través del gusto. El gusto, cuando lo es, siempre es de gustosa satisfacción. Se entiende, por lo tanto, que la elección consciente de lo que debe ser placentero no va en detrimento, sino en beneficio de su disfrute. Dado que, hasta ahora, la elección del gusto no es en función de lo bueno, ni siquiera de lo placentero mismo, sino sólo de aquello que obedece a los valores estéticos generados por el sistema capitalista patriarcal (que éste presenta fraudulentamente como capaces de producir placer), cabe esperar de la educación consciente del gusto una satisfacción a corto plazo notablemente superior a la actual. El principal y más inmediato progreso consistirá en una reducción sustancial de la represión sexual, que conllevará un enorme placer por liberación de la parte correspondiente de la misma.

                La educación del gusto no se realiza por represión del gusto previo, sino por convencimiento mediante el contacto con las fuentes de placer, tanto las eficaces como las fraudulentas. La experiencia convence, y genera, además del aprendizaje, una impronta que actúa sobre la intuición conduciendo al individuo a premiar a las fuentes eficaces de placer mediante el reconocimiento y la integración. En un entorno ágamo, reconocimiento e integración constituyen fuentes de lo que el amor entiende como afecto. El afecto amoroso, con su añadido de protección, de compensación por la falta de reconocimiento e integración sociales, se vuelve prácticamente innecesario. La utilidad del afecto melancólico queda confinada, por tanto, a usos excepcionales.

más allá de una cultura de lo saludable, la gordofobia es propaganda para alimentar un canon irracional y arbitrario de belleza cuyo objetivo, además de enajenar el cuerpo de las mujeres, es jerarquizarlas como objetos de consumo cuyos productos de élite resulten inalcanzables.
Nada que ver con el placer sexual.
                El sistema ideológico del amor es arquetípicamente hipócrita en este punto, pues educa en la elección en función de un determinado tipo de belleza elitista a la que mitifica, mientras afirma (de manera ineficaz, pero útil como autolegitimación moral) que los individuos deben ser elegidos en función de lo que llama “el interior”, que no sólo trata como un valor de segunda, sino que lo contrapone al anterior, sobrentendiendo que debe cultivar su “interior” aquél que carece de medios para cultivar su belleza.

La evolución continua de las modas es la demostración de que el canon de belleza se puede crear, incluso con notable facilidad.
Creemos el nuestro.
Todxs tenemos la responsabilidad de educar nuestro gusto hacia lo bueno, de modo que integremos y reconozcamos lo bueno, y promovamos su reconocimiento e integración por parte de otrxs.

             Todxs tenemos la responsabilidad de educar nuestro gusto de modo que dejemos de premiar y demandar lo malo, así como de evitar que otrxs, a su vez, lo premien y lo demanden.