El amor no es un sentimiento, ni una experiencia, ni un arte. El amor es la ideología que determina cómo deben ser nuestras relaciones. Y estamos contra él.
¿Qué
tiene que suceder para que el ser humano reconozca la existencia del otro como
ser también humano?
¿Qué le
hace descubrir en el otro una conciencia como la suya y, por ello, actuar en
función de esa igualdad?
O,
invirtiendo la pregunta: ¿Hasta dónde puede el ser humano llevar la negación de
la condición humana allí donde ésta se hace evidente?
Čapek
sólo responde, en realidad, a esta última pregunta: hasta que el reconocimiento
se impone por la fuerza.
Según
la pesimista visión del escritor checo, el ser humano está especialmente dotado
para anteponer su interés a su empatía o, dicho de otro modo, para utilizar su
empatía sólo cuando ésta ofrece la ventaja de hacer aumentar el poder.
Si esto
es así, debemos pensar que nosotros mismos, orgullosos habitantes del s XXI,
estamos negando la condición humana a todo aquél colectivo que no haya
encontrado el poder para imponérnosla. Se nos abre, por lo tanto, un inmenso
trabajo de identificación y comprensión de lo humano en aquellos espacios,
precisamente, en que ningún interés particular nos hace ir a buscarlo.
La
mujer es, tal vez, el paradigma de esos colectivos, presente en toda nuestra
historia como evidentemente igual y, a pesar de ello, carente de ese
reconocimiento, aún hoy, salvo cuando su poder o el interés del hombre ha
logrado imponerlos.
Pero
conformarnos con “mujer” como otredad a identificar es negligir la oportunidad,
precisamente, de incorporar la más inclusiva categoría de “otro”. La clase
genera a ese otro, sobre todo la superclase producida por las fronteras
económicas. Hoy día, África está habitada por “salamandras” cuya muerte
sistemática trataremos un día con la hipócrita indignación con la que nosotros
tratamos la esclavitud americana del XIX. En los ancianos que potencialmente contenemos,
es decir, en nuestro mismo futuro, en nosotros, fragmentados por el tiempo, somos
capaces de establecer esa misma otredad. E incluso el género masculino es
simplificado como el otro opresor de un modo que permite su deshumanización
instrumental.
El ser
humano lo es, y el no reconocerlo como tal constituye una confusión de
identidad, es decir, un recurso humorístico clásico que La Guerra de las
Salamandras utiliza con una inteligencia deslumbrante, ofreciéndonos, en cada
carcajada, la oportunidad de recordar, no lo que somos, sino en lo que nos
convertimos al no reconocer lo que son los demás.
Lo más
frecuente es desaprovechar esta prodigiosa oportunidad.
El final feliz romántico tiene un
poder del queun guión apenas puede
escapar. La extinción de la historia sin amor es, en nuestra cultura, una grave
condena moral. Identificarnos con un personaje y acabar viendo cómo sucumbe, y
nosotros con él, a la desgracia sentimental es, además, veneno para la taquilla,
por lo que tiene en sí mismo de desagradable como experiencia narrativa. Sólo
un/a espectador/a adultx y profundamente concienciadx del problema que la historia
trate está dispuestx a aceptar el desasosiego de verse advertidx, precisamente
en su espacio de ocio, de que algunos caminos, no lejanos, conducen a la
soledad.
Nos han dicho que somos demasiado
tontos como para ir al cine a pensar; que nuestro cerebro no está capacitado
para ser sometido al estrés de hacer otra cosa que flotar en una nube de soma
durante todo el tiempo que dure nuestro ocio. Nosotrxs, como nos regalaban los
sentidos, lo hemos creído. Tenemos la obligación de actuar como si no fuera demasiado
tarde, pero eso no garantiza nada.
El caso es que, hoy, rara es la
producción que puede permitirse escapar a esta norma autoimpuesta por la
industria cinematográfica. Para que toleremos que el personaje que nos acompaña
dos horas, y al que a veces incluso dedicamos nuestra sagrada tarde del sábado,
va a acabar como nosotrxs no podemos soportar pensar que acabaremos, es
necesario que antes hayamos concedido que, encantador/a como es, encarna un vicio
que la película nos va a ilustrar en detalle y del que nos va a enseñar a
escapar. No le queremos mal, pero entendemos que, en el fondo, lo merecía.
Nosotros no seremos como él/ella.
Entonces, ¿qué sentido tiene
contar la historia del hombre que, enamorado como dios manda, acaba condenado? Y,
¿cómo es posible que sea un éxito? ¿No es justo ésta la historia que no nos
apetece encontrarnos?
Al primer golpe de vista, ni a mí
me cae bien Drácula, ni creo que la intención sea que lo haga. Demasiadas cosas
responden en él al cliché del villano como para que nos identifiquemos con su
desgracia amorosa. Tanto los rasgos físicos (cara angulosa, bigote, mirada
extraviada), como los caracterológicos (exaltación, violencia, crueldad), nos
presentan al tipo de personaje a quien estamos habituadxs a odiar. Pero su
segunda aparición, ya como vampiro, es definitiva. Lejos, lejísimos, de
Cristopher Lee, o incluso de Bela Lugosi, Oldman se vuelve, no sólo odioso,
sino generosamente repugnante. Esa especie de viejo afeminado, macilento y
libidinoso es, seguramente, lo más lejos que Coppola ha sido capaz de llevar al
personaje en su deseo por que nos inspire asco y, través del asco, aversión. Se
diría que, mientras Reeves se encuentra en su mansión, más que los peligros que
se ciernen sobre él, nos preocupan las interminables secreciones a las que
parece ir a quedarse pegado.
Por eso tenemos claro que la
historia debe favorecer al amor de los personajes vivos, y que el no-muerto
debe, tarde o temprano, encontrar la horma de su zapato y sucumbir al final
feliz. Lo constatamos, además, con cada uno de sus actos. El asesinato, la
promiscuidad, el acoso, son casi el estereotipo del maltratador.
Sin embargo, todos sus
movimientos lo aproximan al amor de Mina. Creemos que ella vive un engaño, que
despertará cuando descubra toda la maldad que yace escondida bajo el proceso de
seducción de Drácula. Esa esperanza se desvanece ante dos frases de Mina, la
una pronunciada sin solución de continuidad con la otra, sin reflexión entre
ellas, como si la barrera que debería separarlas fuera sobrepasada por la
anegadora fuerza del amor.
-Has matado a Lucy. Te amo.
Muchxs espectadorxs caemos en ese
momento en que lxs engañadxs éramos nosotrxs. La declaración, la toma de
partido, el contrato verbal, invierte el orden de valores de la narración. Nos
habíamos equivocado de bando: el bueno era Drácula. Toca dejar las estacas, los
ajos y los crucifijos, y desplegar nuestras alas de murciélago para no ser
alcanzadxs por el fundamentalismo plebeyo y terrenal de Van Helsing. De hecho,
será éste el primer momento en el que Drácula se encuentre amenazado y en
inferioridad de condiciones y, como buen héroe, escape por los pelos.
Ya he hablado recientemente
de la amoralidad del amor.
El amor establece unas reglas de
comportamiento que deben ser seguidas para triunfar en el amor. Quien se aferra
a ellas es buenx en el amor, y debe esperar que el amor sea bueno con él/ella; quien
las abandona sufrirá el castigo de la soledad. Pero el amor no necesita de sus
feligresxs para romperlas. Así, su camino sacramental es un viacrucis a lo
largo del que se descubre la contradictoriedad de las reglas, y que culmina en
el descreimiento total. Normalmente, el descreimiento llega demasiado tarde,
cuando el mundo del amor nos ha considerado desechables. Entendemos entonces
que no había tal moral, sino que era una zanahoria para que tiráramos de ese
carro llamado familia, o llamado sistema, que considerábamos lo otro del amor y
que era, en realidad, su razón de ser.
El amor nos la juega bien, el
cabrón. Entran ganas de vengarse. Drácula, por ejemplo, lo hace.
A él no le salen las cuentas. Ha
sido escrupulosamente obediente a todos los dioses sentimentales y, sin embargo, éstos le traicionan. Su
decisión es clara, y experimentaríamos su lógica como un humillante desprecio a
nuestra mezquina resignación vulgo-romántica si no fuera porque estamos
tentadxs de seguirle en su furia vengadora. El amor ya no es dios, puesto que
falla. Ahora es un igual, y le debe algo, que se cobrará, aunque sea del propio
amor.
Así, Drácula es el cobrador del
frac del amor: la deuda incondonable que esa filosofía fraudulenta adquiere con
nosotrxs en cada una de nuestras relaciones. Más allá de ser el espectro de la
relación pasada, se trata del presente mismo de esa relación, convertido en
eternidad inexcusable. El amor nos dijo que si obedecíamos nos ofrecería la
felicidad. Y mira lo que nos da: no sólo ella muere, no sólo se nos dice que no
nos espera más allá de nuestra propia muerte. Es que, para más burla hacia todo
aquello que da sentido a nuestra existencia, resucita con otro. El fiel
Drácula, que se atuvo al pie de la letra de sus promesas amorosas, se encuentra
a Mina convertida en una monógama secuencial.
El amor no nos predispuso para
esto de la secuencialidad. Lo que nos dijo es que era un sentimiento tan fuerte
que nos cambiaría la vida entera; que nos ligaría a alguien de manera tan profunda
que no podríamos jamás separarnos; que todo lo que hiciéramos inspirados por él
tenía más valor que la vida y que la muerte; que dejáramos el alma, porque
estaba bien segura. ¿Qué pinta, entonces, el advenedizo y profanador Jonathan
Harker?
Drácula, como único y verdadero
seguidor fiel de los preceptos amorosos, reencarnará la monogamia indisoluble,
pese al futuro novio al que pese, y tenga el concepto de “ex” la prensa que
tenga. En su siniestra condición de ex que no reconoce ese estatus, adquirirá
rasgos absolutamente singulares y, a la vez, profundamente arraigados en
nuestro inconsciente, tanto privado como colectivo. Es un murciélago, porque su
capacidad para desplazarse, aparecer y desaparecer es la propia de quien no
tiene otra ocupación que la obsesiva persecución de su amada. Es un lobo,
porque su deseo sexual frustrado y arcaicamente romántico debe saciarse
frecuentemente con seres inferiores, a los que devasta. Es un anciano
repugnante, porque viene de un pasado que se abandonó y del que se quiere
escapar por corrupto y vergonzante. Es un príncipe seductor, porque sabe todo
de su amada, hasta sus sentimientos más íntimos, que convierte en debilidades
emocionales por las que acceder a su corazón. Es un superhombre, más fuerte que
cualquier hombre normal, porque en realidad es el único hombre entero, que se
enfrenta a otros que son menos que hombres porque sus fuerzas están
sensatamente repartidas entre diversos amores y ocupaciones en lxs que no les
va la vida. Y es, ante todo, un vampiro, porque sólo él dispone del poder de
inocular, con su mordedura, el veneno incurable del amor verdadero. Es este
veneno el que contamina al convencionalmente secuencial Harker desde el momento
en el que empieza a luchar por Mina, porque la lucha es, en sí, consecuencia
del seguimiento literal de los preceptos del amor, que no concibe la
sustitución del objeto del amor. Es el que empodera sexualmente a la casta
Mina, dispuesta a seducir a Van Helsing como medio, pues la fidelidad real
expulsa del reino del amor, hacia los territorios vírgenes donde machismo y
feminismo, conservadurismo y progresismo, se confunden (y caen ambos, tal vez,
bajo el calificativo peyorativo de “extremismos”).
Salvo el orgullo, salvo la
dignidad de quien exige a hombres y dioses que cumplan su palabra, todo en
Drácula es odioso. Pero todxs reconocemos al odioso Dracúla que, dentro de
nosotrxs, permanece desgarrado por la traición que lo destruyó, lo corrompió y lo
convirtió en un monstruo que clama por salir a la fatal luz del día. Nos
resulta tan sensual encontrar la oportunidad de identificarnos con ello, de
reconocernos en las formas antisociales del amor, de entregarnos libremente a
la amoralidad de la lucha amorosa, donde el bien y el mal han sido
definitivamente relegados, que aceptamos jugar durante dos horas al monstruo maldito,
a sabiendas de que, al final, tendremos que aceptar la muerte, y quitarnos el
disfraz de carnaval que, en realidad, encarnaba nuestro yo íntimo.
Nada en Drácula nos es ajeno, salvo
que él tuvo la valentía de enfrentarse hasta la muerte con el traicionero dios
del Amor. Su derrota estaba predestinada desde el instante mismo en que acepto
sus reglas.
Si algo de sentido se ha encontrado a esta interpretación de la película de Coppola, recomiendo vivamente la revisión de su famoso tema principal, junto con la letra, y la inspirada interpretación de Annie Lenox
Esta moral en continuo derrumbe
que construye el amor, cuyo horizonte es el crecimiento del algoritmo
“subjetivo” hasta la “relativización” completa de la moral, hasta la ocupación
completa del espacio moral por las normas personales nacidas de la biografía
adaptativa del individuo, carece de sostén ético alguno.
Puede afirmarse que en el amor no hay más ética, es decir, más
distinción entre el bien y el mal según principios que el individuo pueda
entender y valorar, que la simple adaptación creciente a las necesidades
sexosentimentales del individuo mismo. En el crecimiento de la ira crítica
frente a las traiciones del amor, el individuo se individualiza, se disocia
moralmente de los restantes miembros de la sociedad, para aprender a reconocer
y ocultar sus exigencias. Descubre así que la moral del amor adquiere
coherencia sólo en el individualismo radical, es decir, allí donde el bien y el
mal empiezan y acaban en el apetito de la misma conciencia que juzga.
Descubrir la coherencia
subyacente a la ética contradictoria del amor es sustituir los principios
contradictorios por el deseo subjetivo, por la “subjetividad” y el
“relativismo” completos, para encontrarse con que, una vez realizada dicha sustitución,
los principios contradictorios adquieren sentido conjunto. Su abandono como
principios rectores de la vida colectiva los grana de sentido porque aporta el
único principio que ellos no reconocen: la moral del amor no es la moral de una
convivencia, sino del enfrentamiento de unos contra otros en pos de la satisfacción
del apetito sexosentimental.
Tras la regla del “todos contra
todos” deben necesariamente ocultarsecondiciones generadoras de ventajas que determinen una dinámica de
explotación. El “todos contra todos” sólo puede ser un juego de cartas marcadas
donde la victoria caiga siempre del mismo lado. El otro lado de la ética
poética del amor es la explotación capitalista y patriarcal. El amor es
presentado por el sistema como el ámbito donde logramos escapar del sistema,
donde los principios rectores del sistema son abandonados a favor de una utopía
moral en la que no sólo merece la pena refugiarse cuando el sistema nos concede
una tregua, sino en el que merece la pena creer como alternativa sobre la que
construir la oposición al mismo. Sin embargo, construir el sistema del amor es
avanzar en el desvelamiento del sistema explotador que se pretende estar
abandonando. El otro lado del sistema es el sistema mismo, dándonos la espalda.
Mediante los principios
contradictorios que nos condenan al relativismo, el sistema nos discapacita
paulatinamente para toda armonía social. A medida que ocultamos las
adaptaciones personales de la moral del amor tras el telón de la subjetividad;
a medida que acumulamos elecciones en favor del interés propio a costa de los
principios que parecía proteger el interés común, y que lo hacemos legitimados
por el relativismo amoroso; a medida que el amor nos descubre que su búsqueda
es la búsqueda del interés personal, y que el amor es amor por el objeto de
deseo propio; a medida que todo esto sucede, nos desligamos de nuestro
compromiso con el bien común, de nuestra conciencia de colectividad, de nuestra
condición de seres sociales. En el retraimiento de nuestra dedicación, del bien
común al deseo individual, éste empieza a adquirir relieve. La auténtica
ciencia del amor se convierte en descubrir las características de lo deseado.
Saber de amor es, en última instancia, saber qué se quiere y, una vez
“descubierto”, lanzarse a lograrlo con todos los medios que la amoralidad pone
a nuestra disposición. Si hacemos un
balance de nuestro entorno descubriremos con frecuencia que son las personas que
más aman (junto con aquellas que menos lo hacen), quienes exhiben un egoísmo
más fraguado.
Es curioso que lo deseado deba
ser descubierto. Se diría que si algo se desea con tanta fuerza como para que
merezca la pena poner en ello todo el esfuerzo, incluso a costa de la eliminación
definitiva de la moral, que si un deseo resulta tan perturbador y obsesionante,
al menos en la mayoría de las ocasiones debería presentar un objeto evidente.
Sin embargo, el apetito omnipotente
sacado a la luz por la amoralidad del amor desea con fuerza, o al menos con
perturbación, pero no con claridad. El apetito omnipotente no reacciona a su proclamación con la
expresión de un deseo, sino con la manifestación de una angustia. Esta
angustia es conducida de manera nada
espontánea hacia la determinación de un objeto de deseo del que se esperará que
sea su satisfacción.
Ante la necesidad de conformar un
deseo por el que pronunciarse de manera determinante, el apetito se vuelve aún
más permeable a la influencia externa. En su condición de rey absoluto de las
facultades del individuo, a cuyo servicio quedan todas una vez que la moral ha
sido extinguida, el apetito se convierte en aprendiz desesperado de la escuela
más reputada que encuentre a su disposición. El rey busca un maestro, un
consejero, alguien en quien declinar su poder y sus decisiones hasta que él sea
capaz de tomarlas desde la madurez, desde la asimilación del conocimiento que
dicho maestro imbuirá en él. Así, el individuo amoralizado por el amor, en la
exacerbación de su condición de individuo amoroso, vuelve su entera mirada
hacia la propaganda del sistema y le entrega, desnuda, desprotegida y
desesperada, su capacidad de desear. El sistema, cuyo aparente mensaje
autodescriptivo es “debo conseguir convencerte de que desees lo que te ofrezco”
recibe, gracias a la culminación del trabajo de amoralización inoculado por la
moral del amor, un mensaje, no sólo mucho más poderoso que el que el sistema
emite al individuo, sino capaz de reaccionar con dicho mensaje para multiplicar
su efecto como una enzima nuclear. El individuo busca a la voz autoritaria y
prestigiosa de la propaganda del sistema y le inquiere: “¡Dime qué debo desear!”
Lejos de la libertad ética del
amor, que valora sus acciones desde una perspectiva particular e independiente
expresada en multitud de aforismos (“en el amor como en la guerra”, “quien te
quiere te hará llorar…), la agamia se manifiesta estrictamente ética. La agamia es la reinserción de los
intereses personales sexosentimentales al marco del bien y del mal.
Para la agamia el bien y el mal
no son “relativos” o “subjetivos”. El uso coloquial y erróneo de ambos términos
pretende significar que no hay más valoración ética de cada acto que la que
cada individuo quiera, decida o acabe dándole. Según este principio (que, por
supuesto, no puede ser sino otro tipo de ética, qué si no), los juicios
discrepantes de dos individuos diferentes no pueden ser puestos en común,
porque responden a circunstancias judicativas (psíquicas y contextuales)
diferentes. Para esta ética de la no ética, cada uno está legitimado para
actuar sin dar cuentas a nadie. Esto acaba siendo así en todo el sistema
emanado del capital (aunque no sea privativo de este sistema), pues su
principio rector es el deber de la acumulación, una forma de ventaja
individual, frente al que el resto de las consideraciones constituyen valores
menores.
Pero sabemos ya que el amor es el
centro y paradigma de las contradicciones ideológicas del sistema o, si se
quiere, la joya de sus contradicciones, el lugar en que las contradicciones
internas, u ocultas, se convierten en vestimenta y ostentación. En el amor, la
contradicción ética es tan grande que la única solución para no agotar las
fuerzas intentando abarcarla es convertirla en ideología. Es en el amor donde
el capital exhibe, forzado a la impudicia, su más descarnada sociopatía.
Así, el “relativismo” del amor no
es tal, pues el juicio no es relativo a algo, es decir, en función de algo cuya
referencia lo vuelve absoluto (disponer de un melón para comer a lo largo de un
día es una cantidad “relativamente” adecuada. Su relatividad nos refiere, por
ejemplo, a la cantidad de personas que deban comer de él. Una vez conocido el
número de personas, el juicio sobre su adecuación al alimento de una jornada
será ya absoluto o, al menos, su relativismo se habrá reducido). No es tampoco
“subjetivo”, porque no se forma en una conciencia conectada con la objetividad
de lo real a través de los sentidos y, por tanto, forzada a unas determinadas
formas de objetividad judicativa por esa objetividad percibida.
Se dice que los juicios del amor son relativos o subjetivos, queriendo
decir que carecen de contacto necesario alguno con la objetividad. El
elemento referente de la relatividad se ausenta de manera definitiva. El juicio
amoroso es relativo, pero no se desvelará en referencia a qué, de modo que
nunca alcanzaremos la objetividad que nos permita juzgarlo. La subjetividad, la
psique judicativa, desconecta tanto de los sentidos como de la intuición de
evidencia, de modo que el juicio amoroso subjetivo se vuelve el producto
algorítmico de una caja negra: el insondable cráneo amoroso.
En realidad, el elemento oculto
que deforma ambos términos es la voluntad en su condición deseante. El juicio
amoroso es relativo al poder y mezquindad de un deseo que no puedo confesar,
pues en su confesión permito esclarecer en mi perjuicio la incógnita de la
corrección moral de mi juicio. Si reconozco que juzgo así porque deseo algo, y
ese algo es inconfesable, reconozco con ello que estoy siendo inmoral por amor
y, con ello, que el amor es inmoral.
El juicio amoroso es, además,
subjetivo, porque el prisma a través del que se filtra la luz de la realidad
posee una forma que desconozco, es decir, que decido desconocer, y que no
reconoceré jamás, pero cuyo producto sí puedo constatar. Si reconozco que ese
prisma es, de nuevo, mi voluntad deseante inmoral, estaré reconociendo la misma
incorrección del juicio que oculto con el malentendido relativismo.
Ambos términos son sinónimos en
el lenguaje coloquial, y su objeto de aplicación paradigmático es el discurso
sobre los juicios de amor. Ése es el sistema de decodificación al que el
individuo debe apelar en cuestiones amorosas.
La razón por la que es difícil
encuadrar esta ética de la negación normativa en el marco de una ausencia de
ética es que a los principios no judicativos del subjetivismo y el relativismo
subyace una plétora de normas profundamente contradictorias pero del todo afirmativas
y concretas. Este conjunto de normas, como no puede ser menos, se presenta a sí
mismo como expresión de una moral definida y consistente. El individuo, sin
embargo, sólo puede intuirla, y sus esfuerzos por encontrar la jerarquía de sus
principios rectores le conducen de vuelta a la intuición a través de lo que
podríamos llamar una ética poética, donde el pensamiento intuitivo
prefilosófico es orientado por factores estéticos que mejoran su unidad.
El individuo sabe que hay cosas
que están bien y cosas que están mal para el amor, y pretende que un
comportamiento intachable le haga merecedor de ese mismo comportamiento para
con él. El individuo confía en que este intercambio de comportamientos
ajustados a la moral del amor le permita permanecer orientado, comprendiendo
las consecuencias judicativas de sus actos (las opiniones que sus actos
generan) y previendo los actos de los otros en función de su catadura moral. El
individuo espera que el subjetivismo y el relativismo, así como el conjunto de
principios contradictorios que los acompañan, apunten en una misma dirección,
incluso de un modo más eficiente y de más larga mira que la moral de
consistencia consciente que se atribuye a los restantes ámbitos de la vida
social.
Paulatinamente descubrirá que
aquello a lo que la moral del amor apunta es algo que él no discierne, y su
“subjetividad” se poblará de “relativismos”. Su necesidad de sobrevivir a la imprevisibilidad de comportamientos y
juicios amorosos generará una biografía de la contradicción personal que
constituirá el algoritmo a través del que él juzga, y cuya contradicción con
los principios afirmativos del amor permanecerá oculta al resto tras el telón
del relativismo y la subjetividad.
Siguen surgiendo preguntas, especialmente en torno a esa
fiesta del día 10 que a algunxs resulta atrayente, a otrxs inquietante y a
otrxs, incluso, terrorífica.
¿Qué
puede pasar si se encuentra en un mismo local un grupo numeroso de personas que
no creen en la monogamia, ni indisoluble ni secuencial? ¿Qué reacción química
se produce entre gente que ha renunciado a su género? ¿Cómo se trata con
alguien que está designificando el sexo?
Me da
la sensación de que tantas incógnitas convierten el evento en algo muy
divertido.
¿Qué se
hace en una fiesta ágama?
No
tengo ni la menor idea.
No hay nada programado. Ni
performances, ni discursos, ni actuaciones… Nada. Seguramente, lo que se haga
será lo mismo que en una fiesta normal, sólo que la mayoría de la gente estará
familiarizada con la agamia, y muchxs incluso simpatizarán con ella (seguro que
también habrá detractores), de modo que ese tema se tendrá en común. Como el
tema en sí es un poco especial, porque es un enfoque radical sobre un ámbito de
la máxima trascendencia, con el que siempre andamos a la gresca; y como nos
encontraremos por primera vez en un entorno en el que no habrá que partir de
cero, la puesta en común parece proclive a generar mucho entusiasmo, es decir,
no sólo cordialidad e interés, que también, sino, directamente, diversión.
¿A quién me encontraré allí?
Sobre esto puedo decir algo más,
aunque tampoco demasiado. La agamia es un modelo para todos los públicos, y sus
propios principios invitan a la integración de grupos sociales, franjas de edad
y, por supuesto, géneros. En teoría, la “pinta” de una fiesta ágama, en cuanto
a su composición social, debería ser la de un grupo de gente cogido al azar, de
la calle, sin filtro. Hay ciertas condiciones que pueden sesgar un poco el
grupo. El hecho mismo de que sea una fiesta, de que sea a las 0.00h, incluso de
que sea en Madrid… En cuanto a caracteres… ¿cómo es una persona ágama, o que
simpatiza con la agamia, o, simplemente, que conoce a alguien que lo hace y ha
venido por curiosidad?
Lo veremos.
¿Se trata de una fiesta para
ligar? ¿Es algo así como una cita colectiva donde la gente ágama pueda
encontrar personas afines para tener relaciones sexuales?
Cualquier situación puede
establecer un contacto que antes o después conlleve algún tipo de relación
sexual. Más allá de esto, la fiesta no tiene ningún componente particularmente
sexual. Luego, cada quién, hará lo que le parezca, claro, como en cualquier
fiesta y, en realidad, en cualquier parte.
Que la posibilidad de vernos en
medio de un comprometedor despendole sexual sea una de las amenazas que antes
consideramos en una situación desconocida, refleja hasta qué punto dicho
despendole es un elemento reprimido en nuestra psique y en nuestra cultura. A
nadie le preocupa demasiado encontrarse, de pronto, en una cata de libélulas
porque esta posibilidad, ni forma parte del imaginario colectivo, ni nos
llevaría a un excesivo desconcierto en el que no supiéramos reaccionar. Pero,
dado que la represión sexual es ingente, la tensión hacia su liberación también
lo es, y la posibilidad de que cualquier brecha haga desbordarse a esa fuerza
está siempre presente con una mezcla de deseo y temor.
Pero la agamia no promueve el
aumento cuantitativo de las relaciones sexuales, sino la liberación del sexo
del secuestro al que el amor lo tiene sometido y eso, según el caso, puede
significar más, menos, o las mismas relaciones sexuales. Si hubiera que esperar
algún tipo de compromiso con la agamia durante la fiesta (por supuesto, no hay
tal cosa), sería, en todo caso, el de no establecer “gamos”, es decir, que las
relaciones, sean éstas las que sean y se materialicen como quiera que lo hagan,
no tengan que verse en la tesitura de elegir entre ser o no ser pareja, y actuar
en consecuencia con dicha elección. O, dicho de otro modo, que las expectativas
sobre las relaciones sean siempre realistas, basadas en lo que las relaciones
son, no en lo que les atribuimos que pueden ser por una pista intuida.