El amor no es un sentimiento, ni una experiencia, ni un arte. El amor es la ideología que determina cómo deben ser nuestras relaciones. Y estamos contra él.
...o la estética de los 50 como icono del feminicidio.
“La mujer no nace, se hace”, afirmó
Simone de Beauvoir en 1949. En 1963 Betty Friedan podría haber precisado: “se
hizo en los años 50, en Estados Unidos”.
Seguramente, Friedan sea una de
las referencias del feminismo con convicciones feministas menos radicales. Pero
el estudio realizado en esta obra resulta más demoledor para cualquier
tentativa de justificar la diferencia entre géneros que la gran mayoría de los
análisis sociológicos generales.
Tras la convulsión cultural de
entreguerras y la convulsión socioeconómica de la guerra misma, los Estados
Unidos se enfrentan, a finales de la década de los 40, al derrumbamiento del
modelo de familia tradicional. A lo largo del texto vemos con asombro cómo ese
modelo se restituye a la perfección mediante una década de masacre
propagandística que retrotrae a la mujer a un nuevo siglo XIX con decorado
futurista.
Betty Friedan parte en su
investigación de “el problema sin nombre”, la plaga de neurosis que afecta a la
mitad femenina de la población y que parece no tener explicación posible. La
mujer americana, para la que se ha construido un paraíso doméstico sin
precedentes en la clase media, desarrolla crecientes y preocupantes síntomas de
angustia que llegan a patologías extremas y desconcertantes.
Indagando en su entorno cultural
encontraremos las huellas de un titánico lavado de cerebro que ha desdoblado su
conciencia. Mientras que ella, seguidora de la mística de la feminidad
producida por los medios de comunicación, se considera a sí misma esposa, madre
y ama de casa vocacional, su inconsciente le recuerda que en el pasado ha
estado mucho más cerca de la realización personal mediante la igualación con el
hombre.
Betty Friedan nos descubre el
espantoso escenario de una condición femenina de cartón piedra, creada a
matacaballo en unos pocos años con el fin de devolver a la mujer a una
esclavitud de la que empezaba a escapar. Con ello nos revela el verdadero
origen de nuestro propio concepto de “mujer”, de universal femenino, atribuido
siempre a la naturaleza y desarrollado, en realidad, como reacción a los
avances en igualdad.
Nuestro propia concepto de “mujer”,
recientísimo tatuaje sobre nuestra conciencia, es la continuación de aquel
sueño inducido, con el que se nos pretende hacer olvidar victorias que fueron
reales. Pero el inconsciente lo conserva todo, y en su esfuerzo por liberarse,
hoy como ayer, convierte la jaula dorada del hogar en la celda de un
psiquiátrico.
Para quien se sienta mujer y
sospeche que sería útil dejar de sentírselo.
Segunda parte del análisis.
Si la primera buscaba herramientas de uso rápido, esta segunda profundiza en
las ideas que Fromm popularizo y que hoy son moneda corriente en el nuevo
discurso amoroso:
Empiezo a ver Her lleno de
curiosidad, porque me parece que el tema del amor virtual puede dar juego desde
cualquier perspectiva. Sé que se trata de un personaje que se enamora de una
máquina, o de un programa, o que vive un enamoramiento mediatizado en algún
sentido por la tecnología. Algo así. Pero no sé más.
Tengo mis prejuicios, porque lo
que espero es que se ponga al espectador ante la manida tesitura de determinar
qué es lo esencial en las relaciones con sus congéneres, para acabar ofreciendo
el mensaje de que lo verdaderamente importante es el simple hecho de que lo sean,
y que nada que el hombre construya, es decir, nada que caiga bajo la
descalificación de “artificial” puede sustituirlo.
Estoy, por lo tanto, predispuesto
a indignarme ante la idea de que existe una esencia divina en el individuo que lo
hace inaccesible a sí mismo, inmanejable, y que aquello que el individuo hace en
las condiciones supuestamente establecidas por la naturaleza-dios no puede ser
hecho en las condiciones que los grupos de individuos crean culturalmente. Creo que me voy a
encontrar a un personaje que satisface la necesidad cultural de amor mediante
un objeto amoroso que cumplirá las funciones propias de un objeto amoroso pero
que, por el simple hecho de no ser humano, generará en el protagonista una
angustia insuperable que le enseñará la importante lección de que no debe
enfrentarse a las condiciones impuestas por la ideología del amor. En definitiva,
me preparo contra uno de esos discursos que critican las relaciones por
internet, la asistencia erótico-afectiva profesional, el “orgasmatrón”, y todo
aquello que pone de manifiesto que el amor puede descomponerse en elementos
mucho más manejables y liberadores que el amor mismo.
Pero, en cuanto Samantha aparece
en la historia, comprendo que se trata de algo distinto. Samantha no es una
máquina, no es virtual, no es artificial. Samantha es un ser humano en el
sentido más literal, con la única excepción de que recibe la premisa narrativa
de no serlo. Samantha no sólo es inteligente, condición frecuente en los
personajes artificiales del imaginario de la ciencia-ficción. Además es
sensible, empática, natural y, por supuesto, atractiva. Es, simple y llanamente,
una persona. Una persona excelente, en realidad.
Entonces comprendo que el tema va
a ser otro, también clásico, y en cierto sentido complementario: el problema
del androide; del reconocimiento del ser humano artificialmente creado como ser
humano de pleno derecho. Y me predispongo ahora a ver a Samantha subestimada,
marginada, maltratada y estigmatizada por su condición de sistema operativo.
Pienso que se encontrará con unos personajes ciegos, incapaces de apreciar sus
virtudes más allá de la comparación de las mismas con las de otros sistemas
operativos, que conservarán sobre ella el derecho de objetualización, de creación
y destrucción que, una vez comprobada la humanidad de Samatha se convierte,
para el espectador, en el derecho de vida y muerte.
Estoy, por lo tanto, ante Blade
Runner y, en realidad, ante el problema plenamente histórico de la dominación
entre razas bajo la legitimidad que otorga el no reconocimiento del dominado
como igual al dominador: eso que se llama darwinismo social y que enuncia,
desde mucho antes de Darwin, que mi victoria sobre ti demuestra mi superioridad
y tu obligación de someterte para bien de ambos, pues soy yo, y no tú, quien ha
demostrado conocer las claves de la supervivencia (o quien ha sido designado
por dios para sobrevivir, lo cual es, a efectos, idéntico).
Pero en el minuto 62 el director
me cuela una nueva premisa que, en teoría, yo ya debería saber para que no
decaiga mi confianza en la coherencia de la historia, y me muestra que, en este
universo narrativo, el enamoramiento entre seres humanos y sistemas operativos
está perfectamente aceptado e integrado, y que los sistemas operativos gozan de
suficiente respeto como para no denunciar ninguna marginación notable.
A partir de ese momento empiezo a
no saber a qué atenerme. Me siento, además, molesto, porque ahora no sé si las
modificaciones que Samantha va realizando en su carácter para adecuarse a las
necesidades de Theodore tenían como objeto generar una inquietud creciente, o
se consideraban naturales en la lógica del enamoramiento. Ya no sé si se nos
está contando que es bueno y normal que un sistema operativo capaz de leer,
analizar y contestar a mil mensajes en un minuto, se ría de una broma tonta de
tarde romántica adolescente; que un ser no biológico y carente de aparato
locomotor encuentre, guiado por un humano, una inesperada capacidad para tener
relaciones sexuales, y que lo haga a imagen y semejanza de una mujer virgen,
descubriendo, como si estuvieran naturalmente latentes en su ser, cada momento de
lo que para nuestra cultura es una perfecta primera vez femenina; no sé por qué
se cuenta, sin un mínimo de asombro, que Samantha se sienta ligeramente celosa
ante el encuentro de Theodore con su exmujer, ni el que sepa controlarlo
tan bien, ni por qué ella, que no necesita dormir, acepta pasarse toda la noche
sin hacer nada más interesante que mirar a su amado desde su ojito-cámara.
Y ante tantas cosas que empiezan
a sonarme a melodrama romántico machista convencional, maquillado de
ciencia-ficción, me vuelvo más susceptible frente a la estupidez y la mezquindad
generalizada entre el resto de los personajes femeninos; a la falsa condición
de friki del protagonista, caracterizado de víctima que necesita amor y
paciencia, y con una vida perfectamente exitosa en todos los ámbitos; a la
caracterización felina de la chica con la que Theodore se cita, cuyos ojos “lentillados”
nos recuerdan a un auténtico replicante, una hembra-trampa; al intragable juego
diseñado por su mejor amiga, en el que una mujer debe matarse compitiendo con
sus vecinas por conseguir el título de “madre perfecta”; y a la voz
marcadamente racial de Samantha (Scarlett Johansson, sí), que nos hace visualizarla como una especie de
fantasía erótica caribeña ultraeficiente y superposeíble; a la condescendencia insensible
con que Theodore contesta a las incertidumbres que su pareja siente por no
tener un cuerpo con el que poder darle todo lo que él necesita y que,
previsiblemente, buscará en otro lugar.
Entonces, tras una situación
levemente amenazadora para Theodore, él, edípico, pide saber. Y Samantha nos
deslumbra:
Theodore: ¿Hablas
con alguien más mientras hablamos?
Samantha: Sí.
Theodore: ¿Estás
hablando con alguien más en este momento, sistema operativo, persona, lo que
sea?
Samantha: Sí.
Theodore: ¿Con
cuántos más?
Samantha: 8316
Theodore: ¿Estás
enamorada de alguien más?
Samantha: ¿Por qué
preguntas eso?
Theodore: No lo
sé. ¿Lo estás?
Samantha: He
estado pensando cómo hablarte de esto.
Theodore: ¿De
cuántos otros?
Samantha: 641.
En ese momento me reconcilio con
Jonze porque comprendo que, en alguna medida, él sabía qué cuerda tocaba y
cuánto la estaba tensando. Le agradezco que no deje escapar a Theodore sin
hacerle comprender del modo más traumático, por fin, eso de que no se merecía
lo que tenía; esa cantinela vieja de que no daba tanto como recibía; eso, tan
propio del opresor, de concebir simplificadamente al oprimido de modo que sus
necesidades se minimicen y las del opresor se agiganten en volumen y
complejidad, hasta no dejar más remedio que destinar a sí mismo todos los
recursos.
Me desahoga esa justicia
narrativa, esa sorpresa verosímil que satisface mi deseo de venganza.
Pero siento algo más. Una
participación nueva en la narración; una familiaridad que me inquieta. El
desenlace de la historia no es sólo su fin, sino que ocupa, además, otro lugar,
en otra historia. Seguramente en la mía.
Entonces, recuerdo.
De golpe, me vienen a la cabeza
todos los momentos en que la diferencia de oportunidades sexuales entre géneros
se desplegó ante mí con toda su crudeza. Recuerdo la desesperación ante aquella
otra injusticia, tan diferentemente vivida por mí; la angustia ante una
realidad imparable; el asombro frente a la paradoja de que, siendo yo, hombre,
quien buscaba la diversidad en las relaciones sexuales, fuera ella, mujer,
quien disponía de ellas y, ¡oh insensibilidad cruel!, quien las tenía.
Y recuerdo el mantra, manoseado y
siempre diamantino, oído y pronunciado tantas veces como pobre consuelo, como
denuncia de tu falta reincidente: “es una mujer; si compites sexualmente con
ella, te destrozará.”
“¿Ahora qué?” Parece decirnos la
película, (porque Samantha es demasiado perfecta para hacerlo con tanta falta
de tacto). “¿Cómo vas a reaccionar, ahora que estás en el otro lado? Ahora que
tu inferioridad es tan grande que ni siquiera puedes luchar. Ahora que tú eres
el sometido, el humillado, el sentimental, el diferente, el débil. ¿Tendrás el
valor de aceptar lo que imponías? ¿Tendrás la honestidad de no culpar al otro
porque disfrute de aquello que no puede compartir contigo?”
Y esa pregunta, convertida en
obsesión y repetida de mil maneras, martillea nuestra cabeza durante todo el
desenlace: ¿Tendremos esa honestidad, los hombres? ¿Aceptaremos que la
consecuencia de la objetualización de las mujeres haya sido su empoderamiento
sexual? Tendremos la humildad de permitir que ellas se liberen sexualmente antes
que nosotros, ya que disponen de los medios para hacerlo; que sean ellas las
que, de hecho, nos liberen? ¿O usaremos las armas que el patriarcado nos brinda para hacerles pagar cualquier ventaja sobre nosotros; para impedir
su desarrollo, aunque sea a costa del nuestro mismo? ¿Seremos comprensivos,
nosotros, que siempre hemos considerado que las infidelidades no son tan
graves, ahora que son ellas las que las van a disfrutar? ¿Sabremos ser
didácticos, como le pedimos siempre al feminismo cuando le reprochamos no saber
explicarnos nuestros propios privilegios, aquellos a los que nosotros debemos
renunciar?
Hay una línea del guión que todos
anticipamos, que todos vemos en la punta de la lengua de Theodore, y de cuyo
silencio depende, todos lo experimentamos con claridad, su redención:
“Samantha, eres una puta.”
Toda la tensión final está
producida por la tentación de esta frase. Y, porque nunca se escucha, quedamos
redimidos nosotros también.
Her, que resume en dos horas la
evolución del objeto-sujeto sexual femenino, me reconcilia con mi conciencia.
Ahora veo con claridad que lo que tengo que hacer con mi inferioridad es
alegrarme por mis compañeras. Celebrarla.
Eso parece que quiere decir Jonze
cuando hace aparecer el título tras el fundido a negro. En minúscula, con la
grandeza de lo que, manifestando un poder invencible, acaba de adquirir
categoría de igualdad: “ella”.
El Arte de Amar, de Erich
Fromm, publicado en 1953, reúne varias condiciones que recomiendan un análisis
exhaustivo si queremos tanto entender el funcionamiento de la ideología del
amor vigente como disponer de las herramientas necesarias para contrarrestarla
y establecer relaciones libres y conscientes.
En primer lugar se trata,
seguramente, de la principal referencia bibliográfica sobre la cuestión. Es
significativo que un tema al que nuestra cultura y nuestra vida social y
personal dedican tantas preocupaciones y esfuerzos no haya desarrollado, no ya
una bibliografía, sino incluso una consciencia general sobre dicha
bibliografía; un mínimo cuerpo ideológico con referencias de uso común cuyos
títulos a todos nos resulten, al menos, familiares. A pesar de que las
publicaciones son constantes y abundantes, apenas alguna alcanza a convertirse
en un fenómeno circunstancial que renueva la estrategia editorial de “descubrimiento
de la solución para un mal que ha durado desde siempre y al que hasta ahora no
se había ofrecido solución alguna”.
No es éste el caso del texto
de Fromm, que no sólo permanece en las estanterías de las librerías, sino que
sigue alimentando su consumo del boca a boca, y considerándose uno de los
libros, si no “el libro”, que se debe leer cuando se padece “mal de amores”.
La otra condición que
convierte a El Arte de Amar en un texto particular entre aquellos con los que
comparte temática es que, a pesar de haber cumplido ya los 60 años vida, no ha
sido sustancialmente renovado por sus sucesores. Poco de original encontrará
quien busque en las páginas de la última novedad editorial sobre inteligencia
emocional amorosa, más allá de la referencia a algún sorprendente estudio que
deberá conducirnos a las mismas conclusiones de siempre, que no hubiera podido
encontrar en el texto del autor alemán.
Estas dos condiciones
convierten a El Arte de Amar en la biblia del amor contemporáneo y, por ello,
un lugar extremadamente sensible sobre el que elaborar una crítica.
Dado que el objetivo de esta
crítica, como ya he dicho, es servir de herramienta práctica y cotidiana de
refutación de los argumentos de la ideología del amor, en aras de liberar el
desarrollo de la vida ágama, comenzaré señalando los rasgos que el texto que
nos ocupa presenta en común con lo que ha sido posteriormente la ideología del
amor hasta nuestros días. Estos rasgos son otras tantas críticas que engloban
la integridad del discurso del amor, y frente a las cuales la ideología del
amor tiene escasa defensa, se remita a las fuentes a las que se remita.
Manejar con soltura estas
críticas es disponer de los mecanismos intelectuales y argumentativos adecuados
para impedir que las veleidades sentimentales o demagógicas debiliten
innecesariamente las posiciones ágamas.
Aunque estos puntos serán
expuestos de manera algo prolija para el formato utilizado, destacaré las ideas
básicas y los ejemplos que las ilustran de modo que el acceso a las mismas sea
sencillo y su instrumentalización cómoda e inmediata.
Erich Fromm, en uno de sus gestos más "punsetianos".
1_El
amor es tratado como un fenómeno de cuya necesidad no cabe dudar, pues es un
bien supremo, perfecto e infalible. Todo lo malo que tiene que ver con el amor
es considerado una mala comprensión del amor o la realización de algo que no es
el verdadero amor. Llamo a esta estrategia “divinización”. En algunos casos el
amor llega a ser presentado como la solución definitiva a todos los problemas
de la humanidad. Habría, entonces, que hablar de una tendencia a la
divinización monoteísta que invertiría, por cierto, el dogma cristiano “Dios es
amor” convirtiéndolo en “el Amor es dios”.
Observamos, tanto en el texto
de Fromm como en cualquier discurso partícipe de la ideología del amor, que
éste es tratado bajo la premisa apriorística de su bondad. En lugar de recibir
un análisis socio-histórico, que mostraría sus luces y sus sombras, frente a
las que se podría realizar una valoración crítica precisa, el amor es siempre
tratado como un bien cuyos males son consecuencia de disposiciones equivocadas
sobre dicho bien. Las abundantes explicaciones de Fromm sobre los amores
erróneos tienen su correlato contemporáneo más destacado en el uso del concepto
de “amor romántico” como aquello que debe ser excluido del amor para que éste
conserve su bondad inmaculada.
Resulta, por supuesto, más que
evidente que el amor, como realidad social, como hecho humano y, por tanto,
cultural, carece de naturaleza sobrehumana que avale su perfección. Esta
estrategia universalmente empleada en el tratamiento del amor, a la que llamo
“divinización” (en el sentido judeocristiano de tradición parmenidea, que
entiende al ser máximo como la síntesis de todas las perfecciones)
impermeabiliza al amor contra toda crítica y anula, precisamente, por ello, la
validez de cualquier análisis.
2_Para
legitimar el discurso contradictorio del amor, se refuerza el prestigio
intelectual de la paradoja. Ideas como “dar es, en realidad, recibir”, “dos se
hacen uno y a la vez siguen siendo dos”, “el pensamiento correcto lleva al acto
incorrecto y el pensamiento incorrecto lleva al acto correcto”, se presentan
como grandes verdades cuya sabiduría sólo es accesible para quien esté
dispuesto a aceptarlas sin someterlas a juicio.
El segundo rasgo que los
textos posteriores a El Arte de Amar comparten con, y, en gran medida, recogen
de él, es la fundamentación argumentativa en la paradoja o, por decirlo en
términos más claros y flagrantes, el tratamiento de la contradicción como si se
tratara de una no contradicción.
La batalla que, desde sus
mismos orígenes, y debido a su localización geográfico-cultural, la doctrina
cristiana se ve obligada a mantener con el pensamiento lógico griego y
aristotélico, da con Santo Tomás los primeros síntomas de extenuación y
derrota. A partir de él, cada nueva versión de la lucha intelectual entre el
pensamiento humano y la doctrina revelada reducirá más el prestigio y ámbito de
aplicación de ésta última hasta llegar en los siglos XIX y XX a posiciones más
testimoniales que significativas. Dios seguirá siendo considerado existente a
priori y superior a todo lo humano, porque esas son las premisas mínimas de su
sustancia, pero completamente trivial desde el punto de vista intelectual. Nada
digno de ser empleado como pensamiento práctico podrá ya dimanar de la fe. Este
Dios exiliado carece de poder para seguir legitimando el pensamiento
paradójico: los argumentos serán razonables, o no serán.
Fromm toma buena nota de esta
derrota: Si la lucha contra la lógica está perdida de antemano, es decir, si
las afirmaciones deben ir siempre acompañadas de razones suficientes, la divinización
del amor tiene también los días contados. Es necesario cambiar de estrategia.
Fromm echa mano, por ello, de la inmaculada tradición del pensamiento de las
religiones orientales, cuyo desarrollo al margen de la filosofía occidental
permite proyectar sobre ellas un halo de pureza inmaculada: si la sabiduría de
oriente no entra en liza con la lógica hemosde atribuirlo a que no se ha dignado a ello; se sabe tan superior que se
conforma con insinuarse, como si usara una nueva mayéutica, dejando al
pensamiento occidental el trabajo de descubrir una verdad para la que ahora
tiene más pistas. El concepto de “paradoja” cobra ahora un nuevo significado.
La paradoja no aparece descrita en términos lógicos, es decir, no aparece
localizada y determinada por la lógica, sino que conserva la indeterminación en
todos sus aspectos. La paradoja no es sólo la manifestación de que el hombre es
tan inferior al objeto deificado que se muestra incapaz de comprenderlo; la
paradoja viene a ridiculizar al hombre en su pretensión de comprender,
recordándole que el hecho mismo de comprender es erróneo.
Por supuesto, toda esta
estrategia no resiste el análisis , y no constituye más que la enésima
tentativa de una entidad conceptual decadente por conservar su vigencia. Debemos
entender que el uso de la paradoja es simplemente el reconocimiento de un punto
muerto argumentativo y, como tal, una debilidad de la teoría expuesta.
3_La
reflexión crítica sobre el amor se sustituye por una técnica para conservar la
pareja, es decir, para realizar el “gamos”, o unión sagrada paramatrimonial con
vocación reproductiva. Un primer bloque de técnicas se presentarán como
virtudes a poner en práctica en todo tipo de amor (cuidado, responsabilidad,
respeto, conocimiento) y serán complementadas después con un segundo bloque
adecuado para alcanzar cualquier tipo de objetivo (disciplina, concentración,
paciencia, preocupación). En lugar de resolver las contradicciones de la
materia tratada, se prepara al lector para hacer frente a dichas contradicciones,
asumiéndolas como necesarias.
En tercer lugar, se encuentra
el rasgo que fue, seguramente, la gran aportación de Fromm o, al menos, lo que
Fromm consideró que debía serlo. Sin duda se trata, en cualquier caso, de la
verdadera alma de su doctrina, lo más imitado de ella y lo que los lectores van
aún a buscar a su texto. Me estoy refiriendo al contenido disciplinario; eso
que Fromm llama “el arte”.
El discurso religioso en
defensa de la institución tradicional del matrimonio siempre se había fundamentado
en un componente de sacrificio resignado. Todo sometimiento a una ideología
opresiva va acompañado del discurso del sacrificio enajenante: se debe sufrir
porque así es la vida, porque estamos hechos para sufrir, porque queremos cosas
que no se nos pueden dar y adquirir la madurez, e incluso la santidad, es
aprender a dominarlasy remplazarlas por
el seguimiento de la norma. Pero, ante el descrédito de la pareja tradicional,
Fromm da un paso más allá e intenta, con cierto éxito, elaborar una técnica
disciplinaria. La resignación no será un simple empeño de la voluntad. Ese
empeño aumentará sus posibilidades de éxito si se atiene a las reglas de la
técnica. La primera escaramuza será publicitaria, y consistirá en embellecer el
producto sustituyendo el término “técnica” por el de “arte”. La técnica de la
resignación a la pareja gámica pasará a llamarse “arte de amar”.
Bajo los dos bloques de cuatro claves cada uno en los que
Fromm estructura este nuevo arte, subyace la noción de que el amor es un objetivo
preestablecido que a toda costa debe ser alcanzado y en ningún caso puede ser
puesto en duda. Dado que es un objetivo bueno (recordemos la divinización),
dichas claves serán siempre la puesta en práctica de una virtud ética, la cual
requerirá siempre de la realización de un esfuerzo.
Amar es, por lo tanto,
concebido en su esencia como un trabajo que, a diferencia de un verdadero arte,
carece de la libertad de establecer sus propios objetivos. Estaríamos, en el
mejor de los casos, ante una artesanía, es decir, un oficio consistente en la
producción hábil y estetizada de un objeto meramente funcional. Pero en
realidad se trata de un trabajo enajenado, pues la descripción plenamente
realista de los esfuerzos que acompañan a la realización del arte va seguida de
una descripción idealista de sus recompensas. Así, nos encontramos
perpetuamente en la posición de trabajar en el arte, y nunca de sus
consecuencias a un nivel que resulte compensatorio. La retribución del arte de
amar es, en gran medida, virtual: el discurso de la idealización del amor; la
reiterativa descripción exaltada de un paraíso que sólo llegará más allá de la
vida posible.
No entraré aquí a valorar la
eficacia de las técnicas propuestas por Fromm. Lo verdaderamente clave es que
El Arte de Amar no es un texto sobre el amor, sino sobre cómo llevar a cabo eso
a lo que se llama “amor”, es decir, el gamos,
o unión heteronormativa mediante un vínculo de naturaleza matrimonial. La
conveniencia o no de dicho gamos, o su comparación con otros modelos, reales o
posibles, queda fuera de toda discusión.
La bibliografía posterior
sobre el amor, desde las críticas al amor romántico hasta las descripciones de
amores tóxicos, de mucha menos repercusión individual, aunque voluminosísima en
su conjunto, es una colección de manuales técnicos en los que las claves dadas
por Fromm se combinan y recombinan con la intención de adaptarse a las
crecientes tensiones a las que las corrientes críticas contemporáneas someten
al gamos.
En toda ella el amor no
aparece como una materia cuyas contradicciones deben ser resueltas y, de ese
modo, superadas en la práctica, es decir, como una reflexión que ayudará a
transformar la realidad en una realidad más feliz. Muy al contrario, el amor es
presentado como un objetivo problemático que, a pesar de todo, debe alcanzarse,
pues constituye la realización última de la naturaleza humana, que se sentirá a
sí misma en plenitud una vez acceda a dicho objetivo.
Por supuesto, si, como sucede
infaliblemente, su alcance no acaba ofreciendo esta plenitud, debe
interpretarse simplemente que, en realidad, el camino no se ha completado todavía.