lunes, 3 de febrero de 2020

debatir sobre amor con efectividad, en 7 pasos.


Llevamos mucho tiempo hablando sobre amor e intentando explicarle a la gente por qué tenemos tan claro que esto del amor merece, siendo generosxs, un chequeo en profundidad.

Y estamos, lamentablemente, curtidxs en conversaciones trabadas, circulares, extraviadas en afirmaciones prerracionales que agotan nuestra energía y acaban transmitiendo la sensación de que no se ha llegado a nada y por tanto el tema, que tendría que ser clarísimo, quizás no lo sea tanto.

Luego, al volver sobre estas conversaciones, conseguimos poner orden, y comprendemos los mecanismos que han provocado que los razonamientos fallen o, más bien, que no hayan podido operar normalmente. Entendemos cuál ha sido la trampa que en cada ocasión ha hecho otra vez difícil llegar al punto de partida que proponemos, tan obvio, que es que el amor necesita esa revisión en profundidad y, muy probablemente, ser sustituido como referente relacional.

Opino que se trata de un problema fundamentalmente técnico. Nos faltan automatismos que nos conduzcan con agilidad al terreno del debate real, y que puedan, con la misma agilidad, evitar los lugares comunes en los que la ideología amorosa se refugia para poder postergar indefinidamente este debate.

Por eso he pensado que un esquema como el que os propongo puede ser útil. Tener claro este dibujo, o uno similar, y tener claras las razones por las que debe ser seguido en cada paso nos ayudará a salir airosxs de la gran mayoría de esos escollos. Con un poco de suerte lograremos el ansiado objetivo de llevarnos al amor al lugar en el que debe estar, es decir, el del debate y el análisis, y del que, como sabemos, es bien difícil que escape indemne.
He intentado no acumular demasiados eslabones ni dejar fuera ninguno relevante. Como veis el resultado es un esquema de siete pasos, que son otros tantos recursos que emplea el discurso amoroso para eludir el análisis. Mi idea ha sido ordenarlos según una serie más  o menos lógica para darles un sentido de recorrido que ayude a su comprensión y automatización, aunque es evidente que es raro que los siete aparezcan juntxs en la misma conversación o que se siga exactamente esta secuencia. Sin embargo, cada uno va cerrando un poco más las vías de escape al amor, y cada vez que este avanza un paso por el camino verde, condenando una salida roja, se encuentra un poco más cerca de la casilla final, es decir, se ve cada vez más atrapado en el espacio del debate verdadero.

Los detallaré tan sintéticamente como pueda. Recordad que el objetivo es que esta secuencia, u otra similar, se convierta en un camino automático y automatizado del que les sea difícil sacarnos. Que les sea complicado llevarnos a ningún otro sitio que no sea el espacio de la racionalidad ética.

PASO 1 – Este es el más general; el que constituye el necesario reconocimiento del acto mismo de la comunicación y de todxs lxs interlocutrxs como tales. Fuera de él la comunicación es imposición unilateral y, normalmente, violencia. Veamos en qué consiste.

En el Banquete de Platón comprobamos cómo ya entonces hablar de amor no era necesariamente hablar para entender el amor, o para aclarar nada sobre él, sino más bien un ejercicio de regodeo sensitivo con fines lejanos al análisis (enardecer la pasión amorosa, normalmente, calentar, hacer que el amor opere y tenga consecuencias). Es lo primero que deberemos señalar en nuestra conversación sobre amor. Vamos a exponer ideas, a PENSAR, no a MANIPULAR emociones. Esto último puede ser legítimo en otras circunstancias (un texto literario, por ejemplo) pero para eso, como para que te den un masaje, por más placentero que sea, hace falta consenso específico. Hablar conlleva, a priori, respetar las condiciones de racionalidad de la conversación. Conlleva poner las cartas, es decir, los argumentos, sobre la mesa, y dejar que sean ellos, y no un sujeto, los que persuadan. Respetarnos implica dejar de lado el lenguaje poético. Cuando queramos un masaje lo haremos saber.

PASO 2Stilla olei ardentis − Ya estamos en el espacio del diálogo. Y como sabemos que el amor es tramposamente polisémico vamos a preguntar qué es el amor. DEFINIR debe ser nuestro punto de partida. Cualquier ladrillo que pongamos antes que este se estará apoyando sobre el aire. Entonces nuestrx interlocutor/a nos mirará compasivx y nos explicará que el amor no puede definirse. Es el momento perfecto para devolverle el favor y explicarle a su vez que, si bien lo que afirma parece poco probable porque se trataría del único concepto conocido que no puede definirse, vamos tomando nota de esta exigencia como característica relevante a la hora de dar, precisamente, su definición (“concepto que enuncia sobre sí mismo que no puede definirse”. Vaya, ¿a qué me suena esta prohibición sobre el saber?). Si nuestrx interlocutor/a colapsa ante la necesidad de especificar qué quiere decir cuando emplea el término “amor” podemos ofrecerle la salida de la NULIDAD: un concepto cuyo contenido no puede especificarse es un concepto sin poder comunicativo. No puedo entender lo que dices, hablas un idioma absolutamente individual. Es, literalmente, una sucesión arbitraria de sonidos, una no-palabra y, por lo tanto, queda fuera del vocabulario. Por nosotrxs, perfecto. Que no la volvamos a oír.

PASO 3 – Algunxs interlocutorxs se avendrán a definir, y algunxs se mostrarán encantadxs con ello, porque disponen de una bellísima definición de amor que están ansiosxs por compartir. Este es su momento. Escuchémosles: “El amor es desear a la otra persona lo mejor para ella”. “El amor es sentir la armonía de la conciencia”. “El amor es la fuerza que mantiene unida toda la naturaleza”. Cuando la lágrima de emoción haya terminado de correr por su mejilla digámosles que es muy bonito pero que, lamentablemente, resulta IRRELEVANTE (cuidado aquí con los egos heridos, porque nuestrx interlocutor/a cree que nos acaba de hacer un regalo). De lo que estamos hablando no es de lo que el amor debería ser, sino de lo que realmente es; lo que nos interesa no es el tutifruti orientalista que descompone la masa gris de nuestrx interlocutor/a, sino el fenómeno social llamado “amor”, y cómo se manifiesta en el uso popular de ese término. Nuestro objetivo no es proponer un nuevo o viejo amor, sino DESCRIBIR. Queremos saber lo que el amor es. Eso que esta persona ha señalado quizás sea un plan perfecto, pero dado que se apoya en el desprecio hacia la realidad, podemos ya decir de él que empieza mal.

PASO 4 – Hay términos que no necesitan demasiado del uso popular para ser definidxs. No todo el mundo sabe lo que es un quark, por ejemplo, aunque mucha gente estará familiarizada con el término. Pero si al dar su definición esta no coincidiera con la que ejerce como oficial en el campo de la física, la consideraríamos simplemente incorrecta, incluso aunque se tratara de una definición mayoritaria en el uso social. Pero el amor no es un concepto de esa naturaleza. El amor no tiene un libro oficial, aunque muchos libros hayan tenido la pretensión de ser el libro oficial sobre el amor (Fromm, Giddens, Herrera…), y algunos ejerzan parcialmente de ello sin que seamos conscientes. En cualquier caso, a pesar de que estos textos son influyentes, ninguno, ni ninguna de estas definiciones, tiene la categoría de definición correcta. Nunca se la otorgaríamos porque todxs entendemos que antes debe producirse en torno a ello una aceptación explícita y colectiva que jamás se ha producido. Sobre el significado del concepto amor no hay consenso porque no puede haber compromiso, ya que el amor necesita flotar sobre diversos significados de uso coyuntural. Si hiciéramos explícito lo que significa “amor” el concepto se destruiría en su incoherencia. Mañana mismo seríamos lxs primerxs que inclumpliríamos ese compromiso, usando el término de otra manera.

Mientras tanto “amor” será lo que la gente esté dando a entender con el término amor, es decir, aquello que sea más general, funcional y poderoso en esos infinitos usos. Para descubrirlo necesitamos OBSERVAR (escuchar, en realidad, y analizar lo escuchado). Frente a ello nuestrx interlocutor/a, tal vez el mismo que el del paso anterior, puede intentar convertir el concepto amor en un concepto del tipo “quark”. Quizás nos diga que “amor es lo que dijo Ortega y Gasset”, por ejemplo, aunque será fácil explicarle que, con respecto al amor, Ortega es solo otra opinión, muy prestigiosa, qué duda cabe, pero una opinión más frente a la que, entre otras cosas, podrían exponerse opiniones tanto o más prestigiosas que la suya. Es más probable y peligroso que nuestrx interlocutor/a se refiera a una información de la que carecemos (porque aunque no sepamos o recordemos lo que opinaba Ortega sobre el amor, sí sabemos quién es Ortega y podemos calcular cuál es su autoridad). Quizás nos diga que no sabemos lo que es el amor si no hemos leído a Osho, porque Osho no es Osho, sino toda la sabiduría milenaria que tiene detrás y que ignoramos (lo más probable es que estx interlocutor/a la ignore aún más, pero no hagamos sangre). Debemos callar, por lo tanto, ante una REVELACIÓN. O quizás esta revelación se le ha producido directamente a él/ella. Os suena, ¿verdad?: “Para saber lo que es el amor hay que vivirlo. Vosotrxs lo cuestionáis porque no lo habéis vivido, experimentado, sentido…”. En estos casos recordemos, sin reírnos, que este es el mismo tipo de prueba que aportan lxs avistadorxs de OVNIs o de apariciones marianas. Es eso: puro avistamiento. Lo que alguien dice que experimenta pero no puede ser experimentado por otrxs son cosas que sirven para tratar en Cuarto Milenio, pero no en una conversación entre personas serias.

PASO 5 – Hay gente que habla del amor mirando directamente a la realidad, usando datos, experiencias y hechos. El problema llega cuando tienen que INTEGRAR estos datos y nos ofrecen una distribución arbitraria de la importancia de los mismos. “El amor tiene muchas cosas buenas”, nos recuerdan, “no debéis olvidarlas. Las malas a las que os referís son verdaderas, no lo niego, pero no pertenecen a la esencia del amor”.

Seguro que ya habéis reconocido a estxs interlocutrxs. Son quienes distinguen entre (buen) amor y amor romántico, o a través de cualquier otro arbitrario par de conceptos. Y son legión, aunque su obstáculo, una vez entendido, es tan impotente como los anteriores. Lo que parece en ellxs un verdadero análisis sociológico se apoya en una división apriorística e innecesaria cuya misión es, una vez más, salvar al amor: “Aunque lo que analizamos es el amor, es decir, un solo concepto, hablaremos de dos”. Esta conculcación evidente del principio de economía es el resultado de una IDEALIZACIÓN (“el amor es ideal, y todo lo que en él no sea ideal no es amor”) y resulta perfectamente inconsistente, porque en nuestra cultura amorosa ambas cosas van íntimamente unidas y se retroalimentan. Pero eso ahora nos da igual. Lo que verdaderamente nos importa es que esta operación no puede ser previa a la descripción, porque forma parte de la prescripción, es decir, de lo que viene justamente después. De nuevo nos quieren colar un plan antes de que tengamos claro por qué y para qué queremos un plan. Que nos ofrezcan un plan, si quieren, pero cuando llegue el momento. Entonces les recordaremos que nosotrxs tenemos uno mucho mejor. Eso, y no otra cosa, es lo que intentan eludir poniendo el carro antes que los bueyes. Intentan no enfrentar jamás la posibilidad de tener que rechazar el amor.

PASO 6 – “Bien, el amor es cruel. Pero siempre ha sido así y, por lo tanto, siempre lo será (opcional: “está en nuestra naturaleza”). Aprendamos en qué consiste para fluir con él y que no nos destruya su corriente”. Llegaron lxs BIOLOGICISTAS. Lxs estábamos esperando.

Acabemos pronto: la biología, cuando es digna de llamarse así, no habla de amor, porque este no forma parte de su campo de conocimiento. El amor, como toda conducta humana, pertenece a las ciencias sociales. La influencia de las ciencias naturales cae dentro de los factores condicionantes (a veces con una influencia mínima) siempre subordinados al desarrollo de herramientas, materiales o intelectuales, que los domestiquen. Para comprobar este aserto solo tenemos que echar la vista atrás. Nada más falso que la idea de que el amor siempre ha sido así. El amor ha sido siempre diferente, adaptándose a las diversas condiciones sociales que se ha encontrado o, mejor dicho, de las que ha nacido. Lo que para nosotrxs es la esencia misma del amor, por ejemplo su asociación a la pareja, es un fenómeno bien reciente. Otros algo más estables, como su asociación al sexo, nos resultan, sin embargo, inadmisibles como esencia del amor. El término mismo es de una inestabilidad asombrosa. Más allá de unas pocas décadas y unos pocos grupos humanos se produce un vertiginoso vacío con respecto al vocabulario amoroso: otras palabras diciendo otras cosas, que acaban siendo traducidas como “amor”. El amor es, casi casi, algo que estamos inventándonos aquí y ahora. HISTORIZARLO es comprender la responsabilidad que conlleva su construcción.

PASO 7 – Ahí es donde se nos van a intentar escapar lxs últimxs. “¡El amor es malo! ¡Malísimo! ¡Claro que sí! ¡Ya era hora de que alguien lo dijera!” Parece que nos lo concedieran todo, pero no. Lo siguiente que nos van a decir es que ya han sufrido mucho, que ya han luchado mucho, que ya han perdido mucho… y que ahora tienen que mirar por sus intereses. Así que sí, hay que analizar el amor, y hay que hacerlo desde todo tipo de rigor histórico y cultural, y sin compasión, y con la valentía y el escepticismo de un espíritu libre… lo que no hay que hacer es oponerse a él.

¿Creíais que llegadxs al séptimo paso se iban a haber agotado lxs defensorxs (en la práctica) del amor? Pues aquí tenéis a todxs lxs escépticxs, individualistas, solterxs felices (no ágamxs, claro, sino parásitxs de la monogamia) y personas que se aman a sí mismas. Estxs son quienes admiten que el amor es un mal, pero dicen que es “su mal”, y que matarán por él. Son lxs peores, porque son los más conscientes, los que más cerca están, los que no se han perdido por el camino y quieren, ahora que lo tienen todo, quedarse a las puertas. No buscan una mejora o un cambio, sino las reglas de funcionamiento de la máquina. Quieren saber cómo va para pasarse al bando de quienes más eficazmente la explotan. No quieren hacer POLÍTICA, sino que deciden, abiertamente, NEGLIGIR su responsabilidad como miembrxs de la comunidad. Son estxs lxs que nos van a llamar “moralistas”.
 
Es ellxs a lxs que hay que señalar, por lo tanto, como enemigxs confesxs de la comunidad. Es a estxs a lxs que no oponemos ya una norma relacionada con las condiciones del diálogo, el análisis y la comprensión, sino de la acción y la ética. Es a estxs, por lo tanto, a lxs que, simplemente, llamaremos “malxs”, dado que son de quienes más podemos decir que actúan con plena conciencia. A no ser que quieran acompañarnos hasta la siguiente casilla. Es solo un paso más.




martes, 21 de enero de 2020

el peón parental



“No se puede vencer si no se sabe en qué consiste la victoria”.

La frase ni es mía ni es así. Esta es la forma que le doy yo para exponer algo que considero útil sobre el peregrino asunto de la propiedad de lxs hijxs.

Estamos escandalizadxs ante el grado de reacción que está logrando traer a la actualidad la ultraderecha. Nuestra lectura es que tener que volver a luchar por obviedades como la necesidad de que lxs niñxs reciban información sobre violencia de género es un retroceso que nos acerca al momento histórico en el que hubo que luchar por ello la primera vez. Hemos perdido mucho, por lo tanto, con demasiada facilidad, y es desmoralizador.

Pero, pensémoslo un momento: ¿en qué habría consistido ganar? Y, ¿sería tan diferente de esto?

El comienzo de una partida de ajedrez es un empate (no es cierto, pero vamos a simplificar). Ambos grupos de fichas tienen las mismas posibilidades y aspiran, igualmente, a la victoria. Pero a partir de cierto momento uno de ellos adquiere una cierta ventaja y el otro comprende que la expectativa de vencer se aleja. Decide olvidarse de atacar y cierra su defensa. Se enroca, por ejemplo.
Esto genera un cambio desconcertante en el grupo de fichas que van ganando. En pocas jugadas la disposición sobre el tablero se ha transformado, y de una posición abierta y llena de posibilidades se ha pasado a otra en la que apenas hay fisuras. Es cierto que la amenaza parece prácticamente haber desaparecido, pero también que eso convierte el ataque casi en una obligación, y una obligación mucho más peligrosa que antes, pues el adversario se ha vuelto consistente y hermético, como si sus fichas se hubieran, de pronto, electrificado.

Si no se tiene cierta experiencia en lo que se refiere a abordar esta fase del juego el fracaso del grupo atacante puede no reducirse a chocar contra la defensa, sino que llegará, incluso, a hacerle perder su ventaja primera y desatar con ello un contraataque definitivo. Y, sin embargo, desde fuera nos dan ganas de gritar: “Pero, ¿¡qué esperabais!? ¿Que se rindieran al primer revés? ¿Que no se reorganizaran? ¿Que no optimizaran sus posibilidades? ¿Que por una victoria parcial os regalaran la victoria completa?”

En el fragor de la batalla, y en el renovado impulso que el enemigo parece adquirir con su cambio de estrategia, resulta fácil olvidar que nos encontramos en una fase mejor para nuestros intereses, y que a pesar de que esta fase tiene también peligros y dificultades, nuestra ventaja debe traducirse de alguna manera en resultados. Olvidamos que nuestro desconcierto tiene que ver, en parte, con que hemos ganado terreno, que pisamos suelo conquistado, y que nos movemos aún con cierta torpeza en él. Olvidamos que aquello que parece renovar las fuerzas de nuestro enemigo es ahora un objetivo mucho más modesto que el que lo motivaba antes, y más modesto, lógicamente, que el nuestro. Olvidamos que su ilusión, tras el golpe de la primera derrota, está puesta en no perder más, y que su eficacia es producto de la desesperación y de la lucha por la supervivencia.

Volvamos al tablero de la política. “Los hijos no pertenecen a los padres”, dijo Irene Montero, y se diría que fue un error político a tenor de la violenta reacción suscitada en la derecha. ¿Se equivocó la ministra y volvió peligroso un terreno en el que era más acertado avanzar con cautela? No lo creo.
Lo que creo es que Irene Montero, ministra de Igualdad, nada menos, es ahora mucho más poderosa y, con ella, lo es el feminismo, lo son los derechos sociales y lo es, en definitiva, la justicia. Sus mensajes ya no son la expresión parlamentaria de unas ideas que buscan participar en el debate, sino el anuncio de aquellas medidas que con toda probabilidad van a ser ejecutadas. Esto significa que los espléndidos 52 escaños de VOX se quedan en un grito ahogado, y que para no perder el enorme terreno que conlleva no formar gobierno necesitan medidas desesperadas de visibilización. Significa también que el PP, en una posición más desesperada todavía, necesita acompañar a VOX en su escaramuza suicida.

La batalla por el pin parental es una batalla perdida para la derecha. Eso no significa que no pueda ganarla. Significa que si actuamos con precaución, compromiso y responsabilidad, es casi seguro que de ella saldremos reforzadxs nosotrxs y debilitados ellos. La razón por la que desatan este tipo de encontronazos pírricos es la simple lógica de la derrota: cuando pierdes una vez se vuelve más probable que pierdas la siguiente porque llegas a ella con peores recursos y menos poder para determinar las condiciones del enfrentamiento: montan la del pin porque las otras que podrían montar son todavía más histriónicas. Hay poco más.

Pero podemos perder. Perderemos, seguramente, si creemos que ya hemos ganado, o que ya hemos perdido, o que es difícil que seamos capaces de volver a motivarnos para luchar una vez terminada la batalla anterior. Perderemos, en definitiva, si no recordamos que la lucha sigue, y no cumplimos con nuestro deber de afrontar el conflicto tal cual es, con todo el trabajo que conlleve. Perderemos si, ahora que somos más fuertes, actuamos peor.

Ojalá todas las batallas políticas fueran tan sencillas como recordarle a la gente por qué lxs hijxs no son de los padres. Ojalá fuera siempre tan sencillo acceder al argumentario y acorralar a nuestros adversarios dialécticamente. Ojalá comprendiéramos con toda claridad que el terreno que ahora podemos conquistar a galope tendido ha sido, en otras ocasiones, peleado metro a metro. Ojalá entendiéramos con toda claridad el valor que tiene galopar.

Volvamos al tablero abstracto y sugerente del ajedrez. En ocasiones el enfrentamiento más violento de toda una partida se produce en torno a un simple peón. Un peón se considera, en ajedrez, una ventaja definitiva: quien tiene un peón más debe ganar; tiene la obligación de ganar. Pero una vez conquistado ese peón extra la partida puede, sin embargo, enquistarse. El grupo de figuras con ventaja no consigue incrementar esta. Se encuentra en superioridad teórica pero esta no logra traducirse en la práctica: a pesar de su figura de más en todos los frentes que aborda hay empate.

Debe entonces recordarse una de las reglas más básicas del juego, y de todo enfrentamiento, sea en el tipo de tablero que sea: activa tu ventaja. No dejes que ese peón diferencial languidezca mientras se desarrollan luchas espectaculares pero igualadas entre caballos, torres y alfiles. El peón es la clave. 
Tu peón no ha sido salvado in extremis de un fatal intercambio de peones, que ha dejado sobre él la marca de la vulnerabilidad, de que un peón no es nada, de que está aquí, pero podía no estar. Tu peón no es eso. Tu peón es aquello frente a lo que el adversario no puede oponer ya su peón; y si no puede oponer su peón no puede oponer nada. Tu peón es quien puede galopar.
Esta batalla del pin parental no debe quedarse en evitar el pin parental. Debe continuar después mucho más allá, llegando tan lejos como se pueda en el avance del feminismo, de la calidad educativa y de los derechos sociales, y debe hacerlo galopando impetuosamente por el terreno que el descrédito, el extravío y la desesperación de la derecha dejará en nuestras manos cuando su grotesco y endeble pin parental no pueda resistir más. Debemos, para ello, ser capaces de ver nuestra victoria actual. Y debemos ser capaces de imaginar la siguiente.