martes, 26 de enero de 2016

me gustan las barbas


Me dice una amiga que le gustan las barbas.

Estaba deseando tener esta conversación, así que voy al grano:

-No sé qué son “las barbas”.

Me mira un poco seria, porque me conoce. Espera unos segundos. Deja caer levemente los párpados y, con la mirada perdida, dice:

-Las barbas: Eso que lleva la gente ahora, no sé si te has fijado. Son unos pelos que salen de la cara. Se dejan crecer y cuando ya están todos ahí, entonces tienes barba. Las barbas, Israel. Las barbas. Me gustan. Venga. ¿Qué vas a decir?

Me toco un poco la cara y compruebo que mis pelos no son largos. Me acabo de afeitar, en realidad, y su longitud es estrictamente la que dista de la raíz a la superficie de la piel. No tengo, por lo tanto, una barba.

-Creo que sé a lo que te refieres. Y, ¿por qué te gustan?
-Me resultan viriles, supongo. Me dan sensación de masculinidad. Me ponen. Ese rollo rudo, salvaje, de descuido… Lo relaciono con la naturaleza, creo, con el primitivismo, con una sexualidad sin restricciones. Y, claro, me ponen.


Estoy muy contento. Mi amiga lo ha hecho muy bien. Sé que en mi cara no hay barba, pero casi tengo la sensación de que me estuviera brotando una.

-Como sé que no eres machista no voy a señalar nada sobre el componente machista de ese gusto sexual. Bueno, un detalle. Sólo uno, permítemelo: Relacionas el primitivismo con la sexualidad sin restricciones. ¿Te das cuenta de a qué restricciones te refieres si es el primitivismo el que se libera de ellas?
-A ver, sé que es un gusto que tengo que reelaborar. No te he dicho que esté bien. Te he dicho que me ponen. No busques machismo donde no lo hay. Además, precisamente, la gente que lleva barba ahora no suele ser así. Al contrario, es una barba cuidada, le dedican tiempo… en realidad son bastante sofisticados. Qué coño, ¡son fashion victims! ¡Mira cómo es el resto de su indumentaria: Nada que ver con un neandertal que me arrastre por los pelos!
-Entonces, ¿qué es lo que te gusta de esas barbas?

Un largo camino se vuelve mucho más agotador cuando descubres que no valía para nada. En la cara de mi amiga no hay barba, pero se surge algo como una espesura, como un hastío ante su propio gusto, que se le aparece, una vez más, en otra persona más, ella misma en este caso, construido de modo ideológico, artificioso y disfuncional. Justo lo contrario de lo que nos creemos cuando, allá por entonces, lo investimos de morbo.


-Tú hablas de Siete Novias para Siete Hermanos, ¿no? Con sus camisas a cuadros, sus leñadores, sus cabañas en el bosque y sus “irrestrictos” secuestros de mujeres. El caso es que ahora hay muchas caracterizaciones basadas en aquella película, y que no son lo que son, aunque no por ello dejen de serlo. Pero lo más interesante es que llevan la barba puesta con una goma, y que tras ella hay una persona que no tiene barba. Lo más interesante es la oportunidad de darnos cuenta de que nuestro gusto está tan extraviado que, cuando vemos la goma, en vez de pensar “es una barba de mentira”, pensamos “las barbas llevan goma”.
Eso sí, si lo que te gustan son las barbas verdaderas, no es tu momento, porque con esta moda ya nadie las lleva. O, si queda alguna, será imposible encontrarla entre tantos pelos saliendo de las caras.

Me recrimina que, al acabar la frase, me rasque la mejilla. Tiene razón. Pero me picaba de verdad. Aunque entiendo que ni eso es excusa.



jueves, 7 de enero de 2016

celos: un supuesto práctico

Tengo una relación a la que, para mayor claridad, no voy a privar de nada. Vamos, que, entre otras cosas, es sexual, genital y posee cualquier otro ingrediente exigido para evitar que se considere trucada por superficial. De hecho, es una relación que me aporta una notable satisfacción y que alimenta mi amor propio porque me enorgullece el valor que la otra persona, a quien a su vez valoro en alto grado, me concede.

En esta relación los celos no han hecho, felizmente, aparición.

Dejemos de lado si somos ágamxs ya, o si nos lo hemos hecho para evitar celos, o cómo nos llamamos. El caso es que nuestra comunicación sobre otras relaciones, incluidas aquellas donde el sexo también aparece, no sufre ni de restricción ni de regodeo. Normalidad discreta con respecto al tema.

El caso es que, un día, esta persona se refiere a una tercera a la que conozco y me dice que siente hacia ella cierta atracción. No me dice que haya intensificado su contacto con ella, e incluso me detalla que no ha habido sexo alguno ni tiene clara la intención de procurarlo. Pero, para mi sorpresa, los celos aparecen por primera vez. La sorpresa es doble, no sólo porque sería la enésima relación de la que tengo noticia y me considero más que acostumbrado, sino porque que no tengo yo a esa persona en muy alto juicio y, como contrincante, me parece una piltrafa sin posibilidad alguna de amenazar nada que yo, en ningún sentido, posea o reciba de mi persona amiga.
¿De dónde parten, entonces, mis celos?

Me dedico a darle vueltas y la causa no tarda en salir a la luz. Había dicho que una de las fuentes de satisfacción que esta relación me proporciona es el orgullo de sentirme interesante para alguien cuyo gusto estimo. Sin embargo, esta nueva manifestación de su gusto pone en entredicho que ese gusto sea tan fiable como antes me parecía. El consiguiente deterioro de mi consideración hacia su gusto tiene como indeseable consecuencia que mi propia satisfacción se resienta, pues ahora no soy elegido por un criterio tan crítico, sino por alguien bastante menos selectivo de lo que había pensado hasta ahora.

Ya he encontrado lo que perdí, lo que no obsta para que siga perdido. Ahora puedo hacerme la trascendental pregunta sobre la legitimidad de mis celos.

Lo que he perdido existe, de modo que tienen un fundamento. Esto ya es un factor a favor de dicha legitimidad. No puedo decir que lo haya perdido de un modo excesivamente traumático, sino más bien anecdótico e incipiente, perfectamente llevadero. Éste, por tanto, es un factor en contra. Pero factor determinante aparece de pronto en mi cabeza con destello liberador: ¿En qué me basaba yo para esperar que su juicio fuera diferente del que ha sido? Hago inventario de los fundamentos de este juicio y descubro que apenas conozco personalmente a ninguna de las personas por las que en alguna ocasión ha mostrado interés. Más bien he dado siempre por hecho que este interés coincidía con el que podría sentir yo mismo si las conociera. Toda esa presunción de coincidencia se basaba, en realidad, en el conocimiento de un solo objeto de sus juicios de gusto: Yo mismo. Ergo: Si he pensado siempre que tiene buen gusto es, sólo y exclusivamente porque le gusto yo.

Queda sentenciado que me he construido una expectativa nada razonable sobre el juicio de la persona con la que tengo esta relación. Esa expectativa retroalimentaba la relación, está claro, y la hacía más satisfactoria. Pero era mentira, y me acabo de topar con la realidad. Nuestra relación tenía un poco menos de contenido del que yo pensaba, y tal vez se pueda decir que acabo de descubrir que estoy un poco más solo de lo que creía.
Pero eso es bueno. Muy bueno. Lo solo o acompañado que estuviera en realidad no ha variado ni un ápice. Ahora, además, he eliminado un espejismo en mi relación. Estoy más solo de lo que creía, pero poco voy a notar, porque la soledad real es la misma. Incluso es posible que este descubrimiento abra una vía de convergencia en nuestro gusto que incremente de manera real la intensidad de nuestra relación.

Y, si eso ocurre, tendré que agradecérselo a los celos.