viernes, 15 de agosto de 2014

feminismo de precisión (III de III)



Es fatal para el que escribe pensar en su sexo. Es fatal ser un hombre o una mujer pura y simplemente.
Una habitación propia – Virginia Woolf

Todos estos matices del tono visceral, analizados en los posts anteriores -1,2- (debo decir que he escogido dos textos en los que la visceralidad es sólo moderada) son fácilmente corregibles. Pero no he escrito este texto para proponer mejorar aquéllos, que no son malos, sino para señalar la generalización del tono visceral en el feminismo divulgativo (¿en España? ¿En la red?); para señalar la instalación en esa autocomplacencia, en esa búsqueda de la satisfacción personal, en esa acomodación a un público ya afín; para recordar que estancar el feminismo es bloquear el avance de la igualdad y, por lo tanto, perjudicar, sobre todo, a las mujeres.

Ese bloqueo se cifra, groseramente resumido, en dos consecuencias. La primera es que establece un tono discursivo inaplicable a la vida cotidiana. Junto con todas las claves eficaces que sí proporciona, incluye otras absolutamente ineficaces que desprotegen a quienes pretende proteger al proporcionarles armas de fogueo, muy espectaculares en los simulacros pero suicidas en la vida real. La segunda es que maximiza las dimensiones del enemigo, impidiendo el alistamiento en las líneas feministas de la inmensa mayoría de los hombres y obligándolos, en el mejor de los casos, a permanecer en esa tierra de nadie a la que ya el patriarcado ha bautizado con el nombre de la fraudulenta equidistancia: “ni machismo ni feminismo”, es decir, machismo inconsciente.

Se podría alegar que este recurso del tono visceral es útil al feminismo, porque es fuente de motivación para las lectoras, incluso reconociendo que, para conseguirlo, el hombre es tratado de una manera algo paródica. Se podría decir que el hombre debe aceptar estas pequeñas humillaciones en aras del avance de la igualdad. Y, si se demostrara, yo estaría de acuerdo. Pero mi opinión es que el recurso no es una estrategia, sino el defecto espontáneamente generado por la adquisición de una cierta cuota de poder. Lejos de funcionar, es irresponsable y contraproducente, resultado de entender estos espacios de divulgación como lugar de desahogo personal y de ostentación del poder que generan. Pienso que, en el desarrollo de una práctica acertada, se deviene en otra desacertada que contamina a la generalidad del feminismo divulgativo en red, convirtiendo en inútiles gran parte de estos esfuerzos y transmitiendo el espejismo de que el feminismo lucha con todos sus medios, pero que no puede avanzar más porque se enfrenta con el poder omnímodo del patriarcado. Se alimenta así una guerra de posiciones en la que los contendientes, bloqueados y frustrados, se polarizan y extreman, cayendo en la caricatura y perdiendo su condición de sujetos de la lucha para pasar a ser objetos del sistema. Ignoro si las cifras confirman o desmienten mi teoría, porque ignoro si esta dinámica es principal o secundaria. Lo difícilmente refutable es su existencia para cualquiera que busque feminismo en vez de sangre. Y si existe y se deja existir, entonces se es cómplice de la cantidad de fracaso que se le pueda atribuir.

Veíamos que el tono visceral es poco más que el resultado espontáneo y legítimo de la exaltación, y que es fuera del discurso legítimamente exaltado donde pierde su legitimidad propia. Al cristalizarse en el discurso reflexivo, llegando incluso a constituir un estándar de estilo, condiciona la producción de ideas a través de tendencias que merece la pena concretar con el fin de facilitar su detección más allá de lo que sería la simple e insuficiente corrección del tono.


-La primera, como he venido señalando, es la simplificación maniquea de los caracteres de género.

La comprensión alcanzada sobre los condicionamientos psiquicos que las mujeres desarrollan en el contexto del patriarcado no puede jamás convertirse en una liberación completa de su responsabilidad, pues sería “liberarlas” de su libertad misma. Si una mujer no puede, no ya equivocarse, sino ser auténticamente perversa, entonces es que no es libre. Se abusa de la coletilla de que a las mujeres les queda mucho por hacer en lo tocante a su propio machismo, pero dicho machismo rara vez es tratado como opresor de otras mujeres e, incluso, de otros hombres, sino sobre todo como auto-opresor y, por lo tanto, más tolerable. Sin embargo, la complicidad con el patriarcado, como la complicidad con el capitalismo, está permanentemente presente en nuestras opciones. Si no acabamos con el mito del esclavo bueno, no entenderemos jamás por qué el esclavo debe ser liberado. No habremos superado el prejuicio hacia una maldad que consideraremos paliativa de la iniquidad de su esclavitud. Estaremos, por decirlo de otro modo, juzgando por defecto que la mujer merece ser igual porque es buena, ya que si fuera mala no lo merecería.

En cada lugar en que se constate un comportamiento machista hay individuos opuestos en su condición de opresores y oprimidos y unidos, a veces íntimamente, en su condición de cómplices del machismo en diversos sentidos que deben ser tenidos en cuenta si se desea entenderlos y desactivarlos.

La inversa, como también he dicho, es más clamorosa. El desarrollo teórico del hombre postpatriarcal es, hay que decirlo así, sólo un proyecto y, hoy día, una vaguedad. El hombre postpatriarcal se define normalmente como simple vacío con respecto al patriarcal, y a través de la asunción de virtudes consideradas propias del género femenino. Si debe existir un hombre postpatriarcal definido en función de la adopción de virtudes femeninas, entonces, salvo que se pretenda reducir ambos géneros a lo que de femenino hay en ellos, deberá tener también viejas virtudes masculinas. Pero, ¿cuál de estas virtudes ha sido producida en un sentido postpatriarcal? Las masculinas, evidentemente, no. Pero las femeninas tampoco. Ni la predisposición a los cuidados, ni la empatía, ni el sentimentalismo, son reivindicables sin una crítica previa que las transforme de virtudes del siervo en virtudes de la persona libre.

La ausencia de este análisis sobre lo que el hombre tiene que pasar a ser en sentido positivo lleva a la negligencia de, y resistencia ante, el análisis de las motivaciones masculinas. Alcanza a la casi totalidad del feminismo la reducción de la psicología del hombre a la descripción de un opresor expansivo. Entre el hombre que esclaviza y el hombre que se defiende del entorno patriarcal mediante los recursos que el propio entorno patriarcal le proporciona, no hay matiz. La desinformación del hombre, su propia condición de víctima, la no disponibilidad de recursos, su propia soledad como individuo antipatriarcal, es reducida con demasiada frecuencia a la valoración de las consecuencias de sus acciones. El hombre, en definitiva, se siente “incomprendido” por el feminismo, y encuentra demasiado pronto los indicios de que el feminismo no es para él. El “error comprensible” no existe en el caso del hombre, porque el hombre no es concebido como psique, sino sólo como agente. Se valora que todo hombre se beneficia tanto del patriarcado que no merece la pena analizar las injusticias que, por grosería, el feminismo puede ejercer contra él. Se niega, así, el derecho del hombre a señalarse a sí mismo como oprimido. Lo repetiré, porque creo que es extremadamente grave: se niega al hombre el derecho a decir “mi situación es inhumana”. Siempre habrá una mujer peor, se piensa. Lo que es aplicable, también, a cualquier mujer.


-El tratamiento de la comunicación como propaganda para una guerra entre bandos de género donde los individuos aparecen monolíticamente pertenecientes a uno u otro bando.

O, ¿a quién se dirigen los textos?

No se trata de volver a recordar que las motivaciones de cada individuo son complejas éticamente, sino de que lo es la constitución social de cada situación con respecto a la distribución de las herramientas que el patriarcado brinda y que, ya sean usadas para oprimir o para empoderar individualmente, lo reproducen.

Demasiado a menudo, la descripción de una situación opresiva va acompañada de un reparto de los personajes que la conforman según las categorías de oprimidos y opresores. Como es lógico, la tendencia es que los unos sean los hombres y las otras las mujeres. Sin embargo, tanto el entrecruzamiento de otros sistemas de opresión, como las propias jerarquías intragénero que establece patriarcado, hacen que los niveles de conflicto y las composiciones de los bandos en conflicto presentan una gran diversidad. Todas las mujeres no se encuentran igualmente oprimidas por todos los hombres, y su opresión no debe afrontarse siempre con la misma actitud. Mientras que, por ejemplo, la realidad ofrece conflictos mayoritariamente dirimidos al mismo nivel de conciencia feminista, es decir, entre mujeres con una determinada conciencia feminista que se enfrentan con hombres cuya conciencia feminista es proporcional (según la proporción de conciencia feminista que los hombres tenemos con respecto a las mujeres), los textos describen demasiadas veces situaciones en las que mujeres muy concienciadas deben enfrentarse con hombres que no lo están en absoluto. La causa de esta polarización es que posibilita el uso del tono visceral, es decir, del texto como vía de desahogo.

La pregunta “¿a quién se dirige cada texto?” debe ir acompañada del tono correspondiente. Tan inútil es tratar a la generalidad de hombres concienciados como machirulos infiltrados, como pretender que simples herramientas dialógicas sean eficaces ante hombres de profunda convicción machista. Tratar a un compañero como a un potencial violador es una gravísima ofensa. Dirigirse a un acosador callejero como al miembro de una asamblea ciudadana es temerario.


-Descripción de la realidad según un solo sistema opresivo, o subordinación jerárquica del resto.

Por último, creo importante recordar siempre, cada vez que se afronta un texto, que el concepto de patriarcado como sistema opresivo no agota la descripción de la condición opresiva de nuestro sistema. Es innecesario ponderar su inmenso valor como herramienta descriptiva, así como lo que podemos entender, señalar y corregir gracias a su uso. Pero dichas descripciones no pueden obviar cómo se interpenetra con otros sistemas opresivos conformando la opresión real. Incluso concediendo, cosa que ni afirmo ni niego, que el patriarcado sea el mayor de los sistemas opresivos actuales, o la herramienta más englobadora para entender la opresión real, aun así, sería insuficiente para analizar las relaciones de opresión de una situación cualquiera.

El análisis de situaciones debe integrar al resto de sistemas opresivos, especialmente el sistema del poder, como ontológicamente superior o englobador, y el sistema de la fuerza bruta como cronológicamente superior o precedente.

Esto debe llevar al tratamiento de la opresión patriarcal en el contexto de la opresión general. El viejo conflicto izquierda – feminismo nos recuerda que el oprimido comprometido con la eliminación de los privilegios de que él carece no tiene por qué estar comprometido con la renuncia a sus privilegios propios. El feminismo nos descubrió, en su momento, que el hombre oprimido era también opresor. El feminismo debe, ahora, recordar que la mujer oprimida también lo es, lo que no va en detrimento de su condición de oprimida a un nivel superior al que lo está el hombre.

En última instancia, no sería tan complicado si aceptáramos renunciar a la consideración del patriarcado como marco de explicación de referencia y extender el concepto de “opresión general” a las situaciones analizadas en el discurso feminista, del mismo modo que, por sentido común, lo hacemos en casos de extrema claridad como, por decir algo, la ridícula acusación de Esperanza Aguirre de machistas a los agentes de seguridad que la multaron, queriendo hacer olvidar que la diferencia de poder entre ella y ellos la convertía en su depredador natural.

Debemos recordar, además, que la opresión, en todos sus sistemas, no es inerte, sino dinámica, y que la persona oprimida emplea armas mediante las que defiende su posición y a través de las que a veces, incluso, logra avances puntuales. En el caso de la opresión patriarcal hay que decir que estas armas defensivas existían antes del feminismo y, lógicamente, conviven con aquellas que el feminismo ha proporcionado. La exigencia de la renuncia a los privilegios, es decir, a los mecanismos opresivos, debe ir acompañada de la renuncia a las armas mediante las que las personas se defienden de esos privilegios, especialmente de aquéllas no proporcionadas por el feminismo y que reproducen el patriarcado desde su lado débil. Lo contrario sería tanto conceder al oprimido la capacidad, que se realizaría automáticamente, de convertirse en opresor, como exigir al opresor que se autotransforme en oprimido, lo que es siempre una condición inasumible, automáticamente despreciada. Allí donde se describa una situación en la que el oprimido está íntegramente inerme, se está obviando su capacidad real de ejercer violencia sobre el opresor. Confundir esta necesidad con una “entrega de armas” como reconocimiento de que la paz debe empezar por el débil, al que se trata así de primer agresor, sería tergiversar mi razonamiento.


Conclusión:

El empoderamiento feminista no puede ser sólo el establecimiento de un pequeño espacio de poder seguro. Debe, sobre todo, establecer el espacio que permite la expansión de dicho espacio y, con él, del empoderamiento igualitario de todxs.

Las cuestiones planteadas aquí no son simples líneas de corrección, en tanto que la relevancia de algunas de ellas las convierte per se en problemas más complejos que hacen aflorar temas claves del feminismo. Deben ser, por lo tanto, reincluídas en nuestras reflexiones de mayor aliento, si no queremos convertir la invencibilidad del patriarcado en una profecía autocumplida.

La visceralidad denunciada es la prolongación de la violencia en el conflicto, más allá del momento en que la violencia es necesaria o eficaz. Quienes intentamos contribuir a la realización de la igualdad dejaremos de ser feminazis, quintacolumnistas del patriarcado, desde el momento en que admitamos que el feminismo, como movimiento diverso, produce también discursos intransigentes e, incluso, opresivos. El feminismo no otorga la infalibilidad por generación espontánea. En nombre del feminismo también se puede hacer daño. Por su relativa novedad, el feminismo se encuentra cada día, en su progreso, con desafíos que son absolutamente nuevos. Uno de los pendientes es escuchar con la mente abierta las razones de su adversario. Sólo incorporando al adversario como aliado podrá alcanzar la hegemonía.

Por eso me pregunto siempre, ¿de verdad es necesario mantener esta división entre unos y otros? ¿Es verdad que se deben centrar los esfuerzos en entender y reivindicar las identidades de género? ¿No se puede señalar ya, a estas alturas, al género como un obstáculo en el avance hacia la igualdad? ¿No es mejor enfocar nuestras fuerzas hacia la proposición de un modelo social en el que el género no permita distinguir con tanta claridad a amigos de enemigos? ¿Cómo voy yo, hombre, a discriminar a una mujer, si no sé quién es una mujer, si apenas la reconozco, si no sé si soy una mujer yo mismo?

6 comentarios:

Mari dijo...

Me encantó, ayer discutiamos algo similar en una pagina de facebook, sobra decir que los comentarios se volvieron algo viscerales. Me gustó el Artículo, por que aunque no tengo en mi todo ese lexico necesario para darme a entender, pienso similar :3- No me siento tan sola ;D

Will dijo...

Mola. Comparto.

Carol dijo...

Hola, quién esté detrás. Me han gustado algunas de tus apreciaciones. También percibo los discursos, el hablar de generalidad y los tonos viscerales. Pero pienso y siento que aún son muy necesarios. Soy partidaria de pasar por eso, encarnarlo, sin perder de vista que no es nuestro lejano objetivo, pero sí nuestro presente objetivo hasta que cumpla sus funciones. Puedo comprender que como hombres algunos se sientan excluidos en esta lucha que a veces puede ser binaria. Aunque estoy segura de que hay feminismos mucho más integradores que dependerán de la diversidad que acojan las personas que lo defiendan. Especialmente en el tono visceral, pienso que es importante, porque yo, como mujer (entre muchas otras, a pesar de no saberlo antes de beber de feminismo), siento que se me ha negado mi parte visceral. Y muy sabiamente, como en las contraculturas, lo estamos equilibrando. Necesitamos recordar (nos) que sabemos pegar buenas patadas para después recordar (nos) que no queremos hacerlo, sólo si lo necesitamos. Salud y gracias!!

contraelamor dijo...

¡Me entusiasma tu comentario!
Seguramente el post no transmite mi propio deseo de pegar patadas que respondan con visceralidad, contundencia, desahogo y crueldad (por supuesto que también crueldad) a las agresiones de género que alcanzo a detectar, en todas sus formas, activas y pasivas. Y es prácticamente seguro que no transmite mi conciencia de que mi deseo sólo puede ser un reflejo pálido del que tienen las mujeres que las viven diariamente, ya sea directa o indirectamente, y han descubierto que constituyen actos de opresión.
Desde dentro de la idea de que la visceralidad debe ocupar un lugar, debemos buscar el lugar que la haga eficaz. Y para ello disponemos de antecedentes con notables semejanzas. El feminismo es único en su especie, pero no en su familia.
Tenemos que recordar que los movimientos de liberación producen casi siempre facciones violentas y ultraviolentas que son con frecuencia perjudiciales para el logro de los objetivos. Tenemos que recordar que esas facciones son alimentadas en muchas ocasiones por los adversarios políticos con el fin de justificar la represión o el desprecio. Tenemos que recordar que lxs oprimidxs no son, por serlo, nobles de corazón, y que en algún lugar caen lxs mezquinzs, egoístas, corruptxs y asesinxs del movimiento. Tenemos que recordar que esos individuos tienden, en muchas ocasiones, a acumular poder, o visibilidad, y a ocultar tras los ideales sus propios fines egoístas. Tenemos que recordar, en definitiva, que los movimientos de liberación están formados por personas, es decir, por la misma especie que sus opresores, y que comparten en potencia sus vicios. Y tenemos que recordar que, allí donde los movimientos se autodesignan infalibles e infalibilizan a sus militantes, se invisten de santidad y, por lo tanto, imprimen la opresión activa a su carácter.
Yo he propuesto lo que no hacer con la visceralidad. Te invito a que propongas lo que sí hacer para que pueda hacerlo yo mismo.
Abrazos y gracias a ti.

Carol dijo...

Hola de nuevo! opino lo mismo que tú en cuanto a que tod@s somos maravillosos y mierdosos en cualquier movimiento que estemos. También sobre el entrecruzamiento de muchos sistemas de opresión. Entre ellos el psicológico, que es transversal-humano, y costoso de transformar.
Todos oprimimos y somos oprimidos... yo, tu, todoas también...!
Soy consciente que como humana llevo carga emocional de muchisimos otros temas, nunca soy una sola cosa. Y que estos sentimientos no son exclusivos de "las mujeres", son humanos, se viven en este grupo porque se definió un grupo así y después se le estableció un protocolo.


Pero bueno...
Para mí lo necesario es un empoderamiento de cuerpo.
En la red están las palabras, las imágenes, sirven para ampliarnos la cabeza, darnos auto-apoyo al actuar.
La visceralidad que para mí es necesaria es nuestra visceralidad corporal, física. Legitimizar nuestro enfado y agresividad, proclamar nuestra opinión, marcarnos, ocupar nuestro espacio, cabrearnos cuando se decide desde fuera cuando somos sexuales (miradas lascivas) y cuando no somos sexuales (sólo los penes lo son), poseer y querer nuestro cuerpo, desarrollarlo como nos viene en gana...
Es un proceso complejo...que está vivo, va transformándose...

¿qué sí hacer con la visceralidad?
El cuerpo y la fuerza, al contrario que la mente, son muy directos.
Para mí, la intención es aplicar estos "derechos" a las situaciones concretas y reales...
recordar esos derechos cuando se vean amenazados: con mi propia fuerza, con la fuerza del grupo, o con la fuerza de la estructura social (que ahora no nos defiende estos derechos del todo...).
Ojalá siendo apoyada sin manipulaciones (difícil, ya que como humanos lo hacemos constantemente...)

Me gustaría contar, más que con banderas (soy nosequé soy nosecuantos), con ambientes en los que SINTAMOS el cambio.
Es necesario difundir con fuerza y claridad el cambio de paradigma, para que esté en el imaginario colectivo, y vivirlo en la vida real.

Me habría gustado ser más concreta.

Un saludo :-)

Carol dijo...

buf... qué rollaco!