viernes, 8 de agosto de 2014

feminismo de precisión (II de III)


He intentado resumir la perniciosa repercusión que para la expansión del feminismo tiene el habitual tono visceral utilizado en sus medios de divulgación en dos consecuencias concretas. Expliqué la primera en el post anterior.

Para analizar la segunda utilizaré un texto que, en diferentes versiones, ha circulado profusamente por las redes sociales. De entre todas yo cito la aparecida en www.golfxsconprincipios.com


De nuevo se trata de un texto necesario, una magnífica idea, y de nuevo la visceralidad amenaza con convertirlo en un producto endogámico sin más repercusión que la posible sobre quienes ya a priori se mostraban conformes con su contenido.

No cabe duda de que su redacción implica a un receptor masculino con algún tipo de buena voluntad antipatriarcal, ya que se interesa por las cosas que puede hacer por el feminismo. Los 35 puntos, casi sin excepción, son del máximo interés. Pero, si intentamos componer una idea general del tipo de socialización que se le propone al hombre, algunos matices nos deberían chirriar. Veámoslos.

 
En el punto 4 se argumenta perfectamente la lógica existencia de un miedo generalizado hacia hombres desconocidos en situaciones de indefensión, y que todos los hombres debemos responsabilizarnos de no alimentar ese miedo. Se nos pide que evitemos, en la medida de lo posible, comportamientos que puedan ser entendidos como preliminares de acoso o agresión. Se nos ofrecen estos tres ejemplos:

Si hay un asiento libre en transporte público junto a un hombre, siéntate ahí en lugar de en uno junto a una mujer. Si estás andando solo en una calle oscura cerca de una mujer, cruza la calle para que ella no tenga que preocuparse de si la estás siguiendo o no. Si una mujer está sola en el andén del Metro, ponte a cierta distancia de ella.

Los tres se parecen en su novedad y sutileza, pero son bien distintos. En el tercero se nos pide que respetemos el espacio personal, es decir, que nos comportemos ante una mujer como nos comportaríamos ante un hombre: Correcto. En el segundo, se nos pide que evitemos activamente un comportamiento que podría ser confundido con la preparación de una agresión: Conforme. En el primero se nos pide algo éticamente más controvertido: la autodiscriminación. Se trata de algo tan puntual que no merece la pena valorar en qué medida el hombre accedería a perjudicarse a sí mismo con ello, pero “no te sientes a mi lado” suena raro, y coincidente con otras formas no voluntarias de discriminación. Continuemos.

El punto 6 dice así:

Cuando una mujer te dice que algo es machista, créela.

Este punto acaba ahí, no es que yo ahorre cita. Salta a la vista que es la inversión del negacionismo machista, de ése del que estamos muchxs tan hartxs, y ante el que a veces nos sentimos tan frustradxs. Y también salta a la vista que es una simplificación grosera que abre la puerta a la inversión del abuso. (El punto 23 peca de lo mismo, aunque más levemente). Ninguna mujer es infalible; ningún hombre es absolutamente a-empático. El nivel de información es muy determinante de la determinación del argumento verdadero; y tantas otras cosas que se podrían alegar. En definitiva: La razón a priori es lo contrario a la razón, y ninguna causa justifica convertir la mentira en norma.

Habría sido sencillo decir “Cuando una mujer te dice que algo es machista, créela más.” No estaríamos ante la apropiación de la verdad, entonces, sino ante la corrección de un sesgo ampliamente observable. ¿Precipitación al escribir o ambición tentadora? Digamos, de nuevo, que se trata, simplemente, de visceralidad en la redacción. Cuestión de tono.

El punto 18 es especialmente conflictivo en su enunciado principal:

No des “repasos con la mirada” o hagas comentarios sobre las mujeres (por ejemplo, deja tu lengua dentro de la boca y los comentarios para ti mismo).

Esta necesaria exigencia, aunque insuficientemente extendida en la sociedad, es ampliamente conocida en el ámbito del feminismo. Lamentablemente, la expresión que la acompaña, también. “Deja tu lengua dentro de la boca” se utiliza con inapropiada frecuencia, no sólo para referirse al acoso callejero, sino, sobre todo, al uso machista de la palabra. Es innecesario explicar que constituye una expresión despectiva, pero muy relevante recordar que el texto se dirige a hombres que manifiestan la buena voluntad de interesarse por estas 35 cosas que pueden hacer a favor del feminismo. Y a esos hombres se les dice “deja tu lengua dentro de la boca”. Es el tipo de comentario que sólo generaría buen rollo entre pistoleros del oeste. Cualquier otra persona a la que se dirigieran a priori como si ya hubiera cometido esa falta, o como si la cometiera con obstinación, entendería que está recibiendo un trato degradante.

Punto 31 (uno de los que más comentarios, con razón, ha suscitado).

Si tienes tendencia a comportarte inapropiadamente hacia las mujeres cuando estás bajo la influencia de drogas o alcohol, no consumas drogas o alcohol.

Si le duele ahí, véngase aquí.

No me extenderé analizando la simplificación que implica esta norma, sino las implicaciones de la simplificación. Como se ve, disciplina al individuo mediante una técnica sencilla: la eliminación total e indiscriminada del factor de riesgo. No existe valoración de la relevancia de dicho factor para el sujeto, ni intento alguno de respetar su derecho a juzgar esa relevancia. Es el mecanismo por antonomasia de la objetualización: la descripción reduccionista del otro en función de mí. Si algo es malo para mí, por ejemplo, es que tú no lo necesitas. Una herramienta de cuya perversidad las mujeres son víctimas a cada instante.
 


Tras la lectura del texto completo, el hombre interesado por el feminismo se encuentra en la tesitura de aceptar unas reglas que conllevan, no sólo ser tratado como un agresor a priori, sino renunciar a la posibilidad de tener la razón (recordemos que el patriarcado es transversal a toda nuestra vida, a todos los temas) e, incluso, aceptar la posibilidad de sufrir injerencias arbitrarias en sus hábitos personales estructurales.

El cuadro general, lo diré ya, es el de una propuesta de inferioridad. Si este texto se aplicara a rajatabla, estaríamos definiendo los rasgos de un nuevo género, el de un hombre postpatriarcal sometido.

El problema no es si existe el peligro de que el género masculino se abalance inconscientemente hacia su opresión voluntaria, y que eso sea injusto y diferente de lo deseado por el igualitarismo. El verdadero y gravísimo problema es que no va a pasar nada. Al ser detectado como una amenaza, el texto pierde la mayor parte de su eficacia, expulsando al hombre interesado por el feminismo de vuelta al entorno del discurso patriarcal.

Así, el hombre intuirá, en el peor de los casos, que existe una opresión patriarcal y, en el mejor, incluso encontrará medios para interesarse por ella a nivel teórico y general. Pero llegado el momento práctico, la vida cotidiana, la sustitución de su complejidad ética por el espantajo machista le obligará a generar una proto-ética no opresiva propia o, más probablemente, a desarrollar mecanismos defensivos que satisfagan la mala conciencia de conservar sus privilegios patriarcales sin caer en las reglas propuestas por el feminismo visceral.

La visceralidad no es patrimonio del feminismo divulgativo ni un producto de su particular idiosincrasia. La visceralidad se presenta en infinidad de ocasiones y, seguramente, en todas y cada una de las disciplinas y corrientes ideológicas conocidas. Lo que se pretende con este texto es señalar una cristalización estancada de esa visceralidad que, por sus circunstancias particulares, adolece de la necesaria autocrítica y repercute muy negativamente en los objetivos prácticos del feminismo.

La visceralidad se ha convertido en la ortodoxia del feminismo divulgativo, adoptando rasgos estables y reconocibles propios de la visceralidad misma, y no de la ideología a la que se ha incorporado. Considero útil profundizar en estos rasgos y proponer mecanismos que permitan detectarlos y evitarlos de manera inmediata, posibilitando así un discurso íntegramente feminista no lastrado por la ineficacia de la visceralidad. Dedicaré a este propósito un tercer texto.

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