viernes, 28 de octubre de 2011

bebesito

Transcripción aproximada de una conversación presenciada en un bar de un castizo barrio madrileño.

Entro al establecimiento. Dentro, el camarero y un par de clientes firmemente acodados sobre la barra conversan cansinamente.
Camarero: Buenos días, caballero. ¿Qué desea?
Yo: Un café con leche, por favor.
Camarero: Un cafetito con leche… Pues una de esas estuvo aquí el otro día.
Cliente 1: ¿Sola?
Camarero: Sola, sola. Y me dice:Bebesito, ¿me pones una coca-cola?” Señor,
¿cómo quiere la leche?
Cliente 1: ¿“Bebesito” te dijo?
Yo: Templada, por favor.
Camarero: ¡“Bebesito”! Aquí tiene.
Cojo mi café y me siento en una mesa junto a una amplia ventana cerrada.
Cliente 1: ¡Joder…!
Cliente 2: ¿Lo ves? ¡Se lo buscan ellas solas!
Camarero: Sí, sí. Me dieron ganas de decirle: Te voy a agarrar y te voy a abrir de piernas aquí en medio y vas a ver tú, el “bebesito”.
Cliente 1: Ya ves…
Camarero: ¡¡¡Te voy a meter bien con el “bebesito”!!!
Yo: Disculpa, ¿un vaso de agua, me darías?
Camarero: Por supuesto caballero. ¿Hielo?
Yo: Sí, por favor.
Soy diligentemente servido, y vuelvo a mi mesa.
Cliente 2: ¡Dos varas tenías que haberle puesto!
Cliente 1: ¡Por delante y por detrás! ¿Cómo era? ¿Tenías buenas “bebesitas”?
Camarero: ¡Sí tenía, sí! ¡Para darle tenía! Eso la agarras del pelo ahí mismo… y como si fuera un caballo.
Cliente 1: Y, ¿pa qué quieres más?
Cliente 2: Y que te pague la coca-cola.
Camarero: ¡Hombre, que me la pague, fijo! De hecho, la que le puse me la pagó.
Cliente 1: ¡Que se joda!

A mí me parece que esta escena delata una notable represión sexual. Y también me parece que no fue tanto un hecho aislado, explicable sólo mediante una singular carga de xenofobia, machismo y mala educación, como la consecuencia de una indiscreción propia de cualquiera que se siente confiado. Lo singular, en mi opinión, no es la conversación, sino la circunstancia.  
Seré raro.

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