lunes, 29 de agosto de 2011

terminología (reductiva)

            Me preguntan que de qué va esto. Me dicen que un título como “contra el amor” ya es suficientemente negativo como para que cada texto no se dedique después más que a criticar y cerrar puertas. Me dicen que el NO seduce poco. Que afirme algo. Que qué propongo yo. Que, al menos, le dé un nombre.
            Dos pegas a estas recomendaciones. Toda reflexión completa debe comenzar por la observación crítica, es decir, aquella que describe y señala los puntos débiles de lo real. Cambiar el frigorífico cuando se ha roto (aunque todavía enfríe un poquito) y, si no había noticia de la avería, anunciarla, por agorero que resulte. El anuncio es la parte negativa, el cambio, la positiva. Pero la segunda sólo puede ir tras la primera. Tengo, además, la impresión de que, dado el tema que aquí se trata, la negación será de límites, es decir, afirmación de libertades, aunque sean expresadas mediante rechazos.

            Si el amor no, entonces, ¿qué? En ocasiones, surgen interlocutores que manifiestan la desesperación de un adicto. “¡Amo el amor! ¡¡No puedo vivir sin él!! ¡¡¡No me lo arrebatarás!!! ¿¡¡¡Qué vida sería ésta si no amáramos!!!?” Y yo sin dejar de arrebatarlo, sembrando la desolación… ¡Canalla! Ya he explicado en algún momento que la pérdida de sentido de la vida sin amor es uno de las armas disuasorias que fundamenta el poder de éste (qué mal estamos con nuestra pareja y, el día que la dejamos, ¡qué vacío!), pero debo confesar que los yonquis, a veces, resultan irritantes.
Entiendo, sin embargo, que el formato blog deja el progreso de la reflexión demasiado en suspenso, sin saber si, en algún momento, se pasará de la crítica a la teoría y de la teoría a la propuestas o si, al menos, llegará a cambiar el tono destructivo. Así que, adelantemos…

            “Si estás en contra de la monogamia, ¿propones la poligamia? ¿Es el poliamor, entonces? ¿Es un nuevo poliamor con apellido? ¿El poliamor contraelamorístico?”
            Las palabras son muy útiles. Nunca acabaría uno de explicar lo útiles que son las palabras. Diría que la utilidad de las palabras es lo único que las palabras no alcanzan a expresar. Pero ni la vida ni el lenguaje se resuelven siempre mediante la reproducción.
            Desde el punto de vista terminológico, el gesto principal de este blog se realiza sobre el concepto “amor” y consiste, por un lado, en incluir en él no sólo una emoción, sino el sistema ideológico y preformativo que la sustenta; por otro, en una revalorización moral del concepto (a la baja) según la catadura de dicho sistema como conjunto coherente, responsable y opcional. Dicho alto y claro: empezar a pensar en el amor en términos de vicio y no de virtud.
            No establecer relaciones de amor no significa no establecer relaciones. Ni siquiera significa no intimar, no tener vida sexual o no asumir compromisos. Pero todos estos comportamientos tendrán su propia realización como finalidad, y no irán forzosamente articulados a otros que el amor dicte, arrastrándolos consigo y siendo arrastrados por ellos. Antes, por tanto, de describir una nueva tipología para las relaciones deberemos enfrentarnos a este espacio de libertad en sentido negativo (poder hacer sin saber qué hacer). Nada queda en él proscrito, salvo la aceptación acrítica de la mecánica del amor. Un panorama más sugerente que angustioso para quien no tema los espacios abiertos.
            Pero, por si seguimos necesitando un nombre, usemos, provisionalmente, el de “amistad”. Está sacado de la basura pero nos puede valer. Es, por excelencia, el término empleado cuando no se tiene otro, cuando no se sabe qué decir o cuando se quiere dejar el sentido en el aire. Desde el punto de vista de la consistencia semántica, es el último despojo así que, en cierto modo, no tiene dueño. Además, es el más universal: corresponde a la gran mayoría de las relaciones, hasta el punto de que casi es su sinónimo, salvo por el sesgo afectivo.
            Pero aún siendo el donnadie del vocabulario sobre relaciones, aporta una pátina ética que nos evitará caer en el cinismo. Su protocolo, a falta de uno de nuestro propio cuño, servirá de referente allí donde, habiendo impugnado el del amor, hayamos perdido el norte por completo.
            Así que, de momento, todos colegas.
            ¿Qué pasa, colega?

viernes, 26 de agosto de 2011

CONTRALOVE FILMS presenta: el amo del calabozo

            
            LUNAS DE HIEL
 
            Tengo la sensación de entrar en terreno pantanoso. La historia que pretendo analizar no deja espacio sin culpa, de modo que mi imprudente hábito de aspirar a distinguir el bien del mal será siempre en ella sentarse en la silla del acusado con poca esperanza de absolución. Roman Polanski, fiscal de sí mismo, disuade a cualquiera que pretenda mostrarle simpatía. Pero, en fin, a nosotros no nos queda más remedio que dar de comer al monstruo.
            La historia pretende plantearnos un laberinto sin solución. Desde el punto de vista del espectador, una simetría especular entre dos modelos de pareja en la que cada imagen envía, mediante impetuosa repulsión, a su invertida. Desde el punto de vista del sujeto (a la silla), un laberinto de círculos concéntricos de mayor a menor energía vital del que han desaparecido los anillos intermedios. En conjunto, un puzzle de parejas. Cuatro piezas combinables susceptibles de revelar nuevas facetas de la paradoja del amor en cada uno de sus encuentros.


            Y esa doble perfección geométrica pretende justificar otra consecuencia formal, ya plenamente tendenciosa: el sujeto, para serlo, para no ser sólo un punto de vista, como el doctor Harford de Eyes Wide Shut, sino el auténtico héroe activo que toma las riendas de su destino, debe situarse en el cuadrante más plenamente pasional, pues los otros tienen todos un componente de pasividad que legitima siempre convertirlos en comparsas. El autor no quiere que lleguemos a comprender que, para él, sólo el cinismo conserva sentido, y nos distrae con su pequeño juego de figuras-personaje que, por ser humanos, son sólo infrahumanos.
            Una vez aquí, en el centro de la telaraña, empieza el infierno para Óscar-Polanski. Él partirá de la absoluta inocencia, no guiándose por otra cosa que el más honesto de los impulsos pasionales. El ardor del espíritu irá seguido de su satisfacción en la posesión del cuerpo y, tras él, de la exacerbación de la entrega. Surge entonces la inevitable maldición del fin del deseo, siempre sorprendente y siempre acompañada por la crueldad de la ruptura en la simetría emocional. Mimí encarnará el rol femenino tal y como éste se representa en la mentalidad del hombre hastiado: nunca hubo verdadera complicidad; Mimí, desde la inocencia virginal, sólo obedecía con entrega perfecta los designios del hombre que aspiraba a convertir en su compañero eterno. Se extingue en el abandono; no hay nada después. Haber sido amado por ella implica ser siempre su tutor.
Llegado a este punto, Polanski cruza la frontera del realismo para tender una de sus trampas morales: Mimí ofrece la esclavitud como único modo de sobrellevar su presencia perpetua. Óscar acepta, cometiendo un espantoso pecado de soberbia y crueldad pero, nos deja caer, ¿quién habría podido resistirse al provisional saneamiento de conciencia que es dejar de ver llorar a quien hasta ayer se amó con locura? Todos somos proclives a acabar llevando esa falta encima. Al menos, los que realmente amamos.
El protagonista ha seguido a rajatabla la reglamentación del amor y, sin embargo, está condenado. ¿Qué hacer, por tanto, con el caballo desbocado de la pasión? Parece que sólo hubiera dos alternativas. O dejarlo galopar libre, amando hasta donde alcance su espíritu grandioso, y aceptar después su desgobierno y degeneración final, o atarlo corto y vivir un amor famélico, inexistente, degenerado también por la hipocresía y la estupidez, por el insulto a la vida que constituye el desperdiciarla, el aceptar la derrota antes de haber intentado alcanzar el triunfo, como han decidido Nigel y Fiona.
Está claro que la tesis de Polanski incluye que se debe morir matando (como la penúltima secuencia materializa sin eufemismos). Pero si el juego de espejos empezara a agrietarse, pronto descubriríamos quién se oculta detrás. Para evitarlo construye otra de sus tortuosas maquinaciones: ¿Y si el problema de los ingleses no fuera su mezquindad? ¿Y si toda su luna de hiel no fuera más que la experiencia traumática que siempre necesita el hombre para aceptar la bendita maternidad? ¿Y si su vida estuviera lista para recobrar el sentido desde el momento en que tuvieran un hijo? No sabemos si Nigel ha presentado esa resistencia cansina a ser padre que acaba siempre con la claudicación, o si su esterilidad emocional lo lleva a obstinarse en volver a pecar contra la vida. Lo que está claro, y se trata de un nuevo truco, es que él representa el extremo de la negación, simétrico al extremo de la aceptación que encarna Óscar.
Curiosamente, el reparto de polos deja a Fiona en una interesante posición moderada, permeable… no sólo propensa a encontrarse con Mimí sino, en un horizonte ideal, a constituir la compensación perfecta para Óscar. Así, Lunas de Hiel se convierte, por momentos, en una declaración de amor a la figura de la mujer inteligente  y moderada capaz de un acto de pasión salvaje tanto como de la contención necesaria. Pero que no nos dejemos conquistar: Óscar-Polanski ya ha presentado previamente su tarjeta de donjuán, y ésta es sólo su actitud natural hacia esta mujer “otra”, por distinta a la que tiene y por estar, por el momento, en distintas manos.
            Seguramente Polanski haya imaginado alguna vez su película como una gran historia de celos por la no posesión de su verdadera media naranja. Celos de Nigel, contra quien concibe desde el principio un ataque fenomenal y demoledor que pone de manifiesto su total superioridad; celos de Mimí, si rival inesperadamente natural, que le recuerda que son los semejantes los que se atraen, y no los opuestos, y a quien asesina en tanto que rival.
La tórrida relación de Mimí con Nigel sólo es una prueba de fuerza. Por un lado, el espectador-juez que odiaría a Polanski si descubriera quién es, es humillado por la grandeza de la pasión a la que él mismo no se atreve a entregarse. Por otro, se le da forma a esa experiencia. La lección es muy completa: teoría y práctica. Y al director no le intimida dividir el punto de vista. Uno es el suyo, narrador omnisciente y, a la vez, infinitamente ajeno. El otro es Nigel, en cuya mirada y deseo estamos presos, con cuya mediocridad y rutina nos identificamos hasta la humillación, ignorante de todo, víctima de todo. Polanski nos dice: “Me juzgaréis, ¿cómo evitarlo?, pero seréis un tribunal de gusanos”.

A medida que vamos pelando la cebolla pierde fuerza la tesis con la que Polanski intenta distraernos: todas las maneras de abordar el amor llevan a la infelicidad. El apasionado morirá de pasión y el aburrido morirá de aburrimiento.
Esta idea, en sí dramática pero respetuosa con el igualitarismo y la libertad individual, deja paso, una vez descubierto el juego, a otra políticamente mucho más incorrecta, más deforme y cruel, más intolerable y amenazadora para quien la alberga: ser coherente con el amor lleva a la desgracia, pues el entusiasmo es voluble y la mujer, cuya vocación es familiar, lo convertirá siempre en rutina y, por ende, en muerte.
Parida la bestia, y siendo su amante padre incapaz de destruirla, sólo le queda encerrarla en una arquitectura suficientemente confusa como para escapar a la mirada de sus víctimas.

miércoles, 24 de agosto de 2011

a las que no pierden la esperanza

“No he perdido la esperanza”, me dice una amiga, a una edad a la que siempre pensó que su vida sentimental estaría “resuelta”.
Lograr pareja satisfactoriamente se vive como hacer fortuna: aquello en lo que todos a nuestro alrededor fracasan, pero en lo que nosotros conservamos la ilusión de triunfar. Algún caso excepcional nos servirá como puntual antecedente al que agarrarnos cuando la fe haga aguas. “Quiero encontrar a alguien a quien querer como se quieren mis abuelos”, diremos, lejos de una valoración realista de la aplicabilidad del ejemplo.
Y mientras tanto, avanzaremos de naufragio en naufragio, unos más totales que otros, reduciendo a cada ocasión nuestra ambición, de modo que un día estemos preparados para resignarnos a una relación sin más aliciente que no provocar sufrimiento, y que alguien nos ayudará a aceptar mediante la denominación de  “verdadero amor” o “amor adulto”.
Ese día nos consagraremos como evangelistas del amor y ejemplos, desde nuestra insatisfacción más o menos olvidada, para generaciones venideras.

lunes, 22 de agosto de 2011

protocolo. y PARTE 3. siempre malos

             Flota en el aire del amor, ¿verdad?, el espectro de un código inasible. No tardamos en encontrarnos, tengamos lo que tengamos, con deberes muy concretos de una ética muy difusa. Nuestros experimentos críticos son capados al instante por algo mucho más importante: el deber moral. “Probar” es una frivolidad porque en nuestra prueba arrastramos a otros a los que, al menor defecto de cálculo, causaremos dolor. Cualquier propuesta alternativa se convierte en un ejercicio de soberbia frankensteiniana en el que nos inventamos una vida, tal vez monstruosa, a costa de muchas muertes. Imagina si quieres pero, a la hora de la verdad, haz lo que debes.
            Sea. ¿Y qué es lo que debemos hacer? Normalmente nos lo explicarán con pocas ambigüedades. Nos dirán claramente a quién debemos dejar y con quién debemos quedarnos. Con quién estamos jugando y quién juega con nosotros. Qué es pensar en el bien del otro, como corresponde al buen enamorado, y qué pensar sólo en uno mismo, como hace quien no sabe amar.
            Lo malo es que siempre será distinto. Da igual lo ortodoxos que queramos ser, lo obedientes, lo sumisos, lo degradados… Perros o gatos, leones o ratones, hagamos lo que hagamos estaremos fuera de la norma, y dispondremos enseguida de quien nos lo deje claro.
            Al amor nacemos malos porque él habla desde muchas lenguas encontradas, y no hay libro sagrado. Sus cambiantes aforismos nos harán mejores o peores dependiendo del profeta que los interprete y, sobre todo, de sus intenciones para con nosotros. Tras el aparente estricto protocolo de las relaciones, las infinitas contradicciones sólo nos descubrirán voluntades en pugna constante. Seguir la norma no es someterse al sistema (que ya sería bastante malo), sino al individuo que la esgrime contra nosotros.
            No nos queda más remedio que retroceder a un código normativo más elemental: el nuestro. Buenos o malos, para el amor poco acabará importando, pues todos seremos todo según con quién nos topemos. No disponer, sin embargo, de más juez que nosotros mismos, aunque terriblemente precario, constituye, al menos, un principio de actitud ética.

            Ahora sí nos hemos generado un notable margen de maniobra: el de hacer aquello que nos parezca justo sin soportar sobre nuestra conciencia el peso de enfrentarnos a una norma social de garantizada eficacia, aunque así nos lo reprochen.
            Por fin, el mundo nos llama.

lunes, 15 de agosto de 2011

protocolo. PARTE 2. yo te estoy tratando bien

- Eva, yo te he tratado bien hasta ahora, ¿verdad?
- Por supuesto.
- Entonces, ¿por qué me cuentas todo esto? Y lo de ese chico… Soy bastante sensible a estas cosas.
- Me ha parecido que debía.
- ¿Quieres que yo te diga a ti lo mismo? ¿Quieres que de pronto te pida que seamos pareja? ¿Que te diga si hay alguien más? ¿Que deje a esa persona, como has hecho tú?
- En realidad no. Simplemente me pareció que yo tenía que hacerlo. Nada más.
- Eso es presionar. ¿Tú vas a ser fiel y yo no?
- Víctor, en serio, no te pido que hagas nada.
- Las cosas tienen su ritmo, Eva. Tú sabes que no es el momento de plantear algo así. Disfruta de lo que tienes, y lo que tenga que ser será; no te quepa duda.
- De acuerdo.
- He sido honesto contigo en todo, ¿verdad?
- Claro.
- Pues voy a seguir siéndolo. Hay otra persona. Es mi ex.
- ¿Estás con tu ex?
- No es exactamente mi ex. Pero ya no hay nada entre nosotros. Nada real. Sólo cama, porque nos entendemos muy bien.
- …
- No voy a dejarla así, de pronto, después de tanto tiempo, sin saber siquiera qué va a pasar entre tú y yo… Por supuesto ahora mismo tú eres muy importante para mí, pero no se puede tirar a la gente a la basura. Las cosas no se hacen así, Eva. No hay que hacer daño.
- Hagamos una cosa. Olvida lo que te he dicho, ¿de acuerdo? Hazte a la idea de que no hemos tenido esta conversación y ya está. No te preocupes. No pienses sobre ello. Sigamos como hasta ahora.
- …
- Olvídalo.
- Tengo que pensar…
- Pues sí que lo he hecho bien. Encima Jorge está hecho polvo.
- Eva, por favor, no me hables de ese chico.
- Perdón…

            Eva no tiene muy claro si este desaguisado era el cumplimiento de su deber. Tal vez lo fuera, porque ahora se siente infinitamente peor que hace unos días y, como todos sabemos, las obligaciones no son agradables. Pero seguramente Marta, que parecía hablar desde la experiencia, pueda despejar dudas. Además, está muy interesada en hacerlo.

- Me llamó dos días después para decirme que no nos viéramos más.
- Mejor. Si te ha dejado es que no merecía la pena.
- Supongo, pero estábamos tan bien…
- Eva, un polvo lo consigues en cualquier sitio.
- Sí, pero no uno decente.
            - Para estar amargada con un tío que no te quiere, mejor el primero que pase por la calle.
            - …uf.
- Anda, alégrate. Ahora te puedes follar a quien quieras y, además, no pierdes el tiempo en una relación que no va a ninguna parte.
- No sé. A lo mejor ha sido mi manera de hacerlo. ¿Juan Luis reaccionó así?
- ¿Cuándo?
- Cuando le dijiste que habías dejado a Jorge.
- Yo no he dejado a Jorge.
- ¿…al final te dejó él?
- No, no.
- ¿Y sigues con Juan Luis?
- Mujer, claro.
- …
- Es una locura, pero mira, hay una cosa que es obvia: en el amor las reglas no valen. Los sentimientos no se pueden controlar. Yo a Jorge le quiero muchísimo y cuando el corazón te pide algo… 
- El mío debe de estar pidiendo, porque me siento una mierda.
- Bueno, pero tienes a Tomás.
- Tomás dice que necesita no tener contacto conmigo.
- ¿A ti te apetece verle?
- La verdad es que sí.
- Pues sé humilde y díselo, Eva. Dile que te has equivocado.

sábado, 13 de agosto de 2011

un hallazgo

Vosotros la conocíais, pero yo no. Hoy he encontrado una conferencia de Paul Ricoeur con el título “Amor y justicia”. Nada menos.
            Este blog podría haberse llamado “A favor de la justicia como valor supremo en las relaciones interpersonales”, pero habría sido poco intuitivo. Y feo. “Contra el amor”, por el contrario, lo concreta todo. Es negativo, y eso puede ahuyentar al lector sentimental. Pero deja el problema tan centrado, tan acorralado, tan en foco que, a pesar de su ostentosa grosería, es sutil. A mí me resulta irresistible.
            No me extenderé, pero baste para un sábado decir que el amor legitima los actos en su nombre mediante una moral emocional pues, aunque no es exactamente una emoción, de emoción se ha sacado la licencia. Consecuencia: la bondad o maldad se determina “a sentimiento”. La justicia, sin embargo… en fin, ¡no os voy a presentar ahora a la justicia!
            El resto se deduce por sí sólo. Y si no, aquí estamos, para lo que haga falta.


                            ¡qué mirada, eh! con un ojo justo, con el otro amoroso.
                                 
Esto es lo que digo yo. Lo que dice la conferencia… ni idea. Aún no la he leído. Veremos. Pero vaya de antemano que, a estas alturas, ni de Ricoeur me fío.

jueves, 11 de agosto de 2011

contra el envulvamiento (ni me folles, ni me envulves)

            Me dice una amiga que no le suena bien el término “penetración”. Me dice que Casilda Rodrigáñez (sobre quien no daré mi opinión en este cuelgue) propone sustituirlo por “envulvamiento”, desplazando el papel activo de la acción al participante femenino.
            A mí “penetración” no me ha sonado bien jamás pero, sorprendentemente, por la misma razón por la que “envulvamiento” me suena aún peor. Siempre me ha parecido que referirse a la actividad sexual con un término técnico o poético oculta dificultades para enfrentarse directamente con ella; que tras la respetuosa corrección o la imagen sugerente, se esconden la aprensión y la mojigatería. Y no es que me sienta cómodo diciendo “meterla”. No se me escapa que esa expresión puede rebasar la tolerancia de muchas sensibilidades sanas pero, cuando tengo que elegir, acostumbro a optar por la grosería, porque el lenguaje del insulto me parece, a la postre, menos desnaturalizado que el del pecado.
            Recuerdo que siempre he tenido este problema y que siempre he intentado resolverlo en vano. Más de una vez, la falta de terminología digna ha hecho inoportuna aparición distrayéndonos, a quien fuera y a mí, de nuestras cosas, y entregándonos a la infructuosa tarea de buscarle un nombre a aquello. “¿Y qué vamos a decir: “pene” o “polla?” “Pues no sé. Y, ¿coño o chocho?”
- ¡Joder! ¡Dirás: o “vagina”!
- No, “vagina” no diré. Eso ya te lo advierto. Vamos, si quieres una erección, olvídate de “vagina”.
- ¡¡¡Pero, “chocho”…!!!
- “Chocho” es una mierda, ya lo sé.
- Y “coño” otra.
- Supongo.
- ¿No te gusta “vulva”?
- No. Me suena a cebolla.
- ¿Por qué no utilizamos los términos tántricos: “lingam” y “yoni”?
- ¿Y por qué no follamos en chino, directamente?
- Yo no follo. Yo hago el amor.
- Tú follas, que lo han visto mis ojos.
- “Ojos” está bien.
- ¿Para las tetas?
- No. Para los ojos.
- Pues menos mal. Algo queda.
- Las tetas son “pechos”.
- Los pechos son “perolas”.
- Las “perolas” son “mamas”.
- Las mamas son “melones”.
- Los melones son “ubres”.
- Ubres son lo que tienen las vacas.
- Pues eso. Y “melones”. ¿Dónde ves tú aquí melones?
- …
- ¿Y si les ponemos a nuestros genitales nombres propios?
- …es que estoy viendo que van a ser “Pin” y “Pon”.
- No, pero “Goku” y “Bulma” tampoco.
- “Bulma” se parece a “vulva”…
- Y “Pon” a “cojón”. Si quieres dejamos “Pin” y “Pon” para tus güevos.
- Los güevos son “güevos”. Además, “testículo” tiene “culo”, y seguro que tú quieres usar “ano”.
- El ano no tiene nada que ver con todo esto.
- Bueno, ésa es otra conversación…

            Por un lado, esa dicotomía entre términos demasiado vulgares (con el sesgo onanista que los hace tan propensos a la objetualización), y términos demasiado asépticos, casi culpables. Por otra, el conflicto de género: los principios femenino y masculino extendiendo su alcance semántico tanto como son capaces.

            ¿Por otro…? Y entonces el “envulvamiento” me iluminó.

            No es que a la asepsia de “penetración” el neologismo sumara la orientación femenina. Si ambos términos me desagradaban sólo en grado, pero no en sentido, era porque no son opuestos entre sí, sino uno la exacerbación del otro. Entiéndaseme.
            Nunca ha habido otra dicotomía que la de la terminología de género. Cada palabra que usamos para denominar cualquiera de los elementos clave que conforman la vida sexual se identifica decididamente con uno de los dos roles, cargándolo tanto de connotaciones tendenciosas que llega a hacerse inútil, no sólo para los miembros del género al que pretende imponer su interpretación de la sexualidad sino, incluso, para los de aquél al que representa.
            Así, mientras el coño es ese obsesionante juguete que el hombre quiere poseer, disfrutar, acumular, arrebatar al individuo de género femenino que obstaculiza su alcance, la vulva es la misma cosa dando identidad a la mujer como madre y al acto sexual como depositario del mágico momento en que la familia es culminada mediante el engendramiento de un hijo. Y lo mismo para el resto. Rodrigáñez no es una feminista igualitarista, sino revanchista (vaya, al final he dado mi opinión). Por eso “penetrar” es el opuesto de “meter”, y “envulvar” sólo su extremo del extremo. Efectivamente, “penetrar” pone el acento en el liderazgo masculino, pero eso no es significativo una vez que el término ya es frío. Se dirá que aún es demasiado machista. No nos engañemos; “envulvar” también es un término machista. Un verdadero matriarcado no se caracterizaría por la oficialidad del envulvamiento, sino porque la mujer diría “coño” y el hombre “vagina”.

            No hay términos con los que entendernos. Ni puede haberlos, porque ambos géneros siguen hoy presa de sus roles y lejos del día en que su encuentro, su síntesis y su superación les permita hablar el mismo idioma.
            Lejos, sí, pero un poco menos. De momento, conformémonos con traducir al “enemigo”.

lunes, 8 de agosto de 2011

protocolo. PARTE 1. ¿y qué vas a hacer?

             Ya sabemos que el amor merecerá la pena sólo si nos hace felices. Además, nos hemos liberado de algunos prejuicios que nos impedían imaginar un amor que nos fuera bien. Incluso hemos descubierto que, cuando atacan nuestras invenciones, suele ser defensa suficiente el pedir argumentos.
            Hombre, estamos mejor que estábamos, digamos “más sueltos”, pero…

            Eva conoció a Víctor hace poco más de un mes. A la semana sabían que se gustaban y a las dos se lo habían hecho saber y actuado en consecuencia. Desde entonces se habrán visto… no sé, cinco veces. Todo bien, agradable, sin sobresaltos, sin dificultades y sin intercambio de grandes frases. Ana está contenta, tranquila, satisfecha, y es consciente de que parte de esos sentimientos se los debe a su trato con Víctor. Así que cuando se encuentra con Marta, pues se lo cuenta.
            - ¿Y qué vas a hacer?
            - ¿De qué?
            - Con esto.
            - Pues no sé. ¿Qué se supone que tengo que hacer?
            - ¿Vas a pasar a algo más serio?
            - No me lo he planteado, la verdad.
            - ¿Y él qué dice?
            - No dice nada.
            - ¿Por  miedo?
            - Ni idea. Puede ser. ¿Tú crees?
            - Es posible. Estas cosas asustan al principio.
            - Ya…
            - ¿Tú te sigues viendo con Tomás?
            - Alguna vez.
            - Pero prefieres a Víctor.
            - Supongo que sí.
            - Entonces, cuanto antes cortes lo de Tomás, mejor. No te la juegues.
            - Uff…
            - ¿Sabes si él está con alguien?
            - No. Vamos, que no lo sé.
            - Puede que el problema sea ése.
            - Puede.
            - Habladlo. Aclarad las cosas. Las decisiones, cuanto antes se tomen, mejor. Si no, podéis estropear algo muy bonito.
            - ¿Tú crees?
            - Claro tía. Y tú también. Sabes perfectamente lo que te toca, Ana. No le hagas daño.

            Eva tiene la sensación de que Marta ha olvidado un paso, de modo que lo da ella, confiando en su buen criterio a la hora de interpretar las normas.
            - Tomás, tengo algo que decirte.
            - Eso suena fatal.
            - Supongo que sí. Me gustaría que dejáramos de vernos.
            - ¿Puedo saber por qué?
            - He empezado una relación.
            - (Resoplido) No me habías dicho nada.
            - No… No hace mucho. Sólo un mes.
            - ¿Llevas un mes con otra persona?
            - En realidad no estamos juntos. Quiero decir, que no somos pareja.
            - ¿Os acostáis?
            - Sí, claro.
            - (Resoplido) Y no estáis juntos.
            - A ver…
            - ¿Quieres decir que os acostáis cada uno en vuestra casa?
            - Tomás…
            - ¿O tú conmigo y él con otra?
            - Estamos juntos.
            - No le has dado una oportunidad a lo nuestro.
            - Nunca dije que fuera a hacerlo.
            - Tampoco dijiste que no.
            - …no, tampoco lo dije.
            - Las cosas no se hacen así, Ana.
            - Ya… Ya lo sé.
            - Hemos estado compartiendo todo. Éramos como una pareja.
            - Nunca dije que fuéramos pareja.
            - (Resoplido)
            - …tampoco dije que no lo fuéramos.
            - Me haces muchísimo daño, Eva, muchísimo.
            - Tomás…
            - No juegues más con la gente.

            Bueno, camino despejado. Ha sido duro, pero parece que Eva tenía una lección que aprender. Había algunas normas cuya ignorancia la convertían en alguien peligroso, a pesar de su buena voluntad. En el futuro lo hará mejor. Y tiene una alegría que darle a Víctor.

sábado, 6 de agosto de 2011

el dilema del beduino. y PARTE 2

             El hombre apunta hacia la mancha oscura para evitar ser víctima de un ataque. No quiere hacer daño a nadie inocente, de modo que decide no disparar, salvo si se ve claramente amenazado. Espera. Pretende controlar la situación: él pondrá las reglas. Cuando esté completamente seguro restablecerá la cordialidad. No se puede hacer de otra manera.
             Observa por su mira telescópica, que apenas le aclara la imagen. Aún no puede distinguir formas con claridad, pero sabe que, en cuanto esté un poco más cerca quedará a tiro.

             Entonces descubre que está siendo un idiota. Es un pobre conejillo indefenso que se refugia tras unas pocas briznas de hierba esperando que los perros pierdan su rastro. Ha confiado en su flamante rifle como sólo lo haría un niño ingenuo, y se ha dado cuenta demasiado tarde. Si aquel hombre al que vigila pretende acabar con él, si pretende matarle, como puede haber hecho antes con otros, su arma será mucho mejor, mucho más precisa, de mucho más alcance. ¿Cuántos hombres se habrán apostado a esperarle confiando estúpidamente en la distancia que los separa? ¿A cuántos ha ejecutado así, inmóviles e inconscientes, complaciéndose en apuntar cuidadosamente hacia su frente un disparo infalible? Se siente minúsculo. Tal vez le esté apuntando ya. Tal vez éste sea su último segundo de vida.
             ¡Echar a correr, entonces, hasta ser perdido de vista! Pero, ¿para qué? Puede tardar varios minutos en escapar al radio de acción de su enemigo. Puede tardar una hora. Si el otro le ve huir adelantará el ataque y, ¿cuántas veces puede fallar? ¿Una, dos? Al tercer disparo estará muerto. No hay que moverse. Aquí, al menos, sigue vivo. Desde aquí, al menos, él también apunta.
             El hombre se descubre deseando disparar; anhelando incontroladamente que su vida deje de estar amenazada. Ya no recuerda su deseo de encontrar un compañero. No recuerda más ambición que seguir vivo. ¡Seguir vivo! De pronto se horroriza. Comprende lo cerca que está de matar a otro hombre del que no sabe nada. Comprende cómo su instinto de supervivencia le ha conducido a aislar la posibilidad más amenazante, tal vez la menos plausible. Siente que la calma vuelve a su ánimo y, con ella, la sensatez. Sigue observando por su mira telescópica la mancha tal vez inmóvil. Existe una amenaza, sí, pero bajo ningún concepto puede disparar sobre alguien que podría ser como él mismo.

             Como él mismo. Solo, desprotegido, asustado. Tirado en el suelo, mirándole a través de una mirilla sucia que no se atreve a limpiar por miedo a conceder un tiempo fatal. Intentando tomar una decisión correcta. Apuntándole con un rifle tembloroso. Presa del pánico.
            
             Dispara.

             La figura lejana se ha movido esta vez, sin duda. Ya no se recorta contra el horizonte. Ahora más bien se funde con la arena, como si se preparara para unirse con ella. El hombre se incorpora y se dispone a reanudar su marcha. Mira la mancha en el suelo. No quiere saber nada de ella. Nada. Dará un gran rodeo y retomará su camino varios kilómetros más allá. Él sabe cómo hacerlo.
             Más tarde (no hoy, no durante este viaje, algún día), comprenderá que, fuera quien fuera aquel hombre, su última voluntad sólo pudo haber consistido en que su verdugo se acercara a mirarlo.

miércoles, 3 de agosto de 2011

CONTRALOVE FILMS presenta: bienaventurado el que no ve...

             Son escasísimas las películas que no hablan de amor, al menos tangencialmente. No digo ya que no tengan el amor de fondo, como se tienen de fondo, normalmente, el resto de los valores de la cultura que las produce. Digo que el amor forma parte de la narración misma en la gran mayoría de los casos. Vamos, que ver una película implica tragarse una historia de amor casi seguro. Los guionistas saben que hay ciertas expectativas cuya frustración el espectador no perdonará: la personificación del mal en alguien sobre quien descargar nuestro odio; la asunción, por parte del protagonista, del control de su propio destino, arrebatándoselo al entorno; y, en fin, que haya una historia de amor. Hasta los más reacios a los tópicos sentimentales, hasta los que antes huiríamos si nos dijeran que nos disponemos a ver una película (vulgar) “de” amor, nos sentiríamos incómodos si éste no formara parte de la trama. Y es que, ¿qué clase de victoria logra el protagonista sobre su oponente o sobre su propio destino si el premio no es el amor, narrado en más o menos metraje?
            Alguna hay. O alguna habrá, ahora no sé. Pero apuesto sin ver a que aún son menos las que reflexionan seriamente sobre el asunto; las que se hacen para decir algo al respecto que no aparezca en la receta estándar. Porque tan arriesgado o más que eludir al amor dándolo por hecho, es denunciarlo y dejarnos huérfanos de él. Al analizarlas veremos que, como la ciencia ficción apocalíptica, nos dejan la incomodidad, la indignación como sabor final; y, a partir de esa inestabilidad, la necesidad de pensar. Analizarlas no será sólo eso, sino también convertirlas en referencia con la que remplazar nuestra educación monógama transmitida por legiones de acríticos guionistas clonadores de la ideología que les ofrece el lucrativo final feliz. Esos que nos quieren convencer en las entrevistas de que se emocionan con su propio relato romántico.
La ventaja de la escasez es que se siente uno capaz de dedicar un texto a cada película explicando que interés les ve en relación con nuestro tema. Eso sí, la lista está abierta y se admiten sugerencias.


 EYES WIDE SHUT

             Si el símbolo del amor ciego comprendiera sólo la fase del enamoramiento se complementaría con otro en el que Cupido recuperara la visión. Pero lo que nos pretende contar no es que el amor es ciego, sino que el amor deja ciego: único momento privilegiado en que los opuestos colisionan. Es en ése en el que sobrevaloramos a la persona amada, paradigma de la sinrazón romántica. Pero, después, la obnubilación ocultará otras realidades, todas ellas desarrollo de aquel momento originario en que la razón y la sensibilidad perdieron contacto.

            Kubrick nos dejará claro desde el título de su obra póstuma que la responsabilidad sobre lo que decidimos ver la tenemos sólo nosotros. El cambio de nombre a Cupido es su primer juicio de valor. Si el dios se llamara Eyes Wide Shut no tendría la fisionomía de un cándido y optimista putti, sino la de un cobarde.
            Entre todas las películas críticas con la monogamia o el amor, no he encontrado aún otra tan clara y despiadada. Dicen que una obra de arte debe mostrar lo superficial para representar lo profundo, pero Kubrick no se ayuda de subterfugios y decide ir tan al corazón del problema que no sabemos si estamos ante una narración o un ensayo.
            Cuando, tras una velada controvertida, Alice Harford decide que tanto ella como su marido deben quitarse la venda que les impide ver su vida sexual en toda su sordidez, ignora que lo condena al vía crucis de descubrir esa misma sordidez en toda la sociedad a la que pertenecen. A partir de ese momento, y con los caballos del deseo y los celos desbocados, el Doctor Harford atravesará, una tras otra, las, hasta entonces, invisibles puertas rojas donde el mundo esconde su sexualidad basura. Sin abandonar la irreprochabilidad moral que le ha venido guiando, se ve obligado, en cada ocasión, a rechazar lo que le tienta buscando siempre el nivel superior: allí donde, por fin, el hombre podrá permitirse satisfacer higiénicamente el recién descubierto deseo reprimido. Su odisea le conduce a la cima de la pirámide social, representada por una superorgía, apoteosis de la objetualización y la divinización del objeto; exaltación, y no superación, de la conflictividad con que la vida sexual atraviesa el cuerpo social de punta a punta.
            El horror y la repugnancia por el mundo y por sí mismo lo devuelven a Alice. Ella, superada en un primer momento, encontrará al final la propuesta más pragmática: la revalorización de la pareja como castillo en el que protegerse de la amenaza sexual del exterior. La conciencia de estado de sitio es la que debe corresponder a la pareja madura y consciente. Su sexualidad estará ahora gobernada por la idea de liberarse de sí misma: el deseo debe alimentarse del ansia de hacerlo desaparecer. Follar por la desatada ambición de no follar.

            Se haría largo hablar de las máscaras, de la estética simbolista, del guiño al cinismo antimonógamo de Woody Allen, de la elección de la pareja Kidman-Cruise y su condición de actores-cobaya, de la relación entre el marinero y el médico y entre el médico y el profesor, de la figura de la esposa-puta y de la puta-madre… Pero hay un elemento tan crucial que no es de recibo pasar por alto. El discurso final de la señora Harford tiene lugar en una tienda de juguetes donde su hija elige los regalos que a Santa Claus le corresponderá despeñar por la chimenea. Al ver esto recordamos que todos los escenarios han tenido esa voluntariosa, artificial, ingenua decoración navideña que contrastaba estridentemente con la seriedad del asunto.
Ahora comprendemos que uno de los relatos latentes ha sido esa pugna: el subconsciente y la Navidad, como gran celebración de la familia capitalista y procreadora, en guerra, y ésta última ganando la batalla para el statu quo, cuando parecía tenerlo todo perdido. ¿Cuál es su arma definitiva, la que ninguna de las fuerzas telúricas desplegadas en una narración de pretensiones míticas ha podido doblegar? Esa niña.

lunes, 1 de agosto de 2011

15M

Entre los modelos de relación sentimental que nos ofrece nuestra sociedad tampoco disfrutamos de muchas alternativas. Se podría decir, incluso, que ni siquiera disfrutamos de la insana división político-ideológica en dos Españas que durante tanto tiempo nos ha distraído del lógico objetivo de la mejora social. La propuesta es siempre la pareja monógama y, como, a decir verdad, sucede en política, si las distintas candidaturas representan lo mismo, entonces no hay tal diferencia sino (y es sólo un pequeño cambio con respecto a la obligación manifiesta) un espejismo de libertad.
Pero, abusando del símil, es posible que localicemos una frontera no del todo ficticia entre dos, llamémosles, “estilos” aplicados al mismo modelo. Uno nos recuerda con fuerza a la pareja tradicional por su consistente identificación con el patrón heredado. Los simpatizantes de este estilo no albergan grandes dudas sobre su conveniencia y eficacia si se siguen correctamente las reglas que lo afianzan. Desean encontrar a alguien con quien formar una familia y compartir sus vidas, y entienden que esa persona surgirá, tarde o temprano, de un modo más o menos natural. Será identificada, a partir de ciertos hitos, como la adecuada, la que corresponde, la que debe ser, y esta convicción ayudará a resolver conflictos, desarrollar proyectos, y experimentar cada paso con la satisfacción del éxito. En caso de ruptura quedará una fuerte unión psicológica, un problema de difícil solución y presencia perpetua, ya desemboque en reconciliación o en cese de contacto.
A una cierta distancia aparece el otro grupo mayoritario formado, como el primero, por aspirantes a encontrar una pareja con la que compartir íntegramente su vida, diversas circunstancias ideológicas o biográficas rebajan sus expectativas. Han reaccionado mediante la adaptación a una situación que será considerada como crónicamente provisional, en tanto que ni siendo satisfactoria hay garantías de que se cumpla el deseo de que dure a largo plazo. Esto les resta fuerza a la hora de luchar por conservar a su pareja, e incluso de decidirse por ella, toda vez que la figura de la persona adecuada no se les dibuja siempre con claridad. A cambio tienen el beneficio de la rápida recuperación, de una mejora en la capacidad de disfrutar de la relación actual sin el peso de la anterior, y del recurso extra de la ruptura no traumática como forma de resolver los problemas. En definitiva, más adaptabilidad y menos eficacia.
Salta a la vista que lo que une ambas opciones es más de lo que las separa. Si no fuera porque sus simpatizantes acostumbran a identificarse a sí mismos como pertenecientes a una u otra, se diría, desde cierta distancia, que sólo son dos matices, tal vez los más extremos, de un mismo color. Así, los Partidarios de la Pareja Perpetua (PPPs, podríamos llamarlos), tienen una educación sentimental enfocada a la obtención del logro final tras la superación de un determinado número de experiencias fallidas experimentales, conceden a la vida sexual un lugar clave en la identificación del sentimiento que debe mantenerlos unidos, y ven a los hijos como el fruto natural de la relación y la fuente de su alegría hasta el final de la existencia. Los Partidarios de la Separación Superable (PSSs) tienen, a veces, ciertas dificultades para saber cuándo acabó su formación sentimental y cuándo comenzó la aplicación de lo aprendido, pero hijos, vida sexual y educación sentimental juegan exactamente el mismo papel.
La verdadera brecha no aparece entre las distintas versiones del modelo, sino entre su generalizada aplicación y su perseverante fracaso. Porque en lo que PSSs y PPPs estarán siempre de acuerdo es en que el recorrido les ha sido complicado, en que se han encontrado con obstáculos desmoralizantes, casi hasta provocarles el abandono, y en que, por la causa que sea, en su entorno social tampoco se puede decir que haya una “normalidad” satisfactoria. Sumado (o restado) a esto el obligado optimismo necesario para acarrear la infelicidad diaria, amén del secretismo que la pareja impone en cuanto a su disfunción para no desestabilizarla aún más (optimismo de grupo, si se quiere) se diría que el panorama es perfecto para el surgimiento de alternativas “reales”.
Porque las existentes son poco más que extremos de los extremos, habitualmente más disfuncionales aún. Los Partidarios del Cinismo Sexual (PCSs) obtienen una precaria solución de la aceptación de la infidelidad y la utilización de la misma sin escrúpulos, ya sea con sus parejas estables o sus amantes esporádicos. Los que lo son del Cinismo Emocional (PCEs) dan por hecho que la pareja no es más que una convivencia sin comunicación íntima, plataforma para otros fines individuales, en la que el verdadero objetivo es una cordialidad estable. Los Partidarios de la No Agresión Sentimental (PNASs) han perdido la esperanza de compensar el dolor sufrido y el provocado, y se han refugiado en una soledad sociable pero sentimentalmente distante y escéptica, mientras que los Partidarios de las Relaciones Abiertas (PRAs) intentan compaginar placer sexual con estabilidad sentimental mediante voluntariosas y estériles negociaciones.

Pero, de momento, PPPs y PSSs, PCEs y PCSs, PNASs y PRAs se atribuyen la culpa o, al menos, la causa de su rareza. El elemento colectivo, el amor, sigue siendo una sacrosantidad intocable e infalible: un dios. Quien no dice amor está diciendo odio, está blasfemando, y es más culpable que nadie de que el milagro no se produzca.
En realidad, es otro milagro el que necesitamos: el del fin de la superstición.